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PRIMERA DAMA (GOLFISTAS 4)

Susan Elizabeth Phillips  

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Fragmento

Créditos

Título original: First Lady

Traducción: Martín Rodríguez-Courel

1.ª edición: septiembre 2013

© Susan Elizabeth Phillips, 2000

© Ediciones B, S. A., 2013

para el sello B de Bolsillo

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito legal: B. 21.248-2013

ISBN DIGITAL: 978-84-9019-559-8

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

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Epílogo

Notas

Dedicatoria

Para Cathie Linz, Lindsay Longford y Suzette Vann, amigas del alma y tres de las mejores escritoras románticas que hayan pisado el condado de DuPage. ¡Gracias por no perder la fe!

Por haber sido de especial ayuda mientras escribía este libro, deseo expresar mi gratitud a las siguientes personas, grandes y pequeñas: Jill Barnett, Marlene Cerny, Mary Kilchenstein, Ernie Locker, Susan Nicklos, Mary Jo Putney, Tillie Phillips y John Roscich. También a mi madre Katie, a la abuela Lydia y a mi querido sobrino Caleb; a Nancy Heller y su preciosa nieta Natalie; a Cathie y a su adorable sobrino Joshua. Y mi agradecimiento imperecedero a Steven Axelrod, Carrie Feron y a todo el personal de Avon Books.

Cita

Una debe hacer lo que cree que no puede hacer.

ELEANOR ROOSEVELT

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A Cornelia Litchfield Case le picaba la nariz. Por lo demás, era una nariz muy elegante: perfecta en su forma, discreta, refinada. La mujer tenía una frente aristocrática, y unos pómulos que resaltaban con gracia, pero no tanta como para resultar vulgares. La sangre azul del Mayflower que corría por sus venas le confería un pedigrí aún más excelente que el de Jacqueline Kennedy, una de sus más famosas predecesoras.

Llevaba recogido, en un moño francés, el cabello largo y rubio, cabello que hacía años se habría cortado si su padre no se lo hubiera prohibido. Después, su marido le había sugerido —con tremenda delicadeza, porque él siempre fue muy amable con ella— que se lo dejara largo. Así que allí estaba ella, toda una aristócrata estadounidense con un peinado que detestaba y una nariz que le picaba y no se podía rascar, porque cientos de millones de personas la estaban contemplando en sus televisores.

Y es que, con toda seguridad, enterrar a un marido te podía amargar el día.

Se estremeció y trató de tragarse la histeria mientras se deslizaba un poquito más hacia el desmoronamiento. Se obligó a concentrarse en el precioso día de octubre y en los destellos que el sol arrancaba a las hileras de lápidas del Cementerio Nacional de Arlington, aunque el cielo estaba demasiado próximo y el sol demasiado cerca. Tuvo la impresión de que hasta el suelo la estaba empujando hacia arriba para aplastarla.

Los hombres que la flanqueaban se acercaron un poco más a ella. El nuevo presidente de Estados Unidos la agarró del brazo; su padre la sujetó del codo. Justo detrás de ella, el desconsuelo de Terry Ackerman, el mejor amigo y asesor de su marido, la aplastaba como una ola enorme y aciaga. Entre los tres la estaban asfixiando, hurtándole el aire que necesitaba para respirar.

Cornelia reprimió un grito encogiendo los dedos de los pies en los zapatos de salón de piel negra y mordiéndose el interior del labio inferior, y mentalmente se zambulló en el coro de «Goodbye Yellow Brick Road». La canción de Elton John le hizo recordar que el cantante había escrito otra canción, una en memoria de una princesa muerta. ¿Escribiría ahora una por un presidente asesinado?

«¡No! ¡No pienses en semejante cosa!» Pensaría en su pelo, en la nariz que le picaba; pensaría en que no había sido capaz de probar bocado desde que su secretaria le había dado la noticia de que Dennis había sido asesinado a tres manzanas de la Casa Blanca por un fanático de las armas que pensaba que su derecho a portarlas incluía el de practicar el tiro al blanco con el presidente de Estados Unidos. El asesino había sido abatido en el sitio por un agente de policía de Washington D. C., pero eso no cambiaba para nada el hecho de que el hombre con el que llevaba casada tres años, el hombre del que había estado tan locamente enamorada una vez, yaciera delante de ella en un reluciente ataúd negro.

Se soltó de su padre para subir la mano y tocar la pequeña bandera esmaltada de Estados Unidos que se había prendido en la solapa de su traje negro. Era la insignia que solía llevar Dennis. Se la daría a Terry. Ojalá pudiera darse la vuelta en ese momento y entregársela, quizás eso lograra apaciguar la desolación del amigo.

Necesitaba alguna esperanza —algo positivo a lo que aferrarse—, pero aquello resultaba arduo incluso para una optimista recalcitrante como ella. Y entonces se le ocurrió...

Ya no sería más la primera dama de Estados Unidos de Norteamérica.

Pocas horas más tarde, aquel insignificante consuelo le fue arrebatado por Lester Vandervort, el flamante presidente de Estados Unidos, mientras la contemplaba desde el otro lado de la antigua mesa de Dennis Case en el Despacho Oval. La caja de chocolatinas Milky Way que su marido guardaba en el humidificador de Eddy Roosevelt había desaparecido, así como su colección de fotografías. Vandervort no había añadido ningún toque personal, ni siquiera una fotografía de su difunta esposa, un descuido que ella sabía que el personal del presidente no tardaría en enmendar.

Vandervort era un hombre delgado, de apariencia ascética. Tremendamente inteligente, con una inteligencia casi carente de humor, era un inveterado adicto al trabajo. Viudo y de sesenta y cuatro años, en ese momento era el soltero más cotizado del planeta. Por primera vez desde la muerte de Edith Wilson dieciocho meses después de la investidura de Woodrow Wilson, Estados Unidos no tenía primera dama.

La atmósfera del Despacho Oval estaba climatizada, pues las ventanas de la tercera planta que se elevaban detrás de la mesa eran a prueba de balas, y Cornelia tuvo la sensación de estar ahogándose. Cuando se paró junto a la chimenea, mirando fijamente sin ver el retrato de Washington pintado por Rembrandt Peale, la voz del nuevo presidente le sonó lejana.

—... No quiero parecer insensible a tu dolor sacando esto a colación ahora, pero no tengo alternativa. No me voy a casar de nuevo, y ninguna de las mujeres de mi familia está ni remotamente capacitada para desempeñar el cargo de primera dama. Es mi deseo que sigas desempeñando ese papel.

Cuando se volvió hacia él, tenía las uñas clavadas en las palmas de las manos.

—Eso es imposible. No puedo hacerlo. —Sintió deseos de gritarle que todavía llevaba puesta la ropa del funeral, pero las muestras excesivas de emotividad habían sido borradas de su persona mucho antes de que hubiera llegado a la Casa Blanca.

Su distinguido padre se levantó de uno de los dos sofás tapizados en damasco color crema y adoptó su pose príncipe Felipe: las manos agarradas a la espalda, dejando caer el peso del cuerpo sobre los talones.

—Este ha sido un día difícil para ti, Cornelia. Mañana verás las cosas con más claridad.

Cornelia. Todos los que le importaban en su vida la llamaban Nealy, excepto su padre.

—No voy a cambiar de idea.

—Pues claro que lo harás —replicó su padre—. Esta administración ha de tener una primera dama competente. El presidente y yo lo hemos estado considerando desde todos los puntos de vista, y ambos estamos de acuerdo de que esta es la solución ideal.

Era una mujer enérgica, excepto cuando era su padre ante quien había que serlo, así que tuvo que armarse de valor para desafiarlo.

—¿Ideal para quién? Para mí, desde luego que no.

James Litchfield le lanzó su mirada de superioridad, aquella que, hasta donde ella era capaz de recordar, había utilizado siempre para controlar a las personas. Por esas ironías de la vida, el hombre tenía más poder ahora como presidente del partido del que había disfrutado durante sus ocho años como vicepresidente de Estados Unidos. Su padre había sido el primero en descubrir el potencial presidencial de Dennis Case, el atractivo gobernador soltero de Virginia. Cuatro años atrás, le había puesto la guinda a su reputación de verdadero poder en la sombra al conducir a su hija hasta el altar para casarla con el mismísimo hombre.

—Sé mejor que nadie lo traumático que ha sido esto —prosiguió Litchfield—, pero tú eres la conexión más evidente entre las administraciones Case y Vandervort. El país te necesita.

—¿No querrás decir que el partido me necesita? —Todos sabían que la falta de carisma personal de Lester le dificultaría ser elegido presidente por méritos propios. Aunque político de talento, no tenía ni un kilowatio de la energía estelar del presidente Dennis Case.

—No estamos pensando solo en la reelección —mintió su padre con la misma untuosidad que la nata fresca—. Estamos pensando en el pueblo americano. Tú eres un símbolo importante de estabilidad y continuidad.

Vandervort intervino enérgicamente.

—Como primera dama, mantendrás tu antiguo despacho y el mismo personal. Y

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