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NUEVA VIDA (EXCUSAS DE UN AMOR 2)

Sebastián Tognocchi  

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Fragmento

Capítulo 1

Epitome

—Escúcheme, Melisa. Y escúcheme bien. Van a trasladarme.

—¿Trasladarlo? ¿Hacia dónde?

—A Buenos Aires. Y allí… Bien, solo el destino sabe qué me deparará. Necesito que esté segura. Necesito que se vaya de aquí.

—Ángel, no puedo hacerlo. Grantano debe saber que estoy aquí, que cumplo con sus exigencias.

—¡Es peligroso, Melisa! —enfureció entrecerrando la boca—. Él podría…

—¿Golpearme? —lo interrumpió Melisa—. ¿Podría golpearme otra vez? ¿Podría violarme una vez más? —agregó a modo de confesión.

—¿Cómo… cómo ha dicho? ¿Violarla…?

—Aquí voy a quedarme, Ángel. No podrá doblegar mi alma. Que haga con mi cuerpo lo que desee. Pero mi alma y mi corazón le pertenecen a usted. Y si es el riesgo que debo correr para asegurarme de que usted siga con vida… bien, que así sea —dijo sonriendo, cuando dos uniformados ingresaron y la tomaron de los brazos hasta levantarla del suelo. A la fuerza, arrastraron a Melisa hacia fuera del calabozo y esta no apartó la mirada de los ojos de Ángel.

—Hasta que nos volvamos a hablar —le dijo él, sonriéndole.

—Aquí estaré… —respondió Melisa en un último susurro—. Aquí estaré…

***

«—Señorito… —rompió el silencio Melisa en un susurro escurridizo. De haber conocido el límite al que llegarían, quién sabría decir hasta dónde se hubiesen entregado—. Señorito, es suficiente… por favor —insistió su voz en sus recuerdos, lo que lo atormentó ciegamente en aquella fría y oscura habitación de Colonia del Sacramento. Recientes golpes sufridos en sus costillas hacían que el aire al respirar le doliese y, en la oscuridad del cautiverio, el tiempo se convirtió en su peor enemigo—. Señorito… ¡deténgase! —suplicó Melisa en un último suspiro… Ángel sabía que habían llegado al límite más íntimo de su ser. Él, deshecho de amor por ella. Ella, entregada a sus deseos. Él, deseando pertenecer a su existencia. Ella, convirtiéndose en la suya, por siempre—. ¡Le prohíbo! ¿Escuchó bien, Ángel? ¡Yo le prohíbo que vuelva a dudar de nosotros! ¿Está claro esto?».

Recuerdos… solo recuerdos que se perdieron en sus instintos más profundos. Una sola piel a los ojos del mundo. Piel bendita, envenenada en su pecado. Bendito pecado a sus ojos de enamorado. Enamorado eterno, sin culpa ni vergüenza. Allí, en sus recuerdos tormentosos, en aquel frío y oscuro habitáculo del Uruguay, fueron uno en su mente. Uno, por siempre. Ángel no volvería a soltarla. No esa vez. No esta vez. No, por siempre. Nunca más.

«—Soy suya, señorito. Suya porque así lo elegí, sin opciones, sin alternativas y, aun así, en la más absoluta libertad».

Recuerdos que lo atormentaban. De haber conocido el límite al que llegarían, quién sabe hasta dónde se hubiesen entregado.

Colonia del Sacramento

23 de Enero de 1921

Señorito Ángel:

Son días grises los que afrontamos. Días difíciles de leer, si uno intenta encontrar la justicia en los actos más banales. Solo resta suponer, a mi conciencia, que la vida no es justa en lo absoluto. Y el entregarse a la resignación… duele. Cómo me duele, señorito.

Volví a releer la historia, nuestra historia. De principio a fin. Anotaciones de este tiempo, en mi mayor y más humilde intimidad. Desde aquella primera correspondencia que recibí de su puño y letra, en agosto de 1919, al día de hoy. Apenas un año y medio bastó para que desee mi destino a su lado. Apenas un año y medio… para que me entregue a su destino. Entrego, hoy, mi vida a su destino. Anotaciones. Sin encontrar sentido en muchas oportunidades, descubrí puntos de mi pluma, apenas marcas en cada carilla, que me recordaron cada vez que nos descubrimos. Cada vez que nos compartimos. Anotaciones adolescentes, con el fuego necesario. Desde aquella primera correspondencia en la que confesaba, con dolor, el trágico destino de mi hermano, hasta mi primera visita en octubre de aquel año a San Carlos. Encontré, también, la primera vez que lo vi… esa primera vez que ingresó a la taberna y se puso de pie frente a mis ojos con su abrigo bañado del aserrín de Wiederhold. Desde aquella primera vez que sus ojos observaron los míos. Vez en la que me encontré en su mirada y ya no pude escapar.

Amo su humildad, su compasión, su talento para desenvolverse en que cada situación, su capacidad de espera y de amor. Su silencio y su entrega absoluta. Caballero y educado, que soporta mis caprichos, porque eso es amar. Porque me entiende… y porque me quiere así como soy. Así, comprendió, en diciembre de ese año, que ocultara la muerte de mi he

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