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PROGENIE

Susana Martín Gijón  

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Fragmento

 

—Venga, llegamos tarde.

Soraya espolea a María Jesús con impaciencia. Le exaspera su lentitud, la forma en que parece que nunca acabará de prepararse, cómo se recrea en cada acción cuando el tiempo apremia.

Cree que ya está lista, cuando la ve darse media vuelta y entrar en el baño. Resopla mientras desde el pasillo observa su imagen reflejada en el espejo. María Jesús se escruta el rostro girando la cabeza a uno y otro lado, se pone colorete, se quita el exceso con un disco de algodón, se mira de nuevo, se atusa las cejas con un cepillito. Se vuelve a mirar.

—¡Date prisa, Mariaje!

—Ya voy, ya voy —al segundo sale precipitadamente del baño y se coloca a su lado muy erguida—. Solo estaba haciendo un poco de tiempo, ya sabes que no me gusta esperar.

Por un momento, a Soraya le dan ganas de asesinarla, pero entonces repara en sus ojos juguetones y se da cuenta de que está burlándose de ella. Se le escapa una sonrisa a su pesar.

—Vamos. No llegamos ni de coña.

—Pues que nos atiendan cuando aparezcamos, que para eso soltamos la pasta. Les interesa tanto como a nosotras.

Soraya sabe que tiene razón, que no pasa nada por llegar con cinco minutos de retraso. Allí todo serán sonrisas artificiosas y amabilidad bien estudiada. Aun así va contra su naturaleza presentarse tarde a una cita, le crea un desasosiego que prefiere evitarse.

Mariaje coge las llaves de casa, la deja pasar con una galantería cómica y le planta un beso en la boca. Solo con ese gesto, el amago de enfado que amenazaba con enseñorearse de su ánimo se evapora del todo. Soraya la mira con una mezcla de ternura y arrobo y le retira el flequillo hacia un lado. Está guapa, la condenada. Siempre está guapa. ¿Cómo lo hará?

—Te queda bien ese colorete.

—¿Verdad? —Mariaje estira el cuello, complacida—. Por eso me lo he puesto, porque sé que estoy todavía más bella.

Ahora las dos ríen con ganas. Soraya toma a su chica por la cintura y emprenden el camino abrazadas. No hay motivos para el enfado. Hoy es un gran día: comienza la aventura.

1.

Llega un punto en tu existencia en que conoces a más gente muerta que viva.

Ese es el punto de no retorno: cuando agarras un álbum de fotos y empiezas a pasar las páginas, y la mayoría de la gente a la que ves ya está muerta. Gente a la que has querido, con la que has comido, reído, bailado, discutido o follado. Gente a la que has odiado y por la que has llorado. Gente que te ha hecho sentir que estás vivo. Que estabas vivo.

Entonces miras a tu alrededor y lo único que ves es un perro viejo y baboso en tu sofá chupándose los huevos. Porque resulta que a la única persona de este mundo que todavía te importa la has alejado con tu orgullo y tu torpeza. Y ahora todo lo que tienes es ese animal peludo que se pasa el día entregado a su causa. Y te preguntas, una vez más, qué mierda haces todavía aquí.

El lunes fue uno de esos días para Juan. Lo fue hasta que el teléfono sonó para rehabilitar su corazón devolviéndole la capacidad de sentir. Y con ello, para descubrir que a veces es mejor estar muerto en vida. Porque una llamada a una hora en la que el teléfono nunca debería sonar puede cambiarlo todo.

2.

Soledad tenía treinta y seis años la noche que la mataron.

Ella pensaba que al fin su nombre iba a dejar de ser sinónimo de su existencia, que incluso llegaría un día en que echaría de menos su antigua condición. Porque Soledad siempre había estado sola. Lo estuvo cuando sus padres trabajaban sin tregua en la empresa familiar heredada y una niñera se encargaba de ella desde la recogida del colegio hasta la cena. Lo estuvo cuando su madre se separó de su padre y ambos se enzarzaron en una lucha judicial titánica en la que ella era el principal trofeo. Lo estuvo cuando erraba de la casa del uno a la de la otra para evitarles a ambos el sentimiento de culpa y regalar de paso la sensación de quitar al contrario algo de valor. Lo estuvo cuando creció y siguió cayendo una y otra vez en la trampa de la dependencia afectiva, queriendo que la quisieran, aguantando al capullo de turno.

Quizá cuando menos sola estuvo Soledad fue cuando se hartó de esperar a recibir de vuelta algo de aquel afecto que ella volcaba en los demás. Cuando pasó de quienes la malquerían y dedicó sus energías a preocuparse por sí misma de una puñetera vez. Pero quien se cría desde la cuna con un rol asignado acaba volviendo a él por mucho empeño que haya puesto en cambiar, por mucho psicoanálisis en el que se haya dejado los cuartos, muchos libros de autoayuda que haya subrayado y mucho mamón al que haya tenido que aguantar hasta entender cómo funciona el mundo. Como cuando te pasas media hora desenredando el cable de los auriculares y a los dos días te encuentras con la misma maraña embrollada otra vez.

En una de las batallas que libraba en su interior, Soledad tomó dos decisiones. Una de ellas fue la que la mató.

3.

Camino se pone las bragas y mira a su alrededor.

Cree que no se deja nada. El sujetador ya está dentro de su bolso. Tira de la minifalda hacia abajo en un gesto de falso pudor, como si acaso alguien pudiera verla, y agarra la manija de la puerta con la mano derecha muy despacio mientras con la izquierda sujeta los tacones estratosféricos en los que ha estado subida desde las diez de la noche, hasta que Marco le regaló la horizontalidad al arrojarla contra la cama de uno treinta y cinco en la que ahora ronca como un león. Nunca le gustaron los hombres que roncan. ¿Es que acaso hay alguno que no ronque? «No, ese es otro de los cuentos que nos han contado», se dice Camino. Habla por experiencia propia, y no es poca.

Está cruzando la puerta cuando el timbre de su móvil irrumpe estrepitoso. «Mierda», masculla antes siquiera de pensar en quién coño podrá estar llamándola a las cuatro de la mañana de un martes y antes también de meter la mano en el bolso en busca del maldito teléfono. Mientras escupe una tosca respuesta, ve cómo los legañosos ojos de Marco la enfocan con expresión confusa. «Mierda», deja escapar una vez más.

4.

Pascual suspira aliviado al verla aparecer.

El juez, la forense y el resto del operativo sanitario y policial ya llevan rato allí, y él no sabe qué más decir para cubrirla. Pero el alivio le dura lo que tarda en verle la cara a su compañera. Y es que la inspectora Vargas es transparente como agua de manantial, y la mala hostia se le pinta en la cara que da gusto.

Si además son las cuatro y media de la mañana y unos cercos de rímel mal retirado le tiñen las ojeras, no hay que ser muy avispado para saber que no está donde le gustaría estar. Baja la ventanilla y estudia su rostro en busca de alguna pista de lo que los espera.

—Buenos días, inspectora.

—Ni buenos ni días, Molina, que esto está más oscuro que el futuro de las pensiones. ¿Qué ha ocurrido?

—La han atropellado y se han dado a la fuga.

—¿Algún testigo? —dice ella mientras sale del coche y se sube discretamente la cremallera del pantalón.

—Ninguno, inspectora.

A Pascual Molina su temperamento siempre le impone un poco, más desde que es la jefa del Grupo de Homicidios. Porque él viene de familia castrense y las cosas de jerarquías las tiene metidas muy adentro. Cuando se pone nervioso se le cuelan los aires marciales. Y se cuida mucho de mantener las distancias y las formas.

—¿Estamos seguros de que no ha sido accidental?

—Le han pasado dos veces por encima. Para adelante y para atrás, inspectora.

—Joder. Putos desgraciados. Y deja de llamarme inspectora, que me vas a borrar el cargo.

—Sí, jefa.

Camino Vargas va a protestar pero decide darlo por perdido.

—¿Qué más sabemos sobre la muerta?

—La forense ha estado inspeccionando el cuerpo hasta hace un momento. Acaba de preguntar si habías llegado —«Por enésima vez», piensa Pascual, pero no lo dice. Nota las perlas de sudor acumulándose en la frente y en el bigote. Ni siquiera a esas horas de la madrugada la canícula estival da un respiro.

—Ahora vemos qué nos cuenta. ¿Quién está de guardia?

—La doctora Velasco.

—Micaela, bien —el humor de la jefa mejora. Es su forense favorita. Además de competente, es una mujer alegre y siempre dispuesta a echar un cable en lo que haga falta—. ¿Y el juez?

—San Millán.

—¿El novato? No todo iba a ser bueno. ¿Ya está identificado el cadáver?

—No llevaba documentación, solo unas llaves, un monedero con diez euros y un teléfono móvil.

—Bloqueado, claro —gruñe ella. Desde que proliferó ese tipo de teléfono inteligente todo se ha complicado para la policía.

Pascual asiente y añade:

—Pero tenía un número de emergencias en la pantalla de inicio.

—Mujer previsora. ¿Y?

—Juan Cabezas, madrileño. Dice que el teléfono corresponde a su hija Soledad.

—¿Le has informado de la situación?

Molina hace un gesto fúnebre de asentimiento. Odia dar ese tipo de noticias, pero la inspectora siempre se las encasqueta a él, así que ya lo asume sin preguntar.

—Vendrá en el primer tren que salga desde Madrid.

Camino va a preguntar algo, pero se refrena al reparar en que también tiene la camisa más desabotonada de lo que mandan los cánones. Su pecho generoso no pasa inadvertido fácilmente. Maldice para sus adentros y se gira a fin de enmendarlo. Si Molina ha visto algo, se ha cuidado mucho de que no se note.

Suspira mientras se abrocha. El sujetador sigue en su bolso. Ha cambiado la falda y el palabra de honor por vaqueros y camisa en minuto y medio, no se le puede pedir más. Maña que se da una en quitarse la ropa. En ponérsela un poco menos, visto está.

—Bueno, allá vamos.

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