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PERFECTO ERROR

Ali Novak

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Cara aferraba en sus manos la última edición de People con la misma devoción que si fuera la Biblia.

—Si no te tuviera a ti para que me trajeras revistas —me dijo—, perdería completamente la cabeza encerrada en este sitio.

—He tenido que pelearme con una madre por ella —respondí yo.

Y lo decía en serio: las revistas nuevas eran un lujo muy codiciado entre los enfermos ingresados en el hospital y sus familiares.

Sin embargo, Cara ya no me escuchaba. Estaba pasando las páginas de la revista, ansiosa por consumir su dosis diaria de cotilleos de famosos. Atrincherado a su lado en el único sofá de la habitación, Drew miraba su móvil. Por su ceño fruncido deduje que o bien estaba leyendo sobre el partido de béisbol de la noche anterior, o bien acababa de descubrir que el wifi del hospital no funcionaba demasiado bien.

A diferencia de lo que solía ser habitual en los días de hospital, aquel tenía algo con lo que mantenerme ocupada durante las horas de visita. Acerqué una silla a la cama de Cara y empecé a revisar las fotos que había sacado con mi nueva Canon. Me la habían comprado mis padres como regalo de cumpleaños por adelantado, y había estado probándola aquella misma mañana en el Jardín de las Esculturas de Minneapolis.

—Dios, ¿podría ser más perfecto?

Alcé la vista y vi que Cara había abierto el número de People por una entrevista con uno de los chicos de The Heartbreakers, su grupo favorito. El titular decía: «Un chico malo que sigue rompiendo corazones». Y, debajo, un pequeño epígrafe con una cita: «No busco novia. La soltería es demasiado divertida». Cuando volví a levantar los ojos y percibí la expresión en el rostro de Cara —los ojos ávidos, la boca entreabierta— me entró la duda de si no estaría a punto de lamer la página. Esperé un momento para ver si de verdad lo hacía, pero ella se limitó a dejar escapar uno de esos suspiros con los que me pedía que le diera pie para hablar sobre su ídolo.

—¿Owen quién? —pregunté, más por educación que por otra cosa, mientras centraba toda mi atención en la cámara nueva.

—Oliver Perry —me dijo, sacándome de mi error.

No me hizo falta mirar a Cara para saber que había puesto los ojos en blanco. Y eso que yo ya había dejado claro muchas veces lo poco que me gustaba ese grupo (cada vez que ponía su música a todo volumen y las paredes de la casa retumbaban, por ejemplo). The Heartbreakers ni siquiera me interesaban lo suficiente como para aprenderme sus nombres: no eran más que otro de esos grupos de chicos cuya fama se extinguiría tan rápido como había surgido.

—En serio, pareces una cuarentona encerrada en el cuerpo de una adolescente; si no, no me lo explico.

—¿Por qué? —le pregunté—. ¿Porque no me sé el nombre de un miembro de un grupo de música pop?

Ella se cruzó de brazos y me fulminó con la mirada. Aparentemente, me había pasado de la raya.

—No son un grupo de música pop, sino de música punk.

Había dos motivos por los que The Heartbreakers no me gustaban. El primero y principal era que su música me parecía una mierda (eso debería ser motivo suficiente para que un grupo no te guste), pero además había otro motivo: intentaban con todas sus fuerzas ser algo que no eran, y se hacían pasar por rockeros cuando, en realidad, no eran más que otra boyband al uso. Vale, sí, tocaban los instrumentos, pero por muchas camisetas de grupos antiguos y vaqueros rotos que se pusieran, no conseguían enmascarar las letras insulsas y los estribillos pegadizos de unas canciones que eran, indiscutiblemente, poperas. Por si fuera poco, el hecho de que sus fans tuvieran que recordarle insistentemente a todo el mundo que The Heartbreakers eran un grupo «de verdad» no hacía más que demostrar constantemente lo contrario.

Apreté los labios para evitar reírme.

—Creo que decir que The Misfits y los Ramones son tu inspiración no te convierte en punk.

Cara ladeó la cabeza y enarcó tanto las cejas que las dos se le juntaron en una sola.

—Entonces ¿a quién hay que citar?

—¿Te das cuenta? —Estiré el brazo para cogerle la revista—. Ni siquiera sabes qué es el punk de verdad. Pero esto —dije, señalando la página— ya te digo yo que no lo es.

—Que yo no escuche las mismas cosas raras y alternativas que tú no quiere decir que tú tengas más cultura musical que yo —me respondió.

—Cara —dije, pellizcándome el puente de la nariz—, no era eso a lo que me refería.

—Lo que tú digas, Stella. —Cara volvió a atraer la revista hacia su regazo, apartó la mirada de mí y hundió los hombros—. La verdad es que me da igual que no te gusten. Lo único que me pasa es que estoy de mal humor porque quería ir al concierto.

The Heartbreakers tocaron en Minneapolis el mes pasado y, aunque Cara se moría de ganas por ir, decidió no comprar entradas. Le costó mucho, sobre todo porque llevaba meses ahorrando para ello, pero yo creo que hizo bien. Porque, en el fondo, lo que realmente importaba no era lo mucho que le apeteciera ir: su cuerpo le estaba mandando señales inequívocas de que no podía hacerlo —náuseas, vómitos y cansancio, por nombrar algunos— y ella era consciente de ello. Algo muy importante que el cáncer de Cara nos había enseñado a todos es que había momentos en los que había que tener esperanza y otros en los que había que ser realista.

Cara había empezado con el segundo ciclo de quimioterapia hacía dos semanas. El tratamiento estaba compuesto por varios ciclos: durante tres semanas le metían en vena quién sabe cuántos medicamentos y luego había un periodo de descanso antes de que el proceso volviera a empezar. Más tarde, en cuanto la quimioterapia normal hubiera matado al bicho que había en su cuerpo, Cara tendría que recibir un último ciclo con altas dosis de quimio para asegurarse de que seguiría muerto para siempre.

Nunca se me han dado demasiado bien las ciencias, pero durante los ingresos de Cara en el hospital aprendí muchas cosas. Por ejemplo, que las dosis de quimio normal se aplican solo en pequeñas cantidades por la agresividad de los efectos secundarios. En dosis más altas podrían matar el cáncer, pero también destruir la médula ósea, que ahora sé que es algo esencial para mantenerse con vida.

Sin embargo, a veces la quimio normal no basta.

Eso fue lo que le pasó a Cara. Después de dos recaídas, sus médicos llegaron a la conclusión de que había llegado el momento de probar con un tratamiento más agresivo. Cuando ya hubiera recibido la dosis de quimio más alta, Cara necesitaría un trasplante autólogo de células madre. El trasplante autólogo consistía en extraer células madre de la propia médula ósea de Cara antes del tratamiento. Las células se congelarían y se conservarían durante la quimioterapia, y luego se las trasplantaría de nuevo mediante una infusión de sangre. Sin ellas, no podría recuperarse.

Dejé escapar un leve suspiro y elegí con mucho cuidado mis palabras.

—Estoy segura de que darán más conciertos —dije, dedicándole una leve sonrisa—. Incluso te acompañaré a uno, si quieres.

Al oír aquello, Cara rio divertida.

—Así hay más probabilidades de que Drew se una al equipo de animadoras.

Cuando escuchó su nombre, nuestro hermano alzó la vista y enarcó una ceja para mirar a Cara antes de volver a centrar su atención en el móvil.

—Era una sugerencia —añadí, alegre al ver que le había parecido divertido.

—¿Tú, en un concierto de los Heartbreakers? —preguntó, más para sí misma que para mí—. Sí, claro.

Las dos nos quedamos calladas. Un grueso manto de silencio cayó sobre nosotras y su peso me oprimió el pecho, porque al instante supe que las dos estábamos pensando en cosas no demasiado felices. Los largos días de hospital incitaban a que, después de un tiempo, los pensamientos negativos afloraran con mayor facilidad que los positivos.

Un golpe en la puerta hizo que volviera a la Tierra al tiempo que Jillian, la enfermera favorita de Cara, entraba en la habitación. Al verla aparecer, alcé la vista hacia el reloj y me sorprendí al comprobar lo poco que había tardado el día en esfumarse.

—Stella, Drew —nos dijo Jillian, saludándonos a ambos—, ¿cómo estáis?

—Como siempre —respondió Drew, levantándose y estirando los músculos—. ¿Y tú?

—Yo estoy bien, gracias. Solo he venido a ver cómo se encontraba Cara —y, dirigiéndose a ella, añadió—: ¿Necesitas algo, cielo?

Cara negó con una sacudida de cabeza.

—¿Nos estás echando? —pregunté.

Las horas de visita terminarían pronto. Eso significaba que se acercaba el momento en el que a Cara le tocaba tomar su dosis nocturna de medicinas, una dosis que incluía penicilina y una larga lista de medicamentos cuyo nombre ni siquiera era capaz de pronunciar.

—No —respondió Jillian—. Aún tenéis tiempo, pero he pensado que os apetecería bajar a la cafetería antes de que cerrara.

Pensar en comida hizo que me sonaran las tripas. Había ido

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