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NUNCA SERé TUYA (BAJO SOSPECHA 6)

Mary Higgins Clark   Alafair Burke  

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Fragmento

PRÓLOGO

Caroline Radcliffe, de sesenta años, estuvo a punto de tirar al suelo uno de los platos de postre que estaba apilando en el aparador cuando oyó un bramido procedente del estudio. Al instante se sintió culpable por haber apartado la vista de los niños, aunque solo fuera un momento, para mirar por la ventana y pensar que, ahora que estaban a finales de marzo, por fin podría pasar más tiempo fuera con ellos.

Echó a andar hacia el lugar del que venía el grito. Bobby, de cuatro años, pasó junto a ella dando saltitos mientras una risita excitada salía de su boca abierta. En el estudio halló a Mindy, de dos años, contemplando entre lágrimas con sus ojos azules los bloques de construcción derribados en torno a sus piernas.

A Caroline no le costó entender lo que había ocurrido. Bobby era un buen niño, pero le encantaba buscar formas de atormentar a su hermanita. A veces sentía la tentación de advertirle de que, con el tiempo, las chicas siempre acaban equilibrando la balanza. No obstante, imaginaba que serían los típicos hermanos que al final logran llevarse bien.

—No pasa nada, Mindy —dijo en tono tranquilizador—. Te ayudaré a ponerlas como estaban.

Mindy apartó de un empujón una pila de bloques, haciendo pucheros.

—¡No más! —gritó, y luego llamó a su madre.

Caroline suspiró, se agachó y cogió a Mindy para calmarla. Se la apoyó en la cadera y la abrazó hasta que su respiración rápida y alterada recuperó la normalidad.

—Mucho mejor —dijo Caroline—. Esta es mi Mindy.

Martin Bell, el padre de Mindy, había dejado muy claro que quería que Caroline dejara de «mimar a los críos». En su opinión, el simple hecho de coger en brazos a Mindy cuando lloraba era «mimar».

—Aprenden por medio de recompensas y castigos —le gustaba decir—. No es que quiera compararles con los perros, pero... bueno, así es como aprenden los animales. Quiere que la cojas en brazos; si lo haces cada vez que tiene un berrinche, se pasará el día y la noche llorando.

Para empezar, a Caroline no le gustaba comparar a los niños con los perros. Además, sabía un par de cosillas sobre cómo criarlos. Tenía dos hijos mayores y había ayudado a criar a otros seis en sus años de niñera. Los Bell eran su cuarta familia y, en su opinión, Bobby y Mindy merecían un poco de cariño. Su padre trabajaba todo el tiempo y tenía un montón de pequeñas normas para todos los habitantes de la casa, incluidos los niños. Y su madre... bueno, su madre pasaba por una mala racha. Ese era precisamente el motivo de que Caroline trabajara en un hogar donde la madre era ama de casa.

Caroline oyó que el niño subía corriendo las escaleras.

—Bobby —llamó—. ¡Bobby! —A esas alturas, había descubierto que los niños y ella podían hacer mucho ruido siempre que el doctor Bell no estuviese en casa—. Tú y yo tenemos que hablar. ¡Y sabes muy bien por qué, hombrecito!

Aunque Caroline sentía debilidad por esos pequeños, era perfectamente capaz de hacerse respetar.

Dejó a Mindy en el suelo para recibir a su hermano al pie de las escaleras. Bobby bajaba cada vez más despacio, tratando de aplazar lo inevitable. La mirada de Mindy oscilaba vacilante entre Caroline y Bobby mientras se preguntaba qué iba a ocurrir a continuación.

—¡Estoy enfadada! —dijo Caroline en tono severo, y añadió señalando a Mindy—: Te has portado muy mal, Bobby.

—Perdona, Mindy —murmuró el niño.

—Me parece que no te oye —dijo Caroline.

—Perdona por tirarte los bloques al suelo.

Caroline siguió aguardando hasta que Bobby le dio a su hermana un abrazo de mala gana. Mindy, todavía irritada, no quiso aceptar la disculpa.

—¡Eres malo, Bobby! —berreó.

El momento se vio interrumpido por el estrépito de la puerta mecánica al abrirse en el piso inferior. De todas las casas en las que había trabajado Caroline, esta era seguramente la más bonita. Se trataba de una antigua cochera de finales del siglo XIX que habían reformado con todas las comodidades del mundo moderno, incluido el máximo lujo posible en Manhattan: un garaje privado en la planta baja.

Papá estaba en casa.

—A ver si podéis recoger todo ese desorden del estudio antes de que lo vea vuestro padre.

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

El grito de Caroline asustó a los niños, que se echaron a llorar.

—Petardos —dijo con calma mientras su corazón acelerado le indicaba que su primer instinto había sido acertado. Esos sonidos eran claramente disparos—. Subid hasta que me entere de quién está armando jaleo.

Cuando llegaron a la mitad de las escaleras, la mujer se apresuró hacia la puerta principal y bajó corriendo los peldaños que llevaban al camino de acceso. La luz del techo del BMW estaba encendida y la puerta del conductor se hallaba entreabierta. El doctor Bell se había derrumbado sobre el volante.

Caroline continuó avanzando hasta llegar a la puerta del coche. Vio la sangre. Vio suficiente para saber que el doctor Bell no saldría de esa.

Aterrada, entró corriendo en la casa y llamó a emergencias. De algún modo, logró dar la dirección. Solo después de colgar el teléfono pensó en Kendra, que se encontraba arriba en su habitual estado de aturdimiento.

«Por el amor de Dios, ¿quién va a decírselo a los niños?»

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Cinco años después Caroline seguía trabajando en la misma casa, pero habían cambiado muchas cosas. Mindy y Bobby habían dejado de ser sus bebés y estaban a punto de finalizar el primer y el tercer curso de primaria respectivamente. Ya no lloraban casi nunca, ni siquiera cuando surgía el tema de su padre.

Y la señora Bell, o Kendra, como Caroline la llamaba ahora, era una mujer completamente distinta. Ya no se pasaba el día durmiendo. Era una buena madre. Y trabajaba, por lo que le correspondía a Caroline ir a recoger a los niños dos veces por semana al apartamento que tenían sus abuelos en el Upper East Side. Ninguno de los niños disfrutaba de esas visitas. En comparación con sus padres, el doctor Bell había sido un espíritu libre.

Caroline había salido del apartamento y estaba a medio camino del ascensor cuando oyó que la abuela de los niños la llamaba. Se volvió y vio a los abuelos uno junto a otro ante su puerta. El doctor Bell sénior era un hombre delgado, casi enjuto, que llevaba el pelo ralo peinado con cortinilla. Como jefe de cirugía vascular en el prestigioso hospital Mount Sinai, se había acostumbrado a salirse siempre con la suya. Nueve años después de jubilarse, el ceño fruncido con el que acudía al centro médico cada día no había disminuido lo más mínimo.

A sus más de ochenta

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