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PACTO DE MATRIMONIO (CASARSE CON UN MILLONARIO 4)

Jennifer Probst  

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Fragmento

1

Podía considerarlo oficial. Era un desastre de persona.

Julietta Conte tenía la vista clavada en las paredes color crema de su casa, pero no veía nada. Era gracioso que jamás se hubiera tomado la molestia de colgar cuadros ni fotografías. Normalmente la perfección de las paredes, que no tenían agujeros ni marcas de clavos, la relajaba. Le recordaba el estilo de vida ordenado y controlado del que se sentía tan orgullosa. Esa noche, en cambio, la absoluta perfección de la pared le provocaba un vacío interior. Como si fuera una impostora. O un fantasma.

De sus labios brotó un sonido extraño. Había perdido el acuerdo comercial más importante que le habían ofrecido a la empresa familiar, pero a esas alturas no podía dejar de lado el sentido común. Tras un mes de indagaciones, de papeleo sin fin, de dormir poco y de asistir a ciertos eventos sociales, solo había conseguido el rechazo del hotel Palazzo. Y eso que estaba segurísima de que iba a triunfar. Además, aún le quedaba por delante el momento de comunicar el fracaso a su equipo por la mañana.

Mientras se arrebujaba con su bata de seda de color chocolate, atravesó la mullida alfombra en dirección a la moderna cocina para servirse una copa de Bolla. A su espalda oía el murmullo de la televisión, pero el silencio que reinaba en su casa parecía gritarle en los oídos.

¿Qué le pasaba esa noche? No era el primer acuerdo que perdía. No tenía por costumbre regodearse en los fracasos. Había aprendido a ser fuerte y a seguir adelante, hacia el siguiente puerto donde obtener beneficios. La verdad era que La Dolce Famiglia no atravesaba problemas financieros. Lo sucedido no era una cuestión de vida o muerte. Sin embargo, lo único que quería era dejar huella tanto en el mundo empresarial como en el familiar. Y a esas alturas ya ni siquiera podía lograr eso.

Oyó una molesta vibración. Cogió el móvil y leyó el mensaje de texto. Su hermana. Otra vez. ¿Era el tercer o el cuarto que le mandaba esa noche? «¿Lo has hecho?»

La impaciencia le crispó los nervios. Su hermana menor estaba felizmente casada con su amor platónico de toda la vida e insistía en que un ridículo hechizo de amor la había ayudado a conseguirlo. Ojalá. ¿No sería la vida más fácil si pudiera hacerse una lista de las cualidades que se buscaban en un hombre para quemarla en una fogata dedicada a la Madre Tierra y después sentarse a esperar? Por supuesto, tal como ella intentó explicarle, casi con toda seguridad no fuera cosa del libro, sino del hecho de estar destinados a acabar juntos. Carina se negaba a creerlo.

De modo que, durante su última visita, su hermana la obligó a coger el libro de tapas moradas y a jurar por su condición de hermanas que haría el hechizo. Carina creía que si lo hacía, el señor Adecuado llamaría a su puerta y su vida cambiaría. Tras una hora soportando un terrible maltrato verbal acerca de su incapacidad para ver más allá de las hojas de cálculo y vislumbrar el futuro, Julietta accedió, convencida de que su hermana olvidaría la ridícula conversación y pasaría página.

De eso hacía dos semanas. Veinte mensajes de texto. Doce llamadas telefónicas. Y no había visos de que el tema cayera en el olvido.

Sus dedos escribieron dos letras: «NO».

Sentía el sabor afrutado y fresco del vino en la boca. Abrió el frigorífico y sacó un racimo de uvas, tras lo cual regresó al salón para seguir rumiando el enfado. ¿Por qué nadie entendía ni aceptaba que una mujer soltera pudiera ser feliz? Porque era feliz. Muy feliz, joder. Pero desde que ese dichoso libro de tapas moradas llegó a sus manos a la fuerza, era víctima de una tortura sin fin. Carina juraba que el hechizo había funcionado tanto en el caso de Alexa como en el de Maggie, que habían encontrado a sus almas gemelas.

Se sintió abrumada por una oleada de desesperanza. Luchó contra el repentino pánico, respiró hondo y analizó fríamente sus emociones. Por supuesto, sus hermanos le provocaban cierta envidia. Todos ellos disfrutaban de matrimonios felices, y no dejaban de hablar de sus familias y de planear encuentros. A ella la veían como a la hermana soltera que debería entretenerlos con historias sobre relaciones fallidas y ardientes encuentros entre las sábanas.

El resplandeciente salvapantallas del portátil, que mostraba el logo de La Dolce Famiglia, parecía burlarse de ella. En vez de hablar de lo que sus hermanos querían, ella hablaba de números, de ventas y del siguiente trato que aumentaría todavía más el prestigio de la familia. Hasta su madre empezaba a mirarla con preocupación y tal vez incluso con un poco de lástima.

Mordió una uva con saña. El sabor ácido del jugo fue una explosión en su lengua. Merda. ¿Qué más daba? ¿No vivían en una época en la que las mujeres no necesitaban a los hombres? El sexo estaba sobrevalorado, y de todas formas era algo que no le interesaba. Su incapacidad para experimentar un orgasmo o para crear un vínculo profundo con un hombre había sido una fuente de frustraciones durante años, hasta que se juró cortar por lo sano esa parte de su vida a fin de conservar la cordura. Tal vez su mente ansiara el contacto físico, pero su cuerpo estaba hecho de hielo. Tras muchos intentos por sentir algo, lo que fuera, por los hombres, había cesado de quejarse y había empezado a vivir. Sin sexo.

Su piso elegante y moderno dejaba bien claro que era una mujer de éxito, rica y con clase. Aunque sus hermanas preferían el estilo cálido de la Toscana, ella se decantaba por la decoración moderna, ya que las líneas limpias le resultaban mucho más atractivas a su sentido del orden. La pintura clara de las paredes hacía resaltar las angulares mesas negras y de cristal, los divanes de color hueso y los cojines morados, todo ello en un espacio de techos altísimos. Los enormes ventanales permitían el paso de la luz durante el día y ofrecían unas vistas espectaculares por la noche, con la ciudad de Milán iluminada. Su cocina consistía en una barra con taburetes de cuero rojo y encimera de granito negro. No necesitaba una mesa grande, dado que siempre comía sola. Si salía algún dispositivo electrónico nuevo, se lo compraba de inmediato. Su casa contaba con lo último en tecnología, desde los distintos ordenadores con su velocísima conexión a internet hasta el enorme televisor y el sistema de sonido que permitía oír música en todas las estancias.

Aunque no poseía el estilo de su hermana Venezia en lo referente a la moda, sus trajes siempre eran de diseño y tenían un corte magnífico. Apreciaba la ropa bien confeccionada y nutría su lado más femenino con un vestidor lleno de cuero, ante, seda y satén. Con su sueldo podría haberse comprado una mansión, pero prefería su lujoso apartamento en el centro de Milán, cerca del trabajo, de la gente y de la actividad. Podría acabar volviéndose loca con el excesivo silencio de las montañas. Mientras seguía comiendo uvas, el móvil vibró de nuevo: «¿De qué tienes miedo?».

Cogió el teléfono e hizo lo impensable: pulsó el botón de apagado y castigó a su hermana de la única forma posible. La condenó al silencio.

Solo le tenía miedo al fracaso. Por suerte, había aprendido que el trabajo duro y el control férreo conducían al éxito. Lo único que había sido incapaz de cambiar era su cuerp

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