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NOS MIENTEN

Eduardo Vaquerizo  

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Fragmento

1

Intrusión

Ajena al futuro que está llegando, Nora Robles viste un traje de un diseñador cuyo nombre no sabe pronunciar. La tela, tejida a medias con fibras inteligentes, a medias con la mejor lana italiana, camufla la armadura reactiva que lleva debajo. Parte de su misión como polizo de escolta cercana es no llamar la atención.

Cambia de postura para descansar las piernas. El roce de la tela satura la ultrasensible entrada de audio de la consola. Los filtros actúan de inmediato y eliminan los molestos ruidos. El mundo vuelve a llenarse de susurros que solo con sus oídos no hubiera percibido. Oye a la perfección, como si estuviera dentro del teatro, el sonido de los violines, los metales de la orquesta y la voz del barítono subiendo y bajando escalas.

Su puesto está en el perímetro exterior del Teatro Real, junto a un enorme macetero. En la visión aumentada que la consola entrega a su cerebro, la red de seguridad es un denso esquema de líneas balísticas, zonas libres y zonas rojas, accesos aéreos y caminos optimizados de vigilancia que se superponen a la realidad tridimensional. Mueve la cabeza para obtener una panorámica y entonces pierde la visión por completo. La consola se ha apagado. Al instante vuelve a ver, pero percibe el mundo a través de los ojos desnudos, sin las mejoras introducidas por las cámaras de alta sensibilidad de la consola. Su visión natural, como la de todos los humanos, es pobre, defectuosa.

Ha perdido también las comunicaciones. Nora se envara, está sorda y ciega. Podría ser un ataque que ha comenzado derribando el espacio cibernético de seguridad, pero no. La consola se reinicia; de inmediato vuelve a tener visión mejorada, a escuchar el susurro de las comunicaciones tácticas, a oír la música en el interior del teatro. En un parpadeo, el sistema experto de la consola, como si acabara de llegar a la fiesta tecnológica, vuelve a localizar a los francotiradores ocultos en los rincones más insospechados de los tejados que circundan la plaza de Oriente y a identificar a los compañeros polizos que la rodean. Todos ellos aparecen en rojo, como posibles enemigos. Las alarmas se disparan. Nora espera. Las consolas comienzan a hablar entre ellas, a preguntarse y a responderse. Intercambian en microsegundos megabytes codificados en términos de amigo-enemigo mientras impiden que los gatillos de las armas se liberen y puedan ser disparadas. Tras la tensa conversación electrónica, las consolas se reconocen como miembros del mismo bando. A consecuencia de ello, los polizos y francotiradores que brillaban en rojo sangre relucen ahora en un tranquilizador verde fosforescente.

Nora vuelve a respirar. Quitando el fallo de la consola, que últimamente hace cosas raras, todo parece ir bien.

Se permite el lujo de estirar la espalda para aliviar el dolor que siente a causa de una antigua lesión, una rotura de fibras, que no termina de sanar. Sabe que necesita una regeneración de nivel tres, pero su seguro no la cubre. Tendría que ahorrar mucho si quisiera que le arreglaran los tendones para que no volvieran a molestarla.

—Chequeo cinco, cinco. Hemos notado un parpadeo de su consola.

—Cinco, cinco, todo OK. Consola reiniciada.

Reconoce la voz del controlador de los Ramoneda, el viejo Stearsky. Nora sonríe. Nadie sabe mejor que él que las comunicaciones vocales están obsoletas. Son demasiado lentas y poco fiables, pero aun así sigue usándolas. Son costumbres de toda una vida, supone, seguridades inconscientes, caminos de los que tu cuerpo parece reacio a desviarse a pesar de tener la tecnología más avanzada a tu disposición.

Vuelve a cambiar de postura. Siente ganas de mear. La armadura carece de sistema de contención biológica para nada que no sea sangre o vísceras. Se aguanta las ganas. Es cierto lo que Stearsky le dijo una vez: «La capacidad más valiosa de un polizo es una vejiga enorme».

Por lo que gritan dentro del teatro supone que no queda mucho para que acabe la función. El sol aún no se ha puesto y sus rayos oblicuos reverberan en las muchas superficies de metal y cristal del edificio. Lo poco que quedó del antiguo Palacio Real después de que fuera destruido en las guerras corporativas fue usado para construir una enorme montaña luminiscente, cruce entre auditorio, monumento, estación de transporte y centro comercial.

En un rincón de su visión ve pasar una cinta de iconos. Los traduce mentalmente; activación vehículos, control chequeo de sistemas terrestres, control chequeo de sistemas aéreos. Escuadra de escolta motorizada, en verde.

El grupo de vehículos de los Ramoneda, que incluye una limusina Mercedes-Hyundai y una escuadra de motos, calienta motores. Nora imagina a Domingo, uniformado de tela italiana como ella, al manillar de una de aquellas motos tácticas, el casco engarzado con la armadura, el cuerpo macizo, sin una gota de grasa; tenso y atento a las órdenes, esperando para preceder al vehículo del viejo Ramoneda hasta su casa en la sierra.

Se obliga a volver a la posición de firmes. Hace un esfuerzo por concentrarse y estar preparada. No es buen momento para pensar en Domingo y en lo que harán después, cuando hayan dejado en su cuna de oro al viejo Ramoneda y a su mujer.

Escucha el sonido de los aplausos. El código de activación de su escuadra le llega milisegundos después. Tienen que cubrir la seguridad del trayecto de los Ramoneda desde el interior del teatro hasta los vehículos, uno de los puntos más críticos de cualquier escolta. El plan de seguridad, las zonas de cobertura de las que tiene que responsabilizarse y las líneas balísticas, se sobreponen en su visión de la escena mediante vectores y zonas iluminadas. Solo tiene que seguir las indicaciones.

Aún tardan en salir. Los transportes, ordenados por estricto orden de importancia de sus dueños, esperan en una larga fila en la puerta del teatro. La luz de las farolas comienza a brillar en las chapas de carbono lacado de aquellas enormes máquinas.

Su consola entra en modo de espera interferida, un sistema de seguridad de rango superior la ha inhibido. No puede hacer uso de la red táctica ni tampoco de su arma, que está bloqueada. De pronto el cielo se llena de drones artillados. Aquellas máquinas y sus sistemas de tiro automático los mantienen encañonados. Segundos después, el helicóptero del presidente de la Confederación Empresarial de Madrid despega desde el tejado del Teatro Real. La mayor parte de los francotiradores y policías que rodean el teatro desaparecen. Ahora la seguridad pasa a ser un asunto estrictamente privado, como si no lo fuera siempre.

El helicóptero del presidente se ha evaporado en el amplio cielo del atardecer pero no ha recuperado todavía el uso de las funciones tácticas de su consola. Nota una palpitación en la garganta, el corazón se le acelera. El lapso no debería ser tan amplio, algo no va bien.

Nora, sin órdenes todavía del comando táctico, se dirige a la puerta del teatro. Allí Ramoneda y su mujer, exhibiendo amplias sonrisas, charlan y se despiden de otros empresarios mientras el coche les espera con las puertas abiertas. Seis polizos los protegen desde todos los ángulos. Una coordinación perfecta. Como siempre.

Su consola sigue muerta. Nota como sus compañeros también están intranquilos. Le hace una seña a uno de ellos, que le responde con un leve encogimiento de hombros.

Nora chequea su arma. El gatillo está liberado, pero sigue sin comunicaciones tácticas, sin identificación de rangos ni puntería integrada.

Los Ramoneda al fin caminan hacia el coche. Todo va a terminar.

Más tarde, cuando las grabaciones se analizaran fotograma a fotograma, se vería como aquel hombre salía del teatro y llegaba hasta el viejo moviéndose entre los polizos como un invitado más, sin despertar sospecha alguna.

La primera noticia que tuvieron de

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