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NUDO DE ALACRANES

Eloy Urroz  

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Fragmento

1

¿Por qué la asesiné?

¿Porque la amaba?

Pero ¿y si no la hubiese amado?

Sí, ¿qué hubiera ocurrido? ¿Cómo hubiera terminado todo? ¿Seguiríamos juntos los cinco, nuestro círculo, nuestro ashram del amor?

Pero ¿de veras la quise tanto como digo, o todo fue culpa de México, ese sueño de una patria extraviada?

¿O al final fue sólo mi error?

No, no y no. Fue culpa suya, de Irene, y ahora me entenderán, ahora sabrán por qué la culpo a ella y a nadie más…

Me queda poco tiempo, lo sé de sobra, y por eso debo apurarme. Debo empezar… pero, ¿por dónde? ¿Acaso el día en que llegué a Estados Unidos persiguiendo un espejismo? ¿O ese otro en que volví a México buscando otro espejismo después de veintidós años de exilio voluntario?

¿Por dónde dar inicio a esta confesión? ¿Contando sin pudor la forma llana de la asfixia, describiendo el puro acto sin elucubraciones del corazón? No, así no pienso hacerlo, sépanlo. Antes voy a indagar en las razones, necesito aclarar los motivos, contar la historia, mi pasado, nuestros pasados, el de Irene y el mío, el día exacto en que la conocí, la infalible noche en el cuartucho pestilente de La Huerta, el legendario putero de Cuernavaca en los noventa, cuando mi país no se había ido a la chingada todavía, cuando era soltero, putañero y podía elegir entre ser seducido o seducir. Sí, pero contarlo así me retrotraería a mis 25 años, a esa primera mitad de mi vida transcurrida en el Distrito Federal, a mi juventud perdida y añorada, a esos años en que pensaba devorarme al mundo y amar a las mujeres, conocerlas, lo mismo que hiciera mi querido Lawrence durante su corta vida. Eso, insisto, me comprometería a contar sucesos de esa época, y ¿quién puede aguantar una historia tan pedestre y extensa, sobre todo si la mayoría (lo sé de sobra) se acerca a esta confesión por el morbo que incita, por el escándalo en los diarios y la televisión?

Comienzo la noche en que conocí a Braulio, cuando presenté mi tercera novela, Ternura, en la universidad donde trabajo (o trabajé), frente a un auditorio de treinta estudiantes y un adjunto, y no ese inolvidable día, hace veinticinco años, en que me acosté con Irene por primera vez en aquel putero selvático de Cuernavaca, aquellos tiempos en que comenzaba a leer a Lawrence con el entusiasmo del adoctrinado en las leyes irracionales y vitalistas del amor.

De Ternura han pasado tres años escasos. Era enero o febrero del 2014. Llevaba seis viviendo en Carolina del Sur y Braulio, a quien nunca había visto, se acercó al final como si lo conociera de toda la vida.

—Felicidades —me dijo estrechándome la mano—. Salió muy bien. Short and sweet, como dicen los gringos…

—Gracias —le dije—. ¿Cómo te llamas?

—Braulio Aguilar. Somos colegas.

—¿No me digas que enseñas en Trident?

—Exacto. Somos rivales —sonrió—, y también los únicos mexicanos que escriben en todo el estado…

—El más retrasado del país, por cierto…

—Somos los penúltimos —me corrigió, riendo—. Alabama es el número cincuenta en educación. Carolina del Sur el cuarenta y nueve. No estamos tan mal, a pesar de todo…

—Pues mira, no lo sabía —sonreí.

—¿Sabes por qué México quedó en segundo lugar mundial en corrupción y analfabetismo?

—Ni idea.

—Porque dimos mordida para no quedar en el primero.

Solté una carcajada, lo que provocó que el adjunto y un par de estudiantes que merodeaban por allí se volvieran a mirarnos, sorprendidos. Braulio reía mientras se estiraba su barbita de púas y se acomodaba sus anteojitos redondos estilo León Trotsky. Tras darle mi número de teléfono, se despidió dándome un fuerte apretón de manos y quedó en llamarme.

Al volver a casa, se lo comenté a María mientras bebía un whisky:

—Hay otro mexicano en Charleston. Enseña en Trident. Se ve muy buena onda.

—¿Está casado? —fue lo primero que preguntó. Así era María: suspicaz hasta la médula.

—Ni idea. No se lo pregunté. Fue rápido.

—¿Y cómo te fue?

—Fueron los estudiantes que querían recibir un punto extra y un adjunto, Philip. A nadie en el Departamento le interesa la literatura, ya sabes.

—Qué importa —me dijo con gesto de bonhomía que no hizo sino crisparme el cuero cabelludo—. Al fin y al cabo, eres escritor, y no un maestrito de lenguas.

Pero no era cierto… o no exactamente. Era un escritor, sí, pero a nadie le importaba un carajo ese lado (patético) de mi personalidad. Era, para ser sinceros, un simple maestrito de lenguas, un profesorcillo de español con ámpulas de novelista en un estado donde el español no le interesa a nadie y en un país donde mi lengua es un exotismo venido de más allá del Río Bravo, donde la corrupción es rampante y las leyes se inventaron para infringirse. Eso éramos los mexicanos (y poco más) para los incultos rubios monolingües del sureste americano.

Por más que María intentara sedarme con lenitivas palabras, la contradicción en la que había estado viviendo desde que llegara a Estados Unidos hacía veinte años no dejaba de enervarme. He allí el espejismo del que hablaba…

Al final, Braulio llamó a casa una tarde y habló con María. Se cayeron bien, incluso conversaron un rato…

A las dos semanas exactas conocimos a su mujer, Beatriz, tres años mayor que Braulio Aguilar. Lucho y Alberto, nuestros hijos, María y yo, fuimos a su casa al otro lado de la ciudad, en West Ashley, a cuarenta minutos de distancia sin tráfico. Nos habían dicho que harían pizzas caseras y ensalada griega; algo sencillo, advirtieron. Apenas si tenían muebles. En esa época, creo, se acababan de mudar a esa zona. Era la primera casa que adquirían, nos contaron llenos de alegría cuando nos vieron llegar. Hasta entonces, siempre habían alquilado departamentos amueblados, cerca del centro. Si nosotros sobrevivíamos con mi sueldo y el de María, ellos, en cambio, debían estar más apretados que nosotros, pensé.

Conocimos a sus cuatro hijas, niñas espectrales y tímidas, o eso me parecieron esa noche. Las cuatro indiscernibles, idénticas, físicamente parecidas a Braulio. Beatriz, en cambio, era bonita, aunque en esa época estaba bastante pasada de peso. Luego, con todo lo ocurrido, adelgazaría a grados difíciles de imaginar.

Esa noche hablamos largo sobre México; despotricamos de Calderón y Peña Nieto, el cual iba peor que Calderón; debatimos sobre drogas y carteles confabulados con los gobiernos estatales; desmenuzamos sitios pintorescos de Charleston, la mejor ciudad del sureste americano, según un artículo que Beatriz nos leyó del Travel & Leisure.

—Podríamos haber caído en un lugar espantoso —declaró sin ambages.

—Ni lo digas —corroboró María dando un trago a su copa de vino blanco—. Hay sitios horrendos donde te quieres morir del aburrimiento.

Confieso que, durante esa primera reunión, no noté absolutamente nada. Tampoco María. Beatriz y Braulio parecían una pareja normal, es decir, cariñosa y estable. Llevaban veinte años casados, casi igual que nosotros. Ella era defeña y Braulio era tapatío, aunque había estudiado en la UNAM, como yo. Nunca coincidimos en la facultad, pues le llevo cinco años. Braulio tenía la edad de María, y Beatriz, ya lo dije, tiene tres años más que él, así que yo era, a fin de cuentas, el mayor de esa tertulia de exiliados.

Nada notamos, insisto, esa velada. Parecían llevarse bien. Él amaba la cocina como yo, amaba la poesía como yo y amaba y odiaba a México como yo, aunque nunca con el arrebato de María y Beatriz, quienes aborrecían nuestra patria con toda su alma y jamás, nos dijeron esa noche, regresarían, salvo de vacaciones. México se había ido al carajo, prorrumpieron al unísono dándose un abrazo de falsas amigas mexicanas.

—Sí, pero qué bien se la pasa uno allá —dije por joder y porque siempre estaba extrañando mi maldito país.

—Es un mero espejismo empañado por tu nostalgia —declaró Beatriz, sintiéndose de pronto poeta—. Nada tiene que ver con la realidad, Fernando. La distancia distorsiona tu visión. No te culpo; a todos nos pasa, pero es cosa de superarlo y ubicarte.

—Ahora México es un pobre país vendido a unos cuantos —añadió María.

—Igual que aquí —la atajó Braulio—. ¿En qué se distinguen? Dime.

Sus cuatro hijas y nuestros dos hijos varones eran, para bien o para mal, gringuitos, ciudadanos americanos: el inglés era su lengua y con trabajos masticaban el español que les habíamos enseñado como si en ello se nos fuera la vida a los cuatro, como si importara muchísimo aprenderlo. Hacia allá derivó inevitablemente la conversación.

—Cuesta admitirlo, pero el español no tiene la menor importancia por más que nos empeñemos en creer lo contrario.

—Lo hablan cincuenta millones en Estados Unidos y quinientos en el mundo —saltó Beatriz de su silla.

—Sí, pero no deja de ser un exotismo, algo accesorio —respondí envalentonado y con mi tequila

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