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OBJETIVO: Tú Y YO (#KISSME 2)

Elle Kennedy

0


Fragmento

1
Logan

Abril

Que te mole la novia de tu mejor amigo es una mierda.

Básicamente hay dos factores importantes. Primero, está el factor de la «incomodidad». Y es que es la hostia de incómodo. No puedo hablar por todos los hombres del mundo, pero estoy bastante seguro de que ningún tío quiere salir de su dormitorio y toparse con la chica de sus sueños, después de que ella haya estado toda la noche en los brazos de su mejor amigo.

Y después está el factor «odio hacia uno mismo». Eso es un hecho, porque resulta bastante difícil no odiarte a ti mismo cuando te dedicas a fantasear con la chica por la que tu mejor amigo pierde el culo.

Por el momento, la incomodidad, sin duda, va ganando la batalla. A ver, vivo en una casa con paredes finísimas, lo que significa que puedo escuchar cada uno de los gemidos entrecortados que se escapan de la boca de Hannah. Cada suspiro y jadeo. Cada golpe de cabecero contra la pared mientras mi colega se tira a la chica en la que no puedo dejar de pensar.

Es superdivertido.

Estoy en mi cama, boca arriba, mirando fijamente al techo. Ya ni siquiera finjo mirar mi biblioteca de canciones del iPod. Me pongo los auriculares para ahogar los sonidos de Garrett y Hannah en la otra habitación, pero todavía no le he dado al play. Supongo que esta noche me apetece torturarme a mí mismo.

A ver, que no soy idiota. Sé que está enamorada de Garrett. Veo la forma en que le mira y veo lo bien que están juntos. Llevan saliendo seis meses y ni siquiera yo, el peor amigo del planeta, puede negar que están hechos el uno para el otro.

Y joder, Garrett se merece ser feliz. Él va de cabrón arrogante, pero la verdad es que es un puto santo. El mejor extremo con el que he patinado en la vida y la mejor persona que he conocido nunca, y estoy tan seguro de mi condición de hetero, que puedo asegurar que si yo jugara en la otra acera, no solo me follaría a Garrett Graham: también me casaría con él.

Eso es lo que hace que todo esto sea un millón de veces más jodido. Ni siquiera puedo odiar al tío que se está enrollando con la chica a la que deseo. No hay fantasías de venganza que valgan, porque no odio a Garrett, ni lo más mínimo.

Una puerta chirría al abrirse y oigo pasos en el pasillo; ruego a Dios para que ni Garrett ni Hannah llamen a mi puerta. O abran siquiera la boca, porque oír cualquiera de sus voces en este momento solo me daría aún más bajón.

Por suerte, el fuerte golpe que hace temblar el marco de la puerta tiene su origen en mi otro compañero de piso, Dean, que entra en mi habitación sin esperar a ser invitado.

—Hay fiesta en la fraternidad Omega Fi esta noche. ¿Te apuntas?

Salto de mi cama más rápido que una gacela, porque en este instante la idea de ir a una fiesta suena que te cagas de bien en mis oídos. Pillarme un superpedo es una manera cien por cien segura de dejar de pensar en Hannah. Aunque en realidad…, quiero pillarme un superpedo y ADEMÁS follarme a alguien sin parar. De esta forma, si una de esas dos actividades no me ayuda con mi objetivo —no pensar en Hannah—, la otra me servirá como plan alternativo.

—¡Por supuesto! —respondo a la vez que busco algo que ponerme.

Me meto una camiseta limpia por la cabeza, ignorando la punzada de dolor que siento en el brazo izquierdo desde la fortísima carga que recibí la semana pasada en la final del campeonato. Me dolió un huevo, sí, pero el golpe mereció totalmente la pena: por tercer año consecutivo, el equipo de hockey de Briar se llevó otra victoria en la Frozen Four. Supongo que se le puede llamar el triplete definitivo y todos los jugadores, yo incluido, seguimos recogiendo los frutos de ser campeones nacionales en tres ocasiones.

Dean, que juega de defensor como yo, lo llama las tres efes de la Victoria: fiestas, felicitaciones y follar. Es un análisis bastante fiel de la situación, porque he tenido las tres cosas desde nuestra gran victoria.

—¿Te toca a ti no beber y conducir? —pregunto mientras me pongo una sudadera de capucha negra encima de la camiseta y subo la cremallera.

Mi amigo resopla.

—¿De verdad me haces esa pregunta?

Niego con la cabeza.

—Ya. No sé en qué estaría pensando.

La última vez que Dean Heyward-Di Laurentis estuvo sobrio en una fiesta fue… NUNCA. El tío se bebe hasta el agua de los floreros y fuma porros como una locomotora cada vez que sale de la casa, y si alguien piensa que eso afecta a su rendimiento en el hielo de alguna manera, está más que equivocado. Es una de esas raras criaturas que pueden irse de fiesta como el Robert Downey Jr. de antes y ser tan exitoso y respetado como el Robert Downey Jr. de hoy en día.

—No te preocupes, le toca a Tuck —me dice Dean refiriéndose a nuestro otro compañero de piso, Tucker—. El muy flojeras sigue de resaca por lo de anoche. Dice que necesita un descanso.

Sí, y lo cierto es que no me extraña. Los entrenamientos de fuera de temporada no empiezan hasta dentro de otro par de semanas, y todos hemos estado disfrutando de nuestro tiempo de descanso «un poco» demasiado. Pero eso es lo que pasa cuando uno está de subidón por la Frozen Four. El año pasado, después de ganar, estuve pedo dos semanas seguidas.

No tengo ninguna gana de que llegue el momento de esos entrenamientos. La fortaleza, el ejercicio y todo el enorme esfuerzo que se necesitan para mantenerse en forma resultan agotadores, y es aún más agotador cuando a la vez hay que trabajar jornadas de diez horas. Pero no es que tenga otra opción, la verdad. Los entrenamientos son necesarios si quiero estar preparado para la próxima temporada y el trabajo, bueno, le hice una promesa a mi hermano y da igual lo enfermo que me ponga toda la situación: no puedo fallar. Jeff me despellejaría vivo si no cumplo mi parte del trato.

Nuestro conductor para la noche nos está esperando junto a la puerta principal cuando Dean y yo bajamos. Una barba de color marrón rojizo devora todo el rostro de Tucker; le da un aspecto de hombre lobo, pero él está decidido a probar este nuevo look desde que una chica a la que conoció en una fiesta la semana pasada le dijo que tenía cara de bebé.

—Eres consciente de que esa barba de Yeti no te hace parecer más varonil, ¿verdad? —dice Dean alegremente mientras salimos por la puerta.

Tuck se encoge de hombros.

—La verdad es que mi intención es parecer un tipo duro.

Yo suelto una risa.

—Bueno, pues eso tampoco, «cara de bebé». Pareces un científico loco.

Tucker estira su dedo corazón mientras se dirige hacia el lado del conductor de mi pick-up. Me instalo en el asiento del copiloto de la cabina y Dean se sube en la parte de atrás, diciendo que prefiere ir fuera para pillar un poco de aire fresco. Yo creo que lo único que quiere es que el viento le despeine el pelo de esa manera desaliñada y sexy por la que las chicas pierden las bragas. FYI, Dean es vanidoso hasta decir basta. Pero lo cierto es que parece un modelo, así que imagino que se puede permitir ser vanidoso.

Tucker arranca el motor y yo repiqueteo mis dedos sobre los muslos, impaciente por ponernos en marcha. Muchos estudiantes de las fraternidades me cabrean con sus rollos elitistas, pero estoy dispuesto a pasarlo por alto porque…, joder, porque si hacer fiestas fuese un deporte olímpico, todas y cada una de las fraternidades masculinas y femeninas de Briar tendrían una medalla de oro.

Mientras Tuck da marcha atrás para salir de nuestro camino de entrada, mi mirada se detiene en el Jeep negro de Garrett, brillante y reluciente en su plaza de aparcamiento, mientras su dueño pasa la noche con la chica más guay del planeta y…

¡Y ya está bien! Esta obsesión con Hannah Wells está empezando a volverme loco. Tengo que echar un polvo. ¡CUANTO ANTES!

Tucker está visiblemente callado durante el trayecto hasta la casa Omega Fi. Es posible que incluso esté frunciendo los labios, pero es difícil saberlo teniendo en cuenta que parece que alguien le ha afeitado todo el cuerpo a Hugh Jackman y ha pegado su pelo en la cara de Tuck.

—¿Y este castigo de silencio a qué viene? —pregunto sin darle mucha importancia.

Gira su cabeza hacia mí ofreciéndome una mirada amarga, después vuelve a posarla en la carretera.

—Eh, venga. ¿Es por las coñas que hacemos con tu barba? —Me cabreo—. Porque es el primer capítulo de Barbas para principiantes, hermano: si uno se deja barba de ermitaño, tus amigos se burlan de ti. Fin del capítulo.

—No es por la barba —murmura.

Arrugo la frente.

—Vale. Pero estás cabreado por algo. —Cuando tampoco responde, presiono un poco más—. ¿Qué pasa contigo, tronco?

Sus enfadados ojos se encuentran con los míos.

—¿Qué pasa conmigo? Nada. Pero ¿CONTIGO? Contigo pasan tantas cosas que ni siquiera sé por dónde empezar. —Maldice en voz baja—. Tienes que parar con esa mierda ya, tío.

Ahora sí que estoy totalmente confundido, porque hasta donde yo sé, todo lo que he hecho en los últimos diez minutos es tener ganas de ir a una fiesta.

Tucker se da cuenta de la confusión que muestra mi cara y me ofrece una aclaración en un tono sombrío.

—Lo de Hannah.

Aunque mis hombros se ponen rígidos, trato de mantener la expresión de confusión en mi rostro.

—No tengo ni idea de lo que estás habland

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