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NO SOY LIZZY BENNET

J. de la Rosa  

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Fragmento

Lizzy no recordaba el significado de aquella señal de tráfico.

Debía de indicar algo importante porque esa tarde se la cruzaba por tercera vez.

Aceleró un poco más. Si su viejo coche seguía respondiendo tendría una remota posibilidad de lograrlo. Volvió a mirar las revoluciones. Estaban por encima de las cuatro mil quinientas. En breve se escucharía aquel sonido como de tos asmática, empezaría a salir humo negro del tubo de escape y todo se habría acabado.

Tuvo que agitar la cabeza para apartar los malos augurios. «Si piensas que algo irá mal, irá mal», diría tía Agatha, y Lizzy estaba decidida a creerla a pesar de que era la última persona en la que quería pensar en este momento.

Al final redujo la velocidad para ralentizar las revoluciones mientras miraba por el retrovisor. El sedán negro continuaba allí, cinco o seis coches por detrás, sin dejar de seguirla. Aparecía y desaparecía de su ángulo de visión cada vez que intentaba adelantar. El conductor era un buen perro sabueso y no iba a abandonar la pieza.

—¡Mierda, mierda, mierda! —mordió en voz baja.

Tenía que despistarlo como fuera. Si le daban alcance...

El GPS indicaba que unas pocas manzanas más adelante, una vez cruzase el río, se toparía con la salida al nudo de autopistas interestatales. Entonces podría meter quinta, las jodidas revoluciones de su vieja tartana descenderían hasta límites relativamente normales, y solo así existiría una pequeña posibilidad de escapar.

Tragó saliva y apartó con la mano la gota de sudor que le resbalaba por la frente. Mataría por un cigarrillo. Asesinaría por un vaso de buen whisky escocés. Incluso cometería un magnicidio por un beso y por aquella voz cálida que le susurraba en los peores momentos «No pasa nada. Todo saldrá bien».

Terminó riéndose de su propia ocurrencia hasta que la sonrisa se congeló en sus labios al comprobar que el sedán había conseguido adelantar a un par de vehículos y ya casi le pisaba los talones.

Desesperada, miró la pantalla de su teléfono móvil. El mapa no mostraba rutas alternativas, solo aquella larga avenida saturada de tráfico. Si intentaba adelantar, el motor de su coche se rompería en pedazos, y si seguía tal y como iba, los del coche negro la alcanzarían en unos pocos minutos.

Sintió que el aire le faltaba en los pulmones.

—Ahora no, por favor, ahora no. —Aquello vaticinaba otra maldita crisis de ansiedad.

A unos pocos metros el semáforo se puso en ámbar y el vehículo de delante empezó a reducir. Ella volvió a mirar horrorizada por el retrovisor. El enorme coche oscuro estaba aprovechando para acelerar y ganar distancia. Ahora solo los separaban un par de automóviles. Cuando Lizzy se detuviera en el semáforo, ellos únicamente tendrían que bajarse e ir en su busca.

No lo pensó. Si lo hubiera hecho, tía Agatha no habría tenido que sermonearla tan a menudo. Pisó a fondo el acelerador y dio un volantazo a la izquierda, obligando al conductor que intentaba acceder a aquel carril a frenar en seco. Creyó escuchar un golpe metálico pero no miró hacia atrás. Al fin tenía el camino libre y el semáforo aún seguía... ¡EN ROJO!

Ya no podía detenerse. Como un kamikaze se lanzó a través del cruce de las dos grandes avenidas y cerró los ojos.

—¡Dios mío, Dios mío!

A su derecha oyó cómo chirriaban los neumáticos de otros vehículos que debían tratar de esquivarla. Por su izquierda le lanzaron un par de insultos tan agresivos que la hicieron sonrojar, y justo de frente sintió el camino libre y un aire fresco que olía a esperanza.

Al fin abrió los párpados. La avenida estaba mucho más despejada en aquella parte. Miró hacia atrás una vez más. Había una furgoneta de reparto cruzada en la calzada, un autobús con dos ruedas subidas en la acera y un motorista con las manos levantadas que le lanzaba insultos, pero todos respetaban el semáforo y se iban haciendo cada vez más pequeños, incluso el enorme sedán negro, que estaba atrapado detrás de dos conductores asustados.

Lizzy sonrió sin poder evitar que el nerviosismo le recorriera la espalda. Ya solo tenía que cruzar aquel maldito río y tomar la jodida salida al nudo de autopistas. Solo eso. Tan solo eso.

Pisó un poco más a fondo, siempre con prudencia. Los dos carriles laterales estaban saturados de tráfico, pero el suyo marchaba fluido. Su coche había ganado espacio y parecía haberse recuperado. De nuevo la placa. ¿Qué señal de tráfico era aquella? Estaba segura de haberla visto antes, pero no podía recordarla.

Volvió a fijarse en la carretera y tuvo que pisar el freno porque acababa de aparecer ante su parabrisas, en su mismo carril, una destartalada furgoneta Bully Volkswagen.

—¿De dónde ha salido ese cascajo?

Aquella vieja tartana debía de haber vivido sus mejores años durante el movimiento hippie, varias décadas atrás. Ahora traqueteaba como podía muy por debajo de la velocidad de la vía.

Lizzy miró de nuevo hacia atrás. El semáforo aún no estaba en verde y ella había podido ganar distancia, pero si no la aprovechaba la terminarían cazando como a una corza herida.

Intentó cambiar de carril, pero algo debía de estar sucediendo más adelante porque de pronto el tráfico era más denso y algo más lento.

Empezaba a notar que la exigua sensación de libertad iba desapareciendo de su pecho, como un suspiro. Había ganado unos metros, pero el sedán estaría encima de ella si no volvía a recuperarlos. De nuevo vio pasar ante su ventanilla aquella recurrente señal de tráfico y, como un recuerdo borroso, se iluminó en su cabeza el significado: PUENTE LEVADIZO.

El estómago le dio un vuelco y le entraron ganas de vomitar, pero consiguió recuperarse. El puente que tenía que atravesar sobre el río podría abrirse en cualquier momento y entonces ella acabaría parada, atrapada entre aquel conglomerado de vehículos anónimos el tiempo necesario como para que los ocupantes del sedán negro llegasen hasta ella.

Una vez más notó cómo el sudor helado le recorría la espalda. La pagó con el claxon, al que agredió varias veces, a la espera de que el conductor de la Volkswagen se sintiera intimidado y decidiera salir de SU carril, pero eso no iba a suceder. Puso el intermitente primero a la derecha y después a la izquierda. Giró el volante para sacar el morro lo bastante como para que el conductor de detrás se detuviera y la dejara pasar. Nada de nada. El tráfico era cada vez más asfixiante y ella estaba atrapada como una mosca dentro de una bombilla.

Y entonces sucedió lo peor. En el arcén apareció un operario vestido de amarillo intenso que indicaba a los conductores con un bastón luminoso que debían reducir la velocidad porque el puente iba a ser izado.

—¡Solo un momento! —le gritó Lizzy, intentando sacar la cabeza por la ventanilla opuesta—. ¡Tiene que dejarme cruzar! ¡Tengo que llegar al otro lado!

Pero su desesperación no pareció impactar de ninguna manera en el operario, que, ignorándola por completo, siguió con su tarea de indicar a los conductores que debían reducir hasta detener los motores.

Si aquella jodida furgoneta hubiera sido un poco más rápida, solo un poco más rápida, ella habría podido llegar a tiempo, pero...

Cuando la vieja Bully al fin terminó de cruzar la oscura junta de dilatación que indicaba el comienzo del puente levadizo, el hombre de amarillo se colocó justo delante del coche de Lizzy y, alzando la mano, le dio indicaciones de que ya no podía avanzar más. El puente iba a empezar a levantarse y ella debía quedarse allí hasta que volviera a su posición inicial... mil años más tarde.

Lizzy lo miró con una mezcla de terror y desesperación. La vieja furgoneta se iba haciendo cada vez más pequeña, casi hipnótica, solitaria mientras se convertía en el último vehículo en cruzar al otro lado del río. No pudo evitar mirar por el retrovisor. Con la vía libre, la marcha del sedán negro era implacable. Adelantaba de una forma casi delicada, acercándose cada vez más mientras dejaba atrás uno a uno a todos los que se interponían entre ellos y Lizzy Bennet.

—¡Por favor, tiene que dejarme pasar! —le suplicó de nuevo al operario, sacando la cabeza por la vent

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