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PAPEL Y TINTA

María Reig  

5


Fragmento

Capítulo 1

Mi historia no es un relato de héroes y princesas que se esconde detrás de las cubiertas cuidadosamente elaboradas de una novela de caballerías. Tampoco fui nunca nadie de quien quisiera sentirme orgullosa. Es la historia de alguien que sobrevivió. Que sobrevivió cometiendo todos los pecados imaginables por los que, estoy segura, arderé en los infiernos por la eternidad. Pero no quisiera adelantarme. Al cerrar los ojos no puedo más que viajar en silencio, sin molestar a nadie, a donde mi mente me dice que comenzó todo, aunque sea una burda mentira. A esos ápices de consciencia que, como si de un tesoro se tratara, aparecen tímidos en los recovecos de un pensamiento aún demasiado pueril e inexperto como para discernir cuál de todos fue el primero.

En mi caso, creo que fue un tejido basto y seco. Una tela rugosa que se agolpaba contra la piel de mi brazo, haciéndome daño. Sin embargo, estaba demasiado asustada como para que aquellos pequeños escozores me importasen. Al tiempo que pestañeaba y miraba alrededor, con ansias por identificar el lugar donde me encontraba, el balanceo conseguía apaciguarme hasta hacerme dormir. Olía a humedad. La lluvia me arrullaba en aquel sueño que suponía mucho más que un mero momento de descanso, suponía un trance sin retorno hacia una vida nueva. Hacia donde comienzan la mayoría de mis recuerdos. De tanto en tanto, escuchaba a los caballos relinchar, nerviosos, cansados. El cochero los azuzaba y seguíamos la marcha. El repiqueteo de las espuelas sobre la tierra mojada me indicaba que aquel viaje no había cesado. Pero, de pronto, un «so», seguido de una frenada algo tosca, me sacó de mis sueños fingidos y me comunicó, en un susurro inventado, que debía abrir los ojos.

La lluvia siguió repicando contra el pescante, ya vacío. La robusta e improvisada manta de arpillera protegía mi menudo cuerpo de un frío que había calado en mis huesos. Estaba aterrada. Y, sobre todo, estaba sola. Un estruendo procedente de una puerta abierta, con fuerza y sin paciencia, proporcionó una débil iluminación en el interior de la cabina del carruaje, donde me hallaba tumbada.

—Vamos, don Santiago, sáquela de ahí —ordenó una voz ronca y potente.

—Sí, señora —respondió un hombre, servicial.

Noté cómo me cogían en brazos, procurando que la tela, en la que estaba envuelta, no nos abandonase en el trasiego. La lluvia nos acompañó en aquellos torpes pasos que dimos hasta llegar a un porche, tras unas escaleras. Cerré de nuevo los ojos y oí a lo lejos una conversación sobre escaleras, habitaciones y secretos.

—Déjela ahí, don Santiago. Le estoy muy agradecida por esta noche —añadió cuando ya estábamos a salvo en una alcoba templada.

—Siempre es un placer poder ayudarla, señora. La niña no traía equipaje así que esto es todo.

—No se preocupe, aquí no necesitará nada de lo que pudiera traer. Recuerde que he confiado en usted para esta empresa y nadie más puede saber lo que ha ocurrido hoy. ¿Promete guardar el secreto?

—No lo dude, señora. Se irá conmigo a la tumba.

La luz de la mañana me llevó de regreso a la realidad. Moví primero mis piernas delgadas. Advertí cómo la suavidad había ocupado el lugar de la rugosidad, de lo áspero, y la comodidad de unas sábanas de lino me arropaba, dejando atrás las molestas rozaduras de horas antes.

El sol iluminaba aquella estancia. Y no reconocía ninguno de sus rincones. Estaba tumbada en una cama en la que bien podrían haber cabido cuatro niños más como yo; en sus extremos, dos mesillas de madera oscura con tallas hermosas en sus patas y esquinas, sobre las que descansaba una imagen de la Virgen y un jarrón con una pequeña florecilla de color lila. Su olor dulce de lavanda me acariciaba. Opté por seguir inspeccionando y hallé una mesa grande de madera custodiada por una silla. Detrás de ella, una puerta secundaria. En la pared contraria a la puerta de entrada, había una cómoda vacía: erguida triste mirando a todos los demás muebles, con compañía de más. Me giré para vislumbrar con mayor detalle aquellas ventanas abrazadas por grandes cortinas de estampado rosáceo. Me incorporé tímidamente y, tras dudar un par de segundos, caminé descalza hacia aquella cristalera que me reveló lo lejos que estaba de donde vivía.

Una calle soleada, adornada por el alboroto de viandantes animados, se adivinaba por detrás del alféizar. Los edificios, engalanados y elegantes, me daban los buenos días mientras los pequeños comercios, en los bajos, saludaban a los peatones que, con suerte, se decidían a entrar para adquirir alguno de sus productos. Una voz detrás de la puerta me sobresaltó y regresé a mi lugar de origen en aquella mañana. Me tapé, pues temía que el haberme levantado fuera motivo de castigo. Unos zapatos repicaban contra el suelo de madera y se acercaban anunciando que faltaban pocos segundos para que la puerta se abriera. Me asomé por encima de las sábanas. Quería ser testigo de la entrada de aquella persona para saber qué hacía yo allí, en esa gran ciudad.

Una mujer, alta y corpulenta, se adentró en la habitación. Llevaba un largo vestido de color negro que ocultaba desde la barbilla hasta los tobillos y debajo del cual apenas asomaban unas botas de cordones del mismo color. Las mangas y el cuello tenían delicados bordados que conjugaban, a la perfección, con los rizos oscuros de un cabello recogido en un sobrio moño. Sus facciones eran serias y duras. Me impresionó la parquedad con la que me miró y me instó a incorporarme. Era ese tipo de frialdad de alguien a quien no le gustan los niños ni ha desarrollado la calidez para tratar con ellos.

—Vamos, niña. Llevas durmiendo doce horas y en esta casa no se admiten marmotas —dijo, con visible falta de ternura.

Hice caso a pesar de que, a duras penas, conocía su identidad. Tan solo que su áspera voz era la misma que me había recibido la noche anterior.

—Ahora te vas a ir con doña Pilar, que te va a lavar de arriba abajo para desparasitarte entera. A saber dónde debías de estar viviendo hasta ahora…, pobre niña. Después quiero que te reúnas conmigo en el vestíbulo. Tenemos una conversación pendiente.

Otra mujer, algo más menuda que ella y de facciones dulces, se asomó por el umbral y me saludó con una agradable sonrisa. Era doña Pilar, su sirvienta. Asentí miedosa a todas las órdenes que aquella señora me daba, sin saber si existía otra alternativa. Cuando abandonó la estancia, tomó el relevo doña Pilar, mucho más considerada en sus gestos. Me cogió de la mano y me invitó a acompañarla por aquella otra puerta, escondida tras el escritorio, asombrosa pieza de ebanistería. Me quitó la ropa. Me metió en la bañera gigante, llena de agua tibia, y me frotó, con una mezcla perfecta de brío y delicadeza, una pastilla de jabón por todo el cuerpo y el cabello. Miré fijamente el agua opaca y caliente hasta que la doncella terminó con el ritual en el que se me había obligado a participar. No recordaba haber estado nunca antes en una bañera de esas dimensiones y, mucho menos, con un agua tan limpia y templada. Tuve un fugaz pensamiento que pasó por beber un poco de aquella maravilla, pero el jabón que caía por mi rostro y la tornaba en un líquido espumoso me hizo abandonar la idea.

Tras aquel instante de remojo, doña Pilar me sacó en volandas de la bañera y me secó con sumo cuidado. Me vistió, ahora con ropas limpias y sedosas. Peinó mi cabello largo y retiró parte del flequillo con una bonita horquilla. Volvió a tomarme de la mano y me guio, de nuevo, hasta la habitación, sin decir una sola palabra. Salimos por la puerta grande del cuarto, que daba a un pasillo rectangular desde el que podíamos ver el piso de abajo.

—¿Ves, pequeña? Ahí está el vestíbulo. Baja por las escaleras y espera a tu tía ahí.

Dócil, cual animal desorientado y perdido, seguí sus indicaciones una por una. Me acerqué cuidadosamente a las escaleras y, agarrándome a una barandilla algo alta para mí, bajé cada uno de los veinticinco escalones que componían aquella estructura de madera de nogal. El crujido de mis botas cesó cuando alcancé el parqué del vestíbulo, cubierto por una gran alfombra de estampado floral. Me quedé quieta en el punto exacto en el que doña Pilar me había señalado que debía esperar a mi tía. Pero ¿quién era esa mujer?

Cada vez más confusa, eché un vistazo a aquel enorme hall. El pórtico de la entrada me vigilaba, tras la espalda, mientras yo descubría cada uno de los rincones de aquella bella estancia. En las paredes, colgaban tapices de escenas en las que reyes guerreaban contra enemigos invisibles. Varios maceteros, plateados y marmolados, contenían exóticas plantas que parecían sacadas de otro mundo. Palmeras se llamaban. Al fondo, la escalera por la que había llegado hasta allí. Y alrededor, alternándose con los tapices, nuevas puertas de madera oscura, cerradas a cal y canto por si tanta hermosura se escapaba.

—Veo que ya pareces una niña normal —dijo aquel enronquecido timbre, que apareció de golpe por la puerta que me quedaba a la izquierda.

—Sí, señora —respondí, temerosa y avergonzada.

—Eso está bien. —Me pareció entrever una diminuta sonrisa, pero fue un simulacro.

—Disculpe, señora, pero… ¿dónde estoy? ¿Dónde está padre?

—Elisa, tu padre está en casa. Ha cometido graves errores y ahora debe pagarlos. No tiene dinero suficiente para mantener a una chiquilla indefensa como tú, así que mi infinita compasión ha tenido a bien aceptar que vengas a vivir conmigo.

—Pero… ¿y Juan? ¿Y José Luis? —pregunté sin comprender nada.

—Tus hermanos van a ayudarlo. Ellos son hombres y pueden aguantar mejor los envites del destino. Ahora tu padre necesita manos que traigan dinero a casa y no preocupaciones, que es lo único que podías darle. Por ello ha tomado la decisión de mandarte a vivir conmigo, para que me haga cargo de ti. Sí, se ha quitado un buen peso de encima —murmuró—. Con un poco de suerte, conseguiré convertirte en una mujercita decente, digna de desposarse con un buen hombre.

—Pero…

—Vamos, niña, deja de decir «pero», «pero». La vida es complicada a veces y no pretendo que lo entiendas ahora, pero en el futuro verás que esta es la decisión acertada y que nada bueno te esperaba al lado de tu padre y de tus hermanos. No hay lugar allí para una chiquilla. Ahora es tiempo de olvidar.

El nudo de la garganta me asfixiaba lentamente. Tuve ganas de llorar, pero no me permití hacerlo. Mi mente, absorta por sus palabras, bloqueó cualquier señal de cobardía.

—¡No quiero quedarme aquí! ¡Quiero ir con padre! —grité.

Corrí hacia el pórtico de entrada. Luché con toda mi energía por abrirlo. Al ver que no lo conseguía, comencé, ahora sí, a llorar con fuerza. Me zarandeaba con la escasa potencia con la que una niña de siete años puede hacerlo. Aquella mujer me observó en mi lucha, interna y externa, durante unos minutos. Me dejé caer sobre las piernas hasta quedar sentada en el suelo al lado de la majestuosa puerta. Mi llanto no cesó, pero nadie vino a consolarme.

—P

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