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OBABAKOAK

Bernardo Atxaga  

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Fragmento

Esteban Werfell

Encuadernados la mayoría en piel y severamente dispuestos en las estanterías, los libros de Esteban Werfell llenaban casi por entero las cuatro paredes de la sala; eran diez o doce mil volúmenes que resumían dos vidas, la suya y la de su padre, y que formaban, además, un recinto cálido, una muralla que lo separaba del mundo y que lo protegía siempre que, como aquel día de febrero, se sentaba a escribir. La mesa en que escribía —un viejo mueble de roble— era también, al igual que muchos de los libros, un recuerdo paterno; la había hecho trasladar, siendo aún muy joven, desde el domicilio familiar de Obaba.

Aquella muralla de papel, de páginas, de palabras, tenía sin embargo un resquicio; una ventana desde la que, mientras escribía, Esteban Werfell podía ver el cielo, y los sauces, y el estanque, y la caseta para los cisnes del parque principal de la ciudad. Sin romper su aislamiento, aquella ventana se abría paso entre la oscuridad de los libros, y mitigaba esa otra oscuridad que, muchas veces, crea fantasmas en el corazón de los hombres que no han aprendido a vivir solos.

Esteban Werfell contempló durante unos instantes el cielo nublado, entre blanco y gris, de aquel día de febrero. Después, apartando la vista, abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó de allí un cuaderno de tapas duras que tenía numerado como el duodécimo, y que era, en todos los detalles, exactamente igual a los otros once cuadernos, ya escritos, de su diario personal.

Eran bonitos los cuadernos de tapas duras. Le gustaban. A menudo solía pensar que los estropeaba, que las historias o las reflexiones que acostumbraba guardar en ellos frustraban el buen destino que a todo cuaderno —al cuaderno de tapas duras, sobre todo— le cabía tener.

Quizá fuera excesivo pensar así acerca de algo como los cuadernos. Probablemente. Pero no podía evitarlo, y menos cuando, como aquel día, se disponía a abrir uno nuevo. ¿Por qué pensaba siempre en lo que no deseaba pensar? Su padre le había dicho una vez: No me preocupa que tengas pájaros en la cabeza, lo que me preocupa es que siempre sean los mismos pájaros. Era verdad, pero nunca había sabido las razones que le impulsaban a ello.

El impulso que empujaba a sus pájaros de siempre era, de todos modos, muy fuerte, y Esteban Werfell no pudo resistirse a la tentación de levantar los ojos hacia la estantería donde guardaba los once cuadernos ya escritos. Allí estaban, medio escondidas entre los tratados de Geografía, las páginas que daban fe de su vida; las que retenían los momentos hermosos, los hechos más importantes. Pero no se trataba de un tesoro. Ya no había ningún brillo en ellas. Releerlas era como mirar papeles manchados de ceniza; era sentir vergüenza, era ver que crecían sus deseos de dormir y de olvidar.

—Cuadernos de letra muerta —susurró para sí. La expresión tampoco era nueva.

Pero no podía dejar que esa forma de pensar le apartara de la tarea para la que se había sentado ante la mesa, ni que, como tantas otras veces, lo llevara de un mal recuerdo a otro mal recuerdo, cada vez más abajo, hasta una tierra que, desde hacía mucho tiempo —desde su época de estudiante de Geografía—, él llamaba Cabo Desolación. Era ya un hombre maduro, sabía luchar contra sus propias fuerzas. Y lucharía, llenaría aquel nuevo cuaderno.

Esteban Werfell cogió su pluma —que era de madera, y que sólo utilizaba a la hora de redactar su diario— y la mojó en el tintero.

17 de febrero, de 1958, escribió. Su letra era bonita, era pulcra.

Al otro lado de la ventana el cielo se había vuelto completamente gris, y una lluvia fina, invisible, oscurecía la hiedra que cubría la caseta de los cisnes. Aquella visión le hizo suspirar. Hubiera preferido otra clase de tiempo. No le gustaba que el parque estuviera vacío.

Volvió a suspirar. Luego mojó la pluma y se inclinó ante el cuaderno.

He regresado de Hamburgo —comenzó— con el propósito de escribir un memorándum de mi vida. Pero no lo llevaré adelante de forma ordenada y exhaustiva, como podría hacerlo —quizá con toda la razón— aquel que a sí mismo se tiene por espejo de una época o una sociedad. Desde luego, no es ése mi caso, y no será así como lo haga. Yo me limitaré a contar lo que sucedió una tarde de hace mucho tiempo —de cuando yo tenía catorce años, para ser más exacto—, y las consecuencias que esa tarde trajo a mi vida, que fueron grandes. No es mucho, lo que cabe en unas cuantas horas, para un hombre que ya está en el otoño de su vida, pero es lo único que tengo para contar, lo único que merece la pena. Y es posible que no sea tan poco. Al fin y al cabo, soy un hombre que siempre se ha dedicado a la enseñanza, y ya se sabe que la tarima de las aulas propicia más el estreñimiento que la aventura.

Se enderezó en la silla a esperar a que se secara la tinta. El día seguía gris, pero la lluvia era mucho más intensa que minutos antes, y su sonido, el sordo murmullo que producía al chocar contra la hierba, llegaba hasta la sala con claridad. Y también había un cambio en los alrededores del estanque: los cisnes estaban ahora fuera de su caseta, y batían sus alas con inusual violencia. Nunca había visto así a los cisnes. ¿Les gustaría mojarse? ¿O era la falta de espectadores lo que les alegraba? No lo sabía, pero tampoco merecía la pena perder el tiempo con preguntas tontas. Era mejor que lo utilizara para repasar lo que acababa de escribir.

Jamás conseguía un buen comienzo. Las palabras se negaban a expresar fielmente lo que se les pedía, como si fueran perezosas, o como si no tuvieran fuerza suficiente para hacerlo. Su padre solía decir: Nuestro pensamiento es arena, y cuando intentamos recoger un puñado de ese pensamiento, la mayor parte de los granos se nos escurren entre los dedos. Y era verdad. Por ejemplo, él anunciaba un memorándum, y hubiera sido más exacto hablar de reflexión, porque eso era justamente lo que quería hacer: partir de lo sucedido en una tarde de su adolescencia y extraer de ello una buena reflexión. Y no era ése el único paso en falso, había más.

Podía tachar lo escrito y empezar de nuevo, pero no quería. Iba contra sus reglas. Le gustaba que las páginas estuvieran inmaculadas, lo mismo las suyas que las de los demás, y se sentía orgulloso de que, por su pulcritud, sus alumnos le apodaran con el nombre de un conocido jabón. Además, ¿para qué preocuparse en buscar un buen comienzo? También en el segundo intento cometería errores. Siempre habría errores. Valía más que continuara adelante, precisando, corrigiendo poco a poco su mal comienzo.

Volvió a mirar hacia el parque. Ya no había cisnes en el estanque, se habían refugiado todos en la caseta. No, tampoco a ellos les gustaba la lluvia de febrero.

De todas maneras —continuó—, la pretensión de entresacar los momentos especiales de nuestra vida puede ser un grave error. Es posible que la vida sólo pueda ser juzgada en su totalidad, in extenso, y no a trozos, no tomando un día y quitando otro, no separando los años como las piezas de un rompecabezas para acabar diciendo que tal fue muy bueno y tal muy malo. Y es que todo lo que vive, vive como un río. Sin cortes, sin paradas.

Pero, siendo eso verdad, también es innegable la tendencia de nuestra memoria, que es casi la contraria. Como a todo buen testigo, a la memoria le agrada lo concreto, le agrada seleccionar. Por compararla con algo, yo diría que actúa como un ojo. Nunca, en cambio, como lo haría un contable especializado en inventarios.

Por ejemplo, yo puedo ver ahora la caseta de los cisnes del parque, cubierta de hiedra desde el suelo hasta lo alto del tejado, oscura de por sí y más oscura aún en días de lluvia como el de hoy; puedo verla, pero, en rigor, nunca la veo. Cada vez que levanto la vista, mi mirada se desliza sobre el monótono color verde o negro de las hojas, y no se detiene hasta que encuentra la mancha rojiza que hay en una de las esquinas del tejado. Ni siquiera sé lo que es. Quizá sea un trozo de papel; o una prímula que ha querido brotar allí; o una teja que la hiedra ha dejado al descubierto. De cualquier manera, a mis ojos les da igual. Abandonando la oscuridad, buscan siempre ese punto de luz.

Esteban Werfell levantó la vista hacia la mancha rojiza. Pero tampoco aquella observación le sacó de dudas. Lo mismo podía ser una prímula que un trozo de papel o de teja. Pero, después de todo, el detalle no importaba. Más importaba lo que acababa de escribir acerca de la memoria. Decir que a la memoria le agradaba lo concreto resultaba impreciso. No era cuestión de gusto, sino de necesidad.

De esa manera actúa el ojo —siguió— y también, si mi idea es correcta, la memoria misma. Olvida los días corrientes; busca, en cambio, la luz, los días señalados, los momentos intensos; busca, como en mi caso, una remota tarde de mi vida.

Pero ya es suficiente. Es hora de que comience con el relato propiamente dicho.

Esteban Werfell se sintió aliviado después de rematar con un trazo aquella primera página de su cuaderno. Ya estaba, ya había perfilado la introducción de lo que quería contar. No sabía a ciencia cierta por qué actuaba de ese modo, con tantos rodeos y demoras, pero era algo muy propio de él, siempre había sido así. Nunca escribía o hablaba directamente, nunca se relacionaba francamente con la gente que le rodeaba. Después de tantos años, aceptaba aquella falla de su carácter, su timidez, su cobardía; pero aún le dolían las oportunidades que había perdido por ello. En su vida, todo había sido silencio, pasividad, retiro.

Pero volvía a desvia

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