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PASIONES PASADAS

Javier Marías  

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Fragmento

dor» que casi todos llevamos dentro. O, lo que es lo mismo, continúe la chapuza. Lo que en cambio es seguro es que hasta entonces, si algún extranjero o alguna española vuelve a decirme que no parezco español por algún motivo, la frase me seguirá sonando, lamentablemente y para mi humillación, como el más encendido de los elogios.

Ocultarse el destino

El amor, que siempre tuvo fama de misterioso, empieza a serlo tanto que ya ni siquiera se sabe si es un bien o un mal. No se trata de poner en tela de juicio que sea un bien en sí mismo, como desde tiempo inmemorial les ha parecido a cuantos lo han tenido e incluso perdido, sino más bien de preguntarse si es algo que, de cara a la sociedad (o simplemente de cara a los demás), reporte algún tipo de beneficio: salir en televisión, cocaína, ropas caras o entrar en la Academia, que al parecer han sido las cuatro cosas más codiciadas por el hombre de la ciudad española durante las últimas temporadas.

La relación amorosa —la que, aunque no sepamos muy bien qué entender por tal, podríamos llamar estrictamente amoropara diferenciarla de la que se establece sólo por necesidad, conveniencia, aburrimiento o excitación— parece gozar de un estatuto ambiguo, si se consideran las reacciones más comunes ante la posesión o disfrute de tal relación por parte de otro u otros. A juzgar por lo que opina la mayoría, el amor es algo enormemente deseable y sin lo cual casi «no se puede vivir». Esta opinión, con cuantos matices se quieran, no sólo la sostienen los muy jóvenes, aquellos que todavía no han tenido tiempo de probar el tedio de ver a una persona a diario ni las agonías de dejar de verla, la decepción de verla «con otros la punzada de verla con otro, sino también —y creo no exagerar mucho— cuantos aún no han cumplido los cincuenta y conservan la salud suficiente para emprender trabajos de amor sin pararse demasiado a pensar si a la postre serán perdidos o no. Pero junto a esta creencia más o menos generalizada, la actitud predominante es la de la negación de dicha relación amorosa, sea por escarmiento, pereza, desesperanza o escepticismo incurable. Parece incluso como si la casi totalidad de los individuos, habiendo cada uno experimentado alguna vez las bajas o altas pasiones y sabiendo por tanto de su existencia, se empeñara colectivamente en obrar y conducirse como si no existieran o, en todo caso, como si existieran sólo en el pasado y en la memoria. Hasta el punto de que nadie llega a saber a ciencia cierta si tales cumbres abismales se dan fuera de uno mismo (y eso solamente cuando los vértigos son tan hitchcockianos que uno mismo no tiene más remedio que agachar la cabeza y reconocérselo).

Basta echar un vistazo al círculo de amistades que se tenga más a mano para intuir que tal cosa como el enamoramiento es una entelequia, o al menos que lo es la gioia d’amore los poetas italianos del si

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