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PISCINAS VACíAS

Laura Ferrero  

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Fragmento

Estaciones de tren

Recordé los problemas matemáticos

—si un tren parte de y mientras otro tren—

y temí no encontrar la solución;

¿en qué momento, cómo, dónde vamos

a cruzarnos? ¿Podré reconocerte

a 200 km/h?

¿Sabré dejarte atrás del mismo modo

que ahora creo saber cómo augurar

tu presencia y tu trueno,

tu golpe tras el vidrio?

BEN CLARK, Desde la isla sin trenes

Leíste que los budistas tienen ochenta y nueve estados de conciencia y el dato te pareció absurdo, excesivo. Sin embargo, hace poco, ella sacó ese mismo tema mientras tomabais un café y añadió: «¿Sabías que solo tres de esos estados están relacionados con la desgracia y la tristeza?». Tú la observaste mover los labios y te escuchaste contestar, sorprendido: «¿Ah, sí? Qué interesante».

Pero no te interesaba. Seguía pareciéndote absurdo.

Aunque últimamente pasas la mayor parte de tu tiempo saltando de uno a otro de esos tres estados.

Piensas en todo esto mientras desayunas, esta vez solo, en el office. Recoges tu taza de café y te encierras en tu despacho.

Te han llamado varias veces. No soportas que te interrumpan. La directora de marketing ha entrado para hablarte de tonterías, para flirtear contigo, para contarte algo de una raqueta de pádel que se ha comprado. Le has sonreído. Sabes que le gustas y le sigues el juego. Siempre has sido así. «Y así me ha ido», sueles bromear.

Pero sabes que te ha ido bien.

Eres, como se suele decir, un tipo con suerte.

Creciste en una isla sin trenes, y ahora pasas mucho tiempo mirando a través de las ventanas de trenes que te conectan con otras ciudades, con otras vidas. Pero recuerdas que de pequeño te resultaban exóticos e incluso inexplicables, aquellos largos convoyes que avanzaban a gran velocidad. No los tuviste ni de juguete, y en algún momento llegaste a dudar si podrías reconocerlos. Los habías visto en películas, y soñabas con el ruido de trenes míticos que entraban en estaciones de ciudades de provincias. Tu tía quiso comprarte uno de juguete, pero lo rechazaste. Tú querías montarte en un tren, no necesitabas para nada una miniatura ridícula.

Vivías en una isla pequeña. Ella te dio forma a ti. Ahora, en cambio, vives en una gran ciudad. Tú le has dado forma a ella, y poco queda del mar que te vio nacer. Te pasas la vida en trenes. No te importa: te gusta estar en movimiento. Sueles mirar por la ventana y pensar en otra vida, en otro lugar. Te dices que es poético. Te gusta sentirte así. Llegar a ciudades que no son la tuya, quedarte en hoteles que no son tu casa. Habitaciones blancas y asépticas en las que desde hace

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