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NO MENTIRáS

Blas Ruiz Grau  

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Fragmento

1

Miércoles, 7 de octubre de 2009, 23.25 h.

«Son nuestros actos los que decidirán, en un futuro, si podremos dormir cuando caiga la noche.»

La frase podría ser una idiotez. No salió de la mente de ningún sabio. Qué va.

Es increíble la de veces que oí a mi padre pronunciar estas palabras. Creo que, durante un tiempo, no hacía más que repetir en bucle la dichosa frase. Por unos años desaparecieron de mi recuerdo. Desde hace unas semanas, no oigo otra cosa en mi cabeza.

Ojalá pudiera sacarlas de ahí.

Supongo que, al igual que pasó con él, he llegado a ese punto que ya no tiene retorno. Ese mismo punto que le hizo parecer un loro que se pasaba todo el día repitiendo lo mismo. Como si no supiera decir otra cosa.

Qué curioso que ahora, precisamente ahora, me acuerde tanto de él. Mi padre, ese maldito hijo de puta. Pensar que tenía razón me enfurece y entristece. Puede que sean dos sentimientos que se contradicen el uno al otro, pero yo no puedo evitar tocar ambos polos con una misma mano. Lo peor de todo fueron los años en los que pensé que me había hecho a mí mismo sin tener una referencia clara. Un espejo en el que mirarme, que decían muchos. Claro que no había espejo. En realidad, lo que soy es una extensión de su persona. Una prolongación en la que es difícil distinguir dónde acababa él y dónde empiezo yo. Su sombra, su sucia sombra. También soy un maldito hijo de puta.

Tratar de engañarme y creer que es falta de amor propio es una idiotez. De esto siempre he ido sobrado. Quizá hasta el punto en el que lo único que me ha hecho ha sido traerme muchos problemas. Demasiados problemas.

Me levanto del sofá con determinación. Más de la que pensaba que podría tener en un momento así. No sé la de horas que llevo postrado en él. He perdido la noción del tiempo.

Comienzo a caminar lento, muy lento. Parezco un idiota mirándome las piernas como si quisiera que anduvieran más rápido. No puedo. He perdido parte del empuje que pensaba que tendría cuando me he levantado como un muelle del sofá. Es tanto el peso que acarreo que cada paso cuesta darlo. Parezco un mulo cargado hasta los topes al que ya le flaquean las patas. A pesar de esto, como el mulo, no me detengo, sé lo que tengo que hacer, ya lo he postergado demasiado. Ya no hay marcha atrás.

Vuelvo a comprobar el teléfono móvil. Lo llevo en el bolsillo con la batería cargada a la mitad, al menos es la suficiente para lo que necesito. Me ha costado dos días comprender la explicación de ese joven de la tienda de telefonía sobre cómo programar el envío de mensajes de texto. A pesar de ello, me he asegurado de que lo he hecho bien revisando paso a paso la hoja que me dio escrita cuando el muchacho ya estaba desesperado conmigo. He necesitado dos minutos para escribir seis palabras. Seis palabras en las que en todas se me ha colado alguna letra. Maldita tecnología, qué mal me he llevado siempre con ella. Seis palabras que se enviarán al número que tanto se ha empeñado la policía local que tengamos todos los vecinos para avisarlos ante cualquier emergencia. La orden se realizará a las seis de la mañana. Un mensaje claro y conciso. Sin adornos. Como los últimos años de mi vida.

Quién me ha visto y quién me ve.

Si quisiera ocultar lo nervioso que estoy, mi respiración me delataría. Parezco un corredor después de acabar una maratón. Por si esto no fuera suficiente, el corazón me late a un ritmo casi inhumano, parece que quiere abandonar mi caja torácica y se quiere salir del cuerpo. Puede que todo esto sea porque soy un hipocondríaco, pero no puedo evitar pensar estas cosas. Además, juraría que siento el riego de la sangre fluir por mis venas a una velocidad endiablada. Como si fuera un coche de alta gama en una autopista para uso y disfrute de él solo. Mis manos no dejan de sudar, las siento frías y sin vida, las muevo instintivamente para comprobar que siguen perteneciendo a mi cuerpo. Quien me viera pensaría que soy un sheriff del Oeste a punto de desenfundar su arma. Una nueva oleada de recuerdos, con sentimiento de culpabilidad incluido, me golpea a traición. Me da mucha rabia porque no puedo evitarlos, no tengo esa capacidad. Ni los recuerdos, ni la culpabilidad que me provocan. Más bien, no sé hacerlo. Soy un puto inútil, lo miremos por donde lo miremos. Lo que más me fastidia de esto es que anduve errado muchos años pensando que en mí residía el poder de controlarlos, que podía mantenerlos a raya. Yo mismo lo llamaba «mi barrera». Esa que me creaba, según yo decía, para poder defender esos casos que otros consideraban «de tener mucho estómago». Craso error. No había tal barrera. Así era como yo llamaba al dinero que me pagaban y que hacía que no me importara quién había hecho qué y por qué. No, cuando había billetes de por medio no había sentimientos. No los controlaba, era que no sabía ni que existieran. Otro error más que añadir a mi extensa lista.

Ahora los siento hasta tal punto que queman, duelen, me empujan, chillan, muerden con rabia...

He demostrado ser un imbécil, eso sí, pero no caeré en la equivocación de pensar que no merezco esto.

Lo merezco. Nadie lo merece más que yo.

Es increíble que en una distancia tan corta me haya dado tiempo a pensar tantas cosas. Al mismo tiempo que cruzo el umbral de la puerta, noto cómo una nueva arcada me sube del estómago hacia el esófago. Es imposible que pueda vomitar más aunque, quién sabe, esto mismo pensé las últimas dos veces y mi váter se llenó de sangre mezclada con bilis. O algo parecido, porque aquello olía a todo menos a humano. Me paro y trato de controlar el ansia por salir corriendo hacia el cuarto de baño. En realidad, controlo el ansia por salir corriendo, en general. No quiero volver a abrazarme a la taza. Sé que podría servirme como excusa para retrasar lo que voy a hacer y no quiero darme motivos para esto. Toca ya.

Me agarro al marco de la puerta e intento controlarme tragando saliva varias veces. Una vez leí, o me dijeron, no sé, que tragando mucha saliva uno podía controlar las náuseas. Lo más seguro es que solo sirva para que uno se sugestione. Sea como sea, no sé cuánto tiempo pasa, pero consigo reprimir las ganas de echarlo todo. A ver cuánto me dura.

Lo primero que hago al pasar al cuarto es mirar a mi alrededor; todo está dispuesto. Puede que haya objetos que jueguen un papel fundamental, pero estoy seguro de que lo más importante de todo es lo más pequeñito: el papel. Tiene gracia, porque el resto pone la piel de gallina con solo mirarlo. Me olvido de esto y me centro en el papel. Vuelvo a leerlo. Me hubiera gustado poder ver tu cara cuando te lo notifiquen. Bueno, en realidad me hubiera gustado verla en general, no sé, pero en esta situación hay un añadido que no me gusta perderme. Podría llamarlo morbo afectivo o cualquier gilipollez que se me pueda ocurrir, pero cómo me gustaría comprobar si todavía queda algo de cariño en tu interior hacia mí.

Sé que hace mucho lo hubo, pero ahora, sinceramente, lo dudo mucho. Seguro que el odio que sientes hacia mí es inmenso. No te culpo, no te puedo culpar. ¿Cómo hacerlo? El que lo jodió todo fui yo. Yo la cagué, yo me lo cargué todo. También es verdad que tuve mis motivos. O, al menos, eso quiero creer. Ojalá algún día pudieras entenderlos. Me da igual si compartes o no lo que hice, pero que al menos los entendieras sí me gustaría. Fíjate que no puedo más. No sería tan estúpido de buscar tu perdón; quizá, como mucho, tu comprensión. Sea como sea, soy tan cobarde que no lo voy a ver. Qué gracia creerme siempre tan valiente, tan decidido, tan de saber lo que siempre quería y en realidad lo único que fui es un cobarde. Un puto cobarde. Si no fuera así, no estaría a punto de hacer esto.

Qué diferentes somos de como creemos ser.

Miro hacia arriba, parece que aguantará. La silla está colocada con precisión. Pensar esto es una especie de eufemismo, porque otra persona que me hubiese visto moverla hasta cuarenta veces solo unos milímetros para colocarla en el lugar exacto pensaría que he desarrollado un TOC tardío. Antes de subirme a ella toco con las yemas de los dedos mi bolsillo. Ahí está, la única foto que traje conmigo. Ya vieja y arrugada de tanto manosearla, toda mi vida, todo lo que me importa, está en esa imagen. La saco con cuidado de no estropearla todavía más. La miro una última vez pensando que arrojaré alguna lágrima sobre ella, como tantas veces. Me es imposible, me he secado de tanto llorar.

Sí, otra cosa que apenas había hecho a lo largo de toda mi vida y que ahora no paro de hacer. La de vueltas que da todo.

Con la foto en la mano y, con cierto cuidado, coloco mi otra extremidad en el pomo superior de la silla para después apoyar mi pie derecho sobre el asiento. Me cuesta unos segundos tomar la decisión definitiva, pero no lo pienso más y aplico el impulso necesario para colocarme de pie sobre el mueble. Se tambalea algo, pero caerme ahora sería el menor de mis males. Con mi mano libre, busco la soga sin ni siquiera mirarla; el valor de hacerlo se ha esfumado y sé que si abro los ojos me puedo arrepentir. Sobre todo teniéndola tan cerca de mi cuello. Entonces sí que no sabré qué hacer.

Al tocar la cuerda, siento cómo todo el vello de mi cuerpo se eriza. Su tacto me recuerda su propósito y consigue que las piernas me tiemblen con violencia de nuevo. No es momento de flaqueos. Ya no. Respiro profundo un par de veces con los ojos cerrados y noto que, sin querer, doblo algo la foto, acto que intento solucionar de inmediato.

No lo pienso más y, sorprendiéndome a mí mismo, meto la cabeza en el lazo que yo mismo he preparado hace unos minutos. Agarro la instantánea haciendo una especie de tijera con mis dedos anular y meñique para, con el resto de los dedos de esa mano y todos los de la otra, adaptar el nudo hasta que toque mi nuca.

Aprieto fuerte los párpados, ya no quiero abrirlos más. La habitación, gris, triste y con olor a viejo, no hace sino acompañar a la escena. El olor a polvo mezclado con la humedad de la estancia no sería agradable para un olfato cualquiera, pero para mí son muchos años de costumbre los que me han inmunizado. No he elegido el lugar por ninguna particularidad, pero reconozco que parece el marco ideal para poner fin a todo. Así han sido los últimos veinte años. Quedan bien representados con las paredes de la estancia. Grises y tristes. Sin nada que dé un toque de vitalidad a todo esto.

No siempre fue así. Qué va. Aunque lejano, todavía me queda guardado algún recuerdo de lo que prometía ser una vida feliz. Una vida próspera, con la mujer ideal, con un niño fuera de serie, con un trabajo que traía a nuestra inmensa casa dinero a raudales. Comidas con gente importante, palmadas en la espalda casi a diario, viajes de ensueño... Una vida que yo me encargué de destrozar. No tenía que haber entrado en todo ese juego. Ojalá me hubiera conformado con lo que ya tenía, que era mucho.

Sí, yo lo destrocé todo. Yo rompí mi propia familia. Lo hice yo.

Yo y solo yo.

Respiro hondo por enésima vez. Llegó el momento. Pienso una última vez en ti. Solo espero que sepas dar los pasos correctos, creo que lo harás. Quiero creer que lo harás. Por favor, no me dejes como a un caso perdido. Cree que algo bueno queda en mí. Sigue los pasos.

Si no lo haces, nada de esto tendrá sentido.

Pobre iluso... ¿A quién pretendo engañar? ¿Es que lo tiene?

Rozo con mi dedo índice la fotografía, no necesito mirarla más, tengo la imagen grabada a fuego. No solo en mi mente, también en mi alma.

Mi cerebro comienza, sin que yo se lo pida, una cuenta atrás:

5...

4...

3...

2...

—Lo siento.

1...

Tan solo unos segundos después, la fotografía cayó al suelo, justo debajo de unos pies que habían quedado suspendidos en el aire. Se movían con un leve y siniestro contoneo.

2

Jueves, 8 de octubre de 2009, 06.40 h.

Madrid. Casa de Carlos Lorenzo

—¿Ya te vas? —Su voz, a pesar de que se acababa de despertar, le seguía sonando angelical.

Él la miró y sonrió, siempre hacía la mis

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