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NUNCANOCHE

Jay Kristoff

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Fragmento

 

La gente suele cagarse encima cuando se muere.

Sus músculos se relajan, su alma revolotea en libertad y lo que queda… sale fuera, sin más. Aun con la adoración que su público profesa a la muerte, los dramaturgos rara vez mencionan este hecho. Cuando nuestro héroe exhala por última vez en brazos de su heroína, nunca se refieren a la mancha que se extiende por sus calzas ni al olor que inunda de lágrimas los ojos de ella mientras se inclina para darle su beso de despedida.

Menciono esto a modo de advertencia, oh, gentiles amigos, de que vuestro narrador no comparte tales reparos. Y si las desagradables realidades del derramamiento de sangre os revuelven las entrañas, sabed desde el principio que estas páginas que tenéis en las manos hablan de una chica que fue al asesinato lo que los virtuosos a la música. Que hizo a los finales felices lo que una sierra hace a la piel.

Ella está muerta ya, noticia que iluminará el rostro tanto de malvados como de justos. Atrás quedaron las cenizas de una república. Una ciudad de puentes y huesos yace en el fondo del mar por sus actos. Y sin embargo, sin duda ella daría con la forma de matarme si supiera que he plasmado estas palabras sobre el papel. Me abriría en canal y me dejaría para la hambrienta Oscuridad. Pero creo que alguien debe al menos intentar separarla de los embustes que se han contado sobre ella. Por medio de ella. Por parte de ella.

Alguien que la conoció de verdad.

Una chica a la que algunos llamaron Hija Pálida. O la Coronadora. O Cuervo. Pero a la que la mayoría no llamó de ningún modo. Una asesina de asesinos, la cifra exacta de cuya cuenta de finales solo conocemos la diosa y yo. ¿Fue famosa o infame por esa cifra al término de sus días? ¿Por tanta muerte? Confieso que nunca he sabido ver la diferencia. Pero es que yo nunca he visto las cosas como las veis vosotros.

Nunca he vivido del todo en el mundo que llamáis propio.

Ni ella tampoco, en realidad.

Creo que por eso la amaba.

El chico era hermoso.

Una piel suave como el caramelo, una sonrisa dulce como la melaza. Unos rizos negros al borde de pasarse de alborotados. Manos fuertes, músculo duro y unos ojos… Oh, Hijas, sus ojos. Cinco mil brazadas de profundidad. Te absorbían entre risas incluso mientras te ahogaban.

Los labios del chico rozaron los de ella, cálidos y sonrientes y suaves. Se habían quedado de pie, enredados, en el puente de los Susurros, un sonrojo púrpura destacado contra las curvas del cielo. Las manos del chico habían recorrido la espalda de ella, con una corriente de hormigueos. El leve roce de sus lenguas le había dado escalofríos, acelerado el corazón y provocado que sus entrañas ardieran de anhelo.

Se habían separado como bailarines antes de que se detuviera la música, con sus cuerdas aún vibrantes. Ella había abierto los ojos y lo había encontrado mirándola a través de la luz neblinosa. Por debajo de ellos arrullaba un canal de lento fluir, que se desangraba en el océano. Como ella deseaba que hiciera. Como debía. Rezando por no ahogarse.

Su última nuncanoche en la ciudad. Una parte de ella no quería despedirse. Pero antes de su partida, quiso saberlo. Se debía a sí misma eso, al menos.

—¿Estás segura? —preguntó él.

Ella había alzado la mirada hacia sus ojos.

Lo había cogido de la mano.

—Estoy segura —susurró.

 

El hombre era repugnante.

Una piel esclerótica, un mentón escaso y perdido entre pliegues de grasa con barba de pocos días. Un reflejo de saliva en su boca, el beso del whisky extendido por las mejillas y la nariz, y unos ojos… Oh, Hijas, sus ojos. Azules como el cielo quemado por los soles. Relucientes como estrellas en la quietud de la veroscuridad.

Los labios del hombre sorbieron de la jarra, apurando los posos mientras la música y la risa lo envolvían. Se meció en el corazón de la taberna un momento más, lanzó una moneda a la barra de madera de jabí y salió trastabillando a la luz de los soles. Los ojos del hombre recorrieron los adoquines que tenía delante, nublados por la bebida. Las calles empezaban a llenarse y el hombre se abrió camino entre el gentío, deseando solo llegar a casa y entregarse a un sueño sin sueños. No miró hacia arriba. No distinguió la silueta agachada sobre una gárgola de piedra en el tejado de enfrente, ataviada de blanco yeso y gris mortero.

La chica lo observó alejarse renqueando por el puente de los Hermanos. Levantó su máscara de arlequín para dar una calada al cigarrillo y dejó un rastro de humo con aroma a clavo en el aire. La visión de la sonrisa carroñera del hombre y sus manos en carne viva por las cuerdas le dio escalofríos, le aceleró el corazón y provocó que sus entrañas ardieran de anhelo.

Su última nuncanoche en la ciudad. Una parte de ella aún no quería despedirse. Pero antes de su partida, quiso que él lo supiera. Le debía eso, al menos.

Una sombra que adoptaba la forma de un gato estaba sentada en el tejado junto a ella. Era plana como el papel y semitraslúcida, negra como la muerte. Tenía la cola enroscada en torno al tobillo de la chica, casi con aire posesivo. La fría agua manaba fuera de las venas de la ciudad hacia el océano. Como ella deseaba que hiciera. Como debía. Todavía rezando por no ahogarse.

—… ¿estás segura?… —preguntó el gato que era sombras.

La chica vio cómo su objetivo se escabullía hacia su cama.

Asintió con la cabeza, despacio.

—Estoy segura —susurró.

La habitación era pequeña y austera, lo único que podía permitirse. Pero ella había puesto velas de rosagría, un ramillete de nenúfares y sábanas blancas limpias, con las esquinas bajadas como para invitar al chico, que había sonreído ante la dulzura algodonosa de la escena.

Desde la ventana, la chica había contemplado la antigua y grandiosa ciudad de Tumba de Dioses. El mármol blanco y el ladrillo ocre y las elegantes agujas que besaban el cielo quemado por los soles. Al norte, las Costillas se alzaban decenas de metros hacia los cielos rojizos, con diminutas ventanas que miraban desde apartamentos excavados en el viejo hueso. Del hueco Espinazo manaban canales que se entrecruzaban en la piel de la ciudad como las redes de arañas enloquecidas. Las largas sombras envolvían las concurridas aceras mientras la luz del segundo sol se apagaba —el primer sol llevaba ya mucho tiempo desaparecido— y dejaba a su tercer, hosco y rojo hermano de guardia frente a los peligros de la nuncanoche.

¡Oh, ojalá hubiera habido veroscuridad!

De haberla, él no la vería.

No estaba segura de querer que la viera haciendo aquello.

El chico se acercó a ella por detrás, envuelto en sudor fresco y tabaco. Le rodeó la cintura con las manos y surcó sus caderas con unos dedos de hielo y llama. Ella respiró más fuerte, estremeciéndose en algún lugar profundo y antiquísimo. Las pestañas le hicieron cosquillas como alas de mariposa en la mejilla, mientras las manos de él ascendían en torno a su ombligo, bailaban sobre sus costillas, cada vez más arriba, hasta terminar envolviendo sus pechos. Sintió un cosquilleo y la piel de gallina al notar el aliento del chico en su pelo. Arqueó la espalda y se apretó contra la dureza del vientre de él, con una mano enredada en sus rizos rebeldes. No podía respirar. No podía hablar. No quería que aquello empezara ni que terminara.

Se volvió, suspiró con el nuevo encuentro de sus labios y llevó unos dedos torpes a los gemelos de las mangas arrugadas del chico, toda zarpas y sudor y temblores. Se quitaron las camisas y ella apretó sus labios contra los de él mientras se hundían en la cama. Ya solo estaban los dos. Piel contra piel. Ya no alcanzaba a saber si eran sus gemidos o los del chico.

La insoportable ansia la empapó del todo y exploró con manos temblorosas los contornos del pecho del chico, suaves como la cera, y luego la dura línea en forma de uve que bajaba hasta sus bombachos. Metió los dedos por debajo y rozó un calor palpitante, duro como el hierro. Aterrador. Embriagador. Él gimió y se estremeció como un potro recién nacido con las caricias, suspirando en torno a su lengua.

La chica nunca había estado tan asustada.

Ni una sola vez en sus dieciséis años de vida.

—Joder —había susurrado.

 

La habitación era lujosa, de las que solo los más ricos podían permitirse. Pero había botellas vacías sobre la cómoda y flores muertas en la mesita de noche, marchitas en el rancio olor de la miseria. La chica se consoló al ver a aquel hombre al que odiaba tan adinerado y tan absolutamente solo. Lo observó desde fuera de la ventana mientras el hombre colgaba su levita y apoyaba un tricornio maltrecho en una garrafa seca. Intentó convencerse de que podía hacerlo. De que era dura y afilada como el acero.

Desde el tejado de enfrente, la chica contempló la ciudad de Tumba de Dioses. Los adoquines ensangrentados y los túneles ocultos y las altas catedrales de brillante hueso. Las Costillas apuñalaban el cielo por encima de ella, y los retorcidos canales fluían del encorvado Espinazo. Las largas sombras envolvían las concurridas aceras mientras la luz del segundo sol se apagaba aún más —el primer sol llevaba ya mucho tiempo desaparecido— y dejaba a su tercer, hosco y rojo hermano de guardia frente a los peligros de la nuncanoche.

¡Oh, ojalá hubiera habido veroscuridad!

De haberla, él no la vería.

No estaba segura de querer que la viera haciendo aquello.

Extendiendo unos dedos hábiles, atrajo las sombras hacia ella. Tejió y retorció las finas hebras negras hasta hacerlas fluir sobre sus hombros como una capa. Se esfumó de la vista del mundo, se volvió casi traslúcida, como una manchita en un paisaje pintado de la ciudad. Saltó el vacío que la separaba de la ventana del hombre y se encaramó al alféizar. Después de abrir deprisa el cristal, se coló en la habitación que había al otro lado, silenciosa como el gato hecho de sombras que la seguía. Sacó un estilete del cinturón y respiró más fuerte, estremeciéndose en algún lugar profundo y antiquísimo. Agachada e invisible en una esquina, con las pestañas haciéndole cosquillas como alas de mariposa en la mejilla, vio cómo el hombre llenaba una copa con manos temblorosas.

Respiraba demasiado fuerte, con las lecciones que había aprendido revueltas en la mente. Pero el hombre estaba demasiado atontado para reparar en ella, perdido en algún recuerdo de los crujidos de mil cuellos estirados, de mil pares de pies bailando al son del verdugo. Los nudillos de la chica se volvieron blancos sobre el puño de la daga mientras observaba desde la penumbra. No podía respirar. No podía hablar. No quería que aquello empezara ni que terminara.

El hombre suspiró tras beber de su copa y se llevó unos dedos torpes a los gemelos de sus mangas arrugadas, todo zarpas y sudor y temblores. Se quitó la camisa, cojeó sobre los tablones y se hundió en la cama. Ya solo estaban los dos, aliento contra aliento. Ya no alcanzaba a saber si sería su final o el del hombre.

La espera era insoportable y el sudor la empapó del todo mientras la oscuridad se estremecía. Recordó quién era, lo que se había llevado ese hombre y todo lo que se desataría si fallaba. Se armó de valor, se quitó su capa de sombras y salió para enfrentarse a él.

El hombre ahogó un grito y saltó como un potro recién nacido mientras ella se asomaba a la roja luz de los soles con una sonrisa de arlequín en lugar de la propia.

La chica nunca había visto a nadie tan asustado.

Ni una sola vez en sus dieciséis años de vida.

—Joder —susurró.

El chico se había puesto encima, con los bombachos en los tobillos. Sus labios en el cuello de ella y ella con el corazón en un puño. Había transcurrido una eternidad, en algún punto entre el anhelo y el temor, el amor y el odio, y entonces lo había sentido, cálido e increíblemente duro, apretando contra la suavidad entre sus piernas. Inhaló, quizá para hablar —pero ¿qué iba a decir?— y llegó el dolor, el dolor, oh, Hijas, cómo dolía. Él estaba dentro de ella —eso estaba dentro de ella—, tan duro y auténtico que no pudo evitar un grito y morderse el labio para evitar que llegaran más.

El chico había sido descuidado, indiferente, aplastándola con su peso mientras empujaba una y otra vez. No se parecía en nada a las dulces ensoñaciones con que ella había llenado aquel momento. Las piernas abiertas y un nudo en el estómago y patadas contra el colchón deseando que él parara. Que esperara.

¿Era eso lo que debía sentir?

¿Era así como debía ser?

Si la cosa se torcía más tarde, aquella sería su última nuncanoche en el mundo. Y sabía de antemano que el primero solía ser el peor. Se había creído preparada: lo bastante blanda, lo bastante húmeda, lo bastante deseosa. Había creído que lo que decían las otras chicas de la calle entre risitas y miradas intencionadas no se cumpliría para ella.

—Cierra los ojos —le habían aconsejado—. No tardará demasiado en terminar.

Pero el chico pesaba mucho y ella intentaba no llorar, y deseó que no tuviera que ser de aquella forma. Había soñado con aquel momento, confiado en que sería un poco especial. Pero estando allí, lo consideró un asunto torpe y burdo. No había magya, ni fuegos artificiales, ni gozo a puñados. Solo la presión del chico contra su pecho, el dolor de sus embestidas y los ojos de la chica cerrados mientras daba respingos, ponía muecas de dolor y esperaba a que terminara.

El chico llevó sus labios a los de ella y los dedos a su mejilla. Y en ese instante hubo un atisbo de aquello, una dulzura que la hizo estremecerse de nuevo, pese a lo incómodo y lo asfixiante y lo doloroso que estaba siendo. Le devolvió el beso y notó un calor por dentro, que la inundó y la llenó mientras todos los músculos del chico se tensaban. Él apretó la cara contra el pelo de ella, se estremeció con su pequeña muerte y terminó derrumbado sobre ella, blando, extinguido y laxo.

Allí tumbada, la chica respiró hondo. Se secó el sudor ajeno de los labios. Suspiró.

Él bajó rodando y se desplomó en las sábanas junto a ella. Al meter la mano entre las piernas, la chica encontró humedad, dolor. Le manchaba las yemas de los dedos y los muslos. Manchaba las sábanas blancas limpias con las esquinas bajadas, como para invitar al chico.

Sangre.

—¿Por qué no me has dicho que era tu primera vez? —preguntó él.

La chica no respondió. Tenía la mirada fija en el brillo rojo de sus dedos.

—Lo lamento —susurró él.

Entonces sí que lo miró.

Apartó la mirada igual de deprisa.

—No tienes nada que lamentar.

 

La chica se había puesto encima, reteniendo al hombre con las rodillas. La mano de él en la muñeca de ella y el estilete de la chica en su garganta. Transcurrió una eternidad, en algún punto entre la lucha y los siseos, los mordiscos y las súplicas, y por fin el puñal se había hundido, afilado e increíblemente duro, a través del cuello hasta rasparle la columna vertebral. El hombre se esforzó en inhalar, quizá para hablar —pero ¿qué iba a decir?—, y entonces ella vio en sus ojos el dolor, el dolor, oh, Hijas, cómo debía de dolerle. Eso estaba dentro de él —ella estaba dentro de él—, clavado con fuerza mientras el hombre intentaba un grito y ella le tapaba la boca con la mano para evitar que llegaran más.

El hombre estaba aterrado, desesperado, dando manotazos a su máscara mientras ella hacía girar la hoja. No se parecía en nada a las espantosas ensoñaciones con que ella había llenado aquel momento. Las piernas abiertas y el cuello sangrando a borbotones, y patadas contra el colchón deseando que ella parara. Que esperara.

¿Era eso lo que debía sentir?

¿Era así como debía ser?

Si la cosa se hubiera torcido, aquella habría sido su última nuncanoche en el mundo. Y sabía de antemano que el primero solía ser el peor. Había creído que no estaría preparada: le faltaría fuerza, le faltaría frialdad. Había creído que las palabras tranquilizadoras del viejo Mercurio no se cumplirían para ella.

—Recuerda respirar —le había acons

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