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PREDESTINADOS

Minnie Darke  

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Fragmento

 

¡De qué maravillosos triángulos son ápices las estrellas! ¡Qué seres distantes y diferentes en las varias mansiones del universo contemplan lo mismo a la vez!

HENRY DAVID THOREAU

La astrología es como la gravedad. No tienes que creer en ella para que funcione en tu vida.

Zolar’s Starmate

 

No existe una pasión en la tierra que iguale la de cambiar un borrador escrito por otro. Ni el amor ni el odio la superan.

H. G. WELLS

acuario

 

Nicholas Jordan no nació bajo un cielo estrellado, sino en el hospital Edenvale, un modesto edificio de ladrillo rojo a las afueras de un pueblo con cuatro bares, ninguna oficina bancaria, una piscina, seis centros recreativos y unas restricciones de agua durante los veranos que todos lamentaban amargamente. El hospital estaba rodeado de parterres de buganvillas rosas y zonas rectangulares de césped sediento. En el nacimiento de Nick, el cielo que había sobre su tejado de cinc caliente era de un azul abrasador, lo habitual en un mediodía de febrero en el hemisferio sur.

Pero las estrellas estaban ahí. Lejos, más allá del calor sin nubes de la troposfera, de la capa de ozono de la estratosfera, de la mesosfera y la termosfera, la ionosfera, la exosfera y la magnetosfera, pero estaban. Eran millones, formando un patrón en la oscuridad y orbitando hasta colocarse en la configuración precisa que iba a quedarse grabada para siempre en el alma de Nicholas Jordan.

En las horas que siguieron al nacimiento de su hijo, Joanna Jordan (aries, dueña y única empleada de la peluquería Edenvale’s Uppercut, delantera del equipo de netball de las Edenvale Stars con una puntería increíble, y ganadora en dos ocasiones del título de Miss Eden Valley) no pensó en las estrellas. En su habitación individual del ala de maternidad, desaliñada pero exultante de felicidad, no podía dejar de mirar, embelesada, la cara del pequeño Nick, buscando influencias de una naturaleza más terrenal.

—Tiene tu nariz —le dijo en voz baja a su marido.

Y estaba en lo cierto. El bebé tenía una réplica perfecta en miniatura de la nariz, que tan bien conocía y tanto quería, de Mark Jordan (tauro, defensa de anchos hombros de los Australian Rules reconvertido en asesor financiero que vestía habitualmente polos, amante de la tarta de queso al horno y profundo admirador de las mujeres de piernas largas).

—Pero también tiene tus orejas —respondió Mark mientras apartaba el pelo oscuro que cubría la cabeza del recién nacido, Nick, lo que le hizo darse cuenta de lo enormes que se veían sus propias manos en comparación.

Joanna y Mark siguieron contemplando a su hijo y adjudicándole diferentes orígenes a las mejillas, la frente, los dedos de las manos y de los pies. Los flamantes padres encontraron un eco del hermano de Mark en la distancia que había entre los ojos del bebé, así como de la madre de Joanna en sus labios carnosos y expresivos.

Pero no encontraron, porque tampoco buscaron, las huellas de Beta Aquarii, una supergigante amarilla que ardía a 537 años luz de la tierra, ni el toque más difuso de la nebulosa Hélix ni, en realidad, el de ningún otro de los cuerpos celestiales que componen la gran constelación de acuario, bajo cuyos auspicios se encontraba el sol en el momento del nacimiento del bebé.

Si un astrólogo hubiera estudiado los pormenores del destino que se veía en la carta natal del pequeño Nick podría haber predicho, el mismo día de su nacimiento, que cuando creciera sería un niño creativo, cariñoso y original, incluso un poco excéntrico, aunque tendría una vena competitiva tan grande que sus hermanos preferirían comer coles de Bruselas a jugar al Monopoly con él. También sabría que iban a encantarle las fiestas de disfraces y que no podría evitar llevarse a casa a cualquier perro famélico o gato comido por las pulgas que se cruzara en su camino.

Ese mismo astrólogo podría haberse permitido una sonrisa cariñosa al decir a sus padres que Nick, desde la mitad de la adolescencia en adelante, sería un ferviente creyente en todo lo relacionado con las estrellas. A Nick le gustaría el hecho de ser acuario, un signo que él asociaría con el pensamiento innovador y original y con el verano, los festivales de música y los hippies jóvenes y cachondos que despedían olor a pachuli y sexo.

Pero el día del nacimiento de Nick no había ningún astrólogo a mano y la única persona que hizo una predicción astrológica sobre el bebé fue Mandy Carmichael, la amiga de Joanna Jordan. Mandy (géminis, la meteoróloga con hoyuelos favorita de la cadena de televisión regional, radiante recién casada y fan de ABBA) se presentó en el hospital como un hada madrina en cuanto salió del trabajo. Todavía tenía la cara cubierta por una gruesa capa de base de maquillaje y caminaba como mejor podía sobre unos tacones altos con un enorme osito de peluche azul en una mano y un ramo de supermercado de crisantemos en la otra. Poco después el osito acabó sentado en una silla, los crisantemos metidos en un tarro de cristal Fowlers y Mandy descalza junto a la cama, acunando al primogénito de su amiga con un cuidado infinito.

—Un pequeño acuario, ¿eh? —dijo con los ojos empañados—. No esperes que sea como tú y como Mark, ¿eh, JoJo? Los acuarios son diferentes. ¿A que sí, chiquitín?

—Será mejor que le gusten los deportes —comentó Jo medio en broma—. Mark ya le ha comprado una raqueta de tenis.

—Y seguramente por eso acabará siendo artista. O bailarín, ¿verdad, tesoro?

Mandy dejó que Nick le agarrara un dedo con su manita, que era como una estrella, y durante un momento se quedó sin habla, algo inusual en ella.

—Jo, es precioso. Simplemente precioso —dijo al cabo.

Para cuando Mandy salió del hospital ya estaba anocheciendo y se había levantado una brisa un poco fresca pero agradable, como el estado de ánimo melancólico que experimentó cuando, con los zapatos en las manos, cruzó la hierba que le pinchaba los pies de camino al aparcamiento. El cielo por el oeste se veía de un azul ahumado, entreverado con retazos de nubes bajas y rosadas, pero por el este ya asomaban, en la oscuridad creciente, unas cuantas estrellas ansiosas por brillar. Mandy se sentó tras el volante de su coche y se quedó un buen rato mirando esas estrellas. Todavía le parecía notar en la nariz el olor del bebé.

El viernes siguiente, en Curlew Court, una calle sin salida en una zona recién construida de Edenvale con aceras de hormigón y llena de casas de una sola planta con tejados de planchas de acero de colores, céspedes bien cortados y eucaliptos jóvenes rodeados por una rejilla protectora, Drew Carmichael se tumbó boca arriba y exclamó:

—¡Uau!

En la cama elástica de su vecino de al lado había una botella vacía de Baileys Irish Cream, dos vasos sucios y también su mujer, sudorosa, medio desnuda y sonriente. Drew (libra, asesor agrícola, aficionado a la aviación no profesional, amante de Pink Floyd y guitarrista espantoso que tocaba su instrumento imaginario ante el espejo de su dormitorio) llevaba en casa menos de una hora después de haber estado fuera dos semanas, en un viaje de trabajo, y en ese momento tenía la sensación de que aquello había sido un asalto sexual deliberado. Y que el propósito era dejarlo exhausto, además. Por suerte, los vecinos estaban de vacaciones en Gold Coast.

—Uf —murmuró Mandy sin dejar de sonreír mientras miraba un cielo cubierto de estrellas.

Drew se incorporó apoyándose en un codo y miró a su mujer. Vio una sombra en su mejilla izquierda, donde tenía un hoyuelo, y percibió el olor de las travesuras en su piel húmeda.

—¿Y a qué ha venido eso? —preguntó al tiempo que le ponía una mano sobre el suave vientre pálido, que tenía al aire—. ¿Eh?

—Perdona —dijo Mandy, y le apartó la mano de un manotazo, si bien con una gran sonrisa—, pero soy una mujer casada. No toques lo que no puedes tener.

Drew le hizo cosquillas y ella soltó una risita.

—¿Qué pretendes?

—¿Pretender? ¿Yo? Solo... estoy mirando las estrellas.

Un poco borracho y muy feliz, Drew apoyó la cabeza en los brazos flexionados y miró hacia donde Mandy miraba, a lo más profundo del espacio.

Esa noche de febrero los Carmichael encargaron una niña que nacería a primera hora de una mañana de noviembre, bajo el signo de sagitario. Llegaría, menuda y perfectamente formada, con la cabecita cubierta de una versión muy fina del pelo castaño claro que, con el tiempo, se le rizaría para enmarcarle el afilado contorno de la cara. Tenía los ojos de color avellana, la barbilla prominente y sus labios habían adquirido la forma de un bonito arco, como el de Cupido (igual que los de su madre). Sus cejas oscuras (como las de su padre) serían rectas y casi severas.

Un astrólogo habría predicho que ese bebé iba a convertirse en una persona en la que se podía confiar, juguetona, pero también bastante perfeccionista. Alguien a quien le encantarían las palabras, que a los nueve años participaría en un concurso infantil de ortografía de la televisión, y lo ganaría, y que llevaría a menudo un bolígrafo colocado detrás de la oreja. Su mesilla de noche siempre tendría que sopor

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