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PELIGRO EN EL MEDITERRáNEO (DIRK PITT 1)

Clive Cussler  

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Fragmento

PRÓLOGO

Era un domingo extremadamente caluroso. En la torre de control de la base aérea de Brady el controlador encendió un cigarrillo con la colilla del anterior, apoyó los pies en el acondicionador de aire portátil, y esperó a que sucediera algo.

Se aburría soberanamente, y por muy buenas razones. El tráfico aéreo era lento los domingos. En realidad casi no existía. Los pilotos militares raras veces volaban ese día por el teatro de operaciones del Mediterráneo, sobre todo porque de momento no se cocía ningún problema político internacional. De vez en cuando se veía aterrizar o despegar un aparato, pero en la mayoría de los casos no era más que una escala técnica del avión de algún personaje, que repostaba apresuradamente para llegar cuanto antes a una conferencia que se celebraría en alguna parte de Europa o África.

Por enésima vez esa mañana el controlador echó un vistazo al gran tablero de programas de vuelo. No había previsto ningún despegue, y la única llegada se había fijado para las 16.30, así que faltaban aún casi cinco horas.

Tenía poco más de veinte años, y contradecía el mito según el cual las personas de cabello rubio nunca se broncean bien; allí donde la piel era visible parecía del color del nogal oscuro, entreverada por mechones rubio platino. Los cuatro galones de su manga indicaban el rango de sargento de estado mayor, y aunque la temperatura era casi de 37 grados no se apreciaban manchas de sudor en las axilas de su uniforme caqui. Iba sin corbata y con el cuello de la camisa desabrochado, costumbre que normalmente sólo se permitía en las instalaciones de la fuerza aérea situadas en climas cálidos.

Se inclinó y ajustó las persianas del acondicionador de aire, de modo que la corriente fría le subiera por las piernas. La nueva posición pareció dejarlo satisfecho y sonrió ante el refrescante cosquilleo. Se colocó las manos detrás de la cabeza, con los dedos entrelazados, se reclinó y observó con la mirada fija el techo metálico.

Por su mente cruzó el omnipresente pensamiento de Mineápolis y las chicas que desfilaban por Nicollet Avenue. Contó una vez más los cincuenta y cuatro días que aún faltaban para su regreso a Estados Unidos. Al final de cada jornada tachaba ceremoniosamente el día concluido en la pequeña agenda de tapas negras que llevaba en el bolsillo de la pechera.

Después de bostezar una vez más tomó unos prismáticos que había dejado sobre el alféizar de la ventana e inspeccionó los aviones aparcados sobre la pista de asfalto negro que se extendía bajo la elevada torre de control.

Aquel campo de aviación se hallaba situado en la isla Thasos, en la parte norte del mar Egeo, separada de la Macedonia continental griega por 25 kilómetros de agua, en un tramo apropiadamente llamado estrecho de Thasos. La isla ocupaba una superficie de 440 kilómetros cuadrados de roca, bosques y restos de la historia clásica que se remontaba a mil años antes de Cristo.

El campo Brady, como solía llamarlo el personal de la base, se había construido a finales de la década de los sesenta en aplicación de las cláusulas del tratado entre Estados Unidos y Grecia. Además de los diez F-105 Starfire, sólo había permanentemente en la base dos monstruosos transportes C-133 Cargomaster, varados sobre la pista como un par de gruesas ballenas plateadas, relucientes bajo el deslumbrante sol del Egeo.

El sargento dirigió los prismáticos hacia los dormidos aviones y buscó señales de vida. El campo estaba totalmente vacío. La mayoría de los hombres se encontraba bebiendo cerveza en la cercana ciudad de Panaghia, tomando el sol en la playa, o durmiendo la siesta en los barracones dotados con aire acondicionado. Únicamente el solitario policía militar que montaba guardia ante la puerta principal y la rotación constante de las antenas de radar, en lo alto de su búnker de cemento, ofrecían alguna señal de presencia humana. Elevó lentamente los prismáticos y miró hacia el mar. Hacía un día radiante, sin una sola nube, y pudo reconocer con facilidad los detalles de la distante costa continental griega. Los prismáticos se desplazaron hacia el este y apuntaron hacia la línea del horizonte, allí donde el mar, de un azul intenso, se unía con el cielo azul claro. A través del trémulo halo de calor, apareció ante su vista una mancha blanca; era un barco anclado. Bizqueó y ajustó el enfoque para distinguir las diminutas letras del nombre en la proa: First Attempt.

«Primer intento, vaya nombre estúpido», pensó. No comprendió el significado que pudiera tener. El casco también aparecía oscurecido por otras marcas: trazada con gruesas y largas letras negras se leía la sigla ANIM, que correspondía a la Agencia Nacional de Investigaciones Marinas.

En la popa había una enorme grúa de garfio, cuyo gancho colgaba sobre el agua; en aquellos momentos levantaba de las profundidades un objeto redondo, como una pelota. El sargento distinguió a varios hombres que trajinaban junto a la grúa, y se sintió satisfecho al comprobar que los civiles también tenían que trabajar los domingos.

De repente, su exploración visual se vio interrumpida por una voz metálica que surgió del intercomunicador.

–¡Atención, torre de control, aquí radar!

El sargento dejó los prismáticos y apretó el interruptor del micrófono.

–Aquí torre de control. ¿Qué ocurre, radar?

–Tengo un contacto. Dieciséis kilómetros al oeste.

–¿Dieciséis kilómetros al oeste? –bramó el sargento–. Eso está casi en la isla. Tu contacto está prácticamente encima de nosotros. –Se volvió y repasó de nuevo el tablero de vuelos para asegurarse de que no había programado ninguno a aquellas horas–. La próxim

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