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PEDERASTAS

Alberto Vázquez-Figueroa  

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

La vida había dejado...

Bartolomé Cisneros era la única...

Emprendí el viaje a media...

Me encontraba tumbado...

Alicia Jiménez me telefoneó...

—Andrea asegura que quien...

Alicia Jiménez se presentó...

Gilles de Rais, barón de Rais,...

Se detuvo en el umbral...

Los medios de comunicación...

Manuela Vidal era una mujer...

—Cuando le conocí...

La Haya, 3 de junio de 2006

En un principio la noticia...

Volví a buscar un cibercafé...

Una niña había desaparecido...

Salí a cenar y al cine...

—¿A qué viene todo esto?...

Mi relación con Alicia...

—Tras la desaparición...

Han pasado cinco años...

Transcurrió casi una semana...

Como siempre, no me quedaba...

Había pasado, en efecto,...

La vida había dejado...

La vida había dejado de tener sentido desde hacía meses. Ya únicamente era vida. A mi alrededor la gente hablaba, reía, comía, lloraba, mentía, bebía, hacía el amor o se drogaba. Algunos incluso se morían, pero eran difuntos que no necesitaban que les cruzara en mi barca a la otra orilla. Ya no tenía «familia».

Lo único que deseaba era emprender un largo viaje que me permitiera reunirme con quienes habían hecho de mi gris existencia algo especial. Me hundí en una profunda depresión de la que llegué a pensar que no emergería, hasta que una mañana, casi un año más tarde, descubrí a una niña sentada en la puerta de mi casa.

—¿Qué haces aquí?

—No lo sé.

—¿Quién te ha traído?

—Tampoco lo sé. Al salir del colegio, un señor me dio un caramelo asegurando que mi madre le había enviado a buscarme; me llevó a una casa enorme donde me mantuvo encerrada mucho tiempo, me hizo mucho daño y un día me apretó el cuello hasta que no conseguía respirar. Al despertar me encontré aquí.

La observé con atención; su mirada era plana, como si me estuviese observando a través de un espejo.

—Ya no volverá a hacerte daño —le dije—. Yo cuidaré de ti. ¿Cómo te llamas?

—Jimena.

—¿Jimena qué más?

—Jimena Jimeno Jiménez.

—Curioso nombre o, más bien, curioso nombre y apellidos.

—A mí me gusta.

—¿Dónde vives?

—En Cuenca.

Me había respondido con absoluta naturalidad, sin tan siquiera detenerse un segundo a especificar en pasado: «Vivía en Cuenca», lo que me dio a entender que aún no había tomado conciencia de que la habían asesinado.

Yo ya tenía, por suerte o por desgracia, una larga experiencia en todo cuanto se refería a convivir con muertos, no en vano había compartido mi casa con cuarenta de ellos durante casi dos años, y me constaba que con excesiva frecuencia ni siquiera los difuntos tienen plena conciencia de haber cruzado definitivamente a la otra orilla del último de los ríos. Menos aún podría imaginarlo una criatura que apenas había empezado a vivir.

—¿Cuántos años tienes?

—Doce.

—¡Doce! Dios mío...

Le habían apretado el cuello hasta el punto de arrebatarle más de medio siglo de vida, destruyendo al propio tiempo las otras muchas vidas que su vientre pudiera haber engendrado en el futuro, porque lo peor de los asesinos no es que acaben con un ser humano: es que cortan una rama destinada a generar nuevas ramas, nuevos frutos y tal vez nuevos árboles.

El hecho de haber atravesado una y otra vez el oscuro río con el fin de visitar a los que se encontraban en la otra orilla, pero no habían iniciado aún el largo camino hacia un destino del que nadie sabía nada, me ayudaba a comprender que la mayoría de los difuntos aceptaban la muerte como el lógico final de una existencia, pero se revelaban contra ella cuando se trataba de una prematura y antinatural interrupción de esa existencia. Y es que imagino que lo verdaderamente triste no debe de ser mirar hacia atrás y ver lo que has hecho, sino mirar hacia delante y no ver lo que podrías haber hecho.

Aquella niña, pecosa, espigada y ligeramente pelirroja, cuyo delgado y estilizado cuerpo era como el apunte a lápiz del hermoso cuadro en que acabaría por convertirse con el paso del tiempo, abría sus enormes ojos azules a un inexistente futuro que le había sido robado por un sucio degenerado.

—¿Qué pasa por la mente de un hombre en el momento de violar y asesinar a una criatura indefensa?

—Nada.

Observé sorprendido al demacrado cuarentón, fuerte, de ancha calva y cerrada barba que había tomado asiento en la butaca que se encontraba frente a mí, y no puedo negar que me impresionó la profunda amargura que parecía emanar del tono de su voz y cada uno de sus gestos.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque asesiné a tres niñas, y aún hoy, tantos años más tarde, no consigo explicarme por qué lo hice, ni qué fue lo que experimenté en aquellos momentos.

—¿Quién eres?

—Eso no pienso decírtelo porque mi mujer y mis hijos ignoran que fui yo quien cometió aquellos crímenes. Puedes llamarme «Monstruo», porque como un auténtico monstruo me comporté en vida, y tan asumido lo tengo que cuando comprendí que nunca conseguiría dejar de serlo me arrojé con el coche desde un puente.

—¿Y qué haces aquí? Si en realidad has hecho lo que cuentas, deberías estar en el infierno.

—Mi infierno particular, y te aseguro que no existe otro peor, se centra en rememorar, hora tras hora, día tras día, año tras año, y supongo que siglo tras siglo, el horror de aquellos momentos —replicó con absoluta naturalidad—. Mi castigo se concreta en escuchar gritos y llantos, tener ante mis ojos aquellos aterrorizados rostros, ver la sangre empapando mis muslos, sentir el dolor que sentía al penetrar cuerpos que se desgarraban, y asistir luego, impasible, a la larga agonía de mis víctimas. Ningún fuego conseguiría superar los justos padecimientos que todo ello me produce desde entonces.

—¿«Justos»?

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