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PARADOX 13

Keigo Higashino  

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Fragmento

Galería de personajes principales

Fuyuki Kuga. Joven agente de la policía local de Tokio, hermano de Seiya Kuga. Quería ser profesor, pero acabó haciéndose policía. Mantiene continuos rifirrafes con su hermano.

Seiya Kuga. Oficial de carrera del Cuerpo Nacional de Policía, destinado como inspector en la Jefatura de Tokio. Su capacidad para enjuiciar las situaciones con lógica y frialdad lo convierte de hecho en líder del grupo.

Asuka Nakahara. Estudiante de instituto. Jugaba al fútbol sala.

Shigeo Yamanishi. Anciano cuyas reflexivas alocuciones infunden coraje a todos a la hora de tomar decisiones.

Haruko Yamanishi. Anciana esposa del anterior.

Masakatsu Toda. Alto directivo de una gran empresa constructora. Cascarrabias pesimista y dado a la bebida.

Yoshiyuki Komine. Empleado de la empresa de Masakatsu Toda y subordinado de este.

Nanami Tomita. Enfermera del hospital de Teito. Tras conocer cierto hecho desgraciado, pierde el deseo de vivir.

Taichi Shindo. Joven obeso que vive prácticamente al día. Optimista y glotón recalcitrante, su gula acaba generándole problemas.

Emiko Shiraki. Madre de Mio Shiraki. Mujer rescatada por Fuyuki.

Mio Shiraki. Hija de Emiko Shiraki que, debido a un fuerte shock, ha perdido el habla.

Yuto. Bebé varón abandonado en un apartamento.

Kawase. Miembro de la yakuza. De joven le gustaban las novelas de ciencia ficción y leía a menudo a Asimov.

Ootsuki. Primer ministro de Japón.

Taue. Secretario jefe del primer ministro.

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Al escuchar lo que le contaba el secretario jefe Taue, Ootsuki torció el gesto. Se disponía a dar los últimos retoques a un escrito en su despacho de la residencia oficial. Era sobre la estrategia en África. Tenía previsto dar un discurso en Adís Abeba la semana próxima.

Ootsuki, que hasta ese momento había permanecido inclinado sobre el escritorio de ébano, hizo girar su silla abrupta y repentinamente. Taue estaba allí, de pie, con su enorme cuerpo ligeramente encorvado.

—A ver, ¿qué quiere ahora Horikoshi? ¿Otra vez pasa algo en alguna central?

Tadao Horikoshi era el ministro de Ciencia y Tecnología. Ootsuki se había acordado de que unos días atrás había asistido a la Asamblea General del Organismo Internacional de la Energía Atómica y pensaba que el asunto tendría que ver con él.

—No; parece que esta vez se trata de algo distinto. Los que le acompañan son de la JAXA.

—¿La JAXA?

—Sí, la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial.

—Ah... ¿Y qué quiere esa gente? ¿Es por lo del cohete H-II?

—Yo también creía que sería por eso, pero parece que no —respondió Taue sacando la libreta para consultar sus notas—. Dicen que hay algo de lo que quieren informarnos desde un centro investigador denominado Departamento de Astronomía de Alta Energía de la Sede Central de Investigaciones Científicas Espaciales.

—¿Y eso qué es? —preguntó Ootsuki al tiempo que esbozaba, de modo involuntario, una sonrisa. Aquella extraña denominación le resultaba graciosa.

—Bueno, el caso es que es muy urgente y...

—¿Y no has preguntado los detalles?

—Sí, lo he hecho, pero dicen que es algo imposible de comunicar oralmente. Insisten en que quieren ver al primer ministro e informarle de forma directa.

—Hum...

—Lo cierto es que... —Taue vaciló—. Parece que el ministro Horikoshi tampoco acaba de comprender bien cuál es la situación. Nos han ofrecido una explicación en líneas generales, pero como hay muchos aspectos difíciles de entender, ha dicho que preferiría volver a oírla junto al primer ministro.

—Muy bien. O sea, que como él no los entiende, me los endilga a mí y que los atienda yo, ¿no?

—Lo único seguro es que estamos ante una emergencia. Según el ministro Horikoshi, se trata de un problema que no afecta solo a nuestro país, sino a todo el planeta.

Al oír la palabra «planeta», Ootsuki enarcó una ceja.

—Entonces, ¿es algo sobre el calentamiento global? —preguntó.

Si era eso, menudo rollo, pensó. Estados Unidos era muy indolente en lo referente a medidas contra el calentamiento global, especialmente si se trataba de la disminución de las emisiones de dióxido de carbono. En este aspecto se trataba de un país completamente aislado. Sin embargo, la postura de Ootsuki era la de no plantearse siquiera el enfrentamiento.

—No lo sé. Pero, por el ambiente en que se comentó, me dio la impresión de que tampoco se trataba de eso. Parece que en esta ocasión quieren informar directamente al primer ministro de algo que han descubierto durante una investigación conjunta de Estados Unidos y Japón. Y dicen que, como es tremendamente grave, los responsables de ambos equipos, antes de hacerlo público, han decidido comunicarlo al máximo dirigente de sus respectivos países. O sea, que el mismo informe se va a presentar también en la Casa Blanca.

—¿En la Casa Blanca? ¿O sea que van a informar de lo mismo al presidente de allí?

—Eso parece.

Ootsuki ya se había levantado de la silla.

—¡Pues haber empezado por ahí!

El señor que compareció para informar dijo llamarse Matsuyama y ser el investigador principal del Departamento de Astronomía de Alta Energía de la Sede Central de Investigaciones Científicas Espaciales. Era menudo y delgado, de unos cuarenta años, estaba muy nervioso y, aunque el calor no era excesivo, ya antes de empezar las sienes le brillaban por el sudor.

Apagaron las luces y la sala se oscureció. Casi de inmediato se encendió el proyector y en la pantalla que había instalada en la pared aparecieron unas imágenes en blanco y negro. Parecían un cúmulo de nubes con una especie de manchas blancas esparcidas en torno a ellas.

—Esta foto es una espectroscopia exitosa de un agujero negro, obtenida mediante satélite astronómico de rayos X. Para ser exactos, no se trata del agujero negro en sí mismo, sino del entorno espacial afectado por su influjo —dijo Matsuyama, iniciando su exposición con voz ligeramente temblorosa.

A Ootsuki la explicación posterior le resultó inconcebible. No por inesperada, sino porque hasta ese momento nunca se había planteado la posibilidad de que algo así pudiera suceder en la vida real. Se vio obligado a interrumpir la exposición en numerosas ocasiones, pidiendo un poco de tiempo para ordenar las ideas, mientras se apretaba los ojos cerrados con los dedos corazón y pulgar. Si no hacía eso, temía perder la noción de la realidad.

Una vez hubo terminado su exposición, Matsuyama soltó un largo suspiro.

—Bien, pues hasta aquí las líneas generales del Fenómeno P-13. Lo de que exista una probabilidad del 99,95 por ciento de que se manifieste es la respuesta que arrojan nuestros ordenadores. En Estados Unidos, Gran Bretaña y China también han hecho sus cálculos y han llegado a la misma conclusión —terminó Matsuyama, manteniendo el tono firme.

Nagano, el director de la Sede Central de Investigaciones Científicas Espaciales, volvió la mirada hacia Ootsuki, que permanecía en silencio, y le preguntó:

—¿Ha comprendido bien la explicación?

Ootsuki apoyó un puño en su barbilla y emitió un gruñido en tono grave. Luego miró a Taue, sentado a su lado, y dijo:

—¿Tú lo has entendido?

Taue parpadeó.

—Los detalles no —repuso—, pero creo que más o menos he captado lo que puede llegar a ocurrir.

Horikoshi, el ministro de Ciencia y Tecnología, asintió con la cabeza en señal de conformidad con esa apreciación.

—Eso es —dijo—. Para ser franco, he de reconocer que yo tampoco entiendo bien las cuestiones técnicas. Por mucho que me digan que matemáticamente es así, no me acaba de cuadrar.

Ootsuki cruzó los brazos y alzó la mirada hacia Matsuyama, que permanecía de pie en su sitio.

—Bueno, pero, en definitiva, ¿qué? ¿Qué se supone que cambiará con este fenómeno? ¿Va a generar graves accidentes o catástrofes?

Matsuyama miró a Nagano como si solicitara autorización para responder a la pregunta. Este asintió levemente con la cabeza. Matsuyama inspiró profundamente y dijo:

—Empezando por la conclusión, he de decir que es imposible hacer un pronóstico sobre qué va a cambiar. Sería lo mismo que adivinar el futuro.

—Entonces, ¿cómo podemos adoptar medidas para paliar los efectos? No digo que tengamos que preverlo todo de antemano, pero sí que intentemos imaginar los casos que puedan llegar a producirse. Porque, si ahora adoptamos medidas preventivas, llegado el momento tal vez logremos actuar sin tanta precipitación.

—No. Porque, aunque creemos que algo va a cambiar, la lógica matemática no nos permite determinar concretamente el qué.

—¿La qué? —inquirió Ootsuki frunciendo extrañado el entrecejo. En sus habituales discusiones sobre política nunca había oído ni empleado expresiones como «lógica matemática».

—Por ejemplo... —dijo Matsuyama tras humedecerse los labios—. Supongamos que, debido a este fenómeno, el lugar en que está sentado el señor primer ministro se desplazara unos diez metros. Más o menos hasta la zona de aquella pared.

—O sea, que me daría contra ella, ¿no?

—No. Porque la pared también se habría desplazado diez metros. Al igual que todos nosotros. En definitiva, todo se habría desplazado simultáneamente, por lo que, en la práctica, nadie percibiría el cambio.

—¿Porque la Tierra entera se habría desplazado?

—Más bien porque el espacio entero se habría desplazado.

Mirando la expresión grave de Matsuyama al pronunciar aquellas palabras, Ootsuki llegó a dudar de que aquella gente estuviera hablando en serio. Lo que decían no parecía para nada una hipótesis verosímil.

—Y no solo el espacio —añadió Matsuyama—, lo mismo cabe decir del tiempo. Supongamos que el reloj del señor primer ministro se retrasara trece segundos, y los demás relojes también, todos trece segundos. Supongamos, en definitiva, que todos los fenómenos se estuvieran produciendo con trece segundos de retraso. En tal caso, nadie estaría en disposición de advertir que el reloj del señor primer ministro se había retrasado esos trece segundos.

Ootsuki dirigió la mirada hacia su reloj de pulsera, un Omega que le había regalado su esposa.

—¿Y si estuviera mirando fijamente las agujas como ahora? —preguntó—. ¿Tampoco me daría cuenta?

—Las agujas no sufrirían ningún cambio —respondió Matsuyama—. Porque nosotros no nos trasladaríamos ni al pasado ni al futuro.

—No acabo de entenderlo... —dijo Ootsuki con gesto pensativo—. ¿Significa eso que, en definitiva, no va a ocurrir nada extraño?

—No es que no vaya a ocurrir. Es que no lo percibiremos.

Ootsuki se rascó la cabeza y luego se apretó suavemente los lagrimales con la yema de los dedos. Era una manía que tenía cuando inten

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