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PA' HABERNOS MATAO

Antonio Resines

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Fragmento

Quiero dedicar este libro, que es un pequeño paso para mí pero un gran salto para la historia de la literatura universal, a mi hijo Ricardo.

A la memoria de mi madre, Amalia.

A mi padre, José Ramón.

Y, por supuesto, a Ana.

ANTONIO RESINES

A Ana y José, mis padres, que ya no están.

A Álvaro, Carlota y Juan, que son mis niños.

Y a Antonio, que es el amor de mi vida.

ANA PÉREZ-LORENTE

 
Dos o tres cosas que sé de él,
por Fernando Trueba

Antonio...

La primera vez que le vi fue en la facultad. Iba escayolado y con muletas. Y con su inseparable Juanito (Juan Molina). Eran amigos desde el cole, desde que tenían siete años. Y lo siguen siendo más de medio siglo después. Dicho esto, ya no haría falta decir nada más de Antonio, pero tengo que escribir un prólogo, así que prosigamos...

A primera vista, si uno no les prestaba demasiada atención —lo que era difícil—, podían parecer Peter Fonda —Antonio— y Dennis Hopper —Juan—, que se habían escapado de Easy Rider y se habían salido de la película como Jeff Daniels en La rosa púrpura de El Cairo, pero si mirabas mejor, a quien se parecían era a Stephen Stills —Antonio— y a David Crosby —Juan—.

Antonio y Juanito, qué gran pareja, un par de imprescindibles, de los que completan y mejoran cualquier alineación, haciéndola perfecta, algo así como Sócrates y Zico en la selección brasileña del ¿82? Una pareja que convierte en inmortal cualquier grupo de amigos.

Como Pierre y Bernard, mis inseparables amigos de sonido, que uno hacía películas por estar con ellos, que siempre han estado ahí y siempre lo estarán. Incluso cuando ya no están.

Cuando Pierre y Bernard vinieron a hacer Ópera prima, se enamoraron de España, de Madrid, de los bares de cañas... O sea: se enamoraron de Antonio y Juanito.

Pero ¿por qué hablo de tantos amigos si de lo que tengo que hablar es de Antonio? Tal vez sea porque hablar de Antonio es hablar de la amistad.

Antonio es español, muy español y mucho español, es decir: no tiene absolutamente nada de lo malo de la gente de aquí y posee absolutamente todo lo bueno. ¿Cómo explicarlo mejor? Tal vez diciendo que Antonio es Don Quijote pero es también Sancho Panza. Y si me apuras hasta el bachiller Sansón Carrasco. Pero lo que nunca será es el cura ni el barbero.

Antonio es un poco Di Stéfano, pero también Puskas y Gento. Tardé años en descubrir que Antonio es varias cosas a la vez siendo uno, siendo único. Como la Santísima Trinidad. Pero sin personalidad escindida, sin conflictos freudianos.

Porque Antonio es un tipo sólido. Como una mesa de roble a la que no le falta ninguna pata, en la que uno puede comer, leer, apoyarse, sentarse y hasta echarse la siesta si hace falta. Como le decía Jennifer O’Neill a John Wayne en Río Lobo: «Es usted un hombre muy confortable».

Y es que hay algo de John Wayne en Antonio, hasta en sus andares... Me explico: Antonio es como Río Rojo, pero sin Montgomery Clift, claro. No habría desentonado en Río Lobo, aunque ahí sería Dean Martin, ni en El Dorado, aunque ahí sería Robert Mitchum.

A primera vista podría parecer conservador, como John Wayne, pero solo a primera vista. Lo que Antonio es es un clásico, es decir, alguien que parece que siempre ha estado ahí.

Para saber cómo es Antonio recomiendo ver El hombre tranquilo. Él es John Wayne, pero también es Victor McLaglen y, como él, también tiene una libreta donde lo lleva todo anotado.

Es como El Padrino, el uno, el dos y el tres. La Santísima Trinidad: De Niro, Pacino y Duvall. Nada de Brando, ¿eh?

Siempre fue un fanático de Tintín, y, aunque a primera vista tiene algo del Capitán Haddock, si te fijas tiene mucho también de Tintín y hasta de Milú.

Como Jeff Daniels en la película de Woody, Antonio también se ha salido de la pantalla y anda por su barrio en salacot. Y es que es un poco Capitán Tan, pero también Locomotoro.

La prueba de que es un clásico es que ha trabajado, sin desentonar, con Fernán Gómez y Paco Rabal, con Agustín González y Manolo Alexandre, con Rafael Alonso y López Vázquez... ¡Si hasta se ha acostado con Luis Ciges! ¿Ustedes conocen a alguien que se haya acostado con Luis Ciges?

Pero igual que con esos, podría haberse mezclado con Pepe Isbert y Manolo Morán, con José Luis Ozores y Tony Leblanc... Podría estar sin esfuerzo en Los tramposos y La gran familia, en El Tigre de Chamberí y en Los económicamente débiles.

Y es que Antonio no desentonaría ni con los hermanos Marx, y es que tiene mucho de Groucho, algo de Chico y hasta un poco de Harpo... Pero nada, absolutamente nada de Gummo ni Zeppo. Eso no. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Es difícil imaginarlo en el Actor’s Studio o en Los comulgantes de Bergman, pero si hubiera nacido en Italia le habríamos podido ver en compañía de los sospechosos habituales, I soliti ignoti, de los Vitelloni, con De Sica y Fabrizi, Totò y De Filippo, Sordi y Tognazzi, Gassman y Mastroianni...

En Francia habría podido hacer compañía a los Raimu, Michel Simon, Fernandel..., pero no habría desentonado en una de Melville, con ese aire entre Lino Ventura y Jean Gabin, con un cable suelto a lo Louis de Funes.

Antonio posee una virilidad de las de antes. Me explico: puedes vestirlo de mujer como a Cary Grant en La fiera de mi niña o La novia era él y nunca deja de ser «un tío».

Mi amiga Dolores, que era la bibliotecaria de la facultad después de serlo de la Escuela de Cine y antes de serlo de la Filmoteca, y que nos conoció jóvenes y nos abrió su casa y su corazón, dijo que Antonio le recordaba a William Holden en Picnic...

Y Rafa, Rafita, jefe de eléctricos, iluminador jefe, gaf­fer, amigo, me dijo un día, a esas horas estúpidas a las que solemos empezar a rodar, cuando aún no han puesto las calles, viendo llegar a Antonio al rodaje y el efecto euforizante que su llegada provocaba en todos los miembros del equipo: «A Antonio habría que contratarlo en todas las películas, incluso si no hay papel para él».

Antonio nunca pidió ser actor. Ha sido actor porque se lo han pedido. El secreto de su éxito es que no es artificial, es próximo, cercano, entrañable, humano, cálido. Ríe mucho pero hacer reír mucho más.

Antonio sabe llorar. Lo sé porque lo he visto. Una vez. Pero es la persona menos llorica que conozco.

Antonio no siempre está ahí cuando a uno le gustaría. Pero siempre está ahí cuando uno lo necesita. Antonio puede ser elusivo y hasta reclusivo. Pero es el tipo menos plasta que conozco.

Sé que al final de la vida, si me pusiera a enumerar, como John Huston hace al final de sus Memorias, esas cosas que si uno volviera a nacer le gustaría haber hecho mejor, inmediatamente después de «pasar más tiempo con mi madre, con mi hijo, con mis hermanos» pondría «pasar más tiempo con Antonio».

Antonio es legal, es noble, es gracioso. Es lo que ves, o sea: es de verdad. Un caso escaso. El amigo que a todo el mundo le gustaría tener, un tipo del que te puedes fiar, uno de los nuestros.

FERNANDO TRUEBA

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Palabras liminares

Hay un par de cosas que creo debe conocer el intrépido lector que ha decidido enfrentarse a este libro. Habla de mi vida, y por lo tanto aparecen personas y hechos que para mí han sido importantes. Con las personas no he tenido problemas, sé quién ha formado parte de mi vida y quién no, pero los hechos..., eso me ha costado más. Cuando intento recordarlos para plasmarlos en papel, me doy cuenta, con creciente frustración, de que recuerdo más bien poco. Para ser más exacto, de algún hecho lo recuerdo todo pero de la mayoría recuerdo poco o nada. No quiero con esto que penséis que mi vida ha sido tan compleja y aturullada que ni siquiera una mente despierta y sagaz como la mía ha sido capaz de retener tanto detalle. NO, digamos que es más bien simple, básicamente he trabajado mucho y cuando no he tenido trabajo, he disfrutado de mi familia y de mis amigos. Y han sido precisamente mi familia y mis amigos los que han tenido la paciencia de sentarse conmigo a charlar durante horas para recordar juntos los avatares de estos sesenta y dos años.

En este libro están mis recuerdos y cómo he vivido YO las cosas, pero también los de ellos y la opinión que ellos tien

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