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PERFECTO (HERMANOS CARSINGTON 3)

Loretta Chase  

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Fragmento

1

Egyptian Hall, Piccadilly, Londres

Septiembre de 1821

El caballero estaba de espaldas, apoyado en el marco de la ventana, ofreciendo a la concurrencia una magnífica estampa de su alta, proporcionada y costosísimamente ataviada figura. Parecía tener los brazos cruzados por delante del pecho y la vista clavada en la calle, aunque el grueso cristal de la ventana solo le ofreciera una imagen borrosa de Piccadilly.

En cualquier caso, quedaba patente que la exposición que se exhibía en el interior y que mostraba las maravillas que Giovanni Belzoni había descubierto en Egipto no había logrado captar su interés.

La mujer que lo observaba disimuladamente decidió que era la viva estampa del aristócrata indolente.

Segurísimo de sí mismo. Perfectamente compuesto. Inmaculadamente ataviado. Alto. Moreno.

En ese instante volvió la cabeza, presentándole de ese modo el esperado perfil patricio.

Pero no era lo que ella esperaba.

Y la dejó sin aliento.

Benedict Carsington, vizconde de Rathbourne, apartó la vista del grueso cristal emplomado de la ventana y de la distorsionada imagen que este ofrecía de los caballos, los vehículos y los peatones que circulaban por Piccadilly. Contuvo un suspiro y desvió su oscura mirada hacia el interior del museo con su exhibición de la Muerte.

«La tumba de Belzoni», una exposición que recogía todos los hallazgos que había realizado el explorador en Egipto unos años antes, había demostrado ser todo un éxito de público desde su inauguración, el 1 de mayo. Él había formado parte, en contra de su buen juicio, de los mil novecientos asistentes que acudieron aquel primer día. Esa era su tercera visita, y al igual que sucediera en las dos ocasiones precedentes, preferiría con mucho estar en cualquier otro lugar.

El Antiguo Egipto no había logrado encandilarlo como a muchos de sus familiares. Hasta el zoquete de Rupert había sucumbido a su hechizo, tal vez porque la situación actual del país en cuestión ofrecía incontables oportunidades para jugarse el pescuezo y partir unas cuantas crismas. Pero Rupert no era ni por asomo el motivo por el que lord Rathbourne estaba pasando otra larguísima tarde en el Egyptian Hall.

El motivo estaba sentado al otro extremo del salón y no era sino Peregrine Dalmay, conde de Lisle, su sobrino y ahijado de trece años, único hijo y heredero de su cuñado, el marqués de Atherton. El muchacho estaba copiando con mucha diligencia el plano del interior de la segunda pirámide, cuya entrada había descubierto Belzoni tres años antes.

Tal como diría cualquiera de los profesores de Peregrine, y tal como le habían dicho a su padre en repetidas ocasiones, la diligencia no se encontraba entre las virtudes más destacadas del muchacho.

Sin embargo y solo en lo que a Egipto se refería, Peregrine era perseverante a más no poder. Ya llevaban dos horas en la exposición y su interés no mostraba signos de decaer. Cualquier otro chico habría estado frenético por regresar a la calle y emprender cualquier actividad física a los quince minutos de haber pisado el museo.

Claro que, si se tratara de cualquier otro chico, Benedict no habría ido en persona al Egyptian Hall. Habría mandado a un criado para que hiciera las veces de niñera.

Pero Peregrine no era un muchacho cualquiera.

Su aspecto físico era el de un ángel. Tez clara y semblante franco. Cabello rubio. Ojos grises de expresión inocente.

En julio la Corona había pagado a un grupo de boxeadores bajo la supervisión del señor Jackson a fin de mantener alejada a la reina Carolina y a sus seguidores de la coronación de Jorge IV. Pues bien, solo ese mismo grupo, si no rompían filas en ningún momento, habría tenido alguna posibilidad de mantener la paz allí por donde pasaba el heredero de lord Atherton.

Salvo por dichos boxeadores, o en su defecto un enorme contingente militar, el único mortal capaz de influir en los actos del joven lord Lisle era Benedict. Aparte, claro estaba, del padre de Benedict, lord Hargate. La verdad sea dicha, el conde de Hargate era capaz de intimidar a cualquiera (salvo a su esposa) y no acostumbraba a ejercer de niñera con mocosos traviesos.

«Debería haberme traído un libro», pensó Benedict.

Reprimió un bostezo y clavó la mirada en la reproducción de un bajo relieve realizada por Belzoni y copiada de la tumba de un faraón mientras intentaba comprender qué encontraba Peregrine, y muchas otras personas, tan estimulante.

El bajo relieve constaba de tres hileras de figuras toscamente talladas. Una de ellas era una fila de hombres con barbas puntiagudas y curvadas, y los brazos cruzados por delante del pecho. Entre figura y figura había un solitario signo jeroglífico. Sobre sus cabezas había más jeroglíficos dispuestos en columnas.

La hilera central constaba de cuatro figuras que remolcaban una embarcación en cuyo interior viajaban tres figuras más. La escena incluía unas cuantas serpientes muy largas. Sobre las cabezas de las figuras había más columnas de jeroglíficos. ¿Estarían hablando las figuras entre ellas? ¿Serían los jer

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