Loading...

NO MIRES DEBAJO DE LA CAMA

Juan José Millás  

0


Fragmento

 

La juez Elena Rincón y el forense a su cargo acababan de levantar un cadáver en López de Hoyos y ahora volvían al juzgado de guardia en el coche oficial, conducido por un chico muy joven, con cara de asombro, a cuyo lado iba un secretario flaco dando cabezadas sobre el borde de un maletín negro al que permanecía abrazado. Eran las tres de la mañana en la calle, pero sobre todo en el ánimo de la juez, que aunque parecía observar las aceras desiertas con un interés inexplicable, estaba levantando interiormente un cadáver que tenía el rostro de ella misma y su cuello, sus manos, sus piernas, su cintura. No mostraba signos de violencia. Si le hubieran hecho un análisis forense, habría salido una autopsia blanca. Y sin embargo, en el origen del deceso había una decepción, una herida.

Meses antes había fallecido su padre con el alivio, si no con la dicha, de verla convertida en una juez con plaza en Madrid. Su padre creía, y le hizo creer a ella en otro tiempo, que los jueces movían el mundo. Quizá lo movieran en la pequeña localidad norteña en la que había vivido él y en la que la propia Elena había ejercido durante los primeros tiempos, tras aprobar la oposición, pero no en una ciudad como Madrid, donde el día a día, en los juzgados, era embrutecedor y las guardias dejaban una dotación de amargura que se precipitaba, como un sedimento de plomo, en el fondo del ánimo.

Los días de guardia, a estas horas de la noche, siempre se acordaba en un momento u otro de su padre con una mezcla de culpa y de resentimiento. Había asistido a su entierro con cierta precipitación y ni siquiera recogió la casa después del funeral. Se limitó a cerrarla tras de sí, como si continuara habitada, y regresó a Madrid con la confusa idea de que mientras no se movieran sus cosas él continuaría vivo y ella podría aplazar un duelo que en aquellos instantes no sentía. Una noche llegó a llamarle por teléfono y justo en el instante de darse cuenta del desatino saltó el contestador al otro lado y escuchó la voz del muerto rogando que le dejara un mensaje después de la señal. La juez colgó aturdida, pero se quedó obsesionada con la idea de que había encontrado una vía de comunicación con el difunto a través de la cual podría decirle todavía algo que le doliera. Que los jueces no dirigían el mundo, por ejemplo, era mentira, una mentira a la que se había entregado con el mismo empeño que a la construcción de un arca que la pusiera a salvo del diluvio. Pero el diluvio era la vida misma, así que lo que había creado era una cápsula en la que me fui aislando de la existencia, por eso ahora no comprendo las calles ni concibo las emociones cerradas que amueblan los rincones de mi ánimo oscuro. Padre.

Así iba diciendo la magistrada desde el fondo del automóvil en el que regresaban velozmente al juzgado, escoltados por un coche zeta de la policía con las alarmas encendidas. Y era tal la intensidad con que se dirigía a su padre que temió haber pronunciado en voz alta alguna palabra, por lo que se volvió al forense, que viajaba a su derecha.

—¿Qué pasa? —preguntó él con expresión de solidaridad nocturna.

—Nada —dijo la juez—. Estaba levantando mi cadáver.

—Si necesitas que te hagan la autopsia, date luego una vuelta por mi despacho.

Dicho esto, el forense, con el que ya había coincidido en alguna otra guardia, sacó un cigarrillo y antes de encenderlo le extirpó la boquilla introduciendo la uña del pulgar en el punto preciso de la articulación. Nunca pedía permiso para fumar, y cada vez que la magistrada intentaba censurarle con una mirada de autoridad, él la desarmaba con expresión de muchacho cogido en una travesura. En cierto modo, se parecía al padre de Elena Rincón. Era de su tamaño, más bien menudo, y habría podido pasar por un trabajador manual cualificado: quizá un buen electricista, o u

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta