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PRINCESA DE CENIZAS

Laura Sebastian  

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Fragmento

Thora

—¡Thora!

Me vuelvo y veo a Crescentia, que viene hacia mí por el pasillo dorado del palacio. Corre con las faldas de seda rosa levantadas y una ancha sonrisa en su bonito rostro. Sus dos criadas, con los cuerpos demacrados hundidos en sus simples vestidos cosidos a mano, a duras penas pueden seguirle el ritmo.

«No las mires a la cara, no las mires», me digo. Mirarlas nunca trae nada bueno, ni ver sus ojos apagados y sus bocas hambrientas. Nunca trae nada bueno ver lo mucho que se parecen a mí, con su piel tostada y su pelo negro. Lo único que consigo si las miro es que la voz de mi mente grite más, y cuando esa voz grita lo suficiente para sobrepasar la barrera de mis labios, el káiser se enfurece.

«No enfureceré al káiser y así me mantendrá con vida.» Esa es la regla que he aprendido a respetar.

Me concentro en mi amiga. Cress lo hace todo más fácil. Luce su felicidad como si se tratase de los rayos del sol, que propaga para calentar a quienes están a su alrededor. Sabe que yo lo necesito más que los demás, así que no duda en entrelazar nuestros brazos con fuerza al alcanzarme.

Disfruta de una libertad en sus afectos que solo unos pocos afortunados pueden permitirse; nunca ha perdido a nadie a quien haya amado. Su belleza espontánea e infantil la acompañará hasta que sea una anciana, una belleza de rasgos delicados y ojos grandes y cristalinos que no han sido testigos de ningún horror. Lleva el cabello rubio claro recogido en una larga trenza que le cae por encima del hombro. Está adornada con docenas de Gemas del Espíritu que parpadean bajo la luz del sol que atraviesa las vidrieras.

Tampoco puedo mirar las gemas, pero las siento de todos modos: ejercen una ligera atracción que se despliega desde debajo de mi piel y que tira de mí; me ofrecen su poder solo si me decido a tomarlo. Pero no lo haré. ¡No puedo!

Las Gemas del Espíritu eran sagradas antes de que los kalovaxianos conquistaran Ástrea. Se extraían de las cavernas que había bajo los cuatro templos principales, uno por cada uno de los cuatro grandes dioses y diosas del fuego, el aire, el agua y la tierra. Las cavernas eran el centro de sus poderes; estaban tan empapadas de magia que las gemas que había dentro también se impregnaban de ella. Antes del asedio, los devotos pasaban años en la caverna del dios o la diosa a quien hubieran jurado lealtad. Allí veneraban a su deidad, y, si lo merecían, esta los bendecía y les confería el poder que el mismo dios o diosa poseía. Después usaban sus dones para servir a Ástrea y a su pueblo en calidad de Guardianes.

En aquel entonces, los elegidos por los dioses no eran muchos; tal vez unos pocos cada año. Algunos se volvían locos y morían poco después. Solo los verdaderamente devotos estaban dispuestos a correr con ese riesgo. Ser un Guardián era una vocación, un honor, pero todo el mundo entendía lo que estaba en juego.

Todo aquello fue hace una vida. Fue... antes.

Después del asedio, el káiser mandó destruir los templos, esclavizó a decenas de miles de astreanos y los envió a las cavernas para que trabajasen extrayendo las gemas. Ahora, el pueblo astreano ya no puede elegir si vivir o no tan cerca del poder de los dioses; son otros quienes lo eligen por ellos. Ya no es una vocación, ni se jura ninguna lealtad, y por eso la mayoría de gente a la que envían allí contrae el mal de la mina: pierden la razón y, poco después, la vida.

Todo ello para que los ricos puedan pagar una fortuna para cubrirse de gemas sin ni siquiera pronunciar el nombre de los dioses. Para nosotros es un sacrilegio, pero para los kalovaxianos, no. Ellos no creen. Y sin la bendición de los dioses, sin haber pasado el tiempo necesario en las profundidades de la tierra, solo pueden poseer una sombra del verdadero poder de un Guardián, sin importar cuántas gemas luzcan. Y la mayoría de ellos lucen muchas. Las Gemas de Agua de la trenza de Cress concederían a un Guardián entrenado el poder de crear una ilusión tan potente como para fabricarse un rostro nuevo, pero a Cress solo le conceden un ligero brillo en la piel, un bonito color sonrosado en los labios y las mejillas y un resplandor en su cabello dorado.

Ahora los kalovaxianos las llaman Gemas de la Belleza.

—Mi padre me ha enviado un libro de poemas de Lyre —me dice. Se le tensa la voz, como pasa siempre que me habla de su padre, el theyn—. Deberíamos subir al pabellón y traducirlo. Es mejor que disfrutemos del sol mientras podamos.

—Pero no hablas lyriano —contesto con el ceño fruncido. Cress tiene habilidad para los idiomas y la literatura, dos áreas para las que su padre nunca ha tenido paciencia. Es el mejor guerrero del káiser y el líder de su ejército, así que el theyn entiende de batallas y de armas, de estrategias y masacres, y no de libros y poesía. Aun así, lo intenta por el bien de su hija. La madre de Cress murió cuando ella era solo un bebé, así que el theyn es la única familia que le queda.

—He aprendido algunas frases de aquí y de allá —dice, moviendo la mano con impaciencia—, pero mi padre hizo que el poeta tradujera algunas más para que yo pudiera descifrar el resto. Ya sabes lo mucho que le gustan los rompecabezas.

Me mira de reojo para ver cómo reacciono, pero tengo el cuidado de no hacerlo.

Tengo el cuidado de no imaginar al padre de Cress apretando su daga contra el cuello de un pobre poeta escuálido, inclinado sobre su obra, ni la forma en que la apretó contra el cuello de mi madre, tanto tiempo atrás. No pienso en el miedo de sus ojos. En su mano sobre la mía. En su voz fuerte y clara, incluso en aquel momento.

No. No pienso en nada de eso. Me volvería loca si lo hiciera.

—Bueno, seguro que entre las dos lo desciframos rápido —le contesto con una sonrisa, esperando que se la crea.

Me pregunto, y no por primera vez, qué pasaría si yo no reprimiese un escalofrío cada vez que menciona a su padre. Si no sonriese e hiciese ver que no es el mismo hombre que mató a mi madre. Me gusta creer que, con el tiempo que hace que somos amigas, lo comprendería, pero esa clase de confianza es un lujo que no puedo permitirme.

—Tal vez Dagmaer esté allí —comenta Crescentia, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspiratorio—. Ayer te la perdiste en el almuerzo de la condesa... Una elección de modelito bastante arriesgada. —Sonríe con un brillo en los ojos.

«Me da igual.» El pensamiento me asalta de forma tan repentina y afilada como la picadura de una abeja. «Me daría igual si Dagmaer hubiese ido al almuerzo desnuda. Nada de esto me importa en absoluto.» Empujo el pensamiento hasta lo más profundo y lo entierro, como hago siempre. Ese tipo de pensamientos no son propios de Thora; son propios de la voz. Normalmente, esa voz no es más que un susurro bastante fácil de ignorar, pero a veces suena más alta y salpica la mía propia. Y es entonces cuando me meto en líos.

Me apoyo en Cress, en su mente despreocupada y sus simples placeres.

—No creo que nada pueda superar las plumas de avestruz con que iba envuelta la semana pasada —susurro a modo de respuesta, haciéndola reír.

—Créeme, esta vez era mucho peor. Llevaba un vestido de encaje negro. Casi se le podía ver la ropa interior... ¡Si la hubiera llevado!

—¡No puede ser! —contesto con un gritito agudo, fingiendo estar escandalizada.

—¡Sí! Se comenta por ahí que tiene la esperanza de seducir al duque Clarence —me informa Cress—. Aunque no consigo entender por qué. Es tan viejo que podría ser su padre y huele a carne podrida. —Arruga la nariz.

—Bueno, si tienes en cuenta las deudas de su padre... —me interrumpo y alzo una ceja.

Crescentia abre los ojos, sorprendida.

—¿De verdad? ¿Dónde has oído eso? —pregunta tras ahogar un grito. Cuando mi única respuesta es una sonrisa, ella suspira y me da un suave codazo en el costado—. Siempre te enteras de los mejores chismes, Thora.

—Eso es porque escucho —contesto, y le guiño un ojo.

No le confieso la razón por la que escucho en realidad, que analizo cada rumor insignificante que oigo en busca de susurros sobre la resistencia astreana, en busca de alguna esperanza de que todavía hay alguien ahí fuera, de que algún día, tal vez, me rescaten.

Durante los años posteriores al asedio siempre se oían historias sobre rebeldes astreanos que organizaban ataques contra el káiser. Una vez a la semana me arrastraban hasta la plaza de la capital para que uno de sus hombres me azotase para dar ejemplo conmigo, mientras detrás de mí, clavadas en picas, se pudrían las cabezas de los rebeldes. En la mayoría de las ocasiones conocía sus caras: eran Guardianes que habían servido a mi madre, hombres y mujeres que me regalaban caramelos y me contaban cuentos cuando era pequeña. Odié aquellos días, y la mayoría del tiempo también odié a los rebeldes, porque me sentía como si fuesen ellos los que me hacían daño al provocar la ira del káiser.

Sin embargo, la mayoría de los rebeldes ya están muertos y de la rebelión solo quedan susurros, sombras fugaces de rumores que se oyen cuando a los cortesanos se les agotan los temas de conversación. Han pasado años desde que atraparo

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