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OPUS NIGRUM

Marguerite Yourcenar  

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Fragmento

Primera parte

LA VIDA ERRANTE

 

«Nec certam sedem, nec propriam faciem, nec munus ullum peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quan faciem, quae munera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coerceteur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem neque terrenum, neque mortalem neque inmortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas…».

PICO DE LA MIRÁNDOLA,

Oratio de hominis dignitate

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos yo te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.

El camino real

Henri-Maximilien Ligre proseguía, a pequeñas etapas, su camino hacia París.

De las contiendas que oponían al Rey y al Emperador, lo ignoraba todo. Únicamente sabía que la paz, que databa tan sólo de unos meses, empezaba ya a deshilacharse como un traje usado durante mucho tiempo. Para nadie era un secreto que François de Valois seguía echándole el ojo al Milanesado, como un amante desafortunado a su hermosa; se sabía de buena tinta que trabajaba calladamente para equipar y reunir, en las fronteras del duque de Saboya, un ejército flamante, encargado de ir a Pavía para recoger sus espuelas perdidas. Mezclando retazos de Virgilio con las escuetas narraciones de viajes de su padre el banquero, Henri-Maximilien imaginaba, más allá de los montes acorazados de hielo, filas de caballeros que bajaban hacia unas extensas y fértiles tierras, tan hermosas como un sueño: llanuras rojizas, fuentes borbotantes en donde beben blancos rebaños, ciudades cinceladas como arquetas, rebosantes de oro, de especias y de cuero repujado, ricas como almacenes, solemnes como iglesias; jardines llenos de estatuas, salas repletas de valiosos manuscritos; mujeres vestidas de seda, amables con el gran capitán; toda clase de refinamientos en la pitanza y la orgía y encima de unas mesas de plata maciza, dentro de unos frasquitos de cristal de Venecia, el aterciopelado brillo de la malvasía.

Unos días antes, había abandonado sin gran disgusto su casa natal de Brujas y su porvenir de hijo de mercader. Un sargento cojo, que se alababa de haber servido en Italia en tiempos de Carlos VIII, le había remedado una noche sus gloriosas hazañas y descrito a las mozas y sacos de oro a los que echaba mano al saquear las ciudades. Henri-Maximilien le había pagado sus fanfarronadas con un vaso de vino en la taberna. De regreso a casa, se había dicho que ya era hora de comprobar por sí mismo lo redondo que es el mundo. El futuro condestable dudó si se enrolaría en las tropas del Emperador o en las del Rey de Francia; acabó por jugarse la decisión a cara o cruz; el Emperador perdió. Una sirvienta propaló sus preparativos de marcha. Henri-Juste asestó primero unos cuantos puñetazos al hijo pródigo y luego, calmándose al contemplar a su hijo menor, que se paseaba por la alfombra de la sala con su faldón largo, deseó socarronamente a su hijo mayor que le soplara un buen viento de popa en compañía de los locos franceses. Un poco de amor paternal y un mucho de vanagloria, por afán de probarse a sí mismo cuán grande era su influencia, le hicieron prometerse que escribiría a su debido tiempo a su agente en Lyon, Maese Muzot, para que recomendase a aquel hijo indomable al almirante Chabot de Brion, quien tenía deudas con la banca Ligre. Por mucho que Henri-Maximilien pretendiera sacudirse el polvo del mostrador familiar, no en balde se es hijo de un hombre que puede subir o bajar el precio de los productos, y que concede préstamos a los príncipes. La madre del héroe en ciernes le llenó la bolsa de vituallas y le dio a escondidas dinero para el viaje.

Al pasar por Dranoutre, en donde su padre poseía una casa de campo, persuadió al intendente para que le dejara cambiar su caballo, que empezaba ya a cojear, por el más hermoso animal que había en las cuadras del banquero. Lo vendió en cuanto llegó a Saint-Quentin, en parte porque aquel magnífico caballo hacía aumentar como por encanto las cuentas que en la pizarra escribían los taberneros y en parte porque su lujosa montura le impedía gozar a su gusto de las alegrías que da el ancho camino. Para que le durase algo más su peculio, que se le escurría de entre los dedos más aprisa de lo que hubiera querido, comía, en compañía de los carreteros, el tocino rancio y los garbanzos de las más ruines posadas y por las noches dormía encima de la paja; mas perdía de buen grado en rondas y en naipes todo lo que había economizado en el alojamiento. De cuando en cuando, en alguna que otra granja aislada, una viuda caritativa le ofrecía su pan y su cama. No se olvidaba de las buenas letras y se había llenado los bolsillos con unos libritos encuadernados en piel, tomados como anticipada herencia de la biblioteca de su tío, el canónigo Bartholommé Campanus, que coleccionaba libros. A mediodía, tendido en un prado, se reía a carcajadas de una chanza latina de Marcial o también, soñador, mientras escupía melancólicamente en el agua de un estanque, imaginaba a una dama discreta y prudente a quien él dedicaría su alma y su vida en unos sonetos al estilo de Petrarca. Se quedaba medio dormido; sus zapatos apuntaban al cielo como torres de iglesia; las matas altas de avena le parecían una compañía de lansquenetes con blusones verdes; una amapola se convertía en una hermosa muchacha con la falda arrugada. En otros momentos, el joven gigante se casaba con la tierra. Lo despertaba una mosca, o bien el bordón del campanario de una aldea. Con el gorro caído sobre la oreja, unas briznas de paja en sus cabellos amarillos y un rostro largo y anguloso, todo nariz bermejo por efectos del sol y del agua fría, Henri-Maximilien caminaba alegremente hacia la gloria.

Bromeaba con los que pasaban por allí y se informaba de las noticias. Desde la etapa de La Fère, un peregrino lo precedía por el camino a una distancia de unas cien toesas. Iba deprisa. Henri-Maximilien, aburrido por no tener con quien hablar, apretó el paso.

—Orad por mí en Compostela —dijo el jovial flamenco.

—Habéis acertado: allí voy —contestó el otro.

Volvió la cabeza bajo el capuchón de estameña marrón y Henri-Maximilien reconoció a Zenón.

Aquel muchacho flaco, de cuello largo, parecía haber crecido por lo menos la medida de un codo desde la última aventura que ambos habían corrido en la feria de otoño. Su hermoso rostro, tan pálido como siempre, parecía atormentado y en su forma de andar había una especie de hosca precipitación.

—¡Salud, primo! —dijo alegremente Henri-Maximilien—. El canónigo Campanus os ha estado esperando todo el invierno en Brujas; el Rector Magnífico en Lovaina se arranca las barbas por vuestra ausencia y vos reaparecéis así, a la vuelta de un mal camino, como alguien a quien no quiero nombrar.

—El Abad Mitrado de Saint-Bavon de Gante me ha encontrado un empleo —dijo Zenón con prudencia—. ¿No es acaso un protector confesable? Pero contadme más bien por qué andáis haciendo de pordiosero por los caminos de Francia.

—Puede que tengáis vos algo que ver en ello —respondió el más joven de los dos viajeros—. He dejado plantados los negocios de mi padre lo mismo que vos la Escuela de Teología. Pero ahora que os veo pasar de un Rector Magnífico a un Abad Mitrado…

—Bromeáis —dijo el clérigo—. Siempre se empieza por ser el famulus de alguien.

—Antes prefiero llevar el arcabuz —dijo Henri-Maximilien.

Zenón le echó una mirada de desprecio.

—Vuestro padre es lo bastante rico como para compraros una compañía de lansquenetes del César Carlos —dijo—, en el caso en que ambos estéis de acuerdo en pensar que el oficio de las armas es una ocupación conveniente para un hombre.

—Los lansquenetes que mi padre podría comprarme me gustan tan poco como a vos las prebendas de vuestros abates —replicó Henri-Maximilien—. Y, además, sólo en Francia puede uno servir bien a las damas.

La broma cayó en el vacío. El futuro capitán se detuvo para comprar un puñado de cerezas a un campesino. Ambos se sentaron a la orilla de un talud para comer.

—Heos aquí disfrazado de necio —dijo Henri-Maximilien, observando con curiosidad los hábitos del peregrino.

—Sí —dijo Zenón—. Pero ya estaba harto de abrevarme en los libros. Prefiero deletrear algún texto con vida: mil cifras romanas y árabes; caracteres que tan pronto corren de izquierda a derecha como los de nuestros escribas, tan pronto de derecha a izquierda como los de los manuscritos de Oriente. Tachaduras que son la peste o la guerra. Rúbricas trazadas con sangre roja. Y en todas partes signos, y aquí y allá, manchas aún más extrañas que los signos… ¿Puede haber algún hábito más cómodo que éste para hacer camino pasando inadvertido?… Mis pies vagan por el mundo como un insecto entre las páginas de un salterio.

—Muy bien —dijo distraídamente Henri-Maximilien—. Mas ¿por qué ir hasta Compostela? No puedo imaginaros sentado entre frailes gordos y cantando con la nariz.

—¡Huy! —dijo el peregrino—. ¿Qué me importan a mí esos gandules y esos becerros? Pero el prior de los Jacobitas de León es aficionado a la alquimia. Mantenía correspondencia con el canónigo Bartholommé Campanus, nuestro buen tío e insípido idiota, que en ocasiones se aventura, como sin querer, hasta los límites prohibidos. El abad de Saint-Bavon también le escribió, disponiéndolo a que me enseñe lo que sabe. Pero tengo que darme prisa, porque ya es viejo. Temo que pronto olvide su saber y se muera.

—Os alimentará con cebolla cruda y os hará espumar su sopa de cobre especiada con azufre. ¡Que os aproveche! Yo espero conquistar, con menos trabajo, mejores pitanzas.

Zenón se levantó sin contestar. Ento

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