Loading...

NUNCA NADIE ME HA AMADO MáS

Cristina Cuesta  

0


Fragmento

Capítulo 2

Una vez finalizado el semestre lectivo, aproveché los días que me quedaban libres para disfrutar de la playa. Russo había salido de mi radar por un tiempo y con un poco de suerte no lo cruzaría hasta mi regreso a Buenos Aires.

El sol de la Florida en pleno junio me hizo renacer. Sabía que al llegar a Argentina debería retomar la clínica y mi vida cotidiana, que por cierto era bastante monótona. Desde que mi padre de crianza —Tata o don Vito De Lucca— quedó viudo, se había encerrado en sí mismo, por lo cual regresé a la casa para poder acompañarlo. De alguna manera sentía que se lo debía.

Nuestra relación había tenido sus bemoles y se acentuó desde la muerte de mi madre. A pesar de no llevar su misma sangre, el hecho de ser tan reservada como él hacía parecer que era más hija suya que el propio Max. Mi medio hermano era simpático y verborrágico como había sido nuestra madre. No solo heredó de ella sus hermosos ojos verdes, sino un pelo lacio y rubio que me hacía envidiarlo.

Grandote y siempre de buen humor, lo demostraba en el trato con los caballos, su pasión, como veterinario especialista en cirugías de grandes animales. Yo lo llamaba «Perro» y él me decía «Vaquita», sobrenombres que solo estaban permitidos entre nosotros y que habíamos adoptado desde la niñez.

Tirada en la arena, leyendo la novela Otra noche para soñar, de Mariano Rodríguez, noté que algo me obstaculizaba el sol. De inmediato abrí los ojos y lo vi. Me paré de repente tratando de sujetar el corpiño de la bikini, desabrochado para lograr un bronceado sin marcas.

—Buenas tardes, doctor Russo. —Con dificultad me incorporé tratando de darle la mano.

—Hola, Abril, me crucé con algunos de sus compañeros y me informaron que podía ubicarla en esta playa. Quería despedirme, ya que mañana parto para su país. Además, el doctor Casabe me informó que usted me secundará en el nuevo proyecto y que necesita que acuda el lunes sin falta. Por lo visto trabajaremos cuerpo a cuerpo. Nos veremos pronto colega —se despidió apoyando su mano sobre mi hombro, erizándome la piel.

—Sí, por supuesto —respondí con una sonrisa.

Después de unos breves minutos, su silueta se diluyó entre la multitud. El tono de WhatsApp de mi celular me obligó a salir del trance. Al leerlo una mueca se asomó en mi boca. Solicitaban mi presencia a la brevedad, ya que habría un nuevo nombramiento y todo el personal debía estar presente. Aun sabiendo el resultado, esa misma tarde decidí cambiar el pasaje y regresar antes de lo programado.

Al llegar a Ezeiza estaban esperándome Tata y Max. Por suerte había hecho tiempo de comprar unos presentes para ellos y para la gente de la fundación.

—¿Cómo te fue, Vaquita? Te extrañamos con el viejo —dijo Max abrazándome mientras Tata se encargaba de mis valijas.

—Todo bien, Perro, los extrañé mucho. No estoy acostumbrada a irme tanto tiempo lejos de ustedes, hasta la comida ya me resultaba tediosa. —Pasé mis brazos por el cuello de ambos en señal de cariño.

—No parece —dijo riendo mientras me observaba el trasero, siendo este mi talón de Aquiles.

Mi viejo se apresuró en llevar las valijas al auto, y entonces aproveché para consultarle a mi hermano:

—¿Cómo está? —pregunté ávida de noticias.

—Igual, apenas habla. Estos meses que no estuviste parecía un alma en pena. Me alegra que hayas regresado, le hacés mucha falta —respondió visiblemente preocupado.

—Contame, ¿cómo va lo tuyo con Gloria? —Ese era el nombre de su última amigovia.

—Estoy solo otra vez. Parece que la maldición De Lucca nos persigue. —Sonrió con un dejo de amargura.

—¿Y vos te quejás? No soy una De Lucca, pero como Peres Rueca no me fue mucho mejor. Al menos tu padre no te abandonó como el mío. —Y en medio de la conversación que podría resultar hasta cómica, todavía me dolía el saberme abandonada por quien más debería haberme amado.

Capítulo 3

El lunes llegó y debía presentarme en la fundación. El frío de Buenos Aires me obligaba a tapar el bronceado que había conseguido. Una camisa blanca, stilettos rojos y pantalón negro me pareció lo más apropiado. Me bañe rápido para despabilarme. Con un maquillaje suave, acentuando mis largas pestañas negras y mis ojos marrones, arrancaba la mañana. Tratando de apaciguar mis rulos, los até en un rodete e hice un brushing en mi flequillo intentando dominarlos. Abrí el perfume que había comprado en el free shop y, sin querer, prácticamente me bañé en él. Lamenté mi torpeza, ya que enseguida vino a mi memoria lo caro que me había costado. Por suerte iba a reencontrarme con mis amigos, colegas y compañeros como los doctores Claudio Sánchez, Mariel Moreno y las enfermeras del establecimiento. Antes de salir de casa preparé unos mates y le llevé a mi viejo.

—Tata, ¿se puede? Te traje un mate. —Encendí la luz y me acerqué, termo en mano.

—Pasá, nena, ¿ya te vas? ¿Qué hora es? —preguntó medio dormido sujetando la infusión.

—Son las seis y media, tengo que entrar a las ocho. —Mientras me daba el mate observé la foto que conservaba en su mesita de luz, donde aparecíamos con mi madre cuando yo era pequeña.

—¿Qué querés que te haga de cenar? —consultó animado, mientras me acercaba el termo para que le cebara otro.

—Lo que te parezca. No creo que hoy esté de ánimo. La oportunidad que esperaba desde hace tiempo se la darán a otro. No tengo mucho que festejar —contesté cabizbaja, sintiendo que mi vida estaba incompleta.

—Tenés un techo sobre tu cabeza, estás bien de salud, trabajás en lo que amás, un hermano que te adora... ¿Te parecen pocos motivos para celebrar? —Quedé callada meditando lo que me decía ese hombre casi sin estudios, fijando la vista en los palitos de la yerba que al cuarto mate ya flotaban en la superficie—. ¡Mujer! ¿Tantas noches en vela estudiando y tomando mate y todavía no aprendiste a cebarlo? —Sonreí para mis adentros.

—No, Tata, porque te tenía a vos para hacerlo por mí. —Me besó en la frente apretando con fuerza su mano contra la mía, y en ese simple gesto estaba el amor que sentía por aquella chiquilla que con solo cuatro años había cobijado bajo su ala.

Capítulo 4

Ingresé a la clínica en horario. Ubicada en plena avenida Belgrano, era un referente para toda la comunidad médica. En esta sede funcionaban las áreas de quirófano, procedimientos invasivos e internación, además de consultorios externos, diagnóstico por imágenes y laboratorio.

A lo lejos divisé al doctor Russo. Impecable con un traje marrón claro y zapatos color chocolate, estaba de gran coloquio con la plana mayor. Intentando pasar desapercibida, el doctor Gabriel Conti me interceptó el paso con un fuerte abrazo de bienvenida.

Él había sido mi mentor en épocas de estudiante en la Facultad de Medicina. Años atrás me había traído a trabajar a la fundación y era artífice de que yo siguiera como cirujana cardiotorácica. La minireunión improvisada que se había gestado a un costado del salón de entrada era para recibir con bombos y platillos «al nuevo».

—Bienvenida, Aby querida —dijo de forma sincera, pues ese hombre de cabeza plateada me había moldeado en lo profesional a su imagen y semejanza.

—Buenos días, doctor Conti. —Y tratando de disimular le entregué una bolsa que contenía los chocolates favoritos de su esposa, la doctora Gala, y una botella de whisky de su preferencia.

—¡Pero, hija... gastaste una fortuna! —dijo sonrojado mientras relojeaba el botín.

—Doc... No es nada comparado con todo lo que usted ha hecho por mí en estos años. —No podía ignorar que siempre me había ayudado mucho para avanzar en la carrera.

—¡Charles! Aquí está la doctora Abril Peres Rueca. Vení, Aby, este buen hombre es mi ahijado, por eso me había empecinado en que hicieras tu perfeccionamiento con él. —Ahora me cerraban muchas cosas.

—Buenos días, doctora, tuvimos el placer de conocernos en Florida —aseveró Russo dándome la mano.

—Encantada nuevamente, doctor —contesté retirándome y dejé que los hombres continuaran con su plática.

Al girar sobre mis pasos noté que el bueno del visitante no podía apartar la vista de mi espalda, bueno... en realidad debajo de ella, y sin querer me ruboricé al imaginar sus pensamientos.

Pasé por la sala de enfermeras y dejé sobre la mesa, para su deleite, unos turrones bañados en chocolate junto con el café que me habían encargado. Enseguida vinieron a agradecerme y saludarme. Trataban de averiguar si seguía

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta