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NO MáS MIEDO

Erica Jong  

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Fragmento

 

Me encantaba el poder que tenía sobre los hombres. Cuando iba por la calle, mi culo en forma de mandolina oscilaba y se balanceaba y ellos volvían la cabeza para mirarlo. Es extraño que no entendiera del todo este poder hasta que lo perdí o se lo transferí a mi hija; todas las miradas masculinas sobre su núbil cuerpo de veinteañera, como una gran promesa de bebés. Echaba de menos ese poder. Me parecía que las cosas que habían venido a sustituirlo —el matrimonio, la maternidad, la sabiduría de la mujer mayor (puf, detesto esa frase)— no valían la pena. ¡Ah, la pena! La pena es lo que permanece, lo que no deja de arder. Meras palabras que no significan nada. Sé que debería hacerme a un lado como una niña buena y vieja y evitarle a mi hija la vergüenza de revelar mis pasiones, pero no puedo, del mismo modo que no puedo morir como corresponde. La vida es pasión. Pero ahora conozco el precio de la pasión, así que es difícil seguir siendo tan despreocupada.

Pero ¿acaso alguna vez fui despreocupada? ¿Acaso alguien lo es? ¿Acaso el amor no es siempre un cigarro de broma que te explota en la cara? ¿No dijo Gypsy Rose Lee: «Dios es amor, pero que te lo ponga por escrito»? ¿Y no dijo Fanny Brice: «El amor es como un truco de cartas: cuando sabes cómo funciona, ya no te hace gracia»? Esas tipas sabían muy bien de lo que hablaban, y ¿se rindieron alguna vez? ¡Jamás!

No pienso contaros —todavía— cuántos años tengo ni cuántas veces me he casado (he decidido que nunca voy a pasar de los cincuenta). Mi marido y yo leemos las necrológicas juntos más veces de las que tenemos relaciones sexuales. Solo voy a decir que, cuando todos los problemas de mi familia de origen se me vinieron encima y me di cuenta de que mi matrimonio no podía salvarme, llegué a un punto en que estaba tan trastornada que puse el siguiente anuncio en zipless.com[1], una página web para encontrar sexo fácil:

Mujer felizmente casada con energía erótica de sobra busca hombre felizmente casado para compartirla. Celebremos a Eros una tarde por semana. Discreción garantizada. Juguetona, bonita, imaginativa, ingeniosa. Envía e-mail y foto reciente. Nueva York y alrededores.

¡Esta mujer sí que estuvo al borde de un ataque de nervios! Era otoño en Nueva York, una época de ligeras neblinas, fiestas judías y cenas benéficas de cinco mil dólares el cubierto para ayudar a quienes padecen enfermedades chic. Una época para nuevos principios (Yom Kipur), para comenzar de nuevo (Rosh Hashaná) y para sembrar de cara a un invierno estéril (Sucot). Cuando puse el anuncio, me imaginaba entrevistando tranquilamente a distintos candidatos a amante, como una sofisticada sibarita. Pero, de repente, fui presa del pánico. Empecé a fantasear con todos los pervertidos, perdedores, carrozas, extorsionadores y maníacos homicidas que atraería un anuncio como ese, y entonces empecé a recibir tantas llamadas de mis padres enfermos y de mi hija embarazada que me olvidé por completo del asunto.

Pasaron unos minutos. Entonces, de pronto, las respuestas empezaron a llegar de la red. Fue como cuando una máquina tragaperras se pone a escupir monedas. Casi me daba miedo mirar, pero, al cabo de un momento, ya no pude resistirlo. Sentí una esperanza parecida a la de que te toque la lotería. En la primera respuesta había una instantánea escaneada de un pene erecto, un espécimen moreno sin circuncidar y con una gotita de rocío guiñando el ojo en la punta. Debajo de la foto, en el borde blanco, decía: «Sin Viagra». El mensaje que acompañaba era bastante conciso:

Me gusta tu estilo. Siempre me han ido las mujeres resueltas. Manda foto desnuda y medidas.

El siguiente comenzaba así:

Querida Buscadora:

A veces pensamos que lo que queremos es carnalidad cuando, en realidad, estamos buscando a Cristo. Descubrimos que, si abrimos nuestros corazones para que Él pueda entrar, podemos obtener toda clase de satisfacciones que nunca habíamos soñado. A lo mejor crees que estás buscando a Eros, pero, en realidad, buscas a Tánatos. En Cristo está la vida eterna. Él es el amante que nunca decepciona, el amigo que es fiel para siempre. Sería un honor conocerte y aconsejarte…

Incluía también un número de teléfono: 1-800-CRISTO-Y-TU.

Tiré todas las respuestas a la papelera virtual, las borré y apagué el ordenador. Debí de volverme loca en el momento en que di mi verdadera dirección. Me engañé pensando que ahí acababa todo. Otra mala idea abortada. Volví a mi vida de casada como una autómata. Siempre he sido impulsiva, y la gente impulsiva sabe cómo evitar sus impulsos. El sexo era un lío, eso a cualquier edad, pero, a los sesenta —vaya, se me ha escapado—, ya era una broma. A las mujeres no se les permite sentir pasión a los sesenta. Se supone que tenemos que convertirnos en abuelas y retirarnos, que nuestra condición es la de una serena ausencia de sexo. El sexo es para las de veinte, treinta, cuarenta, incluso cincuenta. El sexo a los sesenta es una vergüenza. Incluso si tienes buen aspecto, ya sabes demasiado. Ya conoces todas las cosas que pueden salir mal, todos los inconvenientes a los que te arriesgas, todos los peligros que supone jugar con desconocidos. Sabes que la discreción no es más que una fantasía imposible. ¡Y ahora había dejado mi e-mail en manos de toda la gentuza que hay en internet!

Además, adoro a mi marido y lo último que quisiera es hacerle daño. Siempre he pensado que, al casarme con alguien veinte años mayor que yo, me arriesgaba a pasar mis últimos años sin sexo. Pero él me había dado tantas otras cosas… Me había casado con él cuando tenía cuarenta y cinco años y él sesenta y cinco, y había sido estupendo. Me había curado todas las heridas que tenía de los matrimonios anteriores. Había sido un padrastro buenísimo para mi hija. ¿Cómo me atrevía a quejarme porque en mi vida faltaba algo? ¿Cómo me atrevía a poner un anuncio en busca de Eros?

Mis padres se estaban muriendo y yo empezaba a volverme inimaginablemente mayor; pero ¿era eso un motivo para buscar lo que mi vieja amiga Isadora Wing[2] había llamado polvo súbito? Seguro que sí. Era eso o el éxtasis espiritual. Por lo visto, los creadores de zipless.com se habían apropiado de la expresión de Isadora sin pagarle ni un céntimo. La compañía que compró los derechos cinematográficos fue vendida a una compañía que tenía derechos editoriales, que a su vez fue vendida a una compañía que explotaba derechos digitales, que fue vendida a una compañía que explotaba expresiones conocidas. Así es la vida de los escritores, tan salvaje como la de los actores.

Isadora y yo somos amigas para siempre. Nos conocimos por una película que no llegó a hacerse. Incluso pasamos todas las resacas juntas. Y puedo llamarla para que me dé apoyo moral cada vez que la necesito. Ella es mi mejor am

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