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NO MORIRáS

Blas Ruiz Grau  

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Fragmento

1

Miércoles, 8 de noviembre de 2017. 4.04 horas. Madrid

«Qué fácil es empujar a la gente, pero qué difícil guiarla.»

La frase, pronunciada por el premio Nobel de Literatura Rabindranath Tagore, resonó en su cabeza. Nunca había leído nada de su obra. No le interesaba, ya que la poesía no iba con él, pero esa frase se quedó un día grabada a fuego en su cerebro y de vez en cuando la recordaba.

Aquella era una de esas veces, quizá porque la ocasión le venía que ni pintada.

Llevaba un buen rato dándole empujones en su espalda.

No quería andar y, en cierto modo, era lo lógico. Era la respuesta más normal frente a una situación como la que se le planteaba. La chica no era estúpida y, aunque no le había revelado el fin de ese viajecito que estaban realizando juntos, seguro que intuía que, de los dos, solo volvería uno.

En uno de esos empujones ella acabó en el suelo. Él, convencido de que no era para tanto, creyó que se había dejado caer, desesperada, así que no tuvo inconveniente en mostrar cierto grado de paciencia para que volviera a ponerse en pie. Tenía y a la vez no la tenía, era difícil de explicar. Siguió mirándola mientras le concedía ese respiro, pero si lo prolongaba demasiado no dudaría en tomarla por las axilas y emplear toda la fuerza de sus brazos para levantarla. No sería un gesto misericordioso, ni mucho menos, sino para demostrar que allí sucedería exactamente lo que él quería que sucediera. Sería absurdo mostrar compasión en aquellos momentos teniendo en cuenta lo que iba a pasar. Mejor guardar ese cinismo para otras ocasiones. Menuda pérdida de tiempo no saborear algo que dejaba tan buen gusto en su paladar sin necesidad de aderezo.

Al final ella se puso en pie sin que él tuviera que intervenir.

«Mejor», pensó.

El frío no era tan intenso como uno esperaba a tan avanzadas horas de la madrugada, sobre todo para ser noviembre. Aunque, a decir verdad, no estaba en posición de afirmar si en realidad no lo hacía o era él el que no lo notaba. El flujo de sangre que recorría sus venas era tan constante y endiablado que llegó a considerar que era eso lo que le proporcionaba esa cálida sensación en el cuerpo. Le hubiera gustado tener delante al que dijo que los psicópatas no eran capaces de experimentar ningún tipo de emoción. No por nada en especial, sino solo para tener un interesante debate acerca de si eso era verdad.

Él sentía cosas. Vaya si las sentía.

Se referían a él como psicópata, pero le hubiera encantado discutir con el primero que le asignó ese calificativo... y también con los siguientes, porque creía que estaban muy desencaminados.

No lo era en modo alguno. La gran cantidad de libros que había leído sobre el tema confirmaban que él no padecía esa anomalía psíquica, ni por su carácter ni por su forma de actuar. ¿Puede que estuviera equivocado? Por supuesto, no era tan estúpido como para considerarse el portador de la verdad absoluta, de la universal, pero asociaba la palabra «psicópata» a una persona que causaba dolor con el único propósito de sentir satisfacción personal. Y por más que lo intentaba, no encontraba esa satisfacción por ningún lado. Sabía que sus actos se podían entender como una necesidad de justicia y venganza que en ningún caso podría verse satisfecha de otro modo. Lo suyo no era matar por matar: todo lo hecho, todo lo que quedaba por hacer, todo escondía un sentido, un propósito, un fin.

Pero si otros necesitaban llamarlo psicópata, que lo hicieran. Ellos eran los expertos, ¿no?

Él se limitaría a seguir con su labor y punto.

Cuando llegaron a las escaleras —tantas veces ascendidas durante las últimas semanas para ir preparando el terreno—, ella se detuvo en seco.

Otra vez. Su paciencia tenía un límite y, aunque ya había previsto que sucediera en más de una ocasión, notó cómo el vaso estaba cada vez más lleno. A punto de desbordarse. Pero no dejaría que ocurriera, no, porque entonces todo perdería su significado.

Ella se volvió y lo miró directamente a los ojos. Las palabras pugnaban por salir de su boca, pero una mordaza se lo impedía. Aun así, él no necesitaba que ella dijera nada para saber que lo que haría sería rogar, una vez más, que no le hiciera daño. O, sabiendo que eso era una quimera, que no lo alargara más y que pusiera fin cuanto antes a aquel suplicio. Que le quitara la vida ya.

Tampoco es que hiciera falta ser un genio para saber lo que sus ojos imploraban... Últimamente había pensado mucho en lo bien que se le daba leer los ojos de la gente. Había escuchado muchísimas veces que todo se mostraba reflejado en ellos pero, hasta que no acabó con una vida con sus propias manos, no lo pudo comprobar. Recordaba esos ojos constantemente. No porque se le aparecieran en sueños y le provocaran pesadillas, no. Ese reflejo que vio en los ojos del carnicero de ese pueblucho alicantino le confirmaron que lo que hacía era justo lo que debía hacer. Que a esa persona le tocaba pagar por sus actos pasados y que sabía que había llegado el momento de que se hiciera justicia.

Todo eso le contaron sus ojos.

Ella no dejaba de mirarlo. Aún reflejaban súplica, rogaban por una clemencia que no iba a llegar.

Trató de contenerse, pero no lo pudo evitar.

Fernando —o como casi todo el mundo lo llamaba: el Mutilador de Mors— dibujó en su rostro una siniestra sonrisa. Una sonrisa que no hizo más que confirmar a la chica que moriría, pasara lo que pasase, pero que aún le tocaba esperar. Puede que no mucho, pero su destino estaba grabado en piedra con martillo y cincel. Fernando había sido más paciente que nunca, esperando un año entero a que llegara este día en concreto, y no se saldría de la línea trazada.

Además, con el ritmo establecido.

Durante los últimos días, las visitas al zulo en el que estaba encerrada Carolina Blanco se incrementaron. Ella, que no era nada ignorante, se dio cuenta de que las cosas ya no andaban bien. Intuía que su intervención en el show era próxima. Y, de hecho, no se equivocaba: estaba a punto de llegar.

Tocaba entrar en escena.

Fernando trató de que su prolongada estancia en el subsuelo, dentro de esas cuatro —no le costaba reconocer que asfixiantes— paredes, fuera lo más plácida posible. ¿Eso era de monstruos? Ella era su rehén. Eso era un hecho indiscutible, la realidad no había sido disfrazada. Eufemismos, los justos. Aunque tenía en sus manos hacer que su estancia durante ese confinamiento fuera más cómoda, ¿por qué no? Para ello la mujer disponía de agua caliente, que él mismo traía en un termo tres veces a diario. Fernando sabía que Carolina la empleaba sabiamente en asearse. Parecía haber aceptado su papel dentro del juego que iba a poner encima de la mesa y eso permitió que él se hubiera podido centrar más en todo lo que estaba a punto de acontecer y que, además, la compensara con otras comodidades por ser tan buena huésped. Incluso le llevó un colchón, no nuevo, eso sí, pero al menos ya no tendría que dormir en el frío y duro suelo. Ella, al ver que su situación —aunque no sabía qué quería exactamente reteniéndola ahí, ya que se negaba a contárselo— mejoraba, consideró que lo mejor era relajarse un poco dentro de lo posible y dejar que los días pasaran. Su actitud varió y abandonó el hermetismo. El resultado fue sorprendente, ya que hasta charlaban de vez en cuando.

A Fernando esa nueva situación le provocaba curiosidad. Y aunque decían que eso fue lo que mató al gato, era de las pocas cosas que le producían cierta satisfacción. Siempre fue reticente a dejarse conocer por otras personas, aunque no le importó con Carolina. Evocó sus primeras conversaciones, cómo él sentía por dentro una especie de lucha interior —que luego catalogó como vana— en la que se negaba a abrirse a la muchacha. Lo que tenía claro era que en ninguna de esas charlas hablaría del inspector. Ni siquiera de pasada. Le daba igual que ella hiciera sus cábalas acerca de por qué permanecía allí abajo privada de libertad; puede que hasta acertara el motivo. No le importaba. No hablarían de él. Sabía que les acarrearía un enfrentamiento tan lógico como innecesario, pues, con toda seguridad, los dos tendrían una visión diferente del bueno del inspector Valdés. Mejor dejar el tema aparcado. De lo que sí hablaban era de libros. Él se sorprendió gratamente cuando empezó a llevarle revistas para que estuviera entretenida y Carolina las rechazó argumentando que, aunque le gustaba leer, no era ese tipo de publicaciones por las que más predilección sentía. Cuando él le preguntó acerca de sus gustos sobre novela, descubrió que eran muy similares a los suyos. Incluso ella le llegó a recomendar alguna que Fernando leyó ávidamente y que le encantó, le dejó un muy buen sabor de boca.

Lo malo de aquello era que, de algún modo, todo tenía su fin y en los últimos días tuvo que ir cerrando ese grifo de las conversaciones, pues se generaba, a través de ellas, una especie de vínculo con la muchacha que solo dificultaba el plan que estaba a punto de comenzar. No es que sintiera nada extraño, pero antes de que pasara era mejor cortar por lo sano.

Todo era más sencillo así.

Lo malo fue que Carolina se percató. De hecho, Fernando la notaba inquieta durante sus últimas visitas. No lo llegaron a hablar, pero percibía que la muchacha sabía que, fuera lo que fuese lo que iba a suceder, había llegado el momento.

Salió de todos estos pensamientos e indicó con la mirada a la chica que debía comenzar a subir las escaleras. Ella pareció dudar, quizá no por lo que le esperaba, sino porque la oscuridad era tal que apenas se lograba ver nada. Fernando consideró que no era excusa y le dio un nuevo empujón. Otro más. Uno que le indicaba que, pasara lo que pasase, su plan seguiría adelante.

Resignada, comenzó a subir los peldaños.

La observó mientras lo hacía. Le era difícil discernir si sentía o no frío. Tiritaba, pero, claro, en la situación en la que se encontraba también podría tiritar en una cálida noche de julio tras una jornada de cuarenta grados a la sombra. El miedo era lo que tenía.

O eso creía que tenía.

Él también ascendía, pero a una distancia prudencial de la chica —sobre todo por si a

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