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OPENDOOR

Iosi Havilio  

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Fragmento

Uno

Cuando la dueña de la veterinaria me dijo que tenía que ir a Open Door a revisar un caballo, no protesté, la idea me divirtió. Open Door, sonaba raro.

Salí de Plaza Italia a eso de las nueve de la mañana con un sol de mediodía. Primero tomé un micro de larga distancia, casi una hora y media de marcha lenta y mil veces interrumpida hasta la terminal de Pilar. Iba lleno de gente, con el aire acondicionado roto y un fuerte olor a amoníaco. Después alguien me indicó un colectivo de provincia que tuve que esperar una buena media hora. Otra vez a la ruta, campo a la derecha, campo a la izquierda, una rotonda y otros cuarenta minutos hasta la entrada de Open Door. Por la ventanilla pasan la llanura, los countries, y las vacas.

El colectivo me dejó cruzando las vías. Faltaban diez minutos para las doce. Una chica con trenzas y mejillas infladas me miró con los ojos muy abiertos. Me daba la bienvenida. Estaba parada junto a la ventana de una casa convertida en kiosco, debajo de un toldo a rayas verdes y blancas. La mitad del cuerpo a la sombra y la otra mitad al sol. Me miraba y masticaba chicle muy concentrada, con los labios fruncidos.

Le sonreí pero ella como si nada. Apenas si pestañeó. Desvié la mirada, para cualquier parte: una calle de tierra, larga y rectilínea, que se perdía en un fondo que empezaba a encapotarse. Iba a llover, tarde o temprano iba a llover. Del otro lado de las vías, me sorprendieron, como si viniese de depositarlos un helicóptero en fuga, tres silos gigantes, tres adefesios de cemento, aparentemente inútiles, pero de pie. A la derecha ondulaba un monte muy verde, enhebrado por caminos en zigzag, como culebras. Unas cuadras más adelante, de una calle lateral, apareció un hombre en bicicleta con un sombrero de explorador cubriéndole la cabeza. Al doblar, levantó una nube de polvo que lo acompañó unos metros. Y se esfumó.

¿Será acá? No tengo idea. Me doy vuelta y la chica se para mordiendo la tierra con la punta de las sandalias que dejan ver sus dedos chiquitos y encimados.

La entrada del pueblo, digo al aire, ¿es acá? La chica no contesta y yo no sé si seguirla, no sé si será sorda. Insisto: Disculpame... Sí, acá, suelta sin ganas. Me habla de espaldas, me mira con la nuca. Entra a la casa y diez segundos más tarde vuelve a aparecer del lado de adentro desparramando sus brazos finos a lo ancho de la ventana, entre el marco y las golosinas.

¿Querés un remís?, pregunta. No, digo. El silencio dura todo lo que puede durar pero es inevitable, vuelvo a hablar: Me vienen a buscar. Y ella: Ah, bueno, dice y se queda mirándome con los ojos más abiertos que nunca.

Se hizo otro silencio y volví a preguntar, para molestarla un poco: ¿Pasa el tren? De vez en cuando, pero no para, sigue de largo, respondió y enseguida volvió a fruncir los labios y se puso a masticar su chicle decidida a no hablar más.

La conversación terminó ahí y aunque me corrí al borde del camino sentí por un buen rato sus ojos soplándome detrás de las orejas. Sus ojos me molestaban.

Ya era el mediodía. El calor comenzaba a ser una exageración. Y una fina jaqueca de verano me apretaba la cabeza, me recorría, yendo y viniendo, de sien a sien. Justo a tiempo un zumbido áspero sonó muy cerca, en alguna parte, pero fuera de mi vista, como de quien se aclara la voz para empezar a hablar. Parecido a un ronroneo.

Por la calle que bordea las vías va a doblar Jaime con su camioneta, pick up, o rastrojero, va a detenerse frente a la casakiosco, va a bajar, va a mirarme cabizbajo y va a saludarme con la mano.

Nos reconocimos enseguida, no era difícil. Se me ha hecho tarde, dice o pregunta, no se sabe. Son las doce y cinco, le digo y él, por como pone los ojos, salpicados de barro, no sabe si le estoy recriminando algo.

En cuanto Jaime pone el motor en marcha, la chica de las trenzas se asoma por la ventana de la casa. Puedo verla por el espejo retrovisor.

Jaime empuña la palanca de cambios y la mueve en todos los sentidos, para destrabarla supongo, a lo bruto. Tiene la mano muy gruesa y la piel rugosa, de reptil. Aprieta el pedal del acelerador, y

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