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ODALISCA. PARTE III. (EL CICLO BARROCO 1)

Neal Stephenson  

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Fragmento

Título original: Quicksilver

Traducción: Pedro Jorge Romero

1.ª edición: febrero, 2016

© 2016 by Neal Stephenson

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-353-7

Maquetación ebook: Caurina.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Presentación

Libro tres

Palacio de Whitehall

Versalles

Londres

Playa al norte de Scheveningen

Dorset

El Exchange {Entre Threadneedle y Cornhill}

Versalles

Orilla de Het Kanaal, entre Scheveningen y La Haya

Versalles

La Star Chamber, palacio Westminster

Versalles

Torre de Londres

Châteu Juvisy

St. Cloud

Rossignol a Luis XIV, continuación

Embajada francesa, La Haya

Rossignol a Luis XIV, continuación

Rossignol a Luis XIV, continuación

Sheerness, Inglaterra

Venecia

La Haya

Bishopgate

Personajes

El autor

Presentación

Pues sí, yo también estoy sorprendido por los derroteros en que se ha aventurado Neal Stephenson para continuar la famosa Criptonomicón. Y he oído comentarios sobre ello a diversas personas: ¿es El ciclo barroco realmente ciencia ficción? ¿Se trata, simplemente, de una macro-novela histórica? ¿En qué estantería hay que meter estos libros?

Recuerdo que, cuando niño, la diligencia de mi madre hizo que me tocara el duro trance de tener que aparecer en una radio. Tuve que recitar (es un decir...), en el entonces famoso programa del «señor Dalmau y el señor Viñas», un poemilla sobre unas liebres que se entretienen en averiguar si los perros que se lanzan sobre ellas son galgos o podencos. Entretenidas en esa discusión, no huyen cual correspondía hacer y, al final, son alcanzadas y muertas por los perros (de los que nunca recordaré si se trataba de galgos, podencos o una mezcla de ambos... lo que, evidentemente, no tenía la menor importancia).

Tal vez por esa temprana experiencia, he perdido el excesivo interés de algunos por clasificar. Sé que El ciclo barroco me interesa, me divierto (y mucho) leyéndolo y, en definitiva, eso es lo que en realidad me importa. El hecho de que sea un tanto inclasificable en mi opinión le añade un plus de interés. Nada más.

Lo que empezó como una novela de ciencia ficción del futuro cercano, con muchos elementos de la cultura hacker y evidentes referencias a las infotecnologías, ha acabado convirtiéndose en El ciclo barroco en una novela histórica sobre el complejo periodo de finales del siglo xvii. Trata del nacimiento de la ciencia moderna y el abandono de la alquimia, pero también de la sofisticada sociedad de la época, los enfrentamientos políticos y, en definitiva, inevitablemente, de las aventuras de los antepasados de los protagonistas del Criptonomicón.

Es evidente que el enlace entre las dos obras, Criptonomicón y El ciclo barroco, existe por esos personajes y por el siempre misterioso Enoch Root (al que, por cierto, Stephenson no incluye entre los personajes de Azogue...). Pero también, y así lo constatará el lector en este tercer libro del primer volumen de El ciclo barroco, en el interés por la criptografía.

Ya en el primer libro de Azogue vimos como John Wilkins (presentado como criptógrafo y, también, como autor de ciencia ficción...) escribe un compendio llamado precisamente Criptonomicón, y ahora, en este tercer libro, descubriremos que Eliza, (la joven de la isla Qwghlm) envía cartas cifradas. Por si ello fuera poco, aparecen también esos Rossignol, Antoine y Bonaventure, criptólogos al servicio del rey de Francia y tan personajes históricos como el mismo Wilkins.

O sea que también El ciclo barroco está relacionado (y mucho) con la criptografía que, en definitiva, era el eje central del Criptonomicón.

Por si ello fuera poco, en esta entrega el lector podrá constatar cómo se usa el sistema binario (habiendo sido precisamente Leibniz quien lo incorporó al saber occidental) para establecer una clave de cifrado basada nada más y nada menos que en el libro adivinatorio oriental I Ching, y que acaba, incluso, vehiculada en una de esas mal llamadas «labores de mujer»... Realmente la imaginación de Stephenson es fecunda, a la par que sumamente racional y, como suele decirse, bien fundada.

En cualquier caso, galgos o podencos, parece que la gran mayoría de lectores saben apreciar el interés de El ciclo barroco. Este mismo año 2004, Azogue, la primera macronovela de la trilogía, ha sido galardonada con el premio Arthur C. Clarke, otorgado a la mejor novela de ciencia ficción publicada en Gran Bretaña.

Me gustó una de las frases del administrador del premio, Paul Kincaid, cuando dijo que «Azogue trata del momento en que el ayer se convirtió en hoy», y ése es el gran mérito de El ciclo barroco, una novela histórica que describe una realidad alternativa, pero desde la óptica del hoy, investigando precisamente cómo ese hoy ha podido proceder del ayer.

En este sentido me gustaría citar una reflexión que hace Stephen Metcalf, en su comentario de La confusión (el nuevo volumen de la serie) en la reseña aparecida en The New York Times:

[Stephenson] es, por naturaleza, un escritor de ciencia ficción, y cuando los escritores de ciencia ficción miran al pasado histórico, muy a menudo lo hacen como los que hacen ingeniería inversa. Es decir, se centran en esos aspectos del presente que más han despertado su curiosidad —en el caso de Stephenson, los ordenadores y las modernas finanzas— y los tratan como algo inevitable desde el punto de vista histórico.

Estoy convencido de que es precisamente esta investigación de fondo sobre el origen de los ordenadores (y el resto de lo más definitorio de nuestro presente) lo que ha llevado a Stephenson al maravilloso periodo histórico en que nació la ciencia moderna que tanto ha revolucionado nuestra forma de vivir en tan sólo tres siglos. En los pioneros de la Royal Society y en gigantes intelectuales como Newton y Leibniz (y otros de los que aparecen en las páginas de El ciclo barroco) se encuentra el germen definitivo de nuestro mundo moderno, de una manera distinta de ver el mundo y de intervenir en él, para bien o para mal.

Si, como dijera Isaac Asimov, la ciencia ficción es la narrativa «que trata de la respuesta humana a los cambios en el nivel de la ciencia y la tecnología», lo cierto es que el mayor y más fecundo de esos cambios se dio cuando nuestra percepción del mundo cambió, cuando dejamos de sentirnos satisfechos con las habituales «verdades absolutas reveladas» tan típicas de la explicación mítica y religiosa del mundo, y buscamos esas «certezas provisionales» que caracterizan la ciencia moderna, nacida precisamente en ese final del siglo xvii que investiga, con tanto acierto como amenidad e interés, El ciclo barroco.

En esta tercera parte de Azogue, los avatares de la vida ponen en contacto a Daniel Waterhouse, Bob Shaftoe y Eliza (la joven de la isla Qwghlm), los antepasados de los protagonistas del Criptonomicón. Mientras Newton elabora sus Principia y Daniel descubre que tiene piedras en el riñón (enfermedad generalmente mortal en esa época...), Eliza envía cartas cifradas con un sistema binario basado en el I Ching que parece haber sugerido el mismísimo Leibniz. Como ya se ha dicho, la ciencia, junto a la criptografía y los criptógrafos, vuelve a ser un elemento esencial de una narración que augura grandes novedades y mantiene sus promesas. Y todo ello sin olvidar las aventuras, el espionaje y la compleja política europea de finales del siglo xvii.

Con el curioso enlace que proporciona el misterioso Enoch Root, Neal Stephenson nos llevó en el primer libro de Azogue a la segunda mitad del siglo xvii, justo cuando John Wilkins acaba de crear la Royal Society británica que se esfuerza por racionalizar y profundizar el nuevo empirismo, enfrentarse a la alquimia y, en definitiva, inventar la nueva ciencia moderna.

Si Lawrence Pritchard Waterhouse, protagonista de Criptonomicón, estuvo con el genio británico Alan Turing y conoció a su opositor germano Rudy von Hacklheber, su antepasado Daniel Waterhouse no ha de ser menos. Como su descendiente Lawrence, el Waterhouse de Azogue, Daniel, es a la vez amigo del británico Newton y, también, del germano Leibniz. Sus aventuras en esa segunda mitad del siglo xvii, acompañan el nacimiento de la ciencia moderna con la intervención estelar de figuras históricas de indiscutible importancia como Newton, Leibniz, Hooke, Boyle, Huygens, Pepys, Penn, Wilkins y tantos otros.

Pero en Criptonomicón también están los Shaftoe, representados en el segundo libro de Azogue por Jack Shaftoe, El rey de los vagabundos, y también gente de la isla Qwghlm como Eliza, la Odalisca, de la que se nos habla en esta tercera parte de Azogue.

Y lo cierto es que queda mucho más por venir. La confusión (de nuevo un macrovolumen que, muy posiblemente, haya que publicar en dos partes en España) sigue por esos derroteros. Por ejemplo, Newton y Leibniz inventan la entonces nueva ciencia de la dinámica (un nombre propuesto por Leibniz) y se muestran preocupados por si el invariante que se conserva es el producto de la masa por la velocidad (Newton) o el de la masa por el cuadrado de la velocidad (Leibniz). También, como no podía ser de otra manera, Waterhouse, Shaftoe y Eliza (la nueva condesa) siguen sus aventuras en ese complejo mundo de finales del siglo xvii y principios del xviii en el que la ciencia, las nuevas finanzas, las intrigas políticas y las aventuras siguen teniendo un papel destacado.

Como se ha dicho, Azogue es una novela histórica sui generis, como sólo un creador como Neal Stephenson puede proponer. Como muy bien decía Charles Shaar Murray en The Independent:

Azogue es mucho más que un divertimento para los cultos. En su núcleo es un mensaje político: que los valores de la Ilustración se consiguieron con dificultad y que merecen ser defendidos; que la libertad de expresión

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