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ORíGENES

Lewis Dartnell  

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Fragmento

Introducción

¿Por qué el mundo es como es?

No digo esto a modo de meditación filosófica (¿por qué estamos todos aquí?), sino en un profundo sentido científico: ¿cuáles son las razones que hay detrás de los rasgos principales del mundo, el paisaje físico de continentes y océanos, montañas y desiertos? ¿Y cómo el terreno y las actividades de nuestro planeta, y más allá de estas nuestro entorno cósmico, han afectado a la aparición y el desarrollo de nuestra especie y a la historia de nuestras sociedades y civilizaciones? ¿De qué maneras la propia Tierra ha sido la protagonista a la hora de modelar el relato humano, un personaje con rasgos faciales distintivos, un humor variable y propenso a ocasionales arrebatos de mal genio?

Quiero analizar cómo la Tierra nos hizo. Desde luego, cada uno de nosotros está hecho literalmente de ella, como toda la vida del planeta. El agua de nuestro cuerpo fluyó una vez Nilo abajo, cayó como lluvia monzónica sobre India y se arremolinó alrededor del Pacífico. El carbono presente en las moléculas orgánicas de nuestras células fue extraído de la atmósfera por las plantas que comemos. La sal en nuestro sudor y nuestras lágrimas, el calcio en nuestros huesos y el hierro en nuestra sangre surgieron por erosión de las rocas de la corteza terrestre, y el azufre de las moléculas de proteína presente en nuestro pelo y nuestros músculos fue expulsado por los volcanes.[1] La Tierra también nos ha proporcionado las materias primas que hemos extraído, refinado y ensamblado para generar nuestras herramientas y tecnologías, desde las hachas de mano elaboradas toscamente de la primera Edad de Piedra hasta los ordenadores y móviles de hoy en día.

Fueron las fuerzas geológicas activas de nuestro planeta las que impulsaron nuestra evolución en África oriental como una especie de simio singularmente inteligente, comunicativo y habilidoso,(1) mientras que un clima planetario fluctuante nos permitió migrar por el mundo para convertirnos en la especie animal más ampliamente extendida de la Tierra. Otros procesos y acontecimientos a gran escala crearon los diferentes paisajes y regiones climáticas que han dirigido la aparición y el desarrollo de civilizaciones a lo largo de la historia. Estas influencias planetarias sobre el relato humano van desde las que parecen triviales hasta las más profundas. Veremos cómo un periodo de frío y sequía continuados en el clima de la Tierra es la razón de que la mayoría de nosotros comamos en el desayuno una tostada de pan o un cuenco de cereales; cómo la colisión de los continentes creó el Mediterráneo como un caldero burbujeante con diversas culturas, y cómo las bandas climáticas opuestas de Eurasia promovieron sistemas de vida fundamentalmente contrapuestos que modelaron durante milenios la historia de pueblos de todo el continente.

Nos preocupa cada vez más el impacto de la humanidad sobre el ambiente natural. En el transcurso del tiempo nuestra población se ha disparado, ha consumido cada vez más recursos materiales y ha conseguido fuentes de energía con una competencia cada vez mayor. Ahora Homo sapiens ha acabado por sustituir a la naturaleza como la fuerza ambiental dominante en la Tierra. La construcción de ciudades y carreteras, el represamiento de ríos y la actividad industrial y minera tienen un efecto profundo y duradero, que remodela el paisaje, cambia el clima global y causa extinciones generalizadas. Los científicos han propuesto dar nombre a una nueva época geológica que dé cuenta de este predominio de nuestra influencia sobre los procesos naturales del planeta: el Antropoceno, la «era reciente de la humanidad».[2] Pero como especie todavía estamos inextricablemente unidos a nuestro planeta, y la historia de la Tierra está grabada en nuestra constitución, de la misma manera que nuestras actividades han dejado sus marcas distintivas en el mundo natural. Para comprender de verdad nuestro relato hemos de examinar la biografía de la Tierra: las características de su paisaje y del entramado subyacente, la circulación atmosférica y las regiones climáticas, la tectónica de placas y los antiguos episodios de cambio climático. En esta obra analizaremos qué es lo que nuestro entorno nos ha hecho a nosotros.

En mi libro anterior, Abrir en caso de apocalipsis,[3] me propuse resolver un experimento mental: quería descubrir cómo podríamos reiniciar la civilización desde cero después de un hipotético apocalipsis. Utilicé la idea de la pérdida de todo lo que damos por sentado en nuestra vida cotidiana para estudiar cómo nuestra civilización opera entre bastidores. El libro era esencialmente una investigación de los descubrimientos científicos y las innovaciones tecnológicas clave que nos permitieron construir el mundo moderno. Lo que pretendo hacer esta vez es ampliar la perspectiva, no solo explorar el ingenio humano que nos llevó hasta donde nos encontramos en la actualidad, sino seguir los hilos de la explicación remontándonos todavía más hacia atrás en el tiempo. Las raíces del mundo moderno se hunden en la noche de los tiempos, y si les seguimos la pista profundizando cada vez más a través de la faz cambiante de la Tierra, descubriremos líneas de causación que a menudo nos llevarán directamente hasta el nacimiento de nuestro planeta.

Quien haya conversado con niños entenderá lo que quiero decir aquí. Para un niño de seis años curioso que pregunta cómo funciona algo o por qué ese algo es como es, nuestra respuesta inmediata nunca es satisfactoria. Abre la puerta a otros misterios. Una primera pregunta sencilla lleva invariablemente a toda una serie de «¿por qué?», «pero ¿por qué?», «¿por qué es así?». Con una curiosidad insaciable, el niño intenta captar el sentido de la naturaleza que subyace al mundo en el que se encuentra. Quiero examinar nuestra historia de la misma manera, perforando hacia abajo a través de razones cada vez más fundamentales e investigar cómo facetas del mundo aparentemente no relacionadas entre sí comparten de hecho un vínculo profundo.

La historia es caótica, desordenada, aleatoria: unos pocos años con poca lluvia provocan hambrunas y agitación social; un volcán entra en erupción y aniquila los pueblos circundantes; un general toma una decisión errónea en medio del clamor sudoroso y el derramamiento de sangre en el campo de batalla, y un imperio resulta destruido. Pero, más allá de las contingencias concretas de la historia, si observamos nuestro mundo a una escala lo suficientemente amplia, desde el punto de vista tanto del tiempo como del espacio, pueden discernirse tendencias estables y constantes incontrovertibles, y pueden explicarse las causas profundas que hay tras ellas. Desde luego, la constitución de nuestro planeta no lo ha predeterminado todo, pero no obstante, pueden distinguirse ciertos temas dominantes.

Nuestra investigación se extenderá por un periodo de tiempo asombroso. Toda la historia humana se ha desarrollado sobre un mapa esencialmente estático, dentro de un único fotograma de la película de la Tierra. Pero el mundo no ha tenido siempre este aspecto, y aunque los continentes y océanos cambian a lo largo de escalas temporales lentas, los rostros que ha tenido la Tierra en el pasado han influido mucho en nuestro relato. Contemplaremos la naturaleza cambiante de la Tierra y el desarrollo de la vida en nuestro planeta a lo largo de los últimos miles de millones de años; la evolución de los humanos a partir de nuestros antepasados simios durante los últimos cinco millones de años; el aumento de las capacidades humanas y la dispersión de nuestra especie por el mundo a lo largo de los últimos cien mil años; el avance de la civilización durante los últimos diez mil años; las tendencias más recientes del intercambio comercial, la industrialización y la globalización del último milenio, y finalmente analizaremos cómo hemos llegado a ensamblar este maravilloso relato del origen durante el último siglo.

En el proceso, viajaremos hasta los confines de la historia... y más allá. Los historiadores descifran e interpretan los registros escritos para exponer el relato de nuestras civilizaciones más antiguas. Los arqueólogos que cepillan y quitan el polvo de utensilios antiguos y ruinas pueden ilustrarnos acerca de nuestra prehistoria inicial y nuestra vida como cazadores-recolectores. Los paleontólogos han dado sentido a nuestra evolución como especie. Y para mirar detenidamente incluso más atrás en el tiempo, nos basaremos en revelaciones procedentes de otros campos de la ciencia: estudiaremos los registros conservados en estratos que constituyen el entramado mismo de nuestro planeta; leeremos las inscripciones antiguas del código genético almacenadas en la biblioteca de ADN del interior de cada una de nuestras células, y fisgaremos a través de telescopios para inspeccionar las fuerzas cósmicas que modelaron nuestro mundo. Las hebras narrativas de la historia y de la ciencia estarán entretejidas a lo largo de todo el libro, y constituirán la urdimbre y la trama de su tejido.

Cada cultura ha desarrollado su propio relato original, desde el tiempo del sueño de los aborígenes australianos hasta el mito de la creación de los zulúes. Pero la ciencia moderna ha construido un relato cada vez más completo y fascinante de cómo llegó a formarse el mundo que nos rodea y de cómo ocupamos nuestro lugar en su seno. En vez de basarnos únicamente en nuestra imaginación, ahora podemos dilucidar la crónica de la creación al usar estas herramientas de la investigación. Este es, pues, el relato de los orígenes por antonomasia: el de toda la humanidad y también el del planeta en el que vivimos.

Analizaremos por qué la Tierra ha experimentado a lo largo de las últimas decenas de millones de años una tendencia prolongada al enfriamiento y a la desecación, y cómo esto creó las especies de plantas que acabamos cultivando y los mamíferos herbívoros que domesticamos. Investigaremos cómo la última edad de hielo permitió que nos dispersáramos por todo el globo, y por qué la humanidad no llegó a asentarse y a desarrollar

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