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NOCHES FURTIVAS

Mina Vera  

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Fragmento

1.ª edición: julio, 2017

© 2017 by Mina Vera

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-310-0

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Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

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A Eric y Laia, mis más grandes tesoros.

Os quiero con locura.

 

 

 

 

 

Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer

es que no has amado.

William Shakespeare

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Promoción

Prólogo

North Collegiate School, Londres, primavera de 1869

Úrsula Oliván se sumó de forma mecánica a los súbitos aplausos tras escucharlos a su alrededor, despertándose así de la introspección en la que se hallaba sumida. Una punzada de culpabilidad atravesó su pecho por haber permanecido con la cabeza ausente mientras su mejor amiga recitaba el poema ganador en el concurso de ese año. En un intento de resarcirse, se puso en pie y aplaudió con mayor entusiasmo, logrando que Verónica Aranda centrara su mirada en ella desde la tarima del salón de actos y le dedicara una amorosa sonrisa.

Sabía cuán importante era para su amiga recibir aquel reconocimiento. Año tras año, desde que ambas ingresaran en el prestigioso instituto para señoritas de Camden Town, Verónica había participado en diferentes categorías del concurso que se organizaba de cara a la fiesta de primavera. Y siempre había resultado ganadora en alguna de ellas. Era talentosa en diferentes áreas, y de aquella forma se lo demostraba a sí misma y al resto del mundo. Aunque Úrsula era consciente de que lo hacía principalmente para que su padre —que se quedaba en España durante el año lectivo y al que solo veía cuando volvía a casa durante las vacaciones de verano— se sintiera orgulloso de ella.

Por su parte, Úrsula no sentía aquella necesidad de reconocimiento, ni de su familia en particular ni de nadie en general. Sí era cierto que había participado en el concurso de ciencias el primer año de instituto, ya que era el área donde más cómoda se sentía, pero lo había hecho como reto personal. Ganar solo había supuesto una meta alcanzada más. Una vez cumplida, había preferido dejar paso a las alumnas más jóvenes, pues creía que ese era el propósito real de aquel concurso: retar a las mentes a esforzarse y superarse. Por supuesto, eso era algo que jamás le diría a su amiga. Sabía que era una persona a la que le motivaba tener una ilusión a la que aferrarse. Lo que no había sabido hasta aquel fatídico día, era que ella había resultado ser más parecida a Verónica en ese ámbito de lo que jamás había creído. Su padre acababa de truncar su mayor ilusión. Ahora, no quedándole esa meta tan anhelada, desconocía qué nuevo objetivo iba a marcarse en la vida. Tampoco sabía si sería capaz de levantarse cada día sin tener una razón por la que hacerlo. Jamás, en sus dieciocho años, se había sentido tan desorientada.

Acudir a la fiesta había sido un esfuerzo mayúsculo. Sin ánimo alguno tras la devastadora conversación con su padre la noche anterior, Úrsula había barajado la posibilidad de quedarse en la cama fingiendo estar indispuesta. Pero eso habría supuesto perderse la última de las fiestas de primavera que le quedaba, el posterior baile y… verlo a él. A todas luces, por última vez, ya que Ricardo Oliván le había dejado muy claro que partirían de Londres en cuanto le fueran entregadas las notas de fin de curso.

Nada de esperar a la reunión con la directora, para la cual ya tenía fecha y hora, en la que se iban a valorar las capacidades académicas de la alumna y de esta forma comenzar los trámites para el acceso a la universidad: elaboración del expediente, carta de recomendación…

Ricardo Oliván había dejado bien clara una cosa: su única hija ya tenía una formación más que suficiente para una jovencita casadera. Pocas muchachas españolas eran tan cultas como ella. Y ahora sus negocios requerían que la familia al completo regresara a Zaragoza. Su tiempo en Londres había concluido. Y ella debía encontrar un marido en España. Quien ella eligiera —había concedido—, siempre y cuando fuera de buena familia. Pero más pronto que tarde.

Aquel pensamiento borró de un plumazo la forzada sonrisa de su cara. Encontrar un marido. En España. La idea le había parecido siempre tan lejana que nunca le había preocupado de verdad. Era cierto que en los años que había pasado en Londres, un único hombre había ocupado los raros momentos que se permitía abandonarse a la ensoñación de imaginarse rodeada por unos brazos masculinos. Sin embargo, su tiempo y esfuerzos debían ser dedicados al estudio para obtener unas excelentes notas que le abrieran las puertas de la universidad y, de este modo, alcanzar su verdadero sueño: cursar estudios en Químicas y llegar a ser una gran perfumista.

No obstante, aquellos ojos verdes que siempre la habían mirado con amabilidad, aquella boca perfecta de labios tentadores que sonreían de forma tan sincera, o aquel aroma profundamente varonil y personal que la perseguía a menudo en sueños, eran difíciles de olvidar hasta para la más aplicada de las alumnas del instituto que tanto echaría en falta en pocas semanas. Para ella, aquel centro de estudios se había convertido en un refugio, y pronto perdería el cobijo que este le había ofrecido a cambio de su tiempo y dedicación.

De la misma forma, perdería la posibilidad de seguir viendo a Edward Green, aunque solo fuera una vez al año, y solo para bailar con él dos o tres piezas e intercambiar las escasas palabras que cada baile les permitía. Así pues, si esa noche iba a ser la última, ni su padre, ni su profunda tristeza por el varapalo recibido, iban a poder robársela.

—¿No se aburrirá nunca de ganar?

La voz de Lindsay Green a su espalda hizo que Úrsula sintiera un escalofrío y regresara a la realidad, dejando a un lado toda lástima por sí misma. Si su gran amiga y excompañera de instituto estaba ya allí, con toda seguridad, su hermano mayor también.

Lindsay había acabado los estudios hacía ya dos años, pero seguía sin perderse un solo baile de primavera, al que todas las exalumnas estaban invitadas,

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