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PRIMERA SILVA DE SOMBRA

Eduardo Ruíz Sosa  

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Fragmento

Crónica de la (in)sanidad

Los hospitales son los puestos fronterizos

por donde se canaliza el tránsito

entre la vida y la muerte.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, Prosas apátridas

La primera vez que pasé la noche en un hospital, mi madre se estaba muriendo. O eso me dijeron. O me dijeron que estaba en el trance de un conjuro extraño entre la vida y la muerte y un tercer estado inconsciente de la mente y la materia, indefinible para todos nosotros: el presente de ella era el pasado nuestro, pero un pasado en el que nada, incluso el accidente, había sucedido, algo como un pasado tejido con jirones de un futuro que nos parecía imposible, pedacería de un mundo poblado de lagunas en los recuerdos. La primera noche que pasé en un hospital estuve sentado en el suelo, de pie en un pasillo, andando por las escaleras, apoyado en una pared rebosante del ectoplasma de la muerte y la enfermedad: todo en los hospitales huele a cadáver en alcohol.

En los hospitales no se duerme. En los hospitales, los únicos que descansan son los muertos. La siguiente ocasión en la que pasé una noche en un hospital estaba yo sentado en una silla de ruedas, atado mi cuerpo a la silla por las cuerdas heridas del nervio ciático. De la primera ocasión lo recuerdo todo con detalle. De la segunda casi no recuerdo nada: los sedantes me arrimaron al limbo de los enfermos: una suerte de ausencia que suspendía su audacia cuando las drogas dejaban de surtir efecto: un distanciamiento-de-sí, estado casi consciente en mitad de los dolores.

Lo más habitual es considerar al enfermo como el afectado, el «paciente», el que sufre o experimenta, como dice la etimología, un proceso que parte de una causa ajena. Afuera del quirófano, en la sala de espera, en los pasillos, está la familia, los amigos, los futuros deudos, los que esperan una noticia. Ambos son, en verdad, pacientes: algo deben esperar: la decisión que otro, sin rostro aprehensible, ejerce como potestad sobre sus cuerpos: otra vez se habla etimológicamente, ahora, de un «agente», el hospital. Un estado agencial, como diría Stanley Milgram. En todo caso, enfermo y familiares devienen pacientes: a ambos los afecta un proceso que viene a ellos desde lo ajeno.

Así, la crónica de los hospitales no es solamente la crónica de los enfermos: nada de lo que sucede en los hospitales puede ser tomado a la ligera: todo en los hospitales es un síntoma. El síntoma es, en esencia, semejante al símbolo: el síntoma es señal de una presencia en lo hondo, un comienzo imperceptible; el símbolo, en cambio, es señal de una ausencia en lo hondo, resto perceptible de lo perdido. El síntoma es la huella de un advenimiento, un vínculo latente con el futuro. El símbolo es huella de un «esdevenimiento», un vínculo moribundo, pero nunca muerto de verdad, con el pasado. Un fantasma blanco corriendo o diciendo en voz alta el nombre de un paciente es un síntoma: el accidente, la tragedia, la muerte se asoman en el sonido sordo de sus pasos de goma: tal vez los

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