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OSCURA NOCHE SALVAJE

Christina Lauren  

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Fragmento

1. Lola

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Lola

Dibujo mentalmente las viñetas de la escena que tengo delante mientras seguimos a la recepcionista por el pasillo de suelo de mármol:

«La mujer lleva zapatos de tacón negros de quince centímetros, tiene unas piernas interminables, sus caderas se contonean a cada paso.

»Contoneo a la izquierda.

»Contoneo a la derecha.

»Contoneo a la izquierda.»

Mi representante, Benny, se inclina hacia mí.

—No te preocupes —me susurra.

—Estoy bien —le miento, y él se limita a resoplar en respuesta antes de enderezarse.

—El contrato ya está redactado, Lola. Has venido para firmarlo, no para impresionar a nadie. ¡Sonríe! Lo de hoy es la parte divertida.

Asiento con la cabeza e intento engañar a mi cabeza para que se lo trague: ¡Mira qué oficinas! ¡Mira qué gente! ¡Luces brillantes! ¡La gran ciudad!, pero es una pérdida de tiempo. Llevo escribiendo y dibujando Pez Navaja desde los doce años, y cada segundo de la parte divertida siempre ha sido, para mí, crearlo. La parte aterradora es recorrer este pasillo estéril flanqueado por cubículos de cristal y brillantes carteles de películas a fin de firmar un contrato de siete cifras para la adaptación al cine.

Tengo el estómago alojado en algún punto de la garganta y vuelvo a mi lugar seguro.

«Contoneo a la izquierda.

»Contoneo a la derecha.

»Contoneo a la izquierda.»

La recepcionista se detiene delante de una puerta y la abre.

—Ya hemos llegado.

Las oficinas del estudio de cine son casi obscenas en su opulencia. Todo el edificio parece el equivalente moderno de un castillo. Todas las paredes son de aluminio bruñido y de mármol; todas las puertas son de cristal. Todos los muebles son o de mármol o de cuero negro. Benny entra primero, rebosando seguridad en sí mismo, y cruza la estancia para estrechar las manos de los ejecutivos que hay al otro lado de la mesa. Yo lo sigo, pero cuando suelto la puerta de cristal, esta se cierra con un golpe seco y el repentino ruido del cristal al chocar con el metal resuena en la estancia. Un sonido que queda ahogado por dos jadeos sorprendidos procedentes del otro lado de la mesa.

Joder.

He visto suficientes fotos mías en situaciones públicas y estresantes a lo largo de los últimos tres meses para saber que, en este preciso momento, no parezco alterada. No agacho la cabeza y me disculpo; no me encojo ni doy un respingo aunque, nada más cerrarse la puerta con semejante estruendo, me comen los nervios por dentro. Al parecer, se me da bien ocultarlo.

El New York Times publicó una crítica estupenda de Pez Navaja, pero dijo que yo estuve «distante» durante la entrevista que creí que fue animada e interesante. El Los Angeles describió nuestra conversación telefónica como «una serie de largas pausas para pensar seguidas de respuestas monosilábicas» mientras que yo le dije a mi amigo Oliver que me preocupaba haberles calentado la oreja.

Cuando me vuelvo hacia los ejecutivos, no me sorprende ver que son tan elegantes como la arquitectura del edificio. Ninguna de las mujeres que está sentada a la mesa comenta mi entrada tan poco sutil, pero juraría que el portazo sigue resonando por la estancia mientras me acerco a la mesa.

Benny me guiña un ojo y me hace un gesto para que me siente. Me acerco a un sillón de cuero, me aliso la falda del vestido y me siento con mucho tiento.

Tengo las manos sudorosas y el corazón en la boca. No dejo de contar hasta veinte para que no me entre el pánico.

«En la viñeta se ve a la chica, con la barbilla en alto y una bola de fuego en los pulmones.»

—Lorelei, me alegro muchísimo de conocerte en persona.

Miro a la mujer que ha hablado y acepto la mano que me tiende. Tiene el pelo rubio y lustroso, un maquillaje perfecto, ropa perfecta y una perfecta cara inexpresiva. Por la búsqueda que he hecho en IMDb esta mañana temprano, estoy casi segura de que se trata de Angela Marshall, la productora ejecutiva que, junto con Austin Adams, con quien colaboraba a menudo, luchó para hacerse con los derechos cinematográficos de Pez Navaja en una guerra de pujas que tuvo lugar la semana pasada sin que yo lo supiera.

Sin embargo, en la foto era pelirroja. Miro a la mujer que tiene a la izquierda, pero es de piel oscura, pelo negro y enormes ojos castaños. Desde luego que ella no es Angela Marshall. La otra persona a la que he visto regularmente en las revistas y en las fotos es Austin, pero Benny es el único hombre de la sala.

—Por favor, llámeme Lola. Me alegro de conocerla... —Dejo la frase en suspenso, porque en situaciones normales creo que es ahora cuando se hacen las presentaciones. Sin embargo, el apretón de manos dura una eternidad y ya no sé adónde dirigir mi efusiva gratitud. ¿Por qué nadie se presenta? ¿Se supone que tengo que saber los nombres de todos los presentes?

La mujer me suelta la mano y por fin dice:

—Angela Marshall.

Tengo la sensación de que es una especie de prueba.

—Me alegro mucho de conocerla —repito—. Me parece increíble que...

Acabo la frase ahí y todos me miran, a la espera de escuchar lo que iba a decir. La verdad es que podría estar días y días diciendo lo que me parece increíble.

Me parece increíble que Pez Navaja haya visto la luz.

Me parece increíble que la gente la compre.

Y de verdad que me parece increíble que la elegante gente que trabaja en este enorme estudio de cine vaya a convertir mi novela gráfica en una película.

—Todo lo que ha pasado nos parece increíble. —Benny me echa un cable, pero suelta una carcajada incómoda—. Estamos emocionados por cómo ha salido todo. Emocionadísimos.

La mujer que está junto a Angela lo mira como diciendo «Ah, sí, te creo», porque todos sabemos que Benny se lleva una buena tajada del contrato: el veinte por ciento es mucho dinero. Sin embargo, esa idea me lleva a otra: yo saco una tajada todavía mayor. Mi vida va a cambiar por completo con esta transacción. Estamos aquí para firmar un contrato, para hablar del reparto de actores, para planificar el calendario.

«La viñeta muestra a la chica, que se despierta sobresaltada cuando le clavan una barra de acero en la columna.»

Le tiendo la mano a la otra mujer.

—Lo siento, no me he quedado con su nombre. Lola Castle.

La mujer se presenta como Roya Lajani y después baja la vista a unos documentos que tiene delante al tiempo que inspira hondo para empezar la conversación habitual en estas circunstancias. Sin embargo, antes de que pueda hablar, la puerta se abre y entra un hombre al que reconozco como Austin Adams, acompañado por los timbres de los teléfonos, el taconeo por los pasillos y las voces de los despachos adyacentes.

—¡Lola! —me dice con voz alegre y cálida, pero luego hace una mueca cuando la puerta se cierra de golpe tras él. Mira a Angela y le dice—: Odio esta puta puerta. ¿Cuándo coño la va a arreglar Julie?

Angela hace un gesto con la mano, en plan «No te preocupes por eso» y observa cómo Austin pasa de la silla que hay libre a su lado para elegir la que hay junto a mí. Se sienta, me observa con atención y me mira con una sonrisa deslumbrante.

—Soy muy fan tuyo —dice sin rodeos, sin presentarse siquiera—. De verdad. Me tienes impresionado.

—Esto... Uf —digo, y me echo a reír, algo incómoda—. Gracias.

—Por favor, dime que tienes algo nuevo. Estoy enganchado a tu arte, a tus historias, a todo.

—Mi próxima novela gráfica sale en otoño. Se llama Escarabajo. —Me doy cuenta de que Austin se inclina hacia mí, emocionado, y añado de forma instintiva—: Sigo trabajando en ella. —Cuando lo miro a la cara, él está meneando la cabeza, alucinado.

—¿No te parece surrealista todo esto? —Sus ojos me miran con calidez y su sonrisa se suaviza—. ¿Te has hecho ya a la idea de que eres el cerebro del que será el siguiente bombazo en cuanto a películas de acción?

Esa frase, esta situación, preocupada como estoy por la idea de oír un montón de halagos huecos, me haría respirar hondo para no soltar un comentario suspicaz, pero a pesar de ser un gran productor y director, Austin parece muy... real. Es guapo, pero va muy desaliñado: lleva el pelo rubio cobrizo peinado

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