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PERROS Y CHACALES

Barbara Wood  

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Fragmento

1

—Te llaman por teléfono. Jenny se está preparando. Ella te reemplazará para que puedas atender la llamada.

La señora Cathcart esperó pacientemente mientras yo le pasaba un hemostato al doctor Kellerman.

—No puedo dejarlo en este momento —dije yo sin apartar los ojos de la mesa de operaciones—. ¿Quién es? ¿Puedo llamar yo más tarde?

—Creo que no, Lydia. Es tu hermana Adele, que llama desde Roma. Ha dicho que es urgente.

—¿De Italia? —pregunté volviendo extrañada la cabeza hacia mi supervisora—. ¿Segura?

—Eso fue lo que dijo la operadora. Roma. De persona a persona. Urgente, además. Jenny continuará ayudando.

—¡Rápido! —interrumpió en tono brusco el doctor Kellerman—. Paro cardíaco.

Mis ojos volaron instantáneamente al cardioscopio. No había latidos. La señora Cathcart desapareció. La sala se llenó rápidamente de personas, de gritos, de agitación. En la distancia se escuchaba por el altavoz:

—Código azul, cirugía; código azul, cirugía; código azul, cirugía.

Automáticamente, todo pensamiento de Adele y de Roma quedó olvidado; me entregué al trabajo del momento, a abrir jeringuillas estériles de adrenalina y bicarbonato sódico. Alguien colocó en mis manos un par de desfibriladores. Ruido de telas al rasgarse. Alguien también destapó una pierna del enfermo, dejando así al descubierto el tobillo, para introducirle un catéter.

—¡Atrás! —gritó una voz—. ¡Descarga!

El cuerpo del enfermo dio un salto sobre la mesa. No hubo ningún cambio en el monitor.

—Dadle otra. Todo el mundo atrás. Esta vez de doscientos voltios. ¡Descarga!

Continuó el paro cardíaco.

—Otra ampolla de bicarbonato sódico. Lydia, sujeta los desfibriladores. No los sueltes. ¿Tenemos el tipo de sangre y compatibilidad de este hombre? Lydia, los desfibriladores. Muy bien, ¡descarga!

Todos miramos expectantes el monitor. Hubo un movimiento, un segundo movimiento. La tercera señal fue irregular. La línea ondulaba y se agitaba.

—Muy bien; una vez más. Detengamos la fibrilación. ¡Descarga!

Esta vez hubo reacción. El choque de los doscientos voltios de los desfibriladores volvió a poner en marcha el corazón. El paciente estuvo clínicamente muerto durante tres minutos y medio; biológicamente, no estuvo muerto en absoluto.

—Muy bien, ahora vámonos de aquí. —La voz del doctor Kellerman era serena, tranquilizadora—. Traed aquí una cama de la unidad de cuidados intensivos. Habrá que vigilar al enfermo. Lydia, sutura peritoneal, por favor.

Al colocarle en su mano el portaagujas, me dirigió una fugaz sonrisa con sus ojos, como diciendo: «Esta sí fue reñida, chica, pero ganamos».

Poco a poco se fueron marchando los del equipo de urgencias; nos dejaron nuevamente como estábamos antes, operando tranquilamente en la sala dos. Pero ahora el estado de ánimo era diferente, preocupado; ya no podíamos pensar en otra cosa que no fuera el enfermo entregado tan confiadamente a nuestras manos, hasta haberlo llevado en camilla por el pasillo y tenerlo bien instalado y seguro en esa cama de la UVI.

Contemplé el desorden que me rodeaba: pilas de esponjas llenas de sangre, jeringas vacías e instrumentos desperdigados por todas partes, el desconcertado aspecto del monitor y cardiovertor. Jamás dejaba de tener la impresión de encontrarme en un campo de batalla, ahora desierto, después de una lucha sin cuartel. Estaba así absorta moviendo abatida la cabeza ante el horrible trabajo de limpieza y orden que me aguardaba, cuando la señora Cathcart asomó nuevamente la cabeza en la sala.

—Lydia, tómate un descanso. Jenny se ha ofrecido para hacer la limpieza. Ve a hacer la llamada telefónica.

Levanté las cejas como despertando. Por supuesto, Adele. En Roma. Llamada urgente. La había olvidado por completo.

Con una mano sudada, aún con el guante quirúrgico puesto, sostenía el auricular junto al oído mientras con la otra tiraba nerviosamente de la mascarilla que me colgaba del cuello. Di una chupada ansiosa al cigarrillo. Me parecía que habían transcurrido horas desde la última vez que oyera a la operadora.

—¿Hola? —dije por si acaso.

—Continúo intentándolo —chisporroteó la voz impersonal de la operadora—. Las líneas de ultramar están ocupadas. ¿La llamo cuando tenga línea?

—No. Es urgente. Esperaré.

—Muy bien. Continúo intentándolo.

Me cambié de oreja el auricular. Escuchaba la voz como a través de papel de celofán.

En esos momentos de silencio (no había nadie en la sala), volví a repasar lo ocurrido durante esa frenética hora pasada que desembocaba en ese instante de suspenso junto al teléfono. Me preguntaba qué mensaje me aguardaría en el otro extremo. Después de todo, hacía cuatro años que no me comunicaba con Adele, y mi supervisora había dicho que la llamada procedía de Roma.

Al pensar en el caos de la hora recién pasada, no sabía muy bien qué me había alterado más, si el mensaje de una llamada transatlántica de mi hermana Adele, o el paro cardíaco que había tenido lugar al mismo tiempo en la mesa de operaciones.

—Un momento, por favor —dijo una voz con acento italiano.

Había logrado comunicar con el número que dejara Adele, de un tal hotel Residence Palace de Roma, y estaba a punto de hablar con mi hermana, de quien no había sabido nada durante mucho tiempo. En medio de mis divagaciones sobre la operación, el paro cardíaco y las tensiones propias de la profesión de enfermera, también intentaba adivinar, en primer lugar, qué había impulsado a Adele a llamarme, y, algo más enigmático aún, qué podíamos considerar «urgente» en opinión de mi hermana.

Hubo una época, ya lejana, en que mi hermana y yo estábamos muy unidas. Pero eso fue antes de que nuestros padres y hermano murieran repentinamente. Ese irónico vuelco del destino, la muerte de seres queridos, normalmente une a las familias, pero, en nuestro caso, curiosamente nos separó. El dolor tardó un par de años en convertirnos en educadas desconocidas, hasta que finalmente, hace cuatro años nos dijimos adiós. Yo tenía veintitrés años y estaba aprendiendo cirugía, Adele tenía veintidós y estaba aprendiendo a conquistar hombres. Ese día ella habló vagamente acerca de viajar; yo dije algo sobre mis se

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