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PERMAFROST

Eva Baltasar  

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Fragmento

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Se está bien aquí. Por fin. Las alturas tienen eso: cien metros de vidrio vertical. El aire es aire en un estado superior de pureza, y por eso, además, parece más duro, por momentos casi compacto. Se cierne cierto olor a ferretería. La capa de ruido pesa como hollín y se mantiene latente, allí abajo, como un ojo de petróleo finísimo, crujiente, una suerte de regalo negro y brillante. No pasa ni un pájaro. En realidad, ellos también tienen su propio estado, entre nosotros y nuestros, llamémosles, dioses. Un vacío habitable entre las líneas más elevadas del pentagrama. Ahora mismo soy y no soy. Quizá solo me muestre, me manifieste como una mácula discretamente molesta en una gafa, una sombra inadecuada en esta zona chill out. Tomo aire, lo obligo a ser de mi propiedad a lo largo de mis conductos animados. Viva aún desprendo cierto calor, me imagino blandísima por dentro. Por fuera lo soy más de lo que creo, casi un producto de pastelería, un objeto de cera tibia barnizado, atractivo como una primera línea. Cada célula se reproduce, ajena a mí, y a la vez me reproduce, me convierte en una entidad debida. Si todas esas partes microscópicas dejasen de trabajar, aunque fuera un segundo… Las entidades indivisibles también merecen un descanso, como yo, como todos los genios del país. Trabajar con ellos me fuerza a asimilarme a ellos, a ser como ellos dentro de esta preciosa cerca de vidrio, un pececito rojo impersonal. Afablemente decorativo. Algunos restaurantes colocan en cada mesa uno de esos peces en una minúscula pecera. Son decorativos, sí. Relajantes. Están bien vivos, y sin embargo los hay quienes utilizan sus habitáculos como cenicero. Los pobres animalillos mueren intoxicados por la química biocida de las colillas. Pero no son sino eso, ¿verdad? Objetos decorativos. Vidas vanas.

¡Qué aire más puro! Hay poca humedad y eso está bien. La humedad tiene la manía de introducirse en las partes más vulnerables del cuerpo. No la tolero. No puedo convivir con ella, no sé hacerlo, penetra hasta rincones insospechados de mi interior, como una lava untuosa y helada, y ocupa espacios ignotos que al hacérseme presentes me incomodan. Hay partes del cuerpo, como muebles demasiado grandes, que una no sabe encarar. No parecen desmontables y extraerlas sería demasiado peligroso. Seguro que tienen su función, alguien debe de habérmelas incrustado, pero no puedo con ellas y la única manera de escapar a su influencia es ignorarlas. Recorrer el pasillo con los ojos cerrados y no toparme con su masiva exuberancia. Avanzar con los ojos cerrados, ¡menuda gracia! No había pensado en los ojos. Los pájaros vuelan con los ojos abiertos y, si se dejan llevar, es en

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