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PERSIGUIENDO A SILVIA (SAGA SILVIA 1)

Elísabet Benavent  

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Fragmento

El baño de señoras de mi oficina no es un sitio muy concurrido, por eso siempre ha sido mi centro de operaciones. Aquí me peino y me maquillo cuando se me ha pegado la almohada y aquí respiro hondo también cuando lo necesito, que es bastante a menudo.

No hay nadie que me acose visualmente, así que tengo tiempo para valorar si en realidad quiero hacer lo que estoy pensando. Pero… ¿a quién quiero engañar? Lo necesito. Querer…, querría otra cosa bien distinta.

Me paso la mano por el pelo ondulado y me distraigo con el reflejo que la luz saca a mi tinte. Ni siquiera recuerdo cuál es mi color natural, creo que siempre lo he llevado tintado de color ardilla. Suspiro y repaso el maquillaje. Importante no parecer Courtney Love en su época de adicta al crack. He de tener un aspecto presentable. Saco del bolsillo el Posietint de Benefit y me repaso mejillas y labios, que destacan en mi piel blanca.

Pienso por un momento que todo sería más fácil si tuviera una de esas miradas de hielo, tipo Zoolander. No, en serio. Siempre quise tener unos ojos espectaculares, de esos azul grisáceo, como él, o verde o yo qué sé, morado marciano, pero a pesar de tenerlos grandes, solo son de un corriente color miel. Sé que soy vistosa, pero… ¿de qué sirve eso?

Cojo aire y me plancho el vestido con las manos. Salgo del baño y corro al despacho de Álvaro y derrapo en una esquina. Me choco con la secretaria del director de marketing; doscientos mil folios caen por el suelo. Todo el mundo mira el desastre, pero lejos de agacharse y ayudarnos, siguen concentrados en sus pantallas, lo que quiere decir: jugando al póquer por Internet, enviando fotos de tías en pelotas o comprando alargapenes online. ¿He comentado que soy la única mujer de mi departamento? Bueno, yo, la señora a la que acabo de atropellar y Manuela, la secretaria de recepción. Una de las dos se afeita el bigote y la otra se tira ruidosos pedos que intenta disimular con tosecitas delicadas. Eso me deja, quizá, no en el puesto de la única mujer, pero sí en la única que lo parece. Y debo alejarme pronto, porque esta es la de los gases.

Llamo pero no doy tiempo a que me dé permiso para entrar. Abro la puerta y avanzo jadeando por el esfuerzo de correr veinte metros con estos tacones con plataforma. Álvaro me mira y parece no estar de buen humor. Su mirada es fría e incluso despiadada, pero esa expresión podría someter a la más gallarda. Hoy lleva el traje azul marino, la camisa celeste y una corbata estrecha a rayas. Este conjunto me encanta.

Deja a un lado los papeles y se acomoda en su silla. No puedo evitar desorientarme cuando le miro a los ojos. Es demasiado guapo para ser verdad, tanto que duele. Y duele en un lugar muy íntimo.

—¿Qué mosca te ha picado,

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