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NORMA

Sofi Oksanen  

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Fragmento

Después del entierro nada volvió a ser como antes, pese a que Norma aún lo creía posible en el momento en que dejó atrás al grupo de asistentes al funeral y se escabulló por el camino que llevaba a la verja del cementerio. A su madre no le importaría que pidiera un taxi para irse y los demás le daban igual: no quería estar con familiares que apenas conocía ni atestiguar las intrigas de los posibles herederos de la casa de Naakka, un tema que no tardaría en salir a relucir, entre las empanadillas de Carelia y los sándwiches cortados por la mitad, mientras la abuela hilaba anécdotas con su frágil memoria. Con sólo subirse al taxi, Norma se libraría de toda aquella farsa. Trataría de volver a su rutina diaria y de enfrentarse a la muerte de su madre (¡nada de evitar los lugares que se la recordaran!). No llegaría tarde al trabajo, ni cogería un taxi en lugar del metro ni rompería a llorar por las mañanas al desenredarse el pelo con el peine de púas metálicas. No se olvidaría de comer ni de beber suficiente agua, ni permitiría que se desmoronase la vida que ella y su madre habían construido con tanto esfuerzo. A la mañana siguiente se prepararía como siempre para ir al trabajo, sacudiría los pelos de la blusa, metería en el bolso el aceite de bebé para domar los rizos, el Diazepam y el Postafen, para tranquilizar la mente y el cuerpo, y un bote tamaño viaje de Elnett, una laca cuyo aroma hacía evocar una jornada de trabajo normal y a mujeres cuyas vidas estaban en orden. A partir de ahora sería una de ellas. Así, preparada para afrontar el día que le esperaba por delante, Norma caminaría hacia la estación de metro de Sörnäinen, se mezclaría con la multitud y dejaría que las escaleras mecánicas la llevaran hasta el andén donde esperaría para abordar el vagón de cola del metro como cualquier otro día. La corriente de aire agitaría las faldas, la gente estaría enfrascada con el móvil o el periódico gratuito y nadie pensaría en la tragedia que había tenido lugar en ese mismo andén. Nadie más que Norma, mientras se preparaba para enfrentarse al trabajo y al ambiente de tensión que reinaba desde hacía meses debido a las negociaciones del acuerdo con el Ministerio del Trabajo: ella comprendería entonces que lo único que se había detenido en su vida era la vida de su madre.

El taxi no aparecía. Norma se apoyó contra el muro del cementerio y se abandonó a la sensación de alivio que le procuraban las benzodiazepinas y la escopolamina. Había salido airosa del entierro. No había reparado en la falsedad de los pésames ni en la hipocresía en las palabras pretendidamente empáticas. No se había desmayado, ni había vomitado, ni había tenido un ataque de pánico aunque varias personas se habían acercado a abrazarla. Se había comportado como una hija ejemplar y finalmente podía quitarse las gafas de sol, que se deslizaban por el puente de su nariz brillante de sudor. Justo cuando estaba metiendo las gafas en el bolso, se le acercó un desconocido a presentarle sus condolencias.

Norma volvió a ponerse las gafas: no necesitaba compañía.

—Creo que los demás se han ido hacia allá —dijo señalando el restaurante donde se celebraría una comida, y se bajó el ala del sombrero.

No obstante, en vez de marcharse, el hombre le tendió la mano. Norma se dio la vuelta sin corresponder al saludo: no le gustaba relacionarse con extraños. Pero el hombre no se rindió: le cogió la mano con la izquierda y la llevó hasta su propia mano derecha.

—Lambert, Max Lambert. Soy un viejo amigo de tu madre.

—No recuerdo que me haya hablado nunca de usted.

—¿Tú le hablabas a tu madre de todos tus amigos? —le replicó riéndose—. Hace ya mucho tiempo de todo eso. En nuestra juventud, tu madre, yo mismo y Helena vivimos muchas aventuras juntos.

Norma retiró la mano bruscamente: aquellos dedos que presionaban la piel de su mano se le antojaban poco menos que un hierro aplicado contra su voluntad; además, aquel hombre había hablado de su madre en pasado, lo que le parecía directamente ofensivo: ella todavía no había llegado a esa etapa. Para colmo, no podía ser su amigo: Norma y su madre, Anita Ross, habían llevado una existencia solitaria; su vida social se había limitado a los inevitables vínculos laborales. Cada una conocía el pequeño círculo de amistades de la otra y ese tipo no pertenecía a ese círculo.

Llevaba el cabello peinado hacia atrás; abundante, teniendo en cuenta su edad, pero la piel de su rostro era otra historia: tenía arrugas, sin duda debidas al exceso de sol, bolsas bajo los ojos, probablemente por culpa de una afición desmedida por la bebida, y un montón de capilares rotos que el bronceado no conseguía disimular. En sus sienes, empapadas de sudor, se olía la cerveza de la noche previa. Su traje, pese a ser de buena calidad, oscuro y apropiado para un velorio, también mostraba los estragos de la vigilia: parecía flojo y deformado, se le formaban bolsas en las rodillas. Su aftershave era un Kouros comprado recientemente, no un frasco que llevara años en el estante, y el champú, de los que suelen usar en las peluquerías. La interpretación de Norma se detuvo ahí: los medicamentos y la tristeza le habían taponado la nariz y los parches para las náuseas pegados detrás de las orejas liberaban escopolamina en sus venas, así que fue incapaz de leer al hombre de forma más precisa. Cuando vio que un mechón de pelo se le soltaba de la coleta y se enrollaba como un tirabuzón, entró en pánico y miró la hora en el móvil: el taxi ya debería haber llegado. El hombre sacó del bolsillo unas gafas de sol con cristales de espejo y se las puso.

—¿Puedo llevarte a algún lado?

—No, gracias. El taxi está en camino.

El hombre tenía la risa de un donjuán trasnochado y se acercaba tanto que casi parecía estar insinuándose. Algo en su voz le hizo pensar en esos bulliciosos grupos de turistas donde siempre hay un gracioso que dice bromitas en voz alta y hace reír a los demás.

—Te conviene ponerte en contacto conmigo lo antes posible: nos encargaremos de despejarte el camino de cosas desagradables para que puedas continuar con tu vida.

El hombre sacó un estuche que parecía de plata, aunque estaba bastante deslustrado, y deslizó una tarjeta de visita en la mano de Norma. La cadena de oro que llevaba en la muñeca brilló bajo el sol. De seguro había ganado el tarjetero jugando a las cartas, si no lo había robado... La mente de Norma se llenaba de las ideas más peliculeras: ¿no sería éste su verdadero padre, en vez de Reijo Ross? ¿Le habría ocultado su madre que tenía un medio hermano? Quizá ese hombre había ido al entierro equivocado...

• • •

Margit la llamó cuando el taxi ya estaba llegando al barrio de Kallio. Norma respondió al sexto timbrazo. La tarjeta de visita de Lambert seguía en su regazo y, mientras su tía intentaba convencerla de que volviera, ella le doblaba las esquinas. El cartón de la tarjeta era grueso y caro, de color crema con letras de oro. Sólo llevaba el nombre, sin tratamiento ni dirección. Respondiendo a un impulso, le preguntó a su tía si Max Lambert había ido a la comida.

El nombre no le decía nada: Norma tenía razón al pensar que el tipo había

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