Loading...

PEZ EN LA HIERBA

Ángel Gil Cheza  

0


Fragmento

ÍNDICE

 

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Prefacio

Parte primera

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Parte segunda

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Parte tercera

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Epílogo

Agradecimientos

Croquis

Sobre el autor

Créditos


 

 

 

 

A Lluïsa,

por ser mi música

PREFACIO

 

 

 

20 de marzo de 2000

 

Escuchó toser tras ella desde la nada más negra de aquel callejón y salió corriendo del parque arrojada por un terror perentorio, un miedo tal que se le cosía a la piel fría y le entorpecía los pasos. Dio de bruces contra un coche, y de él asomó una cara que le era familiar:

—¿Qué te ocurre? ¿Estás bien?

—Señor Ramón, había alguien escondido ahí, en la callejuela del parque. Le he escuchado toser y he salido corriendo.

—Sube, te llevo a casa. Este parque nunca me ha gustado. Estoy esperando a un amigo.

—He quedado al otro lado de la plaza.

—Pues sube, te acercaré en coche. —Montó en el asiento del copiloto—. Mira, ahí viene… Es un chico que me ayuda a veces con los muchachos.

Un chaval de veinte años llegó hasta el auto, y al ver el asiento ocupado montó en la parte de atrás.

—¿Qué tal, Frank? —preguntó Ramón.

—Bien, don Ramón, bien —dijo. Y luego tosió.

Ramón miró a la chica, que abrió los ojos como un pez. Desde atrás una mano le tapó la boca y le cubrió la cabeza con una bolsa de plástico que precintó con brusquedad. Pronto todo terminó.

 

 

Gemma Llop era una chica de trece años como cualquier otra. Dulce, tierna. Un poco frágil. Su imaginario era el de una niña de doce u once, y su cuerpo, el de una mujercita de catorce o quince, con sus atributos sexuales despertando, sus pechos en plena formación y dos perlas duras de caramelo por pezones. Su padre hacía tiempo que había dejado de entrar en el baño cuando ella lo estaba utilizando, también había dejado de darle besos cerca de los labios como cuando era pequeña y ahora apuntaba con pudor y nerviosismo hacia la frente, se diría que temía desear a su propia hija algún día y que esa idea no dejaba de asolar el resto de sus pensamientos cada vez que estaban a solas en la casa o se cruzaban, camino del baño, en ropa interior por el pasillo.

La pequeña Gemma fue la primera en desaparecer. Ocurrió el día en que llegó la primavera de 2000, hace ya casi catorce años. Había quedado en verse con su novio y el chico se retrasó diez minutos. Nadie la volvió a ver con vida. Fueron tres meses de conmoción para este pueblo de no más de cincuenta mil habitantes rodeado de naranjales a medio abandonar a orillas del mar Mediterráneo, Vila-real. Las chicas jóvenes dejaron de salir solas, la seguridad se reforzó en muchas casas, sobre todo, en las que pueblan el término rural desde la localidad hasta el ermitorio de la Virgen de Gracia, un paraje natural con árboles de docenas de especies diferentes, conocido como el Termet, por donde pasa el río Mijares en su último tramo y hace un meandro antes de continuar su estampida hacia el mar. En ese paisaje verde y frondoso, de geografía caprichosa, con terraplenes, cuevas, sendas y recovecos, a diferencia de la llanura que la embosca, abundan las residencias estivales por el fresco que la naturaleza desprende en las noches de verano. Aunque también en invierno hay quien habita este pequeño bosque a dos kilómetros del pueblo, y su entorno parece más bien el montañoso de un país alejado al norte que el propio valenciano de clima mediterráneo.

Desde el momento en que desapareció la joven, todo el pueblo se volcó en su búsqueda, fueron ochenta y un días de insomnio, de ruidos a medianoche, de no transitar por callejones oscuros, por los aledaños rurales. Pero lo peor estaba por venir. Imaginar qué le ha podido suceder a una chica de trece años no es peor que saberlo con certeza.

La incertidumbre anublaba toda la comarca de La Plana Baixa. Los medios de comunicación más destacados del país ya no prestaban demasiada atención a los detalles que iban envolviendo la desaparición, pero la prensa local y la provincial todavía le dedicaban un gran número de titulares y artículos. El resultado, una psicosis general, y una empatía popular hacia el dolor que sentía la familia de Gemma Llop, quienes fueron enfermando poco a poco después de aquello. Se diría que la vida transcurría con los engranajes torpes, lentos, se diría también que la primavera florecía menos, que la brisa era más trémula aquel año, más fría.

El 15 de junio, casi tres meses después de que Gemma Llop faltase a su cita, un hombre que paseaba con su perro por el paraje del Termet se alarmó cuando llevaba casi diez minutos sin ver al animal. Le llamó de un silbido, que era casi como introducirse en su cerebro y accionarle el sistema locomotor, porque aquel can era fiel y obediente sin igual, y no obtuvo respuesta alguna. Ningún ladrido de advertencia ante algo que le asustase, ni rastro del sonido de su aliento fatigado viniendo de muy lejos, ningún ruido entre la maleza que le indicara por dónde regresaba el chucho, porque no lo hacía, no respondía a la llamada. Tan solo el río, con su latir profundo, se escuchaba. El hombre comenzó a inquietarse, nada podía hacer que aquel perro desobedeciese a la llamada de manera voluntaria. Algo le debía de haber ocurrido.

—¡Setán!, ¡Setán! —vociferaba mientras recorría el sendero hacia un lado y otro sin sentido alguno.

No era un animal presto a perderse, nació siendo adulto; hay perros así, capaces de mirar a un hombre a los ojos y saber lo que piensa. Comenzaba a oscurecer y todavía no había rastro del animal. El hombre sacó un teléfono móvil del bolsillo y marcó el número de su casa con la intención de dar la v

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta