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OTRA VUELTA DE LLAVE

Ruth Ware  

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Fragmento

7 de septiembre de 2017

Centro penitenciario Charnworth

Querido señor Wrexham:

No se imagina cuántas veces he empezado esta carta y arrugado el desastroso resultado, pero me he dado cuenta de que no existe ninguna fórmula mágica para esto. No hay forma de que yo lo OBLIGUE a escuchar mi caso. Por lo tanto, tendré que exponer los hechos lo mejor que pueda. No importa el tiempo que me lleve, ni cuántas hojas tenga que descartar: seguiré adelante y le contaré la verdad.

Me llamo... Y al llegar aquí me detengo, con la tentación de volver a romper la hoja.

Porque, si le digo mi nombre, sabrá la razón por la que le escribo. Mi caso ha salido en todos los periódicos. Mi nombre aparece en los titulares; mi angustiado semblante, en todas las primeras planas; y no hay ni un solo artículo que no insinúe mi culpabilidad de una forma que raya en el desacato. Si le digo mi nombre, tengo la terrible sospecha de que me descartará por ser una causa perdida y tirará mi carta a la papelera. En parte, yo no se lo reprocharía, pero le ruego que, antes de hacer eso, escuche lo que quiero decirle.

Soy una joven de veintisiete años y, como ya habrá visto por el remite, me encuentro recluida en la cárcel para mujeres de Charnworth, en Escocia. Nunca he recibido ninguna carta de nadie que estuviese en la cárcel, de modo que no sé cómo son cuando le llegan al destinatario, pero imagino que, antes de abrir el sobre, debió de adivinar usted mi situación actual.

Lo que seguramente no sepa es que estoy aquí en prisión preventiva. Y lo que no puede saber es que soy inocente.

Sí, ya lo sé. Todos dicen lo mismo. Todas las mujeres a las que he conocido aquí son inocentes, al menos según ellas. Pero en mi caso es cierto.

Supongo que ya se habrá imaginado qué voy a decirle a continuación. Le escribo para pedirle que me represente como abogado defensor en el juicio.

Comprendo que esto es inusual, y que no es así como los acusados se dirigen a sus abogados. (En un borrador anterior de esta carta, lo llamaba «jurista» por equivocación; yo no entiendo nada de leyes, y menos aún del sistema escocés. Lo único que sé, incluido su nombre, lo he aprendido de las mujeres con las que estoy en la cárcel.)

Ya tengo un procurador, el señor Gates, y, si lo he entendido bien, será él quien nombre un abogado defensor para el juicio. Pero también es la persona que me trajo aquí.

Yo no lo elegí: lo escogió la policía cuando empecé a asustarme y por fin tuve la sensatez de quedarme callada y negarme a contestar cualquier pregunta que me hiciesen hasta que tuviera un abogado.

Pensé que él lo aclararía todo, que me ayudaría a exponer mi caso. Pero cuando llegó... No lo sé, no me lo explico. Lo único que hizo fue empeorar las cosas. No me dejaba hablar. Cada vez que yo intentaba decir algo, él me cortaba diciendo: «Mi clienta no tiene nada que decir de momento», y sólo consiguió que yo pareciese aún más culpable. Tengo la impresión de que, si hubiese podido explicarme debidamente, no habría llegado hasta aquí. Pero, no sé por qué, los hechos se me enredaban en la boca, y la policía hacía que todo sonara fatal, muy inculpatorio.

Y no es que el señor Gates no haya oído mi versión de la historia; no es eso exactamente. Claro que la ha oído, pero, de alguna forma... Jo, es tan difícil explicarlo por escrito. Se ha sentado a hablar conmigo, pero no me escucha. O, si me escucha, no me cree. Cada vez que intento contarle lo que pasó, empezando por el principio, me interrumpe con una serie de preguntas que me confunden, y mi historia se enreda, y sólo me dan ganas de gritarle que «cierre la puta boca».

Él sigue hablándome de lo que declaré aquella espantosa primera noche que pasé en la comisaría, cuando me interrogaron hasta el agotamiento y les dije... Dios, no sé qué les dije. Lo siento, me he puesto a llorar. Lo siento. Perdón por las manchas. Espero que pueda seguir leyendo a pesar de los borrones.

Lo que dije, lo que dije entonces, ya no tiene remedio. Ya lo sé. Lo tienen todo grabado. Y es un desastre, un auténtico desastre. Pero salió todo mal, y tengo la impresión de que, si me diesen la oportunidad de hacerme entender, de explicarle mi caso a alguien que de verdad me escuchase... ¿Sabe lo que quiero decir?

Dios, quizá no, quizá no lo sepa. Al fin y al cabo, usted nunca ha estado aquí. Nunca ha estado sentado al otro lado de una mesa, tan exhausto que lo único que quieres es dejarte caer, y tan asustado que te entran ganas de vomitar, mientras la policía pregunta, pregunta, pregunta hasta que ya no sabes ni lo que dices.

Supongo que todo se reduce a eso.

Soy la niñera del caso Elincourt, señor Wrexham.

Y yo no maté a esa niña.

Empecé a escribirle anoche, señor Wrexham, y esta mañana, cuando me he despertado y he visto, arrugadas, las hojas en las que vertí mis súplicas, mi primer impulso ha sido hacerlas trizas y volver a empezar, como ya había hecho un montón de veces. Me he propuesto expresarme con serenidad, exponerlo todo con la máxima claridad y hacérselo entender, pero he terminado llorando encima de la hoja, sumida en un mar de recriminaciones.

Sin embargo, después he releído lo que había escrito y he pensado: no. No puedo volver a empezar. Tengo que continuar.

Llevo mucho tiempo diciéndome que, si alguien me dejase ordenar mis ideas y exponerle debidamente mi versión de la historia, sin interrumpirme, tal vez se solucionaría este espantoso desastre.

Y aquí estoy. Ésta es mi oportunidad.

En Escocia pueden retenerte durante ciento cuarenta días antes del juicio. Aunque aquí hay una mujer que lleva casi diez meses esperando. ¡Diez meses! ¿Sabe usted cuánto tiempo es eso, señor Wrexham? Seguramente cree que sí, pero déjeme que se lo cuente. En el caso de esa mujer, eso son doscientos noventa y siete días. No ha podido pasar las Navidades con sus hijos. Se ha perdido todos sus cumpleaños. Se ha perdido el Día de la Madre, la Semana Santa y el primer día de colegio.

Doscientos noventa y siete días. Y siguen aplazándole la fecha del juicio.

El señor Gates dice que el mío no tardará tanto debido a la publicidad, pero no sé cómo puede estar tan seguro.

Sea como sea, cien días, ciento cuarenta días, doscientos noventa y siete días... Es mucho tiempo para escribir, señor Wrexham. Mucho tiempo para pensar, y para recordar, y para tratar de entender qué pasó realmente. Porque hay tantas cosas que no entiendo; y sólo sé una cosa: que yo no maté a esa niña. No la maté. Por mucho que se empeñe la policía en tergiversar los hechos y confundirme, eso no lo pueden cambiar.

Yo no la maté. Y eso significa que otro lo hizo. Y esa persona sigue en libertad.

Mientras yo me pudro aquí dentro.

Voy a terminar, porque sé que no puedo extenderme demasiado: usted está muy ocupado y seguro que deja de leer.

Pero tiene que creerme, por favor. Usted es el único que puede ayudarme.

Por favor, venga a verme, señor Wrexham. Déjeme explicarle la situación y cómo acabé enredada en esta pesadilla. Si hay alguien capaz de hacérselo entender al jurado, es usted.

He solicitado un pase de visitante a su nombre, pero, si quiere hacerme más preguntas, puede escribirme. No tengo previsto ir a ningún sitio. Ja, ja, ja.

Lo siento, no quería terminar con una broma. Esto no tiene ninguna gracia, ya lo sé. Si me condenan, me enfrento a...

Pero no. No puedo pensar eso. Ahora no. No me condenarán. No me condenarán porque soy inocente. Sólo hace falta que se lo haga entender a todos.

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