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NUBES DE GUERRA (ANíBAL 3)

Ben Kane  

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Fragmento

Créditos

Título original: Anibal. Clouds of War

Traducción: Mercè Diago y Abel Debritto

1.ª edición: marzo 2015

© Ben Kane, 2014

© Ediciones B, S. A., 2014

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

DL B 4859-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-991-6

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Mapa 1

Mapa 2

Mapa 3

Prólogo

PRIMERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

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SEGUNDA PARTE

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21

22

23

24

25

Epílogo

Nota del autor

Glosario

Nota

Dedicatoria

Para Camilla y Euan, compañeros en Northumberland durante una época difícil. Al cabo de más de una década, seguís siendo mis amigos. Con eso está todo dicho.

Mapa 1

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Mapa 2

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Mapa 3

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Prólogo

Prólogo

Apulia, sur de Italia, verano del 216 a. C.

Después de una victoria rutilante sobre más de ochenta mil romanos, Aníbal permitió a los soldados descansar dos noches y un día. «Es lo mejor que podía hacer», pensó Hanno mientras observaba las caras de la cincuentena de oficiales y jefes de clanes que había a su alrededor, cartagineses, númidas, íberos y galos. A pesar de haber dormido un poco y haberse lavado la sangre del rostro y los brazos, no cabía la menor duda de que se les veía rendidos. Exhaustos. Agotados.

Aunque era joven y gozaba de buena forma física, Hanno se sentía igual. No podía ser de otra manera. La batalla de Cannae se había librado bajo un abrasador sol estival durante un día entero. La matanza ni siquiera cesó cuando se giraron las tornas y los legionarios quedaron rodeados. La lucha implacable solo tocó a su fin cuando cayó la noche, cuando los soldados cartagineses acabaron cubiertos de sangre de pies a cabeza y los caballos del lomo a los cascos. Después de la encarnizada lucha, los campos de matorrales del amanecer se habían convertido en campos de sangre al anochecer.

La batalla había causado estragos entre los supervivientes. Más de cincuenta mil romanos yacían sin vida en un perímetro de veinte estadios, pero ocho mil soldados de Aníbal jamás volverían a ver un nuevo día, entre ellos Malchus, el padre de Hanno, que apenas podía contener la pena que brotaba de su interior. Casi todos los hombres que le rodeaban habían perdido a algún ser querido o habían sido testigos de la muerte de íntimos amigos o compañeros de armas. Pero había merecido la pena. Roma había recibido un mazazo histórico y había perdido más de dos tercios de su ejército. Uno de sus cónsules había muerto y habían caído centenares de miembros de la clase gobernante. Los pueblos y ciudades de Italia debían de estar temblando ya ante la devastadora noticia. Contra todo pronóstico, Aníbal había vencido al mayor ejército que la República Romana había reunido jamás. ¿Cuál sería su próxima hazaña? Desde que Aníbal les había convocado en la explanada situada ante su tienda, esa era la pregunta que corría en boca de todos.

Hanno vio a su hermano Bostar.

—¿Sabes lo que nos va a decir? —susurró.

—Sé tanto como tú.

—Espero que nos ordene marchar sobre Roma —interrumpió Sapho, el mayor de los tres hermanos—. Quiero quemar y arrasar esa maldita ciudad.

Aunque no siempre estaba de acuerdo con Sapho, esta vez Hanno compartía su deseo. Si el ejército que la acababa de derrotar de forma tan aplastante se presentaba ante sus puertas, Roma tendría que rendirse, ¿no?

—Pero lo primero que hay que hacer es trasladar el campamento lejos del campo de batalla —comentó Sapho arrugando la nariz—. El olor es insoportable.

Hanno asintió e hizo una mueca. El calor del verano acrecentaba el omnipresente hedor de la carne en putrefacción.

Bostar soltó un bufido desdeñoso.

—¡Aníbal tiene cosas más importantes en las que pensar que nuestros olfatos ofendidos!

—Era una broma, hermano, pero eso es algo que tú no puedes entender —gruñó Sapho.

—¡Basta! ¡Ya viene! —riñó Hanno a sus hermanos.

Los scutarii vestidos de negro que hacían de guardaespaldas del general se habían puesto firmes.

Se produjo una breve pausa y Aníbal salió de la tienda en plena luz del alba. Los exhaustos oficiales le ovacionaron con entusiasmo. Hanno gritó con todas sus fuerzas, al igual que sus hermanos. El general era un hombre al que valía la pena seguir, un hombre que había liderado a su ejército a lo largo de miles de estadios desde Iberia hasta Italia atravesando la Galia con el objetivo de humillar a Roma.

Aníbal iba vestido para la guerra. Sobre la túnica púrpura vestía una brillante coraza de bronce, con los pteryges para protegerse la entrepierna y los hombros, e iba tocado con un sencillo casco helénico. Un parche púrpura cubría el lugar que debería ocupar el ojo derecho. No llevaba escudo, pero iba armado con una sencilla falcata envainada. Al general también se le veía cansado, pero su amplio rostro barbudo lucía una expresión de satisfacción y le brillaba la mirada cuando levantó las manos para pedir silencio y colocó los pies separados en el suelo.

Los asistentes callaron en el acto.

—¿Lo habéis asimilado ya? —preguntó Aníbal.

—¿A qué te refieres, señor? —preguntó Sapho con una sonrisa pícara.

Sonaron varias carcajadas y Aníbal inclinó la cabeza sonriente.

—Creo que ya sabes a lo que me refiero, hijo de Malchus.

—Estamos empezando a asimilarlo, señor —respondió Sapho.

Hubo varios murmullos de satisfacción y miradas contentas. Antes de la batalla, nadie había dudado de la experiencia táctica de Aníbal, pero ahora su habilidad rozaba la de los dioses, pensó Hanno. Los cincuenta mil soldados de Cartago se habían enfrentado a un ejército que les doblaba en número y al que no solo habían vencido, sino aplastado totalmente.

—Cada vez que se me olvida, señor, el hedor del campo de batalla me recuerda el número de enemigos que aniquilamos —añadió Sapho.

Más risas.

—Pronto trasladaremos el campamento, no os preocupéis.

Aníbal hizo una pausa y todos guardaron silencio.

—¿Adónde iremos, señor? ¿Al Campo de Marte en las afueras de Roma? —preguntó Hanno, que comprobó complacido cómo varios oficiales asentían con la cabeza al oír su comentario, entre ellos Maharbal, el comandante de la caballería de Aníbal.

—Ya sé que eso es lo que deseáis la mayoría —respondió Aníbal—. Pero no es el plan. Estamos a más de dos mil quinientos estadios de Roma y los hombres están exhaustos. No tenemos comida para todo el viaje y, mucho menos, para alimentarnos una vez allí. Las murallas de Roma son altas y carecemos de máquinas de asedio. Mientras nos dedicáramos a construirlas —con el estómago vacío— en el exterior, el resto de las legiones de la República nos atacarían por la retaguardia. En cuanto llegaran, tendríamos que retirarnos o quedaríamos atrapados entre ellos y la guarnición de la ciudad.

Las palabras de Aníbal fueron como un jarro de agua fría. El entusiasmo de Hanno se desvaneció ante la certeza de su general. Casi todos los rostros y murmullos a su alrededor reflejaban el mismo descontento.

—Quizá no lleguemos hasta ese punto, señor —cuestionó Maharbal.

Se hizo un silencio atónito.

—Hemos vencido a los romanos tres veces, señor —prosiguió—. Los aplastamos en Trebia, en el lago Trasimene y aquí, en Cannae. Roma debe de haber perdido unos cien mil soldados. Solo los dioses saben con exactitud cuántos ecuestres y senadores han muerto, pero habrá sido un gran porcent

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