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PERSONA (LOS ROSTROS DE VICTORIA BERGMAN 1)

Erik Axl Sund

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Fragmento



El edificio

tenía cien años, con unos sólidos muros de piedra de un metro de grosor: no había necesidad de aislarlos, pero ella quiso asegurarse.

A la izquierda del salón había una pequeña habitación esquinera que había utilizado como despacho y dormitorio de invitados.

Con un baño contiguo y un amplio vestidor.

La habitación era perfecta, con una única ventana, justo debajo de un desván que no se utilizaba.

Basta de negligencia, de creer que todo cae por su propio peso.

No dejar nada al azar. Es un compañero peligrosamente traidor. A veces es un amigo, pero a menudo es también un imprevisible enemigo.

los muebles del comedor

los arrinconó contra una pared y liberó una amplia superficie en medio del salón.

Luego ya no hubo más que esperar.

Las primeras placas de poliestireno llegaron, según lo acordado, a las diez, transportadas por cuatro hombres. Tres rondaban la cincuentena y el cuarto apenas tendría veinte años. Lucía el cráneo rasurado y vestía una camiseta negra con dos banderas suecas entrecruzadas debajo del texto MI PATRIA. Se había hecho tatuar telarañas en los codos y en las muñecas un motivo de la edad de piedra.

Una vez de nuevo sola, se sentó en el sofá y planificó el trabajo. Decidió empezar por el suelo, puesto que era el único punto que podía plantear problemas. Los jubilados del piso de abajo eran casi sordos, por descontado, y nunca había oído el menor ruido procedente de su casa, pero era un detalle importante.

Fue a ver en la habitación.

El crío seguía durmiendo profundamente.

Su encuentro había sido muy extraño, en el tren de cercanías. Él solo la tomó de la mano, se levantó y la siguió tranquilamente, sin que ella tuviera que decirle nada.

Como si previamente se hubiera decidido que sería él.

Fue una evidencia inmediata, como cuando una mujer comprende que el hijo al que acaba de dar a luz es solo suyo.

Había dado a la vez con el alumno que buscaba y con el hijo que nunca pudo tener.

Le puso la mano sobre la frente, sintió que la fiebre había bajado y luego le tomó el pulso.

Todo era normal.

Había acertado con la dosis de morfina.

el despacho

estaba cubierto con una gruesa moqueta blanca que siempre le había parecido fea y poco higiénica, pero agradable al pisarla. Ahora serviría también para su proyecto.

Cortó con el cúter las placas de poliestireno y pegó los trozos con una espesa capa de cola.

El fuerte olor enseguida la aturdió y tuvo que abrir la ventana que daba a la calle. Era de triple vidrio, con un cristal antirruido suplementario en el exterior.

El azar como amigo.

Sonrió.

El trabajo en el suelo le llevó todo el día. Regularmente, iba a echar un vistazo al muchacho.

Una vez acabado el suelo, recubrió las juntas con cinta adhesiva.

Los tres días siguientes llegaron otras entregas de materiales de construcción y comenzó con las paredes. El viernes ya solo le quedaba el techo, que le llevó más tiempo puesto que primero tenía que colar el poliestireno y luego apuntalar la placa con planchas para sostenerla.

Mientras aguardaba a que se secara la cola, clavó unas mantas viejas en lugar de las puertas que previamente había quitado. Encoló cuatro capas de poliestireno sobre la puerta que daba al salón y cubrió los cincuenta centímetros de profundidad del marco.

Tomó un trapo viejo, lo colgó delante de la única ventana y, para mayor seguridad, pegó luego una doble capa de aislante. Acabada la habitación, cubrió el suelo y las paredes con una lona estanca.

Ese trabajo tenía un aspecto meditativo y, cuando se sentó para contemplar su obra, se sintió orgullosa.

la habitación

recibió los acabados a lo largo de la semana siguiente. Compró cuatro ruedecillas de caucho, un pestillo, diez metros de cable eléctrico, unos metros de zócalo, un casquillo y una caja de bombillas. Se hizo entregar a domicilio una colección de pesas, halteras y una sencilla bicicleta estática.

Vació todos los libros de una de las estanterías del salón, la tumbó de costado y atornilló las ruedecillas, una en cada esquina. En la parte frontal colocó un zócalo para ocultar el dispositivo y luego colocó la estantería delante de la puerta de la habitación secreta.

Acto seguido atornilló la estantería a la puerta y trató de abrir.

La puerta se deslizó sin ruido sobre las ruedas, todo funcionaba a la perfección.

Instaló el pestillo, cerró la puerta y colocó una pantalla para disimular el sencillo mecanismo de apertura.

Dispuso de nuevo todos los libros en su lugar y fue a por un delgado colchón de una de las camas del dormitorio.

Al anochecer, llevó al chaval dormido a lo que a partir de entonces sería su nueva casa.

Gamla Enskede

Lo extraño no era que el chaval estuviera muerto, sino que hubiera sobrevivido tanto tiempo. La magnitud y la naturaleza de sus heridas indicaban que debería haber muerto mucho antes de la hora de defunción determinada en el curso de las primeras constataciones. Sin embargo, algo le había mantenido con vida cuando un individuo normal habría sucumbido mucho antes.

La comisaria Jeanette Kihlberg no sabía aún nada de eso al salir marcha atrás del garaje. Y no podía sospechar ni por asomo que ese caso sería el inicio de una serie de acontecimientos que tendrían una decisiva incidencia en su vida.

Saludó a Åke por la ventana de la cocina, pero estaba al teléfono y no la vio. Este iba a pasar la mañana lavando su montón de camisetas empapadas de sudor, calcetines embarrados y calzoncillos sucios. Con una mujer y un hijo aficionados a jugar al fútbol, una de las tareas domésticas habituales era hacer funcionar la vieja lavadora al límite de su capacidad por lo menos cinco veces a la semana.

A la espera de que terminara el programa de lavado, seguramente subiría al pequeño taller instalado en el desván para ponerse con uno de los lienzos inacabados en los que trabajaba sin descanso. Era un romántico, un soñador al que le costaba concluir lo que empezaba: Jeanette había insistido varias veces para que contactara a uno de los galeristas que se habían interesado por su trabajo, pero siempre lo había descartado con aspavientos. Aún no estaba acabado. Todavía no, pero pronto lo estaría.

Y entonces, todo cambiaría.

Se haría un nombre, el dinero comenzaría a correr a raudales y por fin podrían llevar a cabo sus sueños. Arreglar la casa, viajar a donde les apeteciera.

Después de casi veinte años, ella empezaba a dudar de que eso fuera a ocurrir un día.

Mientras circulaba por Nynäsvägen, oyó un preocupante tintineo procedente de la rueda delantera izquierda. Aunque fuera negada para las cuestiones mecánicas, comprendió que algo no funcionaba en su viejo Audi y que debería dejarlo una vez más en el taller. Por experiencia, sabía también que la reparación no le iba a salir gratis, aunque el serbio de Bolindenplan trabajaba bien y barato.

El día anterior había vaciado su cuenta de ahorro para liquidar la hipoteca de la casa, cuyo pago llegaba cada trimestre con sádica puntualidad, y esperaba que esta vez pudiera reparar su coche a crédito. Ya lo había conseguido.

Una fuerte vibración en el bolsillo de su chaqueta, acompañada de la Novena de Beethoven estuvo a punto de hacer que se saliera de la carretera.

—Diga… Kihlberg al habla.

—Hola, Nenette, tenemos un asunto en Thorildsplan. —Era la voz de su colega Jens Hurtig—. Hay que ir allí inmediatamente. ¿Dónde estás?

Los gritos resonaban en el

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