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POLICíA (HARRY HOLE 10)

Jo Nesbo

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Fragmento

Prólogo

Dormía allí dentro, detrás de la puerta.

El interior de la rinconera olía a madera vieja, a restos de pólvora y lubricante para armas. Cuando el sol iluminó la habitación a través de la ventana, se materializó en el agujero de la cerradura del armario una luz con forma de reloj de arena; y, cuando el sol alcanzó el ángulo exacto, le arrancó un débil destello a la pistola que había en el estante, en medio del armario.

La pistola era una Odessa rusa, una copia de la más conocida Stetchin.

Aquella arma había llevado una existencia errabunda, había viajado con los kulakí de Lituania hasta Siberia, se había desplazado entre los distintos cuarteles generales de los urki en el sur de Siberia, había sido propiedad de un atamán, de un líder cosaco, al que había matado la policía con la Odessa en ristre, antes de ir a parar a las manos de un director de prisiones de Tagil, que era coleccionista de armas. Al final, aquella pistola tan fea y llena de aristas llegó a Noruega con Rudolf Asáiev que, antes de desaparecer, y gracias al opioide llamado «violín», parecido a la heroína, monopolizó el mercado de estupefacientes de Oslo. La misma ciudad en la que el arma se encontraba ahora, y más en concreto, en la calle Holmenkollveien, en la casa de Rakel Fauke. La Odessa tenía un cargador para veinte balas del calibre Makarov 9 × 18 mm, y con ella se podían efectuar tanto disparos aislados como ráfagas. Le quedaban doce balas en el cargador.

Tres de las que faltaban las habían disparado contra traficantes albanokosovares de la competencia, pero solo una había dado en un cuerpo. Las otras dos mataron a Gusto Hanssen, un joven ladrón y traficante que había malversado el dinero y la droga de Asáiev.

La pistola aún olía a las tres últimas balas, que habían hecho impacto en la cabeza y el pecho del antiguo policía Harry Hole, precisamente durante la investigación del asesinato de Gusto Hanssen. Y, además, en el mismo lugar, la calle Hausmann, número 92.

La policía aún no había resuelto el caso de Gusto, y el chico de dieciocho años al que detuvieron en primer lugar fue puesto en libertad. Entre otras razones porque no lograron encontrar el arma homicida ni vincularlo con ella. El muchacho se llamaba Oleg Fauke y todas las noches se despertaba y se quedaba con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo los disparos. No aquellos con los que mató a Gusto, sino los otros. Los que disparó contra el policía que había sido como un padre para él durante su infancia. El policía que él soñó en su día que podría casarse con su madre, Rakel. Harry Hole. Su mirada brillaba ante Oleg en la oscuridad, y pensaba en la pistola que estaba lejos, en un armario, con la esperanza de no volver a verla nunca más en la noche. De que nadie volviera a verla nunca más. De que siguiera durmiendo eternamente.

Él dormía allí dentro, detrás de la puerta.

La habitación de hospital que mantenían bajo vigilancia olía a medicamentos y a pintura. El aparato que había a su lado registraba los latidos del corazón.

Isabelle Skøyen, la concejal de asuntos sociales del gobierno municipal, y Mikael Bellman, el nuevo jefe provincial de la policía, tenían la esperanza de no volver a verlo nunca más.

De que nadie volviera a verlo nunca más.

De que siguiera durmiendo eternamente.

1

Había sido un día de septiembre cálido y largo, con esa luz que transforma el fiordo de Oslo en plata derretida y hace que las pinceladas otoñales que ya tienen las colinas se vean refulgentes. Uno de esos días que impulsan a la gente de la ciudad a prometer que nunca, nunca se van a mudar de allí. El sol iba descendiendo detrás del barrio de Ullern, y los últimos rayos incidían horizontales sobre el paisaje, sobre casas sencillas y bajas, testimonio de los orígenes modestos de Oslo, sobre lujosos áticos cuyas terrazas hablaban de la aventura petrolífera que, de repente, había convertido al país en el más rico del mundo, sobre los drogadictos del parque Stensparken de aquella ciudad mediana y organizada donde se producían más muertes por sobredosis que en ciudades europeas ocho veces más grandes. Sobre jardines cuyas camas elásticas estaban aseguradas con redes, y los niños no saltaban más que de tres en tres, tal y como recomendaban las instrucciones de uso. Y sobre las colinas y el bosque que rodeaba la mitad de la llamada «Olla de Oslo». El sol no quería abandonar la ciudad, alargaba los rayos convirtiéndolos en dedos, como una despedida interminable a través de la ventanilla de un tren.

El día había empezado con un aire frío y claro, y con una luz intensa, como la de las lámparas de un quirófano. A medida que pasaban las horas, la temperatura fue subiendo, el cielo adquirió un azul más intenso y el aire, esa textura suave que hacía de septiembre el mes más agradable del año. Y cuando llegaba el atardecer, blando y cuidadoso, el ambiente en las zonas residenciales de la pendiente que desembocaba en el lago de Maridalsvannet olía a manzanas y a pinar tibio.

Erlend Vennesla se acercaba a la cima de la última colina. Ya notaba el ácido láctico, pero se concentró en la correcta presión vertical sobre los pedales para mantener las rodillas ligeramente hacia dentro. Porque era importante seguir la técnica correcta. Sobre todo cuando uno empezaba a cansarse y al cerebro le entraban ganas de cambiar de postura y cargar músculos más descansados pero menos eficaces. Podía sentir la rigidez del cuadro de la bicicleta, cómo absorbía y utilizaba cada vatio que le descargaba al pedalear, cómo imprimía velocidad cuando cambiaba a una marcha más larga, se ponía de pie y trataba de mantener la misma frecuencia, más o menos noventa pedaleos por minuto. Miró el indicador del pulso. Ciento sesenta y ocho. Dirigió la linterna que llevaba en la cabeza hacia la pantalla del GPS que tenía fijado en el manillar. Mostraba un plano detallado de Oslo y alrededores, y tenía un emisor activo. La bicicleta y el equipamiento adicional habían costado más de lo que un investigador de asesinatos recién jubilado debería haber gastado, quizá. Pero era importante mantenerse en forma ahora que la vida ofrecía otros retos.

Retos menores, para ser sincero.

El ácido láctico le quemaba en los muslos y en las pantorrillas. Una promesa dolorosa pero agradable de lo que le esperaba. Un banquete de endorfinas. Músculos doloridos. La conciencia tranquila. Una cerveza con su mujer en el balcón, si la temperatura no bajaba drásticamente después de la puesta de sol.

Y de pronto, allí estaba, en lo alto. La carretera se allanó y, ante su vista, se extendía el lago Maridalsvannet. Redujo la velocidad. Estaba en el campo. En realidad, resultaba absurdo pensar que después de quince minutos en bicicleta desde el centro de una capital europea uno pudiera verse de repente rodeado de granjas, campos sembrados y bosques densos atravesados por senderos que se perdían en la oscuridad de la noche. Le picaba el cuero cabelludo por el sudor debajo del casco gris oscuro de la marca Bell; solo eso le había costado tanto como la bicicleta infantil que había comprado para el sexto cumpleaños de su nieta Line-Marie. Pero Erlend Vennesla no se quitó el casco. La mayoría de los casos de muerte de ciclistas se debía a lesiones en la cabeza.

Miró el pulsómetro. Ciento setenta y cinco. Ciento setenta y dos. Una brisa bienvenida le trajo el júbilo de la ciudad, allá abajo. Debía de provenir del estadio de Ullevaal, donde se celebraba un encuentro internacional, con Eslovaquia, o Eslovenia. Erlend Vennesla se imaginó por unos segundos que los vítores eran por él. Hacía ya tiempo de la última vez que alguien lo había aplaudido. Debió de ser en la ceremonia de despedida en la sede de Kripos, la policía judicial, en Bryn. Tarta, un discurso del jefe, Mikael Bellman, que continuó luego con rumbo estable hacia el puesto de jefe provincial de la policía. Y Erlend aceptó el aplauso, los miró a los ojos, les dio las gracias e incluso notó que se le hacía un nudo en la garganta cuando llegó el momento de pronunciar su breve discurso de agradecimiento basado en datos, tal y como es tradición en el seno de Kripos. Había tenido sus éxitos y sus fracasos como investigador de asesinatos, pero había evitado cometer grandes errores. Al menos, que él supiera, de esas respuestas uno no podía estar seguro al cien por cien. Es decir, ahora que las técnicas de reconocimiento de ADN habían llegado tan lejos y que desde la jefatura habían señalado que pensaban recurrir a ellas para revisar unos cuantos casos antiguos, corrían el riesgo de obtener precisamente eso: respuestas. Respuestas nuevas. Resultados. Mientras se tratara de casos abiertos, le parecía bien; pero Erlend no comprendía por qué había que invertir recursos en hurgar en casos cerrados hacía ya mucho tiempo.

La oscuridad se volvía más compacta y, a pesar de las luces de las farolas, estuvo a punto de pasarse el indicador de madera que señalaba el acceso al bosque. Pero allí estaba. Tal y como él lo recordaba. Dejó la carretera y giró hacia un blando sendero que se adentraba en el bosque. Iba pedaleando tan despacio como podía sin perder el equilibrio. El haz de luz de la linterna del casco bañaba el sendero y se perdía en la oscura pared de abetos que flanqueaban el camino. Las sombras corrían ante él, temerosas y raudas, se transformaban y se escondían. Así se lo imaginaba él cuando trataba de ponerse en el lugar de ella. Corriendo, huyendo con una linterna en la mano, encerrada y violada durante tres días seguidos.

Y cuando, en ese mismo instante, Erlend vio la luz que se encendía ante él en la oscuridad, pensó primero que se trataba de su linterna, que allí estaba ella corriendo otra vez, y que él iba en la moto que la perseguía, y que la atrapaba otra vez. La luz que había delante de Erlend se movió de un lado a otro antes de quedarse fija en su persona. Se paró y se bajó de la bicicleta. Enfocó el pulsómetro con la linterna del casco. Ya iba por debajo de cien. No estaba mal.

Soltó la tira de la barbilla, se quitó el casco y se rascó la cabeza. Madre mía, qué gusto. Apagó la linterna, colgó el casco en el manillar y llevó la bicicleta rodando hacia la luz de la linterna. Notaba cómo el casco iba balanceándose y le iba dando en la muñeca.

Se detuvo ante la linterna, cuya luz se elevó. La intensidad del resplandor le escoció los ojos. Y, así, cegado como estaba, atinó a pensar que aún se oía respirar tranquilamente, que era extraño que tuviera el pulso tan lento. Intuyó un movimiento, algo que se elevaba por detrás del gran círculo de luz temblorosa, oyó un silbido en el aire y, entonces, se le vino a la cabeza una idea extraña. Que no debería haber hecho aquello. Que no debería haberse quitado el casco. Que la mayoría de los casos de muerte de ciclistas…

Fue como si el pensamiento mismo tartamudeara, como una alteración en el tiempo, como si la transmisión de las imágenes se hubiera interrumpido un instante.

Erlend Vennesla se quedó atónito mirando al frente y notó una gota de sudor cálido que le rodaba por la frente. Dijo algo, pero con unas palabras sin contenido, como si se hubiera producido un error en la conexión entre el cerebro y la boca. Volvió a oír el mismo silbido débil. Luego, desapareció. Se esfumaron todos los sonidos, ya ni siquiera oía su respiración. Y se dio cuenta de que estaba de rodillas, y de que la bicicleta caía despacio en la cuneta. Allí delante bailaba aquella luz amarilla, pero desapareció cuando la gota de sudor le alcanzó la nariz, le cayó en los ojos y lo cegó. Y entonces comprendió que no era sudor.

Sintió el tercer golpe como un témpano que le estuviera atravesando la cabeza, la garganta y el cuerpo. Todo se le estaba helando.

No quiero morir, pensó tratando de levantar el brazo para protegerse la cabeza pero, dado que no podía mover un solo miembro, comprendió que estaba paralizado.

El cuarto golpe no llegó a registrarlo, pero por el olor a tierra mojada, supo que estaba tendido en el suelo. Parpadeó varias veces y recobró la vista en un ojo. Delante mismo de la cara vio un par de botas enormes y sucias en el barro. Levantaban los talones y las botas se elevaban un poco del suelo, como si quien golpeaba saltara un poco. Saltaba para tener más fuerza aún en cada golpe. Y el último pensamiento que le cruzó la cabeza fue que tenía que recordar cómo se llamaba su nieta, no podía olvidar su nombre.

2

El inspector Anton Mittet cogió la taza de plástico medio llena de la Nespresso D290 roja, se agachó y la plantó en el suelo. No había ningún mueble donde colocarla. Luego volcó la caja alargada y atrapó con la mano otra cápsula, comprobó con un gesto automático que la fina tapa de papel de aluminio no estaba perforada, que de verdad estaba nueva, antes de colocarla en la cafetera. Puso una taza de plástico debajo del surtidor y presionó uno de los botones iluminados.

Miró el reloj mientras el aparato empezaba a borbotear y protestar. Pronto sería medianoche. Cambio de guardia. En casa lo estaban esperando, pero él pensó que antes debía ponerla en antecedentes, después de todo, solo era una estudiante de la Escuela de Policía. ¿Cómo se llamaba, Silje? Anton Mittet miraba el grifo. ¿Habría ido por café si no fuera una colega, sino un colega? No lo sabía, y tanto daba, había desistido de tratar de responderse a ese tipo de preguntas. Se había quedado todo tan en silencio que podían oírse las últimas gotas, casi transparentes, mientras caían en la taza. No había más color ni sabor que arrancarle a aquella cápsula, pero era importante que cayera todo, aquella sería una larga guardia nocturna para la muchacha. Sin compañía, sin acontecimientos, sin nada más que hacer que contemplar las paredes de cemento desnudas y sin pintar del Rikshospitalet. De modo que pensó que se tomaría una taza con ella antes de marcharse. Cogió las dos tazas y volvió. Las paredes le devolvían el ruido de sus pasos. Fue dejando atrás puertas y puertas cerradas con llave. Sabía que no había nada ni nadie tras ellas, solo más paredes desnudas. Con el Rikshospitalet, los noruegos habían conseguido por una vez en la vida construir para el futuro, conscientes de que seríamos más, más viejos, más enfermos, más exigentes. Pensado a largo plazo, tal y como los alemanes hicieron con sus autopistas y los suecos con sus aeropuertos. Pero los escasos automovilistas que cruzaban la campiña alemana totalmente solos por aquellas mastodónticas carreteras de asfalto en los años treinta, o los pasajeros suecos que recorrían nerviosos los vestíbulos sobredimensionados del aeropuerto de Arlanda en los años sesenta, ¿no tendrían la sensación de que aquello estaba poblado de fantasmas? Que, a pesar de que era totalmente nuevo, inmaculado, de que nadie hubiese muerto todavía en ningún accidente de tráfico terrestre o aéreo, aquello estaba poblado de fantasmas. Que, en cualquier momento, los faros del coche podían captar a una familia entera parada en el arcén mirando las luces con expresión imperturbable, ensangrentados todos, pálidos; el padre apuñalado, la madre con la cabeza mirando hacia atrás, un niño con las articulaciones de un lado amputadas. Que, de la cortina de plástico que cubre el agujero de salida de la cinta del equipaje en la sala de llegadas de Arlanda, podían salir de pronto cadáveres carbonizados, aún ardiendo, fundiéndose con la goma, profiriendo gritos mudos de aquellas bocas abiertas y humeantes. Ninguno de los médicos había sabido decirle para qué utilizarían finalmente aquella ala del edificio, lo único seguro era que, detrás de aquellas puertas, moriría gente. Ya flotaban en el aire, cuerpos invisibles de almas desasosegadas ya estaban allí ingresados…

Anton giró una esquina y entró en otro pasillo que se extendía ante él, escasamente iluminado, tan desnudo y rectangularmente simétrico que creaba una extraña ilusión óptica: la chica uniformada que había sentada en la silla al fondo del pasillo parecía una imagen pequeñita en una pared lisa allí delante.

—Toma, te he traído un café —dijo cuando la tuvo delante. ¿Veinte años? Algo más. Puede que veintidós.

—Gracias, pero me he traído el mío —dijo, y sacó un termo de la mochila que había dejado al lado de la silla. Había en su voz un tonillo casi imperceptible, los restos de un dialecto norteño, probablemente.

—Este es mejor —dijo sin retirar la mano.

Ella asintió. Lo aceptó.

—Y es gratis —dijo Anton, y se puso la mano discretamente a la espalda para frotarse los dedos quemados en el fresco material de que estaba hecha la cazadora—. Lo cierto es que tenemos una cafetera para nosotros solos. Está en el pasillo de…

—La he visto al entrar —dijo l

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