Loading...

PAULO. LABERINTO DE PASIONES (AMOR EN LA TORMENTA 2)

Valeria Naya  

0


Fragmento

Capítulo 1

Alma seguía sentada frente a su desayuno. Miraba la taza, concentrada. En realidad se hallaba a una distancia increíble del café con leche. Estaba en los recuerdos, en los brazos del único hombre que la había hecho sentirse mujer. Rememoraba la vez en que habían hecho el amor y la había atado al respaldo de la cama. Recordaba cada detalle, cada sensación... Sintió, de repente, humedad en la vagina y sus pezones se erizaron. El roce de uno contra el borde de la mesa la devolvió al presente, ese hombre ya no estaba en su vida y no volvería a estarlo. Hacía dos días que no recibía mensajes de él, se había producido el esperado silencio de aquel lado de la línea. Y ella se sentía peor aún. Tenía guardada la esperanza de que él siguiera intentando comunicarse para explicarle. Que se apareciera de improviso en su puerta. Nada. Incluso había revisado en WhatsApp su última conexión. «Hace más de un día que no se conecta, eso es extraño. ¿Habrá cambiado de línea? ¿Tendrá una con la cual se comunica conmigo y otra que usa con esa mujer? ¿Podrá ser que esté tan organizado?».

El dolor aún le corroía las entrañas, el hueco en el pecho se hacía cada vez más grande. Recordarlo, recordar lo feliz que había sido en sus brazos, era como un ácido que iba comiendo la carne alrededor del agujero, generando más dolor. Las lágrimas la invadieron y, como se encontraba sola, decidió dejarse llevar. Lloró de un modo desconsolado, se tiró arriba de la mesa y dejó salir la desesperación, la desilusión, el dolor. Cuando estaba con su familia o con sus amigas, se guardaba bien de expresar tanto su tristeza. Los sabía a todos preocupados y pendientes de ella. Cuando estaba sola, dejaba que la expresión de su tristeza saliera con toda su fuerza. Le dolía la cabeza de tanto llorar, le dolía el rostro, le dolía el cuerpo, le dolían hasta las raíces del cabello. La nona Donatella siempre decía que cuando a una persona le dolía el cabello, era porque le estaba doliendo el alma, y a ella le sucedía eso. No había parte del cuerpo que no le doliera. Hacía días que no hacía otra cosa que llorar, que preguntarse por qué. «¿Por qué me sedujo? ¿Para lastimarme después? ¿Por qué me aseguró que nunca me lastimaría si ya tenía pensado hacerlo? ¿Por qué me dijo que a su regreso viviríamos juntos, si no tenía pensado hacerlo? ¿Para qué hacerme vivir para luego matarme de este modo? ¿Y todo lo que hablamos, todos los planes, todas las palabras de amor? ¿Todo era mentira?». Por enésima vez, en ese torturante tiempo sin Paulo, se dio la respuesta a sí misma, gritando sola en la cocina:

—¡¡¡Sí, todo fue una mentira!!!! Fui una aventura sexual en Argentina, nada más.

Alma le había dado lo que quería, aunque, a juzgar por el video, no del modo que él necesitaba, y luego había vuelto a su verdadero amor, a los brazos de una mujer que era capaz de perdonarle cualquier cosa, hasta una infidelidad. Porque, en ese momento, desconfiaba hasta de que hubieran estado separados. Desconfiaba de que él le hubiera dicho que estaban separados solo para acostarse con ella. Su celular se encontraba a unos centímetros, sonó indicando la llegada de un mensaje. Se secó las mejillas y lo tomó. Era de Pato.

Amigas, no se olviden de que hoy las paso a buscar para ir a Capital a comprar los vestidos. Debemos conseguir el mío del civil y los de ustedes de la iglesia. En una hora estoy en sus puertas. Estén listas, chichis.

Alma estaba al tanto de que debían ir; la verdad era que no tenía ánimos, pero desde que había roto con Paulo, se había impuesto a sí misma no abandonar a sus amigas en sus situaciones felices, aunque ella se sintiera el ser más infeliz de la tierra. Así que con una fuerza de voluntad inverisímil, seguía acompañando a Pato en los últimos preparativos de la boda y escuchaba los relatos de Amanda y sus aventuras románticas con Germán. A pesar de todos los pronósticos, que les jugaban en contra, Germán y Amanda seguían con su relación y ambos parecían comprometidos afectivamente. Por desgracia para Alma, escuchar las ocurrencias de Germán y las situaciones románticas que generaba para Amanda la hacían recordar aún más a Paulo. Además, tener que verlo la destrozaba. No se había dado cuenta, hasta ese instante, del parecido que había entre ellos; cuestiones físicas, nada más, pero eran un recordatorio constante de Paulo. Sin ánimos, y con mucha tristeza en el alma, respondió.

Estoy terminando de desayunar. Ya estoy vestida. Cuando quieras, podés pasar.

Y había agregado una carita guiñando un ojo y con la lengua afuera, como queriendo demostrar una alegría que en verdad ya no podía existir en su interior. Intentó arreglar su rostro, los ojos hinchados de tanto llorar, la piel enrojecida, la mirada sin vida. Se lavó con agua fría para que todos sus rasgos volvieran a la normalidad; lo de la mirada no tenía arreglo.

En el camino a Capital Federal, Pato conducía, Amanda cebaba mates y Alma iba atrás, sentada junto a la hermana de Pato, que también iba con ellas para elegir el suyo. «Salida de chicas», había dicho Pato, entusiasmada. Marina, la hermana de Pato, estaba al tanto de todo lo sucedido. Miraba de reojo a Alma y se mantenía en silencio. Era una mujer dulce, tenía apenas unos años más que su hermana. Estaba casada y terminando de hacer la casa con su marido, y no querían tener hijos hasta tenerla concluida. Pato y Amanda iban adelante charlando como dos locas, riendo, haciendo bromas. Alma tomaba mate en silencio. En un momento, una lágrima silenciosa se escapó de uno de los ojos de Alma. Marina la notó. En silencio, le tomó la mano y Alma la miró sorprendida. Le hizo un gesto que le indicaba que estaba intentando darle fuerzas. Alma sonrió sin muchas ganas.

Caminaban por la calle Corrientes. Amanda y Pato iban por delante de Marina y Alma. Amanda hablaba con sus ademanes exagerados a la vez que revisaba todo el tiempo su celular. Marina y Alma, ambas de caracteres más tranquilos, caminaban unos pasos detrás, viendo las vidrieras con más tranquilidad. Marina se animó y le sugirió a Alma:

—No te veo muy bien, Almita.

—La verdad, Mari, estoy hecha pelota. Destrozada. Pero no puedo arruinarle a tu hermana el día. Está esperando con tanta felicidad la boda. Y cada preparativo es una nueva alegría. Yo, la verdad... —Los ojos se le llenaron de lágrimas y la voz se le cortó.

—Tranquila, Almi —dijo a la vez que la abrazaba. Estaban a unos pasos del comercio; Pato y Amanda habían entrado a ver un vestido. Marina sacó unos pañuelos descartables y le dio el paquetito a Alma, que se secó rápidamente las lágrimas—. Sé todo lo que pasó, pero no sé qué te explicó él.

—Nada. No lo dejé. No hablamos. No le respondí más. Ni las llamadas ni los mensajes. Lo quiero lejos de mí. Quiero transitar este dolor sola, sin más mentiras.

—Ah, pero, Almi, ¿no te parece que deberías darle la oportunidad de que se explique? Digo, de última, te va a servir para confirmar que es un mentiroso patológico.

—No. No quiero escucharlo. Tengo miedo de que me convenza y yo lo perdone, y después darme cuenta de que todo es peor.

—Ahora, yo digo, Almita, ¿tanto trabajo le costó ganarse tu confianza, que te entregaras a él, que toda tu familia lo aceptara, que tus amigas lo amenazaran, para después mandarse a mudar y mandarse semejante cagada? ¿Qué sentido tiene?

—Ninguno, Mari. Ninguno. Desde que todo esto salió a la luz, no hago otra cosa que pensar lo mismo: ¿por qué? No encuentro ninguna explicación viable. Pero los hombres a veces son animalitos que se rigen por sus instintos, tal vez solo lo movió la atracción de tenerme en su cama, nada más.

—A veces sí, a veces no, casi siempre son animalitos. —Las dos sonrieron—. A mí igual no me cierra. Te lo repito. Yo le daría la oportunidad de hablar para evaluar qué dice.

Amanda y Pato salían riendo del comercio y el tema se cortó. Siguieron eligiendo. Luego de caminar por más de tres horas, todas habían logrado lo que buscaban: Pato había conseguido una solera azul con corte debajo del busto y que luego caía entallado hasta las rodillas, sin ajustar demasiado, y con un saquito corto, tipo bolero, transparente, en el mismo color. Amanda había elegido un soberbio y sensual vestido strapless en color dorado, muy ajustado. Alma se había decidido por un vestido con un solo hombro, ajustado hasta la cadera y que luego bajaba evassé hasta el piso, tenía un corte que dejaba ver una de sus piernas; el color elegido era verde petróleo. Marina, a su vez, había elegido un vestido de ruedo irregular, en gasa color rojo intenso, era solero y tenía diferentes gajos de gasa formando la falda. Todas habían comprado y todas estaban de acuerdo con las elecciones realizadas. De hecho, Alma se hubiera decidido por un vestido negro, porque así era como se sentía, pero sus amigas habían encontrado el vestido verde petróleo y sabían que era un color que le encantaba a Alma. Se le impusieron.

«—Almita, no podés llevar el negro, dejate de joder, es muy de vieja; además, ese color no te hace brillar. Este verde petróleo es muy sensual y es un color que a vos te gusta mucho, ¿o no? —había dicho Pato, preocupada porque su amiga volviera a verse sexi a sí misma.

—Sí..., pero no estoy segura —había contestado Alma no muy convencida.

—Te queda bárbaro, Almita —terció Marina, que quería ayudarlas a alegrar a Alma—. Fijate el contraste de tu piel blanca con el color verde, increíble; la tonalidad marrón de tu cabello, todo forma un conjunto impecable.

—Sí, salvo esas ojeras horribles. Vamos a tener que gastar un pomo entero de corrector, che, el día de la boda —dijo Amanda con su naturalidad—, más vale que te pongas las pilas, nena. No vamos a poder taparlas si se marcan más.

—Te prometo hacer el intento, amiga —aseguró Alma sonriendo.

—Todas esperamos que lo hagas, Almi —agregó Pato, y, en un segundo, las tomó y formó un abrazo grupal—. Chicas, ¡cómo las quiero!, estoy feliz de vivir estos momentos con ustedes...».

Se abrazaron. El celular de Amanda sonó. Y ella fue la primera en romper el círculo. Necesitaba abrir los mensajes. Sabía que Paulo estaría llegando; ella y Germán estaban tratando de organizar el encuentro entre Paulo y Alma. De ahí que había estado toda la tarde atenta al móvil. En la última comunicación, Germán le indicaba que Paulo no había dado noticias de llegar, y todos estaban preocupados. Lo que leyó le cambió el gesto. El rostro se le puso pálido.

—Ay, Amanda, mirá que sos fría, nena. Estoy diciendo

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta