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PRIMAVERA CRUEL (INSPECTOR TREVEJO 2)

Luis Roso  

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Fragmento

... hijos de puta, oyó por encima de los otros gritos del cuartel alborotado sus propias órdenes inapelables de que fusilen por la espalda a los promotores de la rebelión, exhibieron los cadáveres colgados por los tobillos a sol y sereno para que nadie se quedara sin saber cómo terminan los que escupen a Dios, matreros, pero la vaina no se acababa con esas purgas sangrientas porque al menor descuido se volvía a encontrar con la amenaza de aquella parásita tentacular que creía haber arrancado de raíz y que volvía a proliferar en las galernas de su poder...

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

El otoño del patriarca (1975)

Nosotros ya sabemos qué es la muerte,

conocemos su estrella acribillada.

Ya sabemos que cuando vino a verte

puso rosas de sal acuchillada

sobre el espacio ciego de tu frente.

Pero tú no estás muerto, camarada...

JORGE SEMPRÚN

Autobiografía de Federico Sánchez (1977)

—[...] Yo soy un profesional. Ayer perseguí a los

rojos y hoy amarillos. Mañana a lo mejor le toca otra

vez a los violetas.

—U otra vez a los rojos.

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Asesinato en el Comité Central (1981)

1

—Sí que has tardado, Ernesto.

—Tampoco tanto.

—Se me ha enfriado el té por esperarte.

—Pues no haberme esperado.

—No me hacía beber solo. Para una vez que nos vemos.

Conrado se dobló por la cintura para sorber el té, elevando apenas la taza del mostrador de estaño en un gesto que no tenía nada de casual, sino que respondía inequívocamente a su temor a mancharse la corbata. Era una corbata de seda color verde claro que relucía en contraste con la camisa amarillenta y el traje de paño negro desgastado en las mangas y el cuello.

—¿Corbata nueva?

—¿Te gusta? —preguntó Conrado, devolviendo la taza al platillo y desabrochándose los botones de la americana para mostrármela completa.

—Divina —dije, palpándola sin interés.

Yo sabía que Conrado no podía permitirse una prenda como aquella, y menos aún el pasador de oro que la acompañaba, pero, aunque seguramente él hubiera estado encantado de explicarme de dónde había sacado ambos complementos, yo prefería no saberlo. Le había advertido en varias ocasiones que cuanto menos me dijera de sus conquistas mejor para los dos.

—Combina con mis ojos —dijo, parpadeando. Sus ojos eran castaño tierra, tirando a vulgares.

—Por supuesto —convine, y acabé de un trago el café solo que había pedido antes de ir al baño, y que también se había enfriado en mi ausencia—. ¿Para qué me has traído a esta cueva?

—¿No te gusta? Pues es el sitio de moda.

—De moda entre los de la serie B, querrás decir.

—Los de la «b» de «viciosos», ¿no?

—El baño huele raro, como a césped.

—Es sándalo, creo. O alguna otra esencia natural. ¿Te has fijado en la disposición de las baldosas azules en el suelo del baño?

—No. ¿Qué había? ¿Un corazón o algo por el estilo?

—Un cisne. Los ojos son dos trocitos de baldosa color púrpura, brillantes como rubíes.

—¿Y en el baño de mujeres qué tienen? ¿Un pollo?

—Tienen una rosa con una espina en el tallo.

—Qué poético.

—Los viernes por la tarde hacen recitales de poesía, ya que lo mencionas. Yo el otro día recité uno de Rubén Darío. El del «Otoño en primavera». Me aplaudieron a rabiar.

—Le echaste valor, exponerte así delante del público.

—Por el arte uno es capaz de todo.

Conrado hablaba realizando grandes aspavientos dirigidos al resto de la parroquia. Aunque tan solo había media docena de clientes además de nosotros, más de uno debía conocer mi condición de agente de la ley. Para un sujeto de costumbres licenciosas como Conrado, que lo vieran pegando la hebra amistosamente con alguien como yo equivalía a un salvoconducto para situaciones comprometidas. Tanto o más válido, por ejemplo, que un autógrafo dedicado del ministro Carrero Blanco.

—¿Para qué querías verme? —insistí.

—¿Es que dos viejos amigos no pueden quedar de vez en cuando para tomar algo juntos y charlar tranquilamente?

—Tú y yo no somos amigos —repliqué, aunque con cierta suavidad.

Conrado era un alma sensible, y una respuesta demasiado agria podía resultar peligrosa para su salud. La única ocasión en que fue arrestado y conducido a los sótanos de la Dirección General de Seguridad sufrió un ataque de nervios de tal magnitud que no hubo manera de tomarle los datos, y mucho menos de proceder con el interrogatorio. No habría sobrevivido a aquel lance si su padre, un prestigioso cirujano infantil del Hospital del Niño Jesús, no hubiera intercedido por él. La escena de la liberación fue curiosa, cuando menos. Un señor de apariencia adusta, vestido todo de negro, paradigma de rectitud y formalidad, abrazando fríamente a un muchacho vestido de fulana, en medias y falda de lunares, con un pañuelo rojo en la cabeza y el maquillaje corrido por las lágrimas. Ya habían pasado bastantes años desde entonces. Conrado había aprendido a conducirse con mayor refinamiento y sobre todo con mayor discreción. Pero el incidente le había dejado secuelas físicas imborrables: un ligero tartamudeo que intentaba disimular pronunciando siempre con lentitud, y también frecuentes espasmos en los músculos de la cara y el cuello, semejantes a escalofríos.

—Bueno, amigos, lo que se dice amigos, no, pero casi —indicó Conrado—. Somos casi amigos. Por eso nos tuteamos. Y por eso te quería pedir una cosa, Ernesto.

—Como sea dinero, vas listo.

—No, no. No es eso.

Conrado arrimó su taburete al mío. Antes de hablar miró teatralmente alrededor.

—Necesito un arma —dijo, como si invocara al diablo.

—¿Un arma?

—No levantes la voz... Sí, un arma. Un revólver, una pistola, lo que sea.

—¿Para qué narices quieres tú un arma?

—Para protegerme. No te preocupes, no pienso matar a nadie. No sería capaz, tú me conoces.

—¿De qué necesitas protegerte?

—Digamos que no estoy atravesando una buena racha. En lo económico no estoy para tirar cohetes, aunque ahí voy. Pero tengo unos asuntos personales que me traen de cabeza y prefiero estar preparado para lo que pueda suceder.

—¿Te ha amenazado alguien?

—Formalmente, no. Y eso es lo que me preocupa. Ya sabes, perro ladrador, poco mordedor. Pero cuando el perro calla es que está cavilando la mejor manera de a

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