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POLVO DE SUEñOS (MALAZ: EL LIBRO DE LOS CAíDOS 9)

Steven Erikson  

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Fragmento

Presentación

¿Cuáles son las razones por las que una obra de fantasía logra atrapar la imaginación de un lector? ¿Qué combinación de elementos convierten una novela fantástica en una experiencia inolvidable, una marca indeleble en la mente de sus lectores? ¿Cómo consigue una serie de libros elevarse hasta el podio de las sagas que arrastran a miles de lectores y los convierten en meros yonquis literarios deseosos de nuevas dosis de aventura, emoción, sufrimiento o épica?

Ojalá tuviera respuestas para todas estas espinosas cuestiones. Pero después de mucho tiempo dedicado a leer, disfrutar, discutir y reseñar (lo mejor que puedo) las obras de este género literario, solo tengo claro que son muy pocos los libros que pueden enorgullecerse de despertar esa llamarada interior de gozo, esa chispa mágica del embrujo de la fantasía con mayúsculas. Y es por eso que la decalogía Malaz: el Libro de los Caídos de Steven Erikson siempre tendrá un hueco tan importante en mi corazón lector.

Después de leer y releer estas diez extensas novelas, de devorar sus miles de páginas una y otra vez acompañando en sus desvelos y afanes a soldados, ladrones, hechiceras, magos, guerreros, emperatrices y Ascendientes, tengo claro que pocas sagas de la fantasía moderna pueden igualarse con la obra creada por este osado canadiense. Aunque apenas han pasado siete años desde que su creador la completara, todo un tiempo récord para una saga de esta extensión, no cabe duda de que Malaz se ha ganado un lugar más que merecido en el podio de las obras inolvidables del género.

Y eso a pesar de que el Libro de los Caídos es tan difícilmente definible como clasificable. Tiene el encanto heroico de la Ilíada de Homero mezclada con el descarnado realismo de La Compañía Negra de Glenn Cook, es una arrebatadora fusión de historia y filosofía capaz de complacer tanto nuestro lado más adulto como de entretener al niño que todavía tenemos dentro. Es una imparable aventura épica con las dosis adecuadas de emoción, humor, dolor y alegría, una fantasía sorprendente surgida de los juegos de rol que desborda magia, mucha magia. Es todo eso y mucho más.

¿Quién de entre los malazanos, nosotros, los lectores que seguimos aquí ocho libros después, no recuerda su primer acercamiento a la saga? Todos lo tenemos grabado a fuego en nuestra memoria, y es que hay que reconocer que el inicio de la decalogía de Erikson alcanza otro nivel en cuanto a experiencia indeleble se refiere. Es difícil no rememorar con cierta añoranza cómo fue esa primera lectura de Los jardines de la Luna y lo que sentimos al vernos lanzados, sin paracaídas ni compasión, a sus páginas.

En mi caso fue gracias a una edición de bolsillo, de letra apretada, que me encontré por primera vez con esa presentación que nos hace ser testigos, en las almenas de una añeja fortaleza, de la conversación entre un veterano guerrero cansado de una vida entera dedicada al combate y un joven niño que solo sueña con convertirse en soldado. Mientras a sus pies el fuego consume un arrabal de una ciudad llamada Malaz, el veterano soldado masculla como respuesta a los sueños del niño un seco «ya crecerás» cargado de pesimismo, realismo y madurez, pero que su joven interlocutor no es capaz de captar en toda su profundidad.

Pero el lector sí que lo percibe, el que pasea sus ojos por las páginas de la novela conecta con la sensación de algo mucho más profundo, y entonces se da cuenta (quizá de una forma inconsciente todavía) de que está a punto de iniciar un viaje al corazón de la fantasía épica más rabiosa y potente. Y al mismo tiempo una fantasía con los pies bien anclados en el suelo y la realidad, una fantasía cubierta de una densa pátina de historia que soporta sobre sus espaldas el peso de decenas de civilizaciones y culturas previas.

Solo con esas primeras páginas del prólogo uno ya capta la inmensidad de lo que se avecina con Malaz: el Libro de los Caídos, de la atrevida propuesta de las diez novelas de Erikson hacia el lector curtido y criado en la fantasía épica. Es cierto que la lectura de Los jardines de la Luna es toda una prueba de fuego, que Las puertas de la Casa de la Muerte tampoco es un viaje de placer, y que ni siquiera bien entrado Memorias de hielo uno logra abarcar toda la magnitud del tapiz desplegado antes sus ojos. Pero precisamente es esa sensación de la maravilla constante lo que queremos, lo que buscamos una y otra vez en la fantasía moderna, y que cuesta tanto alcanzar en su plenitud.

Por eso lo que seduce al lector desde la exigente lectura de la primera entrega del Libro de los Caídos (y conforme la saga nos arrastra tocho tras tocho de épica fantástica) es el grandioso trasfondo en el que todo transcurre. Su poderosa ambientación y su rica historia previa funcionan como un abigarrado y realista telón de fondo para su impresionante galería de personajes. Por muy desesperante que se vuelva en ocasiones la sensación de andar perdido en un escenario mayor que no se comprende del todo, de avanzar entre insinuaciones de algo que se oculta entre bambalinas para nuestro desconcierto, el universo fantástico presentado por Erikson es tan asombroso, tan complejo y tan consistente que soporta toda la atención desmedida del lector.

Esto es algo de lo que tuvieron que ser conscientes sus propios creadores desde la misma génesis de su universo compartido. Aunque en un principio el mundo de Malaz nació como escenario donde el joven Steven Erikson (por aquel entonces todavía solo Steven Rune Lundin) y su amigo de universidad Ian Cameron Esslemont pudieran jugar sus partidas de rol, muy pronto quedó claro que el escenario, la ambientación y los personajes se quedaban cortos solo para eso. Aquella densa y abigarrada historia creada por estos dos canadienses y cimentada sobre sus numerosas lecturas de fantasía, sus interminables partidas de Dungeons & Dragons y sus amplios conocimientos de arqueología y antropología, daba para mucho más. ¡Y vaya si daba!

Su ambición juvenil los llevó a convertir su mundo privado en la ambientación para un guion cinematográfico. Cuando trataron de venderlo a diversas productoras canadienses se estrellaron de forma inmisericorde contra un muro de rechazos («¡En Canadá no hacemos cosas así!», les respondieron para desestimar su proyecto, algo no muy diferente de lo que les habría ocurrido si fueran españoles). Pero fue gracias a esto que ambos amigos decidieron aprovechar el exuberante universo malazano para convertirlo en las novelas de fantasía épica que todos conocemos, embarcándose Erikson en la creación de la impresionante decalogía Malaz: el Libro de los Caídos y Esslemont en la no menos ambiciosa Malaz el Imperio. Por los huevos del Embozado, nunca podremos estar lo suficientemente agradecidos al desinterés de esos productores cinematográficos y al tesón de los dos amigos canadienses.

Desde entonces la ambición y el asombro constante son las banderas que ondean sobre este universo literario en continua ebullición. Las diversas novelas de Malaz han construido a su alrededor un rico y multifacético entramado donde la historia es un denso tapiz que se ha desarrollado durante milenios y milenios, del que dejan buena constancia la multitud de ruinas y restos que pueblan su geografía. Mientras el lector avanza en la odisea del Libro de los Caídos es consciente de cómo las civilizaciones han surgido y caído en diversos continentes, de como multitud de razas y culturas se solapan, se enfrentan o se fusionan, o es testigo de la lucha de los reinos y los imperios por su supervivencia mientras se siente apabullado por la existencia de una magia poderosa y deslumbrante. Una magia que se convierte en la piedra angular de la misma existencia de Malaz, donde los diversos Ascendientes y los secretos que ocultan las Sendas mágicas son elementos clave en un drama de proporciones homéricas que pone en riesgo la existencia de mortales e inmortales por igual.

Al mismo tiempo, las novelas de la saga nos ofrecen un sugestivo reflejo de nuestra historia y lo que significa ser humano. Solo un antropólogo con una visión tan lúcida de la realidad como Erikson podría diseccionar con tanta habilidad las costuras de la existencia humana y los ciclos históricos. Y por eso resulta tan fascinante que sea Malaz (una obra de género fantástico, al que algunos críticos cortos de miras todavía se empeñarán en tildar de pura evasión o de literatura menor) la que logre presentar reflexiones tan acertadas sobre temas tan diversos como el capitalismo, el radicalismo religioso, la guerra, el totalitarismo o la intolerancia, por citar solo un puñado.

En su Libro de los Caídos Erikson examina con ojo crítico muchos de los peligros que pueblan nuestro mundo real, pero manteniendo un optimismo, siempre realista, respecto de la humanidad. El escritor canadiense deja brillar un rayo de esperanza al exaltar valores tan escasos y valiosos como el compañerismo o la compasión. Sin duda, un raro espécimen de autor en una época dominada por una fantasía oscura que en ocasiones parece más preocupada en mostrar la brutalidad porque sí que en explorar su corazón más profundo, sus razones últimas. Malaz sí que se molesta en escarbar en busca de esas preguntas incómodas, y el lector no puede por menos que sentirse agradecido por esa honestidad.

Reflexionaba al comienzo sobre cuáles son los elementos que convierten una novela de fantasía en una obra inolvidable. Es cierto que el complejo entramado histórico, cultural y mágico creado por Erikson para Malaz resulta de un atractivo infalible para el lector veterano en los mundos fantásticos, pero me atrevería a decir que su mayor punto fuerte es otro. Lo que de verdad logra establecer una conexión directa con el corazón del lector son, como no podía ser de otra manera, sus personajes.

El Libro de los Caídos nos presenta una extensa galería de protagonistas de todo género, raza, cultura y condición: de ladrones callejeros a dioses ancestrales, de humildes hechiceras a bárbaros guerreros, de sacerdotes descreídos a temerarios zapadores,... Cada nueva novela de la saga añade multitud de nombres al complejo entramado tejido por Erikson, pero todos ellos gozan de la misma seña de identidad: son profundamente humanos. Sin importar si son dioses o mortales, si son heroicos soldados o miserables canallas, todos ellos nos muestran sus flaquezas y debilidades, sus sueños y animadversiones. Desnudan su alma ante nosotros y acabamos identificándonos con unos u otros. Solo así se entiende que Erikson consiga que sintamos una simpatía inusitada por un guerrero no-muerto con milenios de existencia que es poco más que un cadáver andante, al tiempo que despierta nuestra aversión más profunda por el comportamiento execrable de otros seres humanos. El Libro de los Caídos nos atrapa porque es una narración que pone el énfasis en lo que nos hace humanos, en sentimientos que todos podemos compartir o comprender: amistad, compasión, sacrificio, empatía, odio, venganza, heroísmo, amor, redención,...

Es gracias a todo esto que aquí seguimos todos, ocho libros y más de siete mil páginas después. Hay que reconocer que los lectores de Malaz tenemos algo de masoquistas, y que el estilo de Erikson nos pone. Solo así se entiende que estemos aquí pidiendo más. Por suerte para nosotros, el universo malazano sigue creciendo año a año, en lo que parece una especie de competición cariñosa entre Erikson y Esslemont, esos dos amigos empeñados en poblar las librerías con nuevas entregas en forma de precuelas o secuelas de sus sagas principales.

En un mundo literario donde algunas sagas se estancan durante años haciendo desesperar a sus lectores a la espera de nuevas novelas, Malaz es una «rara avis» que siempre tiene listas nuevas dosis para el lector que desea disfrutar más, o explorar nuevas facetas y nuevos periodos de su extensa historia. Sin ir más lejos, mientras escribo estas líneas Erikson ya está inmerso en la creación de una nueva trilogía que será una secuela directa de este Libro de los Caídos. Los malazanos podemos estar tranquilos, porque nuestro mundo fantástico está en unas manos constantes y fiables, que disfrutan escribiendo sus historias tanto como nosotros leyéndolas.

Pero ya es hora de que vaya terminado. «Demasiadas palabras», como diría Karsa Orlong, y todos sabemos que es mejor hacer caso de la tosca sabiduría del toblakai. En realidad todo esto lo conocéis tan bien como yo, y si habéis tenido la suficiente paciencia de leer estas líneas es porque esta impresionante saga forma parte de vuestra vida y seguro que ocupa un hueco imborrable en vuestros corazones. Y ahora por fin tenéis en vuestras manos Polvo de sueños, esos sueños que nos han acompañado durante mucho tiempo y sobre los que ahora vais a caminar página tras página. Así que sentaos cómodamente, acunando en vuestras manos esta nueva bestia de más mil páginas, y preparaos para degustar con deleite (y atención, siempre con mucha atención a los detalles) cada uno de sus párrafos. Ha sido un largo camino, una larga espera, pero como sabéis bien, Malaz siempre recompensa con creces la paciencia de su lector.

Aquí están de vuelta algunos de esos personajes que nos han acompañado por un largo (y difícil, muy difícil) camino, otros nuevos llegan ahora para que los podamos conocer; antiguos misterios van a encontrar respuesta mientras otros nuevos secretos surgirán a nuestro paso. Preparad las ballestas de combate, aseguraos de tener cerca un par de malditos y algún fullero. Ya sabéis cómo juega Erikson sus cartas, cómo cocina a fuego lento sus historias colocando con cuidado pieza tras pieza, urdiendo con cuidado el tapiz hasta alcanzar el gran clímax final. Preparaos para disfrutar y sufrir, para sorprenderos y enfadaros, para esbozar sonrisas de placer y dejar que las lágrimas escapen de vuestros ojos. Esto es Malaz: el Libro de los Caídos. Pero sobre todo disfrutad del viaje, disfrutad la aventura. Y larga vida a Malaz.

Daniel Garrido, creador del blog

El caballero del árbol sonriente

Nota del autor

Está claro que se me conoce por escribir tochos que podrían sujetar puertas, la conclusión de Malaz: El Libro de los Caídos siempre iba a necesitar, en mi mente, algo más de lo que la tecnología moderna de edición podría lograr. Hasta la fecha he evitado escribir cliffhangers, principalmente porque como lector siempre me ha resultado molesto la espera para descubrir qué ocurre. Ay, Polvo de sueños es la primera mitad de una novela en dos tomos que concluirá con El Dios Tullido. Por lo tanto, si buscas conclusiones a varios arcos argumentales, no los encontrarás aquí. Además, ten en cuenta que no hay epílogo y que, estructuralmente, Polvo de sueños no sigue el arco tradicional de una novela. Todo lo que puedo pedirte es que, por favor, tengas paciencia. Sé que puedes: al fin y al cabo, has esperado todo este tiempo, ¿no es así?

Steven Erikson

Victoria, B.C.

Dramatis Personae

Los malazanos

Consejera Tavore

Mago supremo Ben el Rápido

Puño Keneb

Puño Blistig

Capitana Lostara Yil

Banaschar

Capitán Generoso

Capitana Skanarow

Capitán Faradan Sort

Capitán Ruthan Gudd

Capitán Rápido

Capitán Incluso Ron

Teniente Poros

Peccado

Larva

Los escuadrones

Sargento Violín

Cabo Chapapote

Koryk

Sonrisas

Botella

Corabb Bhilan Thenu’alas

Sepia

Sargento Gesler

Cabo Tormenta

Narizcorta

Destello de Ingenio

Cachipolla

Sargento

Sargento Cordón

Cabo Casco

Cojo

Ebron

Crujido (Jambadar Tronco)

Sargento Hellian

Cabo

Cabo Pejiguero

Cabo Sinaliento

Balgrid

Quizás

Sargento Bálsamo

Cabo Oloramuerto

Rebanagaznates

Contramano

Sargento Thom Tissy

Tulipán

Chorrogaviota

Sargento Urb

Cabo Reem

Masan Gilani

Lametazo de Sal

Sargento Sinter

Cabo Pravalak Borde

Miel

Correa Ponche

Bajío

Miratrás

Sargento Badan Gruk

Cabo Fruncido

Roce

Nep Surco

Reliko

Inmenso Vacío

Sargento Remilgo

Cabo Besadónde

Mulvan Pavor

Neller

Muertecalavera

Sacaprimero

Setomuerto

Alquimista Bavedicto

Sargento Alborada

Sargento Mosqueta

Cabo Mantequitas

Cabo Garrafones

Sargento Ojoflaco

Cabo Costilla

Bulto

Los khundryl

Caudillo Hiel

Hanavat (esposa de Hiel)

Jarabb

Sidab

Hanab

Kastia

Yelk

Ganap

Rafala

Shelemasa

Vedith

Los perecederos yelmos grises

Espada mortal Krughava

Yunque del escudo Tanakalian

Destriant Run’Thurvian

Los bolkando

Canciller Rava

Conquistador Avalt

Princesa Felast

Reina Abrastal

Hethry

Gaedis

Los letherii

Rey Tehol

Reina Janath

Canciller Bicho

Ceda Bicho

Tesorero Bicho

Preda Norlo Trumb

Fifid

Spanserd

Seren Pedac

Yan Tovis (Crepúsculo)

Yedan Derryg (la Guardia)

Sargento Tropo

Harlest Eberict

Brys Beddict

Atri-ceda Aranoche

Shurq Elalle

Shorgen Kaban

Ublala Pung

Bruja Tirón

Bruja Chapoteo

Sucinta

Piedad

Rucket

Urso Hoobutt

Pinosel

Explorador Henar Vyrgulf

Cabo lancero Odenid

Cabo Ginast

Los barghastianos

Caudillo Onos Toolan

Hetan

Stavi

Storii

Comandante Stolmen

Sekara la Vil

Brujo Cafal

Talamandas

Strahl

Bakal

Comandante Maral Eb

Zaravow

Benden Ledag

Tajopiel Ralata

Hessanrala

Setoc de los Lobos

Kamz’tryld

Talt

Bedit

Riggis

Sagal

Kashat

Spax

Toc el Joven

Sathand Gril

Balamit

Jayviss

Hega

Krin

Yedin

Corit

Estaral

Faranda

Spultatha

Los akrynnai

Cetro Irkullas

Gavat

Ildas

Inthalas

Sagant

Los forkrul assail

Inquisidora Tajo

Hermana Desdén

Hermano Sagaz

Hermana Condena

La serpiente

Rutt

Held

Badalle

Visto

Saddic

Brayderal

Imass

Onrack

Kilava

Ulshun Pral

T’lan imass

Lera Epar

Kalt Urmanal

Rystalle Ev

Brolos Haran

Ilm Absinos

Ulag Togtil

Nom Kala

Inistral Ovan

Kebralle Korish

Thenik el Fragmentado

Urugal el Tejido

Beroke Suavevoz

Kahlb el Cazador silencioso

Halad el Gigante

Los jaghut

Varandas

Haut

Suvalas

Burrugast

Gedoran

Gathros

Sanad

K’chain che’malle

Matrona Gunth’an Acyl

Centinela j’an Bre’nigan

Cazador k’ell Sag’Churok

Hija Única Gunth Mach

Cazador k’ell Kor Thuran

Cazador k’ell Rythok

Asesino shi’gal Gu’Rull

Sulkit

Destriant Kalyth (Elan)

Otros

Silchas Ruina

Rud Elalle

Telorast

Cuajo

El Errante (Errastas)

Nudillos (Sechul Lath)

Kilmandaros

Reposo

Mael

Olar Ethil

Udinaas

Icarium Robavida

Draconus

Ryadd Eleis

Sheb

Taxilian

Veed

Asane

Aliento

Último

Nappet

Rautos

Sandalath Drukorlat

Withal

Mape

Corteza

Pule

Torcido

Cucaracha

Cartógrafo

Mappo Runt

Rezongo

Amby

Vahído

Preciosa Dedal

Prólogo

Llanura Elan, oeste de Kolanse

Hubo luz, y después hubo calor.

Se arrodilló, tomó con cuidado cada frágil pliegue con las manos, asegurándose de que cada doblez era perfecta, de que ni una pequeña parte del bebé quedaba expuesta al sol. Le puso la capucha hasta que no quedó nada más que un hueco del tamaño de un puño por donde asomaba la carita, los rasgos de la pequeña eran borrones grises en la oscuridad, y entonces él la levantó con cuidado y la acunó con el brazo izquierdo. No había dificultad alguna en ello.

Habían acampado cerca del único árbol que había en cualquier dirección, pero no bajo este. Era un árbol gamleh, y los gamleh estaban enfadados con la gente. Durante el crepúsculo de la noche anterior, las ramas habían estado repletas de hojas grises ondeantes, por lo menos hasta que se acercaron. Por la mañana las ramas estaban peladas.

De cara al oeste, Rutt estaba de pie sosteniendo a la bebé que había llamado Held. La hierba carecía de colores. En algunos lugares había sido rasgada por el viento seco, viento que había arrancado la tierra alrededor de las raíces y había expuesto los pálidos bulbos, para que las plantas se marchitaran y murieran. Cuando ya no había polvo ni bulbos, a veces quedaba la grava. Otras veces tan solo era lecho de roca, negro y retorcido. Los elan de la llanura perdían su cabello, pero era algo que Badalle hubiera dicho, sus ojos verdes fijos en las palabras de su cabeza. No cabía duda de que ella tenía un don, pero Rutt sabía que algunos dones eran maldiciones disfrazadas.

Badalle se acercó, los brazos quemados por el sol eran tan delgados como cuellos de cigüeña, las manos colgaban a los lados cubiertas de polvo, parecían sobredimensionadas en comparación a los flacuchos muslos. Sopló para espantar a las moscas que le mordisqueaban la boca y entonó:

«Rutt sujeta a Held

La cubre con cuidado

Por la mañana

Y después se alza...»

—Badalle —saludó él. Sabía que ella no había terminado el poema, pero también sabía que no tenía prisa alguna—, todavía estamos vivos.

Ella asintió. Estas breves palabras se habían convertido en un ritual entre ellos, aunque el ritual nunca había perdido los tintes de sorpresa, el leve recelo. Los quiebrahuesos habían sido especialmente duros con ellos la pasada noche, pero las buenas noticias era que quizás habían dejado a los Padres atrás.

Rutt reacomodó al bebé que había llamado Held en su brazo, y salió renqueante por los pies hinchados. Al oeste, hacia el corazón de los elan.

No necesitaba mirar atrás para ver que los demás le seguían. Aquellos que podían. Los quiebrahuesos vendrían a por los demás. No había pedido ser la cabeza de la serpiente. No había pedido nada, pero era el más alto y puede que el mayor. Quizá tenía trece, o quizá catorce.

Tras él, Badalle recitó:

«Y comienza a andar

Aquella mañana

Con Held en sus brazos

Y la cola retorcida

Serpentea hacia fuera

Como una lengua

Del sol.

Necesitas la lengua

Más larga

Cuando buscas

Agua

Como le gusta hacer al sol...»

Badalle lo observó un rato, vio cómo los otros seguían su estela. Se uniría a la serpiente retorcida muy pronto. Sopló las moscas, pero no tardaron en volver, apelotonándose alrededor de las llagas que le cubrían los labios, dando saltitos para chupar las comisuras de los ojos. Ella había sido hermosa, con aquellos ojos verdes y el largo cabello de mechones dorados. Pero la belleza consiguió sonrisas por un tiempo limitado. Cuando la alacena queda vacía, la belleza se difumina.

—Y las moscas —susurró—, trazan patrones de sufrimiento. Y el sufrimiento es horrendo.

Observó a Rutt. Era la cabeza de la serpiente. También era los colmillos, pero aquel detalle se lo reservaba para sí misma, su broma privada.

La serpiente había olvidado cómo comer.

Había estado entre los que habían llegado del sur, de las casas semejantes a cáscaras vacías de Korbanse, Krosis y Kanros. Incluso las islas de Otpelas. Algunos, como ella, habían caminado por toda la costa del Mar Pelasiar, y después hasta el límite de Stet al oeste, que antaño había sido un gran bosque, y allí descubrieron la ruta de madera, Senda Tocón la llamaban en ocasiones. Árboles talados a ras para dejar círculos planos, acumulados en larguísimas filas. Otros niños habían llegado de la propia Stet, habían seguido el antiguo lecho de rocas del arroyo, avanzando a través de la grisácea masa de árboles caídos y podridos y arbustos enfermos. Había señales que alertaban de que Stet había sido un bosque acorde a su antiguo nombre, Bosque Stet, pero Badalle no estaba convencida del todo. Todo lo que alcanzaba a ver era un erial, destrozado y maltratado. No quedaban árboles en pie por ninguna parte. La llamaban SendaTocón, pero en otros tiempos había sido la Senda del Bosque, era una broma demasiado privada.

Quedaba claro que alguien había requerido una gran cantidad de árboles para construir la carretera, así que quizá sí que hubo un bosque aquí. Aunque ahora ya no estaba.

En el extremo norte de Stet, de cara a la llanura Elan, había llegado otra columna de niños, y un día más tarde otra se les unió, del norte, desde Kolanse, y a la cabeza de esta viajaba Rutt. Cargaba con Held. Alto, hombros, codos, rodillas y tobillos protuberantes y la piel que los cubría flácida y tensa. Tenía unos ojos grandes y luminosos. Todavía conservaba todos los dientes, y cuando llegó la mañana, cada mañana, estaba allí, a la cabeza. Los colmillos, y el resto se limitaba a seguirlo.

Todos creían que él sabía adónde iban, pero no le preguntaron, ya que la creencia era más importante que la verdad, la cual era que él estaba tan perdido como el resto.

«Todo el día Rutt sujeta a Held

Y la mantiene

En su sombra.

Es difícil

No amar a Rutt

Pero Held no

Y nadie ama a Held

Excepto Rutt.»

Visto provenía de Okan. Cuando los muertos de hambre y los huesudos Inquisidores llegaron a la ciudad su madre lo azuzó a que saliera corriendo, agarrado de la mano de su hermana dos años mayor que él, y habían huido por las calles entre edificios en llamas y gritos que inundaban la noche y los muertos de hambre entraban a golpes en las casas, sacaban a la gente a la calle y les hacían cosas horribles, mientras que los huesudos lo observaban y decían que era necesario, todo lo que aquí sucedía era necesario.

Arrancaron a su hermana de sus manos, y fue su grito el que todavía sonaba en su cráneo. Cada noche desde entonces le había afligido durante el periodo completo de sueño, desde el instante en que caía rendido por el cansancio hasta que se despertaba ante el pálido rostro del amanecer.

Corrió durante lo que le pareció una eternidad, al oeste y lo más lejos posible de los muertos de hambre. Comió lo que encontró, le empujaba la sed, y cuando puso tierra entre él y los muertos de hambre los quiebrahuesos aparecieron. Enormes manadas de perros demacrados con ojos enrojecidos y sin miedo a nada. Y entonces los Padres, cubiertos de negro de la cabeza a los pies, caían sobre los andrajosos campamentos junto a los caminos y secuestraban niños. En una ocasión, él y unos cuantos más se cruzaron con uno de sus antiguos almacenes nocturnos y vieron con sus propios ojos los huesecillos astillados y manchados de azul y gris entre los rescoldos de la hoguera apagada, entonces comprendieron lo que los Padres les hacían a los niños que se llevaban.

Visto recordó la primera vez que vio el Bosque Stet, una hilera de colinas peladas repletas de tocones hechos trizas, raíces que le recordaron a una de las fosas comunes que rodeaban la ciudad que fue su hogar y que abandonó antes de que la última pieza de ganado fuera sacrificada. Y en aquel instante, observó lo que había sido un bosque y se dio cuenta de que el mundo estaba muerto. No quedaba nada y no había lugar alguno al que ir.

Y aun así siguió adelante, ahora uno más entre lo que debían de ser decenas de miles, puede que incluso más, una carretera de niños que se medía a leguas de longitud, y por todos aquellos que habían muerto en el camino, otros les habían reemplazado. Jamás hubiera imaginado que existían tantos niños. Eran como un enorme rebaño, el último gran rebaño, la única fuente de alimento para los últimos cazadores desesperados.

Visto tenía catorce años. Todavía no había comenzado a dar el estirón, y ahora ya no lo daría jamás. Su tripa estaba abotargada y dura como una piedra, sobresalía de tal forma que su columna se doblaba profundamente por encima de la cadera. Caminaba como una embarazada, los pies abiertos, los huesos doloridos. Estaba lleno de parásitos satra, los gusanos en el interior de su cuerpo nadaban sin fin y engordaban con cada día que pasaba. Cuando estuvieran listos (pronto) brotarían de él. De las fosas nasales, de los lagrimales, de los oídos, del ombligo, del pene y del ano y de la boca. Y para los testigos parecerá que se desinfla, la piel se arrugará y se derrumbará en ondulantes pliegues a lo largo de su cuerpo. Será como si, en un instante, se transformara en un viejo. Y entonces morirá.

Visto estaba casi impaciente por que ocurriera. Esperaba que los quiebrahuesos se comieran su cuerpo y con él los huevos que los parásitos satra habían dejado en este, para que de este modo, murieran. Mejor aún, Padres. Pero no eran tan estúpidos, estaba seguro de ello, así que no tocarían su cuerpo. Una lástima.

La serpiente dejaba atrás el Bosque Stet y el camino de madera que dio paso a una polvorienta ruta comercial repleta de baches, que se internaba en los elan. Por lo tanto, moriría en la llanura, y su espíritu escaparía de aquella cosa encogida que era su cuerpo, y emprendería el largo viaje de vuelta a casa. A encontrar a su hermana. A encontrar a su madre.

Su espíritu ya estaba cansado, cansadísimo de caminar.

Al final del día, Badalle se obligó a trepar un antiguo túmulo elan con el vetusto árbol en el otro extremo (las hojas grises ondeaban) desde donde podía darse la vuelta, mirar hacia el este, y ver tan lejos como alcanzara la vista, el camino que habían recorrido aquel interminable día. Más allá de la masa del campamento desparramado, vio una ondulante línea de cuerpos que se extendía hasta el horizonte. Había sido un día especialmente malo, demasiado calor, demasiado seco, la única poza de agua era un nauseabundo lodazal de barro envenenado infestado de cadáveres putrefactos de insectos que sabía a pescado muerto.

Ella se levantó y miró durante un buen rato la ondulante longitud de la serpiente. Aquellos que habían caído por el camino no eran apartados, se limitaban a pisar o a tropezar con los cuerpos, y ahora la ruta era una carretera de carne y hueso, ondeantes mechones de pelo y, esto lo sabía ella, ojos que miraban con fijeza. La Serpiente de las Costillas. Chal Managal en el idioma de los elan.

Sopló las moscas de los labios.

Y recitó otro poema.

«Esta mañana

Vimos un árbol

De hojas grisáceas

Y cuando nos acercamos

Las hojas desaparecieron.

Al mediodía el chico sin nombre

Sin nariz

Cayó y no se movió

Y descendieron las hojas

A alimentarse.

Al anochecer otro árbol

Trémulas hojas grises

Preparándose para la noche

Al llegar la mañana

Volarán de nuevo.»

Ampelas enraizado, las Tierras Yermas.

La maquinaria estaba cubierta de polvo grasiento que resplandecía en la oscuridad con el leve brillo de la linterna que se deslizó por encima, creó movimiento donde no había alguno, la ilusión del silencioso descenso, como las escamas reptilianas que parecían, como siempre, cruelmente apropiadas. Respiraba con dificultad al mismo tiempo que se apresuraba por el estrecho pasillo, se agachaba de vez en cuando para evitar los gruesos cables negros que colgaban del techo. Le picaba la nariz y la garganta por el aire estancado de un fétido y hediondo olor metálico. Rodeada por las entrañas expuestas de Raíz, se sintió asediada por el incognoscible e ilimitado misterio del nefasto arcano. Y aun así había convertido estos túneles oscuros y abandonados en su caza preferida, conocedora de sostener motivaciones autorrecriminatorias que la habían guiado hasta tales elecciones.

La Raíz atraía a los perdidos, y Kalyth estaba, sin duda alguna, perdida. No es que no pudiera encontrar el camino entre los infinitos y retorcidos pasillos, o a través de la vasta cámara de silenciosas máquinas congeladas, esquivó los pozos del suelo sobre los cuales jamás se habían instalado losas, y se apartó del caos de metal y cables desparramados de paredes sin paneles. No, conocía la zona tras meses de deambular por ella. Aquella maldición de perplejidad desesperanzadora e indefensión pertenecía a su espíritu. No era quien querían que fuera, y nada que dijera podría convencerles de lo contrario.

Había nacido en una tribu de la llanura Elan. Había crecido hasta la edad adulta allí, de niña a chica, de chica a mujer, y no hubo nada que la señalara, nada que la identificara como única, o con un don de talentos inesperados. Se casó un mes después de tener la primera sangre. Había dado a luz a tres niños. Casi había amado a su marido, y había aprendido a vivir con aquella leve decepción constante, mientras que la belleza de la juventud daba paso a una maternidad agotadora. Era cierto que había vivido una vida idéntica a la de su propia madre, por lo que había visto con claridad (sin uso de talento especial alguno) el camino de su vida por delante, la pérdida de la flexibilidad, profundas líneas cubriéndole la tez, los pechos caídos, la miserable debilidad de la vejiga. Y algún día se descubriría incapaz de caminar, y la tribu la abandonaría donde fuera. Para que muriera en soledad, ya que morir siempre era algo solitario, como debe ser. Los elan tenían más cabeza que los sedentarios de Kolanse, con sus criptas y los tesoros sepultados para los muertos, con los sirvientes familiares y los consejeros degollados en los pasillos del sepulcro, sirvientes más allá de la propia vida, sirvientes para toda la eternidad.

Todo el mundo moría en soledad, al fin y al cabo. Una certeza muy simple. Una verdad que nadie tenía que temer. Los espíritus aguardaban antes de juzgar a un alma, esperaban a que esa alma (en la soledad de la muerte) se juzgara a sí misma, sobre la vida que había vivido, y si extraía paz de ello entonces los espíritus mostrarían clemencia. Si el tormento cabalgaba la Yegua Salvaje, por qué sabían pues los espíritus cómo igualarlo. Cuando el alma se encontraba a sí misma, al fin y al cabo, era imposible mentir. Los argumentos embaucadores que resuenan con mentiras, la frágil debilidad demasiado obvia como para ignorarla.

Había sido una buena vida. Lejos de ser perfecta, pero tampoco infeliz. Una vida que se podría definir como satisfactoria, e incluso el resultado se demostraba informe y falto de significado.

No había sido ninguna bruja. No había tenido el aliento de un chamán, por lo tanto jamás sería Jinete del Caballo Moteado. Y cuando el final de esa vida había llegado para ella y los suyos, en una mañana de horror y violencia, todo lo que demostró entonces fue un maldito egoísmo; al negarse a morir, al huir de todo lo que había conocido.

Esto no eran virtudes.

No disponía de virtudes.

Alcanzó la escalera central en espiral (cada paso demasiado liviano, demasiado amplio para zancadas humanas) y salió disparada, el aliento se volvía más superficial y rápido debido al esfuerzo a medida que ascendía nivel tras nivel, hacia arriba y fuera de Raíz, e internándose en las cámaras más profundas de Sustento, donde hacía uso de la rampa de contrapeso que la elevaba con una plataforma vertical a través de inquietos grupúsculos de hongos, los rediles apelotonados de orthen y grishol, que se detenían entre chirridos y escalofríos en la base del nivel del Vientre. Aquí, la cacofonía de la juventud la asoló, los chillidos siseantes de dolor mientras se llevaban a cabo las espantosas cirugías (así como los destinos se decretaban en sabores amargos) y, al haber alcanzado cierta medida con su paso, se apresuró a ascender más allá de los niveles de terrible rabia, el hedor de los residuos y el pánico que brotaba como aceite sobre cuero reblandecido entre siluetas que se retorcían por todas partes. Siluetas que se preocupó de evitar mirar, se dio prisa a llevarse las manos a los oídos.

De Vientre a Corazón, donde ahora cruzaba entre figuras gigantescas que no le prestaban atención, y por cuyos caminos tenía que agacharse y esquivar por temor a que la pisaran con las pezuñas engarfiadas. Soldados ve’gath montaban guardia junto a la rampa central. La doblaban en altura y parecían la vasta maquinaria de la Raíz que había en lo profundo vestidos con aquellas armaduras arcanas. Visores de rejilla decorados ocultaban las caras excepto los colmillos que sobresalían de los hocicos, y la línea de las mandíbulas que les daba unas sonrisas espantosas, como si el propósito implícito de su nacimiento les encantara. Más incluso que los j’an o los k’ell, los verdaderos soldados de los k’chain che’malle asustaban a Kalyth hasta lo más profundo de su ser. La matrona los producía en grandísimas cantidades.

No había necesidad de más pruebas, la guerra se cernía.

El hecho de que los ve’gath provocaran un intenso dolor en la matrona, cada embestida para salir convertida en un chorro de sangre y un fluido acre, se había convertido en algo irrelevante. La necesidad, como bien sabía Kalyth, era la maestra más cruel de todas.

Ninguno de los soldados que montaban guardia bloquearon su paso al entrar. La piedra plana que pisaba estaba repleta de pequeños agujeros pensados para que las garras encontraran sujeción y a través de los cuales el aire fresco soplaba a su alrededor. El descenso de la temperatura ambiental en la rampa era obvio que servía de algún modo para calmar el miedo instintivo que experimentaban los k’chain ante la transmisión de gritos y gemidos que subían de los niveles del Corazón hasta los Ojos, la Guarida Interior, Nido Acyl y hogar de la propia matrona. Aunque al cruzar la rampa ella sola la presión del mecanismo era menos pronunciada, escuchó poco más que el aire que soplaba y que la desorientaba con una sensación de caída a pesar de que ella corría rampa arriba, y el sudor en las extremidades y en las cejas se enfrió rápidamente. Temblaba cuando la rampa se detuvo ante la base del nivel de los Ojos.

Centinelas j’an observaron su llegada desde los pies de la escalera que formaba una media espiral que conducía al Nido. Como con los ve’gath, estos parecían bastante indiferentes a su presencia. Sin duda estaban alertados de que había sido llamada, pero incluso así no la verían como una amenaza, aunque hubieran sido criados por la matrona para proteger. Kalyth no solo era inofensiva; era inútil.

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