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OLYMPO

Dan Simmons  

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Fragmento

¿Cómo pudo Homero saber estas cosas? ¡Cuando todo esto sucedió, él era un camello en Bactria!

LUCANO,

El sueño

... la verdadera historia de la tierra debe ser en último término la historia de una guerra interminable. Ni sus amigos, ni sus dioses, ni sus pasiones dejarán al hombre en paz.

JOSEPH CONRAD,

Notas sobre la vida y cartas

Oh, no escribas más la historia de Troya

si tierra debe ser el pergamino de la Muerte.

Ni mezcles con cólera laya la alegría

que amanece sobre los libres:

aunque una sutil esfinge renueve

acertijos de muerte que Tebas nunca supo.

Otra Atenas surgirá

y a tiempos más remotos

lega, como el ocaso a los cielos,

el esplendor de su cenit;

y deja, si nada tan brillante puede vivir,

todo lo que la tierra puede tomar o puede dar el Cielo.

PERCY BYSSHE SHELLEY,

Hellas

PRIMERA PARTE

1

Justo antes del amanecer, Helena de Troya despierta con el sonido de las alarmas antiaéreas. Palpa los cojines de su cama pero su actual amante, Hockenberry, se ha marchado: ha vuelto a perderse en la oscuridad antes de que las criadas despierten, como hace siempre después de sus noches de amor, como si se tratara de un acto vergonzoso. Sin duda ahora se encamina furtivamente hacia su casa por los callejones y callejas menos iluminados por las antorchas. Helena piensa que Hockenberry es un hombre extraño y triste. Entonces recuerda: «Mi marido ha muerto.»

Paris muerto en combate singular con el implacable Apolo, es realidad un hecho acaecido hace ya nueve días: los grandes funerales en los que participarán tanto troyanos como aqueos comenzarán dentro de tres horas si el dios auriga que ahora se alza sobre la ciudad no destruye Ilión por completo en los próximos minutos... pero Helena no puede creer que Paris haya muerto. ¿Paris, hijo de Príamo, derrotado en el campo de batalla? ¿Paris muerto? ¿Paris arrojado a las oscuras cavernas del Hades sin belleza de cuerpo ni elegancia de acción? Impensable. Se trata de «Paris», el hermoso muchacho que se la robó a Menelao, burlando a los guardias y cruzando los verdes prados de Lacedemonia. Se trata de Paris, su amante más atento incluso después de una larga década de guerra, a quien secretamente se refería como su «brioso semental cebado en la cuadra».

Helena se levanta de la cama y sale al balcón abriendo las cortinas de seda a la luz previa al amanecer de Ilión. A mediados de invierno nota el mármol frío bajo sus pies descalzos. El cielo está aún lo bastante oscuro para que resulten visibles cuarenta o cincuenta reflectores enfocados hacia las alturas rastreando dioses o diosas y carros voladores. Apagadas explosiones de plasma ondean sobre la semicúpula del campo de energía de los moravecs que protege la ciudad. De repente, múltiples rayos de luz coherente (sólido lapislázuli, verde esmeralda, rojo sangre) brotan del perímetro defensivo de Ilión. Mientras Helena observa, una enorme explosión sacude el cuadrante norte de la ciudad; su onda expansiva sacude las torres de Ilión y los rizos de su largo y oscuro cabello. Los dioses han empezado a utilizar bombas físicas para vencer el campo de fuerza durante las últimas semanas, y las bombas unicelulares proyectan cambios de fase cuánticos en el escudo de los moravecs. O eso han tratado de explicarle Hockenberry y la divertida criatura de metal, Mahnmut.

A Helena de Troya le importan un comino las máquinas.

«Paris ha muerto.» La idea le resulta insoportable. Helena estaba preparada para morir con Paris el día en que los aqueos, dirigidos por Menelao, su ex marido, y por su hermano Agamenón, derribaran las murallas, como debían hacer según su amiga la profetisa Casandra, y dieran muerte a cada hombre y niño de la ciudad, violaran a las mujeres y se las llevaran como esclavas a las islas griegas. Helena estaba preparada para ese día, preparada para morir por su propia mano o por la espada de Menelao, pero nunca creyó realmente que su amado, engreído, divino Paris, su brioso semental, su hermoso marido guerrero, pudiera morir antes que ella. Durante más de nueve años de asedio y gloriosa batalla, Helena confiaba en que los dioses mantuvieran a su amado Paris vivo e intacto en su cama. Y lo habían hecho. Pero ahora lo habían matado.

Recuerda la última vez que vio a su marido troyano, diez días antes, saliendo de la ciudad para enfrentarse en combate singular con el dios Apolo. Paris nunca había parecido más confiado con su elegante armadura de bronce resplandeciente, la cabeza bien alta, su largo cabello sobre los hombros como la crin de un garañón, sus dientes blancos brillando mientras Helena y miles de personas observaban y aplaudían desde la muralla, sobre las puertas Esceas. Sus rápidos pies lo habían llevado siempre «seguro y arropado en su gloria», como le gustaba cantar al bardo favorito del rey Príamo. Pero aquel día lo llevaron a su propia muerte a manos del furioso Apolo.

Y ahora está muerto y, si los informes entre susurros que Helena ha oído son ciertos, su cuerpo está calcinado y destrozado, los huesos rotos, el rostro dorado y perfecto convertido en un cráneo obscenamente sonriente, los ojos azules derretidos y reducidos a sebo, jirones de carne chamuscada cuelgan de sus pómulos calcinados como... como esos primeros trozos de carne ceremonial apartados del fuego del sacrificio porque han sido considerados indignos. Helena se estremece con el frío viento que trae el amanecer y contempla el humo que se alza sobre los tejados de Troya.

Tres cohetes antiaéreos del campamento aqueo situado al sur saltan al cielo en busca del dios auriga en retirada. Helena capta un atisbo de ese carro, un breve destello, tan brillante como la estrella de la mañana, perseguido por la cola de los cohetes griegos. Sin advertencia, la brillante mota cuántica se esfuma, dejando vacío el cielo matutino. «Volved al asediado Olimpo, cobardes», piensa Helena de Troya.

Las sirenas que anuncian que todo está despejado empiezan a ulular. La calle que pasa bajo los apartamentos de Helena en la mansión de Paris, tan cercana al derruido palacio de Príamo, se llena de pronto de hombres a la carrera, brigadas de bomberos que corren hacia el noroeste, donde se alza el humo en el aire invernal. Las máquinas voladoras moravec zumban sobre los tejados, como brillantes moscardones negros con sus sistemas de aterrizaje y sus proyectores giratorios. Algunos, ella lo sabe por experiencia y por los balbuceos nocturnos de Hockenberry, volarán con lo que él llama la cobertura aérea, demasiado tarde para ayudar, mientras que otros intervendrán para apagar el fuego. Luego troyanos y moravecs sacarán los cuerpos destrozados de los escombros durante horas. Como Helena conoce a casi todo el mundo en la ciudad, se pregunta aturdida quién estará en las filas de aquellos que han sido enviados al oscuro Hades tan temprano por la mañana.

«La mañana del funeral de Paris. Mi amante. Mi tonto y traicionado amante.»

Helena oye a las criadas que empiezan a agitarse. La más anciana de todas (la vieja, Aitra, antigua reina de Atenas y madre del real Teseo hasta que fue secuestrada por los hermanos de Helena en venganza por el secuestro de su hermana) está de pie en la puerta del dormitorio.

—¿Ordeno a las muchachas que te preparen el baño, mi señora? —pregunta Aitra.

Helena asiente. Contempla el cielo un instante más: ve el humo al noroeste espesarse y luego reducirse mientras las brigadas de bomberos y los motores de los moravecs lo controlan; observa otro instante los moscardones de batalla moravec que siguen abalanzándose hacia el este en inútil persecución del carro que ya se ha teletransportado cuánticamente, y luego se vuelve para entrar, los pies descalzos susurrando sobre el frío mármol. Tiene que prepararse para los ritos funerarios de Paris y para ver a su cornudo esposo, Menelao, por primera vez desde hace diez años. Ésta será también la primera vez que Héctor, Aquiles, Menelao, Helena y muchos otros aqueos y troyanos estén presentes en un acto público. Podría pasar cualquier cosa.

«Sólo los dioses saben qué será de este aciago día», piensa Helena. Y tiene que sonreír a pesar de su tristeza. Las oraciones a los dioses no obtienen respuesta. Los dioses, vengativos, ya no comparten nada con los mortales... o al menos nada excepto la muerte y la perdición y la terrible destrucción que sus manos divinas descargan sobre la tierra.

Helena de Troya se dispone a bañarse y a vestirse para el funeral.

2

El pelirrojo Menelao, engalanado con su mejor armadura, erguido, inmóvil, regio y orgulloso, guardaba silencio entre Odiseo y Diomedes. Encabezaba la delegación aquea de héroes congregados dentro de las murallas de Ilión para los ritos funerarios, para honrar a su ladrón enemigo, el hijo de Príamo, aquel cerdo miserable, Paris. Menelao no paraba de preguntarse cómo y cuándo matar a Helena.

Tenía que ser fácil. Estaba al otro lado de la ancha calle, en la muralla, a menos de quince metros, frente a la delegación aquea, en el corazón del enorme patio interior de Troya, en el balcón real, con el viejo Príamo. Con suerte, Menelao podría correr más rápido que nadie sin que fueran capaces de interceptarlo. E incluso sin suerte, si los troyanos tenían tiempo de interponerse entre su esposa y él, los abatiría como hierbajos.

Menelao no era un hombre alto, no era un noble gigante como su hermano ausente, Agamenón, ni un gigante innoble como el remilgado Aquiles, de modo que sabía que no podría saltar hasta el balcón; tendría que subir por las escaleras entre la multitud de troyanos allí congregados, abatiendo y empujando y matando a su paso. No le importaba.

Helena no iba a escapar. El balcón de la muralla del templo de Zeus sólo tenía una escalera que condujera a ese patio. Ella podía entrar en el templo, pero él podía seguirla, acorralarla allí. Menelao sabía que la mataría antes de ceder al ataque de docenas de airados troyanos, incluido Héctor, que dirigía la procesión funeraria que aparecía en aquel momento. Luego aqueos y troyanos se enzarzarían de nuevo en una guerra entre sí, olvidando su loca lucha contra los dioses. Naturalmente, Menelao perdería sin ninguna duda la vida si la guerra de Troya recomenzaba en aquel mismo lugar, aquel mismo día, como la perderían Odiseo, Diomedes y tal vez incluso el invulnerable Aquiles, ya que sólo había treinta aqueos en el funeral del cerdo de Paris, y miles de troyanos en el patio y las murallas y agrupados entre los aqueos y las puertas Esceas que tenían detrás.

«Merece la pena.»

Este pensamiento cruzó la mente de Menelao como la punta de una lanza. «Merece la pena, cualquier precio merece la pena por matar a esa perra infiel.» A pesar del clima (era un día de invierno, fresco y gris), el sudor le corría por debajo del casco, chorreaba por su corta barba roja y le goteaba sobre el peto de bronce. Había oído ese goteo, ese sonido de las salpicaduras contra el metal muchas veces, por supuesto, pero siempre era de sangre de sus enemigos manchando su armadura. La mano derecha de Menelao agarraba la empuñadura de su espada repujada de plata con ferocidad.

«¿Ahora?»

«Ahora no.»

«¿Por qué no ahora? Si no ahora, ¿cuándo?»

«Ahora no.»

Las dos voces que discutían dentro de su dolorido cráneo (ambas suyas, puesto que los dioses ya no le hablaban) estaban volviendo loco a Menelao.

«Espera a que Héctor encienda la pira funeraria y actúa entonces.»

Menelao parpadeó para apartarse el sudor de los ojos. No sabía qué voz era ésta, si la que lo urgía a la acción o la que cobardemente lo instaba a la contención, pero estuvo de acuerdo con la sugerencia. La procesión funeraria acababa de entrar en la ciudad por las enormes puertas Esceas. Traían el cadáver calcinado de Paris (oculto ahora bajo una mortaja de seda) al patio central de Troya, donde esperaban filas y filas de dignatarios y héroes, mientras las mujeres, Helena incluida, lo observaban todo desde el balcón superior. En cuestión de minutos, el hermano mayor del muerto, Héctor, prendería fuego a la pira y toda la atención se desviaría hacia las llamas que devorarían el cuerpo ya quemado. «Un momento perfecto para actuar: nadie reparará en mí hasta que mi hoja esté a un palmo del traicionero pecho de Helena.»

Tradicionalmente, los funerales por miembros de la familia real, como Paris, hijo de Príamo, uno de los príncipes de Troya, duraban nueve días. Muchos de esos días se dedicaban a los juegos funerarios: carreras de carros, competiciones atléticas y competiciones de tiro de lanza. Pero Menelao sabía que los nueve días de rigor desde que Apolo había convertido a Paris en un tizón se habían invertido en el largo viaje de carros y leñadores hacia los bosques que todavía quedaban en el monte Ida, a muchos kilómetros al sureste. Los pequeños seres-máquina llamados moravecs habían sido requeridos para acompañar con sus moscardones y artilugios mágicos a los leñadores y proporcionarles campos de fuerza como defensa contra un eventual ataque de los dioses. Y los dioses habían atacado, naturalmente. Pero los leñadores habían hecho su trabajo.

Al décimo día la madera estaba ya en Troya, lista para la pira, aunque Menelao y muchos de sus amigos, incluso Diomedes, que estaba de pie junto a él formando parte del contingente aqueo, pensaban que quemar el putrefacto cadáver de Paris en una pira funeraria era un absoluto desperdicio de buena leña, ya que tanto la ciudad de Troya como los muchos campamentos aqueos situados a lo largo de la orilla llevaban muchos meses sin troncos para encender las hogueras, tan agotados estaban los matorrales y antiguos bosques que rodeaban a la propia Ilión después de diez años de guerra. El campo de batalla estaba lleno de tocones. Incluso las ramitas habían sido saqueadas hacía mucho. Los esclavos aqueos cocinaban para sus amos con hogueras de estiércol, cosa que no mejoraba ni el sabor de la carne ni el agrio estado de ánimo de los guerreros aqueos.

Abriendo el cortejo funerario hacia Ilión iba una procesión de carros troyanos en fila de a uno. Los cascos de los caballos, forrados de fieltro negro, apenas hacían ruido sobre las anchas losas de la vía y la plaza de la ciudad. Montando aquellos carros, en silencio junto a sus aurigas, iban algunos de los más grandes héroes de Ilión, guerreros que habían sobrevivido a más de nueve años de la guerra original y a ocho meses de la guerra aún más terrible contra los dioses. El primero, Polidoro, también hijo de Príamo, iba seguido por el otro hermanastro de Paris, Méstor. El siguiente carro traía a Ifeo, el aliado troyano, y luego venía Laodoco, hijo de Antenor. Detrás, en su propio carro con incrustaciones de piedras preciosas iba el viejo Antenor en persona, entre los guerreros, como siempre, en vez de estar en la muralla, con los ancianos; lo seguían el capitán Polifetes y el famoso auriga de Sarpedón, Trasmelo, en lugar del propio Sarpedón, comandante de los licios, muerto a manos de Patroclo meses antes, cuando los troyanos todavía combatían a los griegos en vez de a los dioses. Luego venía el noble Pilartes; naturalmente, no el troyano a quien mató Áyax el Grande justo antes de que empezara la guerra contra los dioses, sino el otro Pilartes, el que tan a menudo combatía junto con Elaso y Mulio. En la procesión iban también el hijo de Megas, Perimo, además de Epistor y Melanipo.

Menelao reconoció a todos esos hombres, esos héroes, esos enemigos. Había visto sus rostros contorsionados y ensangrentados bajo los cascos de bronce un millar de veces al otro lado del letal espacio formado por las lanzas y las espadas que lo separaba de sus dos objetivos: Ilión y Helena.

«Está a quince metros de distancia. Y nadie espera mi ataque.»

A la cola de los silenciosos carruajes, algunos jóvenes conducían los animales para sacrificar: diez de los segundos mejores caballos de Paris y sus perros de caza, docenas de gruesas ovejas (un sacrificio considerable, ya que la lana y la carne escaseaban bajo el asedio de los dioses) y algunos toros viejos y tambaleantes de cuernos torcidos. El ganado no iba a ser sacrificado a los dioses (¿a quién había que sacrificarlos ahora que los dioses eran enemigos?), sino para que la pira funeraria ardiera más y mejor con su grasa.

Tras los animales para el sacrificio desfilaba la infantería de Troya, millares de hombres con pulidas armaduras en aquel oscuro día de invierno, fila tras fila de ellos desde las puertas Esceas hasta las llanuras de Ilión. En medio de esta masa de hombres avanzaba el catafalco de Paris, transportado por doce de sus camaradas más íntimos, hombres que hubiesen dado su vida por el segundo hijo de Príamo y que lloraban mientras llevaban el enorme palanquín.

El cadáver de Paris estaba cubierto por una mortaja azul, que a su vez ya cubrían miles de mechones de pelo, símbolo de duelo por parte de los hombres de Paris y sus parientes, ya que Héctor y sus familiares más cercanos se cortarían el pelo cuando encendieran la pira. Los troyanos no les habían pedido a los aqueos que contribuyeran con mechones al duelo, y si lo hubieran hecho (y si Aquiles, el principal aliado de Héctor en esos días de locura hubiera transmitido la petición, o peor aún, hubiera dado a sus mirmidones la orden de acatarla) Menelao habría liderado en persona la revuelta.

Menelao deseaba que su hermano Agamenón estuviera presente. Agamenón siempre parecía acertar el curso de acción. Agamenón era su auténtico líder argivo, no aquel usurpador, Aquiles; mucho menos ese bastardo troyano, Héctor, que presumía de dar órdenes a argivos, aqueos, mirmidones y troyanos por igual. No, Agamenón era el verdadero jefe de los griegos, y si hubiese estado allí, hubiera impedido a Menelao que atacara a Helena o se hubiese unido a él en la muerte llevando a cabo el intrépido ataque. Pero Agamenón y quinientos de sus leales habían dirigido sus negras naves de vuelta a Esparta y las islas griegas hacía siete semanas, y se esperaba que estuviesen fuera otro mes por lo menos, en teoría para buscar nuevos reclutas para la guerra contra los dioses, pero, en realidad, para reclutar en secreto nuevos aliados para una revuelta contra Aquiles.

Aquiles. Allí estaba aquel monstruo traidor, caminando apenas un paso por detrás del lloroso Héctor, que caminaba tras el catafalco sosteniendo en sus dos enormes manos la cabeza del hermano muerto.

Al ver a Héctor y el cadáver de Paris, un gran gemido escapó de las gargantas de los miles de troyanos congregados en las murallas y la plaza. Las mujeres que estaban en las terrazas y la muralla (las plebeyas, no las de la familia real de Príamo ni Helena) dieron comienzo a un agudo aullido. A su pesar, Menelao sintió que se le ponía la carne de gallina. Los gritos funerarios de las mujeres siempre lo afectaban de esta forma.

«Mi brazo roto y torcido», pensó Menelao, avivando su ira como se aviva una hoguera que se apaga.

Aquiles, el hombre-dios que pasaba de largo mientras el catafalco de Paris desfilaba solemnemente ante el contingente honorario de capitanes, le había roto el brazo a Menelao ocho meses antes, el día en que el asesino de los pies ligeros había contado a todos los aqueos que Palas Atenea había matado a su amigo Patroclo y se había llevado el cadáver al Olimpo para burlarse. Aquiles anunció entonces que griegos y troyanos ya no guerrearían entre sí, sino que asediarían el monte Olimpo.

Agamenón se había opuesto a aquello, se había opuesto a todo: a la arrogancia de Aquiles y a que le usurpara el poder como rey de reyes de todos los griegos reunidos en Troya; a la blasfemia de atacar a los dioses, no importaba de quién fuera el amigo asesinado por Atenea (eso en el caso de que Aquiles dijera la verdad), y a que miles y miles de combatientes aqueos quedaran bajo el mando de Aquiles.

La respuesta de Aquiles aquel aciago día había sido breve y sencilla: combatiría a cualquier hombre, cualquier griego, que se opusiera a su liderazgo y su declaración de guerra. Lucharía en combate singular o con todos a la vez. Y que el último hombre que quedara en pie liderara a los aqueos de esa mañana en adelante.

Agamenón y Menelao, los orgullosos hijos de Atreo, habían atacado juntos a Aquiles, con lanza, espada y escudo, mientras centenares de capitanes aqueos y miles de soldados de infantería observaban en pasmado silencio.

Menelao era veterano de guerra pero no un héroe de Troya de primera fila. Su hermano mayor, sin embargo, estaba considerado (al menos mientras Aquiles estuvo recluido en su tienda durante semanas) el más feroz luchador de todos los aqueos. Sus lanzas alcanzaban casi siempre el objetivo, su espada se abría paso a través de los escudos reforzados de los enemigos como una aguja a través de la tela, y no tenía piedad alguna ni siquiera con los más nobles enemigos que suplicaban por sus vidas. Agamenón era tan alto y musculoso y divino como el rubio Aquiles, pero su cuerpo soportaba una década más de cicatrices de batalla y sus ojos ese día estaban ensombrecidos por una furia demoníaca. Aquiles por su parte se mantuvo frío, con una expresión casi distraída en el rostro aniñado.

Aquiles desarmó a ambos hermanos como si fueran chiquillos. La poderosa lanza de Agamenón se desvió de la carne de Aquiles como si el hijo de Peleo y la diosa Tetis estuviera rodeado por uno de los invisibles escudos de energía de los moravecs. El salvaje mandoble de Agamenón (capaz, pensó Menelao en su momento, de atravesar un bloque de piedra) se estrelló en el hermoso escudo de Aquiles.

Luego Aquiles los desarmó a ambos, arrojó al océano las lanzas de repuesto y la espada de Menelao, los derribó sobre la arena y los despojó de la armadura con la facilidad con que un águila arranca la ropa de un cadáver indefenso. El de los pies ligeros le rompió primero a Menelao el brazo izquierdo (el círculo de capitanes y soldados de infantería jadeó al oír el chasquido del hueso) y luego la nariz a Agamenón de un empujón, aparentemente sin esfuerzo, con la palma de la mano. Luego le pateó las costillas al rey de reyes y puso su sandalia sobre el pecho del quejoso Agamenón mientras Menelao yacía gimiendo junto a su hermano.

Sólo entonces desenvainó Aquiles la espada.

—Jurad rendiros y obedecerme este día y os trataré a ambos con el respeto debido a los hijos de Atreo y os honraré como capitanes y aliados en la guerra que se avecina —dijo Aquiles—. Vacilad un segundo y enviaré al Hades vuestras almas de perro antes de que vuestros amigos puedan parpadear, y arrojaré vuestros cadáveres a los buitres para que nunca encuentren sepultura.

Agamenón, jadeando y gimiendo, casi vomitando la bilis que lo llenaba, se rindió y prometió obediencia a Aquiles. Menelao, sufriendo la agonía de una pierna herida, las costillas rotas y el brazo partido, lo imitó un segundo más tarde.

En total, treinta y cinco capitanes aqueos decidieron oponerse a Aquiles ese día. Todos fueron derrotados en menos de una hora. Los más valientes fueron decapitados cuando se negaron a rendirse y sus cadáveres arrojados a las aves y los peces y los perros, tal como Aquiles había amenazado con hacer, pero los otros veintiocho juraron lealtad y se rindieron. Ninguno de los grandes héroes aqueos de la talla de Agamenón (ni Odiseo, ni Diomedes, ni Néstor, ni los dos Áyax, ni Teucro) desafió al de los pies ligeros ese día. Todos juraron en voz alta, después de escuchar más sobre el asesinato de Patroclo a manos de Atenea y los detalles sobre el asesinato de Astianacte, el hijo de Héctor, cometido por la misma diosa, declarar la guerra a los dioses esa misma mañana.

Menelao notaba el brazo dolorido, porque los huesos no se habían soldado adecuadamente, a pesar de las atenciones de su famoso médico, Asclepio, y todavía le molestaba en los días húmedos y frescos como aquél, pero contuvo las ganas de frotárselo mientras el catafalco funerario de Paris y Apolo desfilaban lentamente ante la delegación aquea.

Ahora colocan el catafalco amortajado y cubierto de mechones de pelo junto a la pira funeraria, justo bajo el balcón de la muralla del templo de Zeus. La infantería se detiene. Los gemidos de las mujeres y los aullidos de las murallas cesan. En medio del súbito silencio, Menelao oye la áspera respiración de los caballos y ve luego el vapor de un animal que orina sobre una piedra.

En la muralla, Heleno, el viejo oráculo que está junto a Príamo, el principal profeta y consejero de Ilión, recita un breve responso que se pierde en el viento que sopla desde el mar y llega como un frío y recriminatorio aliento de los dioses. Heleno tiende un cuchillo ceremonial a Príamo, quien, aunque calvo, ha conservado unos cuantos mechones de pelo gris sobre las orejas para tan solemnes ocasiones. Príamo usa la afilada daga para cortarse un mechón. Un esclavo (el esclavo personal de Paris durante muchos años) lo recoge en un cuenco de oro y se lo pasa a Helena, que recibe el cuchillo de manos de Príamo y mira la hoja largamente, como si estuviera decidiendo si usarla contra sí misma y hundírsela en el pecho. Menelao siente una súbita alarma: eso lo privaría de su venganza, ahora tan próxima. Pero Helena alza el cuchillo, sujeta una de sus largas trenzas, y corta el extremo. El rizo castaño cae en el cuenco dorado y el esclavo se acerca a la loca Casandra, una de las muchas hijas de Príamo.

A pesar del esfuerzo y el peligro de traer la madera del monte Ida, la pira merece la pena. Como no han podido llenar la plaza de la ciudad con una pira real tradicional de cien pies de lado y que quedara todavía espacio para la gente, la pira sólo tiene treinta pies de lado, pero es más alta que de costumbre y llega hasta el balcón de la muralla. Anchos escalones de madera, pequeñas plataformas en sí mismos, han sido construidos en ascenso hasta la cima de la pira. Fuertes vigas, traídas de las murallas del palacio del propio Paris, sostienen la enorme montaña de leña.

Los fuertes porteadores llevan el catafalco de Paris hasta la pequeña plataforma situada encima de la pira. Héctor espera al pie de las anchas escaleras.

Los animales son rápida y eficazmente sacrificados por expertos carniceros especialistas en rituales religiosos (y, después de todo, piensa Menelao, ¿cuál es la diferencia entre las dos cosas?). Cortan las gargantas de ovejas y toros, su sangre se vierte en cuencos ceremoniales, se desollan y se les saca la grasa en cuestión de minutos. El cadáver de Paris es envuelto en pliegues de grasa animal, como un pan blando relleno de carne quemada.

Luego los cadáveres despellejados son transportados escaleras arriba y colocados alrededor del cuerpo calcinado de Paris. Del templo de Zeus salen mujeres (vírgenes con túnicas ceremoniales y el rostro cubierto por un velo) que llevan ánforas de aceite y miel. Como no pueden acercarse a la pira, entregan las ánforas a los guardaespaldas de Paris, convertidos ahora en porteadores del féretro, quienes las llevan escalones arriba y las colocan alrededor del catafalco con mucho cuidado.

Los diez caballos favoritos de Paris avanzan; eligen los cuatro mejores y Héctor rebana la garganta de los animales con el largo cuchillo de su hermano, moviéndose de un animal al siguiente con tanta rapidez que ni siquiera esos inteligentes, animosos y soberbios animales entrenados para la guerra tienen tiempo de reaccionar.

Es Aquiles quien, con salvaje celo y fuerza inhumana, arroja los cuerpos de los cuatro enormes garañones a la pira, uno tras otro, cada uno más arriba en la pirámide de vigas y troncos.

El esclavo personal de Paris conduce a seis de los perros favoritos de su amo a un claro, junto a la pira. Héctor pasa de un perro al siguiente, acariciándolos y rascándolos tras las orejas. Después se detiene a pensar un instante, como recordando todos los momentos en que ha vis

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