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NUEVE PERFECTOS DESCONOCIDOS

Liane Moriarty  

0


Fragmento

1

Yao

Estoy bien —dijo la mujer—. No me pasa nada.

A Yao no le parecía que estuviese bien.

Era su primer día como enfermero de emergencias en prácticas. Su tercera visita a domicilio. Yao no estaba nervioso, pero se encontraba en un estado de alerta extrema porque no podía soportar cometer siquiera un error insignificante. De niño, los errores le hacían llorar sin consuelo y aún le provocaban calambres en el estómago.

Una única gota de sudor se deslizaba por el rostro de la mujer, dejando un rastro de baba de caracol por encima de su maquillaje. Yao se preguntó por qué las mujeres se pintaban de naranja la cara, pero eso no era relevante.

—Estoy bien. Quizá no sea más que un virus de veinticuatro horas —añadió ella con un leve acento de Europa del Este.

«Fíjate bien en tu paciente y en su entorno», le había dicho Finn, el supervisor de Yao. «Piensa que eres un agente secreto en busca de pistas para realizar un diagnóstico».

Yao veía una mujer de mediana edad y con sobrepeso, con pronunciadas manchas rosas bajo unos ojos de un peculiar verdemar y un pelo castaño y ralo recogido en un triste y menudo moño en la nuca. Estaba pálida y sudorosa y su respiración era irregular. Fumadora empedernida, a juzgar por su olor a cenicero. Estaba sentada en un sillón de piel y respaldo alto detrás de un gigantesco escritorio. Parecía una de las mandamases, si es que el tamaño de aquel lujoso despacho y sus ventanales con vistas al puerto eran indicativos de su estatus empresarial. Estaban en la planta diecisiete y las velas de la Casa de la Ópera quedaban tan cerca que podían verse los azulejos de color crema y blanco en forma de rombo.

La mujer tenía una mano en el ratón. Lo desplazaba por correos electrónicos en la enorme pantalla de su ordenador, como si los dos enfermeros que la examinaban no fuesen más que una molestia menor, unos técnicos que estuviesen allí para arreglarle un enchufe. Llevaba puesto un traje a medida azul marino que parecía un castigo, con la chaqueta incómodamente ajustada a la altura de los hombros.

Yao cogió la mano libre de la mujer y le puso un pulsioxímetro en el dedo. Vio una brillante y escamosa mancha rojiza en la piel del antebrazo. ¿Prediabetes?

—¿Estás tomando alguna medicación, Masha? —preguntó Finn. Se comportaba de forma familiar y campechana con los pacientes, como si estuviesen charlando de cualquier cosa en una barbacoa, cerveza en mano.

Yao había reparado en que Finn siempre llamaba a los pacientes por su nombre de pila y los trataba de tú, mientras que a él le daba vergüenza hablarles como si fuesen viejos amigos, pero, si eso servía para mejorar el estado de los pacientes, aprendería a superar su timidez.

—No tomo ninguna medicación —respondió Masha, con la mirada fija en el ordenador. Pulsó el ratón con contundencia sobre algo y, después, apartó la mirada de la pantalla y la levantó hacia Finn. Era como si alguna persona hermosa le hubiese prestado los ojos. Yao supuso que eran lentes de contacto de color—. Tengo buena salud. Os pido disculpas por haberos hecho perder el tiempo. Desde luego, yo no he pedido ninguna ambulancia.

—Yo he llamado a la ambulancia —dijo una mujer joven muy guapa de pelo oscuro con tacones altos y una ajustada falda de rombos entrelazados parecidos a los azulejos de la Casa de la Ópera. La falda le quedaba de maravilla, pero era evidente que eso no tenía ninguna relevancia en ese momento, aunque, siendo estrictos, ella formaba parte del entorno que se suponía que Yao tenía que observar. La chica se mordía la uña del dedo meñique—. Soy su asistente personal. Ella…, eh… —Bajó la voz como si estuviese a punto de contar algo vergonzoso—. La cara se le quedó completamente blanca y, después, se cayó de la silla.

—¡No me he caído de la silla! —protestó Masha.

—Se fue deslizando por ella, por así decir —rectificó la chica.

—He tenido un pequeño mareo momentáneo, nada más —le dijo Masha a Finn—. Y, después, he seguido trabajando. ¿Podemos ir abreviando? Estaré encantada de pagar, ya sabes, vuestro precio o vuestros honorarios, o lo que sea que cobréis por vuestros servicios. Pero la verdad es que ahora mismo no tengo tiempo para esto. —Volvió a dirigir de nuevo su atención a su asistente—. ¿No tengo una cita a las once con Ryan?

—La cancelaré.

—¿He oído mi nombre? —preguntó un hombre desde la puerta—. ¿Qué está pasando? —Un tipo con una camisa morada demasiado ajustada entró contoneándose con unas cuantas carpetas en la mano. Hablaba con engolado acento británico, como si perteneciese a la familia real.

—Nada —respondió Masha—. Siéntate.

—¡Es evidente que Masha no está disponible en este momento! —exclamó la pobre asistente personal.

Yao aprobó sus palabras. No le gustaba que se tomaran con ligereza los asuntos de la salud y pensaba que su profesión merecía más respeto. También sentía una fuerte aversión hacia los hombres con el pelo de punta y acento pijo que vestían camisas moradas de una talla más pequeña para presumir de unos pectorales demasiado desarrollados.

—¡No, no! Tú siéntate, Ryan. Esto no va a durar mucho. Estoy bien —dijo Masha haciéndole señas con impaciencia para que se acercara.

—¿Puedo comprobar tu presión arterial, por favor…, eh…, Masha? —preguntó Yao, mascullando valientemente su nombre mientras se disponía a ajustarle el manguito en el brazo.

—Vamos a quitarle antes la chaqueta. —Finn parecía estar divirtiéndose—. Eres una mujer ocupada, Masha.

—Lo cierto es que necesito realmente que firme estos documentos —le dijo el joven a la asistente personal en voz baja.

«Lo cierto es que necesito realmente comprobar las constantes vitales de tu jefa ahora mismo, cabrón», pensó Yao.

Finn ayudó a Masha a quitarse la chaqueta y la colocó sobre el respaldo de la silla con gesto cortés.

—A ver esos documentos, Ryan. —Masha se ajustó los botones de su camisa de seda de color crema.

—Solo necesito la firma en las dos páginas de arriba. —El hombre le extendió la carpeta.

—¿Te estás quedando conmigo? —La asistente personal levantó las manos con gesto de incredulidad.

—Colega, tendrás que volver en otro momento —dijo Finn con un claro tinte de firmeza en su tono de barbacoa.

El hombre dio un paso atrás, pero Masha le chasqueó los dedos para que le entregara la carpeta y él dio al instante un salto adelante para pasársela. Era evidente que sentía más miedo de Masha que de Finn, lo cual resultaba bastante significativo, pues Finn era un hombre grande y fuerte.

—Esto me llevará catorce segundos como mucho —le dijo ella a Finn. La voz se le volvió más pastosa en la palabra «mucho», que sonó como «musho».

Yao, con el manguito del tensiómetro aún en la mano, cruzó la mirada con Finn.

La cabeza de Masha cayó hacia un lado, como si acabara de quedarse dormida. La carpeta se le cayó de los dedos.

—¿Masha? —Finn habló con voz fuerte e imperiosa.

Ella se desplomó hacia delante, con los brazos en jarras, como una marioneta.

—¡Eso! —gritó la asistente personal con satisfacción—. ¡Exactamente eso es lo que le ha pasado antes!

—¡Dios mío! —El hombre de la camisa morada se apartó—. Dios. ¡Lo siento! Yo solo…

—Muy bien, Masha. Vamos a tumbarte en el suelo —dijo Finn.

Finn la levantó por las axilas y Yao la agarró de las piernas, soltando un gruñido por el esfuerzo. Yao se dio cuenta de que era una mujer muy alta; mucho más que él. Al menos de metro ochenta y un peso muerto. Juntos, él y Finn la tumbaron de lado sobre la alfombra gris. Finn dobló la chaqueta para ponérsela de almohada.

El brazo izquierdo de Masha se levantó rígido por encima de su cabeza, como si fuera un zombi. Cerró las manos con movimientos espasmódicos. Seguía respirando de forma entrecortada mientras el cuerpo se le movía.

Estaba sufriendo un ataque epiléptico.

Resultaba desasosegante ver esos ataques pero Yao sabía que había que esperar a que pasaran. No había nada alrededor del cuello de Masha que Yao pudiera desabrochar. Examinó el espacio que la rodeaba y no vio nada con lo que pudiera golpearse la cabeza.

—¿Es esto lo que le ha pasado antes? —Finn levantó la vista hacia la asistente.

—No. No, antes solo ha sido una especie de desmayo. —La asistente, con los ojos muy abiertos, miraba con horrorizada fascinación.

—¿Ha sufrido ataques así con anterioridad? —preguntó Finn.

—Creo que no. No lo sé. —Mientras hablaba, la asistente personal iba arrastrando los pies hacia la puerta del despacho, donde un grupo de otros miembros de la empresa se habían reunido ahora. Alguien levantó un teléfono móvil en el aire, grabando, como si el ataque de su jefa fuese un concierto de rock.

—Vamos a empezar con las compresiones. —La mirada de Finn era plana y tranquila, como si sus ojos fuesen piedras.

Hubo un momento —no más de un segundo, pero suficiente— en el que Yao no hizo nada mientras su cerebro trataba de asimilar qué era lo que acababa de ocurrir. Recordaría siempre ese momento de congelada incomprensión. Sabía que un paro cardiaco podía presentarse con síntomas parecidos a los de las convulsiones epilépticas y, aun así, lo había pasado por alto porque su cerebro había estado completa y equivocadamente convencido de una única realidad: «Esta paciente está sufriendo un ataque epiléptico». Si Finn no hubiese estado allí, Yao podría haberse quedado sentado en cuclillas mirando cómo una mujer sufría un paro cardiaco sin hacer nada, como un piloto de aerolíneas que estrella un avión porque confía ciegamente en sus defectuosos instrumentos. El mejor instrumento de Yao era su cerebro y ese día estaba defectuoso.

Le suministraron dos descargas, pero fueron incapaces de restablecer un ritmo cardiaco uniforme. Masha Dmitrichenko se encontraba en parada cardiaca total cuando la sacaron del despacho al que jamás regresaría.

2

Diez años después

Frances

Un día caluroso y despejado de enero, Frances Welty, quien fuera escritora de novelas románticas de gran éxito, conducía sola por un paraje de matorrales y maleza a seis horas al noroeste de su casa de Sídney.

La franja negra de la autopista se desplegaba hipnótica por delante de ella mientras los conductos del aire acondicionado rugían soltando un aire polar a toda potencia sobre su cara. El cielo era una cúpula gigante de color azul intenso que rodeaba su diminuto y solitario coche. Había demasiado cielo para su gusto.

Sonrió porque se recordó a uno de esos críticos malhumorados que escriben reseñas en TripAdvisor: «Llamé a recepción y pedí un cielo más bajo, con más nubes y más agradable. ¡Una mujer con marcado acento extranjero me dijo que no tenían más cielos disponibles! NUNCA MÁS. NO MALGASTES TU DINERO».

A Frances se le ocurrió que quizá estaba a punto de perder la cabeza.

No, no era verdad. Estaba bien. Perfectamente cuerda. Sin ninguna duda.

Tensó las manos alrededor del volante, parpadeó tras sus gafas de sol y bostezó con tanta fuerza que sintió un chasquido en la mandíbula.

—Ay —dijo, aunque no le había dolido.

Suspiró mientras miraba por la ventanilla en busca de algo que rompiera la monotonía del paisaje. Ahí fuera debía de hacer un calor implacable y severo. Podía imaginárselo: el zumbido de las moscardas, el triste graznido de los cuervos y toda esa deslumbrante y ardiente luz. Un paisaje realmente grande y marrón.

«Vamos. Dame una vaca, un campo de cultivo, un cobertizo. Veo, veo una cosita que empieza por la…».

N. De nada.

Se removió en el asiento y la parte inferior de la espalda le respondió con una sacudida de dolor tan fuerte y personal que hizo que se le saltaran las lágrimas.

—Por el amor de Dios —dijo con tono lastimoso.

El dolor de espalda le había empezado dos semanas antes, el día en que por fin aceptó que Paul Drabble había desaparecido. Estaba marcando el número de la policía mientras trataba de decidir cómo iba a referirse a Paul —¿su pareja, su novio, su amante, su «amigo especial»?— cuando sintió la primera punzada. Era el caso más obvio de dolor psicosomático de la historia, solo que el hecho de saber que era psicosomático no hizo que le doliera menos.

Resultaba extraño mirarse en el espejo cada noche y ver reflejada su zona lumbar tan blanda, blanca y ligeramente rechoncha como siempre. Esperaba ver algo espantoso, como una masa nudosa de raíces de árbol.

Comprobó la hora en el salpicadero: las 14:57. El desvío debía aparecer en cualquier momento. Había dicho a los de las reservas de Tranquillum House que estaría allí entre las tres y media y las cuatro de la tarde y no había hecho ninguna parada imprevista.

Tranquillum House era un «hotel boutique y spa». Su amiga Ellen se lo había sugerido.

—Tienes que curarte —le había dicho a Frances después de su tercer cóctel (un excelente Bellini de melocotón blanco) en un almuerzo la semana anterior—. Tienes un aspecto de mierda.

Ellen se había hecho una «purificación» en Tranquillum House tres años antes cuando ella, también, había estado «quemada», «agotada», «en baja forma» y…

—Sí, sí, ya te he entendido —la había interrumpido Frances.

—Ese sitio es bastante… atípico —le había explicado Ellen a Frances—. Su planteamiento es muy poco convencional. Te cambia la vid

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