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PRIMERAS PERSONAS

Juan Cruz Ruiz  

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Fragmento

Algunas notas sobre este libro

 

 

 

 

Todo retrato ajeno se corresponde con los cristales rotos que, juntos, compondrían una autobiografía igualmente fragmentada, herida o bella, pero al fin propia. Imposible de hacer sin los demás lo que al fin y al cabo es también un autorretrato. Uno se hace con otros; de los demás depende tu humor, tu ambición o tu nobleza. Tu mezquindad también es hija de los recuerdos, pero te corresponde a ti saber cómo controlar las perversiones que acaecen y nublan tu uso de la razón, de la amistad o del aprendizaje.

Aquí, en este libro, hay más de medio centenar de nombres propios que son imprescindibles para completar este autorretrato que se corresponde con lo que en mi memoria han dejado estos seres humanos que son primeras personas de mi vida. Aquí están muchos de aquellos que he conocido y que permanecen influyentes o imborrables en el recuerdo.

El libro es, también, una crónica general de la gente que he conocido, a la que se añaden amigos o parientes próximos, mis padres, algunos de mis compañeros. Casi siempre he usado, en exclusiva, mi memoria, lo que en ella se ha ido sedimentando de los demás. Pocas veces he recurrido a papeles o recortes: quería que el fresco fuera verdaderamente una purga de lo que recuerda el corazón.

Ese desorden natural que marca la memoria, que camina por los andares y los malandares que se le antojan, convierte muchos lugares de esta excursión personal por el factor humano de la literatura en crónica, reportaje, perfil, retrato, abrazo o despedida. No encontrarán maldad (no me la toleraría), ni desdén (no lo siento). Mi vida se rige por una frase que le leí a Albert Camus en su primer libro, El revés y el derecho: «El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento». Naturalmente, es una aspiración, pero aspiro a que sea verdad. De hecho, la mayor parte de los que aquí aparecen me han ayudado en esa tarea de cumplir lo que Camus ha convertido en un motivo para seguir la ya muy larga ruta de mi vida.

Para empezar a escribir

 

 

 

 

Cristales rotos sobre todo esto. De lo que recuerdo de mí sobresale la torpeza.

No sé juntar bien la basura, y no sé recoger los cristales rotos, excede a mi pobre eficacia para terminar las cosas, incluso las conversaciones o los libros, y estoy rodeado de miles de papeles, de cartas que fueron memorables y que ya no están ni siquiera en los antiguos arcones.

Mi madre comenzó esa tradición de perderlo todo, y la casualidad puesta en sus manos convirtió en polvo, para siempre, lo primero que escribí. Al fin y al cabo, para mí bastó con que lo leyera ella, tan a trompicones; mientras tanto, los dos aprendíamos a leer juntos.

Ésa es la mejor memoria entre las que tengo: mi madre leyendo, sentada en una butaca chica de color azul claro, los codos sobre las rodillas, su pierna de color morado a causa de la úlcera, la nariz fruncida por el esfuerzo de descifrar, el delantal grisáceo, mi madre deletreando hasta darse cuenta de lo que quería decir la palabra entera, y leyendo de nuevo, para que yo me enterara de su descubrimiento, un texto que era a la vez una sorpresa y un cuento.

Todo era como un cuento. A veces levantaba la vista: «¿Esto será verdad, Juanillo?». No lo decía ella con la voz —ahora recuerdo su voz, quiero recordar su voz, la voz de mi madre dónde está—, no lo decía su voz, lo decía su frente, mirándome. ¿Será verdad o es un cuento? Fue incrédula hasta el fin, o casi. Hasta la tristeza final fue incrédula. Entonces ya no quiso saber de la vida, se encerró en el silencio. Y qué palabra fue ésa, el silencio, tan grande, con el tiempo tan agigantada.

 

Mi madre leyendo, una niña ante el mundo incomprensible, sabiendo de él gracias a las palabras que había en los periódicos. Vestida de negro, ese pespunte gris de la rebeca, el color gris del delantal, la camisa blanca debajo de tanto negro, ella decía «los vivos blancos» a lo que sobresalía del luto. Las manos con manchas, ella no llegó a envejecer, ahora yo la supero ya en edad y en viajes: jamás salió de la isla. Mi madre leyendo, sólo eso la llevó de viaje, la lectura. Nuestro alimento común, nuestro secreto argumento del saber. Y yo empecé a escribir: poemas, crónicas, cuentos. Una crónica de boxeo, por ejemplo. Y el principio de un ensayo que no terminé jamás, Sobre la obra de Camus hay mucho sol. Y poemas para Olivia, una vecina que nunca me quiso. La adolescencia era un cristal siempre al borde del abismo. La advertencia sobre el fin del mundo: ella no me quiere. Después todo es olvido, retales, cristales rotos, una ventana que no da a ninguna parte.

Luego mi madre fue juntando en un baúl, uno a uno, cada pedazo de lo que yo escribía en papeles casuales, detrás de las facturas, en las listas de la compra o en los contratos de los obreros que trabajaban con mi padre. Y cuando las ratas dieron fin a todo eso, como quien se come de un bocado la escritura, ella no dijo nada, acaso para que yo siguiera escribiendo, o para que supiera que escribir es volver a leer, porque todo se borra y a todo has de volver para hacerlo de nuevo, Penélope cansada mi madre por las tardes sin escuela. «¿Qué pasó con los papeles, madre?» «Estaba de pasar y pasó, ya escribirás otros.» Y yo escribía, era un muchacho que escribía sobre un soporte de conglomerado de madera que olía a carpintería. «Estaba de pasar y pasó, ya escribirás otros.» Y escribía, mi placer y mi dolor juntos; el adolescente no sabe esas palabras, pero las siente. La dureza de vivir: de eso no sabe tampoco, pero va subiendo, como el asma, un cansancio.

Por la noche se deshace la escritura: sobre la escritura cae al alba una tachadura, el día entero para rectificar. Luego has de volver a leerlo para que puedas volver a escribirlo. «A la tercera lectura —me dijo la maestra—, decide: si es que sí, guárdalo; si es que no, que se lo coman los ratones». «Ya se lo comieron, maestra.» «Entonces es que no era que sí.» Ella, la maestra, me tachó, de la primera redacción, una palabra, o dos: «Mal gusto». Ahora ignoro por qué. Hablaba de comerse un guayabo. El que no se lo come es que tiene mal gusto. Mal gusto. No le gustó.

Yo era un niño viendo leer a su madre. ¿Y ya no hay más? ¿Ya no dice nada más ese papel? Entonces era cuando ella inventaba. Yo me hice escuchándola leer. Y releer e inventar.

Luego vinieron amores e hice poemas, pero siempre tuve miedo de los cristales rotos. Yo no sé recoger los cristales rotos sin hacerme sangre.

Mi historia de aquel tiempo, del que hace ya tantas décadas, de modo que estoy ante las últimas, es en este sentido una crónica de la nada hecha pedazos, cristales rotos. Una invención, y luego la realidad, y la invención de nuevo, rompiendo siempre antiguos cristales. Para poder superar la realidad, mi madre inventaba, así que fue tachando e inventando a la vez, como quien cura heridas al tiempo que éstas se producen.

Ésa fue la primera historia que yo recuerdo: invención, realidad y olvido, y vuelta a empezar. Lo hacía magistralmente, como si lo inventado también estuviera escrito y ella lo leyera como si lo hiciera por primera vez. Una narradora eficaz contando aquella historia. Genoveva de Brabante: la oscuridad de las habitaciones, la soledad de los niños, la fragilidad como sustento del miedo. «De miedo no, madre.» La leche y el hambre. El dolor. Ella lo convert

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