Loading...

PASAJERO 64A

Luciana V. Suárez  

0


Fragmento

Capítulo 2

EL SEÑOR DEBE ESTAR

EN NUEVA YORK

Desde el taxi que me llevaba hacia mi nuevo departamento observé la ciudad de Nueva York. Los edificios eran inmensos e interminables, los árboles estaban llenos de vida. En mi cabeza comenzó a sonar la canción «I guess the lord must be in New York city». Siempre que escuchaba aquella canción me imaginaba cómo sería Nueva York; ahora finalmente lo comprobaría.

Después de unos minutos llegué a Lower East Side; el vecindario parecía lindo, aun cuando había algunos edificios que parecían ser viejos y las construcciones, de antaño. Antes de descender del taxi, observé que el edificio en el cual viviría parecía ser uno de los más modernos de la cuadra.

El departamento era más pequeño que el que tenía en California, pero definitivamente más acogedor, o tal vez más a mi gusto; tenía un recibidor grande, una pequeña cocina con desayunador, dos dormitorios con baños y un balcón. En el mismo recibidor, ya estaban colocadas las mesas con sillas para almorzar o cenar; en el frente había un enorme sofá blanco de cuero con cojines naranjas; dos anaqueles se encontraban contra las paredes y un televisor plasma, enfrente del sofá.

Cuando yo llegué, Sienna ya se encontraba allí. Ella iba a ser mi compañera de piso, también trabajaba para la misma compañía que yo, solo que ella era de Brooklyn y hacía poco se había mudado a Manhattan. Cuando hacía unos meses atrás me habían comentado acerca de la sucursal en Nueva York, yo le había dicho a mi jefe que estaba pensando cambiar de aire. California no estaba mal, pero no me sentía del todo a gusto. A decir verdad: yo nunca me sentía del todo a gusto en ningún lugar; probablemente esa era la razón de haber vivido en doce estados diferentes en mi vida. Bueno, esa y otra razón más. Cuando mi jefe me dijo que era una buena idea trasladarme a Nueva York, me preguntó si estaba interesada en compartir un departamento con una muchacha que también trabajaba para la compañía. No dudé en decir que «Sí» sin siquiera preguntar su nombre dado que, con los precios elevados de Nueva York, sabía que no podría costear sola el alquiler.

—Bienvenida a tu nuevo hogar —me dijo Sienna de manera afectuosa mientras me daba un fuerte abrazo. Aquello me pareció extraño; siempre había creído que los neoyorkinos eran fríos, pero ella era de Brooklyn y tal vez allí fuesen más cálidos. Traté de devolverle el abrazo de la forma que pude.

—Muchas gracias —le dije mientras acomodaba mis valijas a un lado de la puerta.

—Luego te mostraré tu habitación. Ahora dime qué te apetece beber: ¿un té o café? —me preguntó amablemente.

—Me da lo mismo, bebo ambos, así que cualquiera está bien —le dije.

—Entonces siéntate, que prepararé café —me dijo, yendo hacia la cocina. Yo me asomé hacia el balcón; era grande, lleno de flores y tenía dos sillones con una mesa en el medio. Desde allí se divisaba una parcela de Nueva York; más que nada se veían los edificios del frente pero, al asomarme hacia las barandillas, observé que a lo lejos una parte de un parque y, hacia el otro lado, más edificios. Enseguida regresé al living y me senté en una silla junto a la mesa. Al rato regresó Sienna con una bandeja; me levanté para ayudarla, pero se rehusó a ello.

—Debes estar exhausta —me dijo mientras me servía una taza de café.

—Un poco —le dije—. Viajar en primera clase es realmente relajante y, además, dormí un rato.

—Me alegra oírlo —dijo mientras se servía su taza de café. Tenía el cabello rubio, muy rubio, le pasaba un poco los hombros; sus ojos eran celestes cristalinos y tenía rasgos muy delicados.

—¿Hace mucho que vives aquí? —le pregunté con curiosidad.

—Seis meses —me respondió—. Como te habrá dicho Peter, yo soy de Brooklyn, por lo que venía en el metro todos los días hasta aquí, pero ya me estaba cansando. Además de que adoro Manhattan y anhelaba vivir aquí por lo que, cuando encontré este departamento, me mudé de inmediato.

—Es muy bonito —comenté.

—Me alegra de que te guste, dado que ahora es tu hogar también —me dijo ella—. Lo que me recuerda que estas son tus llaves —me dijo, entregándome un manojo de llaves—. ¿Puedo preguntarte cuántos años tienes?

—Dieciocho —dije tímidamente.

—Me pareció que tenías esa edad —comentó sonriendo—. Yo tengo veinte.

—¿Parezco joven? —le pregunté con curiosidad.

—No, solo pareces de tu edad —me respondió sonriendo.

—Oh, ¿y hace cuánto que trabajas en la compañía Fitzpatrick?

—Ya llevo dos años y medio allí. Como yo decidí no asistir a la universidad tras finalizar mis estudios secundarios, tuve que ponerme a buscar trabajo y esa era la única empresa que encontré que contrataba a jóvenes sin estudios y con un buen salario, por lo que entré en el Área de Finanzas —dijo—. ¿Tú en qué área estás?

—En Redacción —respondí—. Yo siempre fui buena redactando, en la escuela siempre tenía facilidad haciéndolo, por lo que me contrataron para trabajar en esa área.

—¿Y hace mucho que empezaste a trabajar? —me preguntó a continuación.

—Hace diez meses; entré poco después de cumplir los dieciocho —le dije.

—O sea que, dentro de poco, cumplirás los diecinueve.

—En diciembre, el 6 de diciembre —respondí.

—Oh, falta solo un mes —me dijo sonriendo. Sonreía mucho, casi como si tuviese una sonrisa impresa en el rostro.

—¿Tú cuándo cumples años? —le pregunté.

—En julio, así que falta bastante. —Tras su respuesta, yo me quedé en silencio por un momento mientras bebía el café—. Creo que tienes un nombre muy bonito, Emerson —comentó Sienna a continuación.

—Gracias —le dije tímidamente. Siempre había creído que mi nombre era una maldición: no era muy común, nadie famoso lo tenía, excepto de apellido, y encima no me gustaba el hecho de que también fuera masculino.

—¿Tenías novio en California? —Quise reír ante aquella pregunta.

—No, ¿qué hay de ti? —le pregunté, tratando de desviar la conversación hacia ella.

—De momento, no. Estuve de novia hasta hace unos seis meses atrás, pero era del tipo posesivo, así que ahora estoy disfrutando de mi soltería —dijo sonriendo.

—¿La empresa queda lejos de aquí? —le pregunté, tratando de cambiar de tema.

—A unas veinte cuadras, que en Nueva York es poco. Esa fue la razón por la que me he mudado a este edificio: porque está relativamente cerca de aquí —me dijo—. Así que, si nos levantamos temprano, podemos ir caminando hasta allí. —Me agradaba escuchar eso; pensé que sería bueno no tener que gastar en un medio de transporte ya que, de seguro, la vida allí sería muy costosa.

—¿Sueles ir seguido a tu hogar? —le pregunté a continuación.

—Todos los fines de semana. De hecho recién regresé. A veces voy los sábados; otras, los domingos, o a veces me quedo todo el fin de semana, ya que está muy cerca —me explicó—. ¿Tú tienes a alguien allá en California? —Negué con la cabeza y ella asintió, sonriendo de manera compasiva, tal como lo hacían todos cuando se enteraban de que estaba sola en el mundo.

—Me gusta el departamento —dije, tomando mi bolso de mano—; le diste un buen estilo con la decoración.

—Oh, muchas gracias, y me alegra saber que te gusta —repitió de nuevo, agradecida.

—Aquí está mi parte del mes —le dije, entregándole un sobre con el dinero del alquiler.

—Oh, no hac

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta